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Cuando el viceministro de Hacienda Alfredo Jaililie terminó
su exposición ante la Comisión de Presupuesto del Congreso,
un representante de Cambio 90 pidió la palabra para decir lo siguiente
y luego retirarse: «Lo que pasa es que los parlamentarios estamamos
pintados en la pared». Al congresista oficialista le sobraban razones.
Habían pasado horas de exposición del viceministro y del
director general de Presupuesto y ninguno de ellos había proporcionado
un solo dato y, muchos menos, explicado los objetivos generales del Presupuesto
de 1998. Los parlamentarios habían escuchado una exposición
metodológica que en nada había aclarado sus preocupaciones
y dudas. Sin embargo, lo que no aceptaba este congresista es que él
mismo había contribuido a levantar el andamio para que el régimen
fujimorista lo terminara por pintar en la pared.
Algo de historia
Hasta la Constitución de 1979, los parlamentarios tenían
derecho a iniciativa en el gasto, es decir, a modificar el Presupuesto
incluyendo partidas nuevas no contempladas en la propuesta del Ejecutivo.
Es cierto que estas iniciativas tenían un límite. Incluso
algunos gobiernos, como el segundo de Manuel Prado (5662), impuso
restricciones a esta prerrogativa parlamentaria, como aquella de crear
una comisión del Ejecutivo que diera visto bueno a estas iniciativas
y así impedir gastos excesivos y corruptelas. La prerrogativa parlamentaria,
a menudo en complicidad con el Ejecutivo, permitía satisfacer demandas
de la población, reforzar lazos clientelares con sus electores,
y hasta hacer negocios. La reelección del representante, igual que
ahora, tenía relación directa con la ejecución de
obras. Hay que recordar que la Constitución de 1933 reemplazada
por la del 79 otorgaba adicionalmente al Congreso la capacidad de
fijar las tarifas arancelarias y de «crear y suprimir empleos públicos
y asignarles la correspondiente dotación...».
Cuando la Constitución del 79 prohibió en su artículo
199 esta prerrogativa («Los Representantes del Congreso no tienen
iniciativa para crear ni aumentar gastos públicos...»), buena
parte del edificio clientelar se vino abajo. La nueva legislación
fortaleció a la Comisión Bicameral de Presupuesto asignándole
mayores funciones. Con esta norma se pretendía romper con un clientelismo
de viejo cuño y al mismo tiempo crear un nuevo contexto favorable
a la racionalización del gasto mediante una política de concertación
y priorización de las demandas.
Así, la Comisión Bicameral pasó a convertirse
en la más prestigiada del Congreso. Estaba integrada por ocho Diputados
y ocho Senadores generalmente los hombres más importantes de
los partidos, a dedicación exclusiva. Disponía de presupuesto
propio y aparte. Cada miembro contaba con dos asesores, igualmente a dedicación
exclusiva. La Comisión fue tan importante que llegó a tener
casi un centenar de empleados, que trabajaba el año entero fiscalizando
la ejecución del Presupuesto. Así, los cambios de una partida
presupuestal, por ejemplo, tenían que ser aprobados por la Comisión.
Si bien la Constitución del 93, en su artículo 79 repite
el artículo 199 de la del 79, no sucede lo mismo con la Comisión.
Hoy, la Comisión de Presupuesto poco tiene que ver con la marcha
del gasto público. La oposición en su conjunto tiene asignada
apenas dos asesores. Los cambios de partidas, así como los incrementos
del Presupuesto tal como ha sucedido este año en que pasó
de 24 a 29 mil 500 millones de nuevos soles no pasan necesariamente
por la Comisión; se ejecutan, como ha ocurrido ahora, mediante los
famosos decretos de urgencia. Los presupuestos sectoriales, pesados mamotretos
repletos de números, llegan, como quien dice, a la hora de reunirse
la Comisión. Así, el Presupuesto de la República fue
recibido sólo dos días antes de la presentación del
primer ministro y del ministro de Economía. Y el Presupuesto del
Ministerio de la Presidencia, que consta de cinco pesados tomos, apenas
un día antes. La mecánica de funcionamiento de la Comisión
no es tampoco la más adecuada: el responsable del sector expone,
los parlamentarios preguntan y, luego, responde el responsable sin dar
lugar a réplicas. No hay, por lo tanto, diálogo, o es mínimo.
Además, la información que se maneja es fragmentaria y casi
siempre incompleta. ¿Fiscalizar, cómo?
Se ha dado curso, así, a una dinámica que podemos calificar
de perversa: el Ejecutivo y la mayoría oficialista esconden cifras,
controlando totalmente el Presupuesto, y la oposición denuncia.
La discusión presupuestal, que debiera ser la ocasión idónea
para concertar políticas, objetivos y metas de corto, mediano y
largo plazo, y una de las fuentes más poderosas de legitimación
del Congreso, se convierte en una simple charada, destinada a encubrir
el uso arbitrario del gasto, como lo demuestra de manera contundente el
artículo de Juan Robles en esta misma edición.
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