| Asia ha logrado lo que otras
potencias no han podido: unir a los más disímiles
políticos, pensadores y funcionarios. Aunque con diversas
reservas y, con frecuencia, sin mencionarlo
explícitamente, muchos reivindican el modelo de desarrollo
japonés o el asiático para el Perú.
Mientras que unos ponen el acento en el tema de los gobiernos
fuertes, otros lo colocan en el liberalismo económico y
otros más en la necesidad de una mayor intervención
del Estado en la dirección del país.
Milton Friedman, premio Nobel por sus trabajos de economía
liberal, dijo hace muchos años que sus teorías
podían comprobarse con sólo observar al
Japón, y años después, con mayor
conocimiento de la realidad nipona, cambió a Japón
por Hong Kong señalando que la colonia británica es
la demostración de los logros del liberalismo.
Los norteamericanos de la llamada escuela progresista han
resaltado la acción intervencionista y reguladora del
Estado, posición que ha influido en economistas peruanos y
latinoamericanos de tendencia similar que postulan que el Estado
debe dirigir y controlar amplios sectores de la economía
para ser eficaz, tal como sostienen que ocurrió y ocurre
en el Asia.
¿Cómo es posible que la experiencia asiática
pueda servir de modelo a posiciones tan contrapuestas?
Sólo hay una respuesta válida: que al final todos
los argumentos tienen algo de verdad, y que ninguno de ellos
logra explicar por sí solo la racionalidad de estas
economías.
Hay cientos de estudios sobre el modelo asiático, pero la
literatura económica permite sugerir que no hay en Asia un
solo modelo, sino varios esquemas aplicados y utilizados
según los intereses de quienes desean apoyar una
posición en particular. Revisemos los modelos
asiáticos vistos desde diferentes posiciones y, luego,
intentemos una aproximación inicial al conjunto.
El modelo liberal
¿Es Asia el producto de una política de libre
comercio que fue a su vez el resultado de haber dejado a las
leyes del mercado la dirección de la economía?
Muchos opinan que sí.
En 1945 Hong Kong tenía 600 000 habitantes; para 1950
superaba los 2 200 000: su población se cuadruplicó
en tan sólo cinco años. Chinos procedentes de otras
partes de China, en especial empresarios de Shangai,
venían a esta pequeña colonia británica para
evitar que sus riquezas fueran confiscadas por el gobierno
comunista.
Los primeros años fueron de enorme crisis para la
pequeña región: no había servicios
sanitarios suficientes, la vivienda era escasa y ofrecía
una imagen semejante al Harlem norteamericano, y la pobreza era
rampante. Hoy Hong Kong tiene los edificios más modernos
del mundo; muchos de los inmigrantes de los años 50 son
ahora multimillonarios; la ciudad está en permanente
construcción y desarrollo; además, tres cuartas
partes del empleo se ocupa en el sector servicios, generado
principalmente por el sistema financiero que cuenta con los
mayores bancos del mundo y una gran infraestructura que le
permite ser puente financiero y económico con la China
continental y el resto del Asia.
En Hong Kong el nivel de las tasas de interés
fomentó el ahorro interno. El elevado ahorro
permitió, a su vez, financiar el crecimiento, lo que,
sumado a la política de bajos impuestos, alentó la
inversión.
En este marco, era claro que no podía aparecer nada
similar al llamado Estado de Bienestar europeo. Allí cada
uno es responsable de sí mismo, la jubilación o la
seguridad social es responsabilidad de cada quien. El Estado
considera que la gente debe ahorrar para los tiempos
difíciles.
Esto no ocurrió en otros países del sureste
asiático o en Japón, pero hay elementos comunes: la
creación de un marco económico estable con bajos
niveles de inflación que permitía planificar para
el largo plazo y normas legales que no cambiaban de un día
para otro.
Pero el elemento más claro es la inversión en
educación, que la escuela neoclásica denomina
capital humano. La escuela liberal postula que en el mediano
plazo es la educación la que garantiza el crecimiento,
porque eleva la productividad, permite desarrollar la
innovación y la eficiencia y tiene efectos colaterales, al
bajar la explosión demográfica, alentar la
inversión extranjera y redistribuir el ingreso. Si bien
puede haber mucha polémica en torno a las políticas
liberales, nadie discute que la educación ha
desempeñado un papel fundamental en el Asia.
