| Cada época tiene sus
propios miedos. Hace poquísimos años Lima
temía a los senderistas. El año 91 el miedo tuvo
que ver con un problema de salud pública, una epidemia. La
Lima liberal de la segunda mitad de los 90 le teme sobre todo a
la delincuencia, a lo que en esferas relativamente especializadas
se denomina también inseguridad ciudadana o violencia
urbana.
Más allá de las estadísticas siempre
insuficientes y precarias acerca de la criminalidad, es obvio que
la gente se siente cada vez más insegura, y percibe que el
riesgo de ser una víctima es cada vez mayor. El miedo
puede crecer si paralelamente hay una carencia de explicaciones
sobre el aumento cuantitativo de los hechos delictivos y sobre la
mayor violencia en las calles. Y de ahí a la
adaptación de la mayoría o a las propuestas
absurdas, autoritarias y también violentas de algunos
funcionarios, hay menos que un paso. Lima acumula más
neurosis que acciones decentes.
Puede ser aún peor
Quizá convenga recordar que las cosas pueden ser
aún peores de lo que son. Felizmente no tenemos
todavía a esos sicarios juveniles de Medellín que
arreglan cualquier conflicto por la vía de un asesinato a
sueldo. Pero tenemos aún más desempleo juvenil y
tenemos narcotraficantes, dos de los ingredientes que subyacen al
sicariato. Tampoco tenemos escuadrones de la muerte que
liquidaban (¿liquidan?) a los meninos da rua en
Río. Pero tenemos millares de niños delincuentes o
en abandono y policías acostumbrados a golpear a los
detenidos.
Antes de que lleguemos a tales fenómenos conviene a todos
que comencemos a comprender lo que ya tenemos, a esbozar
líneas de acción y actuar en lo que esté a
nuestro alcance. El miedo también puede servir para
algo.
Lo primero que puede observarse es que las tasas de criminalidad
se mantuvieron relativamente estables hasta 1977, pero subieron
sostenidamente desde 1978. Caen ligeramente entre 1986 y 1991 y
vuelven a subir con más fuerza que antes a partir de
1992.
Recesión y criminalidad
Es cierto que hay algo de mecanicismo en establecer una
asociación entre ciclos de criminalidad y ciclos económicos1, pero en el caso
peruano las coincidencias son bastante marcadas. Las fases de
recesión coinciden con el aumento de los delitos. Por ello
es verosímil la relación entre mayor desempleo y
mayor delito.
Una notable excepción es el periodo recesivo 88-91.
Entonces hubo un descenso de la criminalidad. Pero la
explicación puede guardar relación con las medidas
excepcionales de control policial y militar que se implantaron en
Lima contra los grupos subversivos, y aun con la propia actividad
de estos grupos que incorporaban duras medidas contra los
delincuentes en las barriadas.
Sin embargo, la excepción no dura mucho. Una vez
desplazados los grupos subversivos y disminuidos los controles de
las fuerzas del orden, la delincuencia se toma la revancha y sube
aun más aceleradamente en los últimos
años.
La primera moraleja es clara. Si el Perú, que se gobierna
desde Lima, va a generar desempleo persistentemente como en los
últimos veinte años, entonces Lima no tiene por
qué quejarse si en ella aumentan la criminalidad y la
inseguridad. Y si en serio se quieren revertir estas tendencias,
los ministros de Economía deben ser interpelados
más por los indicadores de empleo que por las tasas de
inversión extranjera.
Subculturas del delito
Por otro lado, también es cierto que no todo desempleado o
pobre se hace delincuente ni todo delincuente es pobre o
desempleado. Aunque todos alguna vez hemos transgredido la ley
así sólo sea como una infracción de
tránsito, la inmensa mayoría prefiere vivir sin
delinquir y en paz. En medio de grandes contradicciones y
carencias, en el Perú prevalece una cultura de paz. Si no
fuera así, el país ya hubiese colapsado.
Así que no toda la conducta transgresora se explica por
una situación de carencia material. Las investigaciones
clásicas al respecto, en otros países, tienden a
relativizar el impacto de esta situación y a rastrear
más bien el desarrollo de ciertas subculturas del
delito.
El concepto de subculturas delictivas2 alude a determinados grupos humanos, dentro de
cualquier clase social o institución, que terminan
premiando la transgresión de la ley.