La educación y la estabilidad permitieron aumentar las
exportaciones, que fueron la fuerza principal del desarrollo de
Japón y los tigres del Asia. Aunque hay discusión
en torno al respeto de los derechos de propiedad intelectual,
todas estas economías han sido en sus inicios grandes
copiadoras de ideas, unas copiando y vendiendo sin
discriminación, como Hong Kong y Taiwán, y otras
comprando tecnología a Europa y Estados Unidos, como
Japón y Corea del Sur.
El modelo del Estado desarrollista
Uno de los grandes mitos de la economía japonesa es que al
terminar la II Guerra Mundial quedó completamente
destruida. Japón se preparó para competir en el
exterior a partir de la revolución Meiji, a fines del
siglo XIX, y al concluir la guerra no sólo contaba con una
población masivamente joven y educada sino que
además tenía la tecnología de las mismas
empresas que fueron capaces de producir máquinas de
combate.
La revolución Meiji sentó las bases para crear un
aparato estatal sólido, que guió a Japón
durante medio siglo y que tomó el papel directivo
principal en la posguerra. El desarrollo de Japón no puede
verse separado del poderoso Ministerio de Industria y Comercio, y
del Ministerio de Economía. Ambas instituciones fijaron
las metas de largo plazo y trabajaron en paralelo con empresarios
y sindicatos.
Japón es un modelo en sí mismo, porque puso en
práctica una estrategia nueva de desarrollo e
intervención estatal donde el Estado asumió el
papel de coordinador y planificador. Este modelo consistió
en sugerir al sector privado los sectores estratégicos y
establecer incentivos crediticios y tributarios para desarrollar
la industria desde productos textiles y agrícolas pasando
por la industria pesada hasta la industria de productos
electrónicos avanzados.
El modelo japonés fue muy importante para el desarrollo
del resto de países del sureste asiático.
Japón está unido a Taiwán, Singapur, Hong
Kong y Corea del Sur por la geografía, pero,
además, por una historia de intervenciones que
colocó a Japón, en la segunda posguerra, en la
situación moral de contribuir a la reconstrucción
del resto de países de la región.
Corea del Sur estudió la experiencia japonesa al igual que
Singapur y Hong Kong, tomando un modelo similar de
coordinación y de guía estatal para aumentar las
exportaciones. En Corea del Sur se estableció un
férreo control del sector bancario para favorecer a los
grupos de poder económico conocidos como chaebol.
Todos los planes de largo plazo se aplicaron en estrecha
coordinación con estos grupos de poder. Hoy, cuando el
sistema político surcoreano ha entrado en crisis con la
condena de dos ex presidentes por corrupción, se ha
exculpado a los presidentes de las grandes empresas implicadas
por considerar que ésta es una cuestión de
seguridad nacional.
Japón mostró a los países del sudeste
asiático que era posible crecer. Pero, además de
confianza, les inyectó inversión, trasladando
numerosas empresas a esos países. Entrenó
además a futuros funcionarios de Corea del Sur,
Taiwán y Hong Kong. Lee Kuan Yew, el ex primer ministro de
Singapur, reconoce que Japón fue siempre el faro del
desarrollo, pero que ahora ese modelo se está
agotando.
Los mismos funcionarios japoneses sostienen que han creado un
nuevo tipo de capitalismo. Naohiro Amaya, uno de los arquitectos
del desarrollo japonés y funcionario del Ministerio de
Industrias, dijo una vez que «Japón desafía todas
las leyes económicas». Eisuke Sakakibara, del Ministerio
de Economía y autor de libros y numerosos
artículos, sostiene que «Japón ha logrado controlar
las leyes del mercado en función del largo plazo».
El modelo de «dictadura blanda»
Japón y el sudeste asiático ofrecen argumentos para
defender uno de los submodelos: «el gobierno fuerte» o la llamada
«dictadura blanda».
Lee Kwan Yew de Singapur y el actual primer ministro de Malaisia,
Mahathir Mohamad, han defendido la idea de que es necesaria una
combinación de autoritarismo político y liberalismo
económico para lograr el desarrollo. Ellos sostienen que
Asia es diferente a Occidente y que en los comienzos del
desarrollo, cuando se tiene una sociedad con gran parte de
población agrícola y pobremente educada, es vital
la imposición de leyes y políticas.
Esta es la base de la polémica sobre los llamados valores
asiáticos. Tal posición se ha extendido a diversos
países y ha alcanzado el nivel de teoría
política en el resto del Asia y en el Perú, donde
muchos identifican gobierno fuerte con modelo
asiático.
El problema es que en Asia los gobiernos fuertes han demostrado
su eficacia. Los gobernantes que se quedan por largo tiempo han
sido la regla, y no la excepción: Chang Kai-shek
gobernó Taiwán desde 1947 a 1975; Park Chung Hee
lideró Corea del Sur desde 1961 a 1979; Suharto ha
gobernado Indonesia desde 1966; Mahathir Mohamad dirige Malaisia
desde 1981, y en Singapur Lee Kuan Yew gobernó por
más de veinte años. Japón cambia a sus
primeros ministros, pero el régimen del Partido Liberal
Demócrata ha sido la constante durante más de
curenta años.
Aunque en otro contexto, China, con la filosofía de «un
país con dos sistemas», ha liberalizado zonas como
Cantón, Shangai y Fujian, pero el gobierno mantiene el
centralismo comunista, y es poco probable que se desmorone en los
próximos años.
Las condiciones externas
Ningún modelo puede entenderse al margen de los factores
que permitieron su aplicación. En el modelo
asiático debe considerarse la necesidad que tuvo Estados
Unidos de reconstruir rápidamente a Japón y el
resto del Asia para bloquear al socialismo.
China y la Unión Soviética representaban una
amenaza para los intereses norteamericanos y sólo
podían ser contrarrestadas creando bases militares
externas en Japón, Corea del Sur, Filipinas y dinamizando
la economía de la región. Las economías del
Asia también contaban con una gran población joven,
por lo que la inversión masiva en educación
primaria y secundaria permitió dotar a esos países
de los técnicos necesarios para elevar la productividad de
sus industrias.
Japón, además de servirles de ejemplo,
invirtió profusamente en ellos reciclando los ingresos que
recibía tanto de la ayuda norteamericana como del aumento
de exportaciones.
El último de los factores situacionales es el más
importante: la guerra o la amenaza de guerra. Estados Unidos
prohibió el ejército en el Japón ocupado de
la posguerra, lo que creó un sentimiento de inseguridad
entre los japoneses; sentimiento que se alimentaba en la idea de
que el resto de países de la región buscaría
tomar represalias contra ellos debido a las largas décadas
de imperio colonial nipón que debieron sufrir.
Por su parte, Corea del Sur fue producto de la guerra de Corea y
vive hasta hoy técnicamente en guerra con Corea del Norte,
porque, al no haberse firmado nunca un tratado de paz, se siente
bajo la amenaza permanente de invasión. También
Taiwán ha vivido en permanente alerta ante la posibilidad
de invasión desde China continental. Ante este panorama
conflictivo, cada nación sabía que era urgente
crecer para que el desarrollo económico compensara la
inseguridad militar.
En el Perú no existe este último factor
situacional, y más bien es una suerte que así sea.
Pero cuenta con otros factores situacionales que pueden ser
usados a su favor. Japón necesita garantizar su
abastecimiento de materias primas de América Latina, y el
resto del Asia requiere de urgentes entradas (y salidas) para
comerciar con Sudamérica, que pasan por desarrollar la
infraestructura y los puertos de Chile y Perú.
Y así como Japón dinamizó la economía
del sudeste asiático invirtiendo en ella, ahora los otros
países de la región disponen de excedentes cuyo
volumen es muy pequeño como para ser invertidos en
Japón o Hong Kong, pero cuyo destino natural, gracias
también a ello, comienza a ser la parte occidental de
Latinoamérica y Estados Unidos.
Para aplicar lo que puede ser trasladable del modelo
asiático al Perú, sin olvidar que todo modelo es
sólo referencial y no un fin en sí mismo, hace
falta el Estado regulador, y, como condición de
éste, una burocracia altamente calificada y de elite con
legitimidad para coordinar con el sector privado.
El sudeste asiático demuestra que la formulación de
una política industrial o de un plan de largo plazo
requiere de instituciones sólidas. En este contexto el
modelo asiático no es sólo el régimen del
gobierno fuerte. En el Asia las «dictaduras blandas» han
comenzado a ser cuestionadas por el ascenso de las clases medias
que reclaman mayor participación. Los gobiernos fuertes
fueron una respuesta a necesidades y circunstancias externas
peculiares que hay que entender además en relación
a la actitud tradicional de sujeción a la autoridad,
propia de la herencia cultural y religiosa confuciana.
La experiencia de las economías exitosas del Asia
demuestra que el liberalismo no puede ir separado de la
planificación, y que el desarrollismo estatal, a su vez,
debe dar libertad suficiente a la iniciativa privada. Ese
extraño balance de fuerzas económicas contrapuestas
en una situación geopolítica singular es lo que ha
permitido que el modelo asiático, valga la
tautología, se convierta finalmente en modelo.
| * Economista peruano residente en
Tokio. Colabora con diversas publicaciones
internacionales. |  |
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