Entre los estratos bajos, puede tratarse de niños o
jóvenes para quienes su entrega al grupo compensa su
pertenencia a familias desestructuradas, o con padres
martirizadores, satisfaciendo su necesidad de estima y sus
impulsos gregarios. Su escenario es la calle, donde existen
otros grupos de edades similares o mayores y donde las reglas de
la sobrevivencia y del reconocimiento pasan por el despliegue de
violencia. De estos grupos de transgresores de muy corta edad de
los estratos bajos, caracterizados por su arrojo, suelen salir,
en Lima, los futuros enrolados en las bandas de asaltantes y
secuestradores.
Pero hay también grupos de transgresores precoces en las
clases medias y altas, que también brindan a sus
integrantes compensaciones similares ante las fallas familiares.
La diferencia es que en estos estratos los grupos se forman a
edades no tan tempranas sino en la adolescencia. También
los distingue la obsesión por el éxito
rápido, que generalmente es buscado por canales
alternativos a los formales, juzgados como demasiado largos y mal
pagados. El ideal de estos grupos es el del vividor inteligente y
simpático, pero muy violento si debe demostrar su fuerza.
Por su apariencia poco sospechosa, los narcotraficantes suelen
reclutarlos para pasar droga en los aeropuertos.
Igualmente, hay subculturas delictivas dentro de las propias
instituciones regidas por reglamentos y por leyes o que deben
velar por su cumplimiento. Puede haber ámbitos en los que
inclusive a un abogado, un juez, un policía, un militar o
un empresario, les resulte imposible ser puntillosos defensores y
cumplidores de la ley y, simultáneamente, tener
éxito en sus carreras. Hay como unas reglas
subterráneas del juego, a las que deben adaptarse o
cambiar de oficio.
El crimen organizado vendría a ser ya una subcultura
formalizada; con unos jefes que se hacen pasar por gente
honorable, con negocios de simulación y con
jerarquías, estructuras y normas que deben respetarse
celosamente. En el Perú ese nivel lo han alcanzado
solamente las organizaciones de narcotraficantes.
Más leña
Hay también aquellas subculturas violentas o
propiciatorias de conductas violentas que no se delimitan a unos
grupos sociales o instituciones. Más bien se expanden como
comportamientos en los estadios, en el tránsito urbano, en
conciertos de música o en las aglomeraciones de cualquier
tipo.
Uno de estos comportamientos es el de los medios y el del
periodismo. Su papel actual es contradictorio. Por un lado -es
obvio-, sirve para informar sobre lo que va aconteciendo. Pero,
por otro lado, también banaliza la violencia. La utiliza,
con valiosas excepciones, como parte del show business y
como un insumo para la guerra por el rating y el tiraje.
Oliver Stone ha retratado crudamente este rol parcialmente
perverso de los medios en ese periodista personaje de Asesinos
por naturaleza. ésta debería ser una
película de visión obligatoria en escuelas de
comunicación y en las empresas de televisión.
A nuestro alcance
Familias, barrios, municipios, empresas, instituciones policiales
y judiciales, medios de comunicación, estadios,
tránsito, centros de diversión, oficinas del
Estado. En cada uno de esos ámbitos hay algo que se puede
hacer en el corto plazo para detectar y restar posibilidades de
expansión a las subculturas del delito o de la violencia.
Esa es una cuestión de toda la sociedad.
La policía ha sido ya rebasada. Por ello hay tantos
ronderos en el campo, tantas empresas de seguridad privada,
tantos policías trabajando a doble turno en empresas o en
serenazgos, y tan pocos policías en los barrios. La propia
ley del talión ha comenzado a aplicarse con los
linchamientos de delincuentes. La reforma de la policía es
una urgencia desde hace años. La autoridad política
tiene ahora una gran oportunidad para sacarla adelante, puesto
que el actual director general es un oficial con una
sólida imagen de probidad y de eficiencia profesional. No
se puede decir menos de la reforma del poder judicial y de las
cárceles.
Finalmente, por alguna razón, cuando en los últimos
tiempos se habla de inseguridad ciudadana o de violencia urbana,
la atención tiende a centrarse en los delincuentes
juveniles. No ha de ser sólo por ese natural
escándalo que acompaña sus actos. Ha de ser
quizá porque nos inquieta a los adultos, ya no el futuro,
sino el presente de nuestros hijos.
Así sólo sea por miedo, volvamos a cuidar y a hacer
crecer en nuestro entorno una cultura de paz y de respeto a las
normas y los derechos de los demás.
Notas
| 1. El tema ha sido tratado
por el economista Javier Iguíñiz en un breve pero
sugerente artículo en El Comercio. |  |
| 2. El concepto fue acuñado por
Albert Cohen, sociólogo autor del clásico
Jóvenes delincuentes hace ya cuarenta y un
años. |  |
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