| La literatura escrita por mujeres ha logrado un espacio importante en la
sociedad española. No sólo llama la atención la profusión de obras sino que en
algunos casos éstas alcanzan más de una decena de ediciones y ventas cercanas al medio
millón de ejemplares. Si bien cabría preguntarse si las escritoras más vendidas son
también las mejores, la presencia de Soledad Puértolas, Almudena Grandes y Carmen Martín
Gaite, entre otras, pareciera confirmar que se trata de un fenómeno de calidad literaria.
Y aunque un artículo del diario Ya, titulado «Literatura femenina: ser o no ser»,
advierte: «Las mujeres escritoras son, según las estadísticas, las más leídas por
el público y las menos premiadas», varias escritoras españolas han conseguido galardones
reservados hasta ahora sólo a los hombres. Tal el caso de Carmen Martín Gaite, que en 1994
recibió el Premio Nacional de Las Letras y poco después el Premio Príncipe de Asturias.
De todas estas escritoras, quizá la más literaria sea Soledad Puértolas. Autora de Una
enfermedad moral, Burdeos y Todos mienten, en 1979 ganó el Premio Sésamo con
El bandido doblemente armado; y en 1989 el premio Planeta con su libro Queda la noche, que lleva
ya veintidós ediciones con más de 300 000 ejemplares vendidos. En 1995 publicó la novela
titulada Si al atardecer llegara el mensajero.
Nacida en Zaragoza, reside desde hace tiempo en las afueras de Madrid, en un quieto barrio llamado Pozuelo de
Alarcón. Allí, en una casa de azulejos árabes plenos de colorido, la escritora vive en una
casi reclusión escribiendo novelas en las que sus personajes siempre desean escapar del lugar en el que
están, dirigirse a otro desconocido y probablemente equivocado.
Seres que miran la vida a través de un prisma particular y que conviven con una suerte de soledad en la
que incertidumbre y ficción se confunden, logrando un ambiente de difusos cuadros; semejantes a los
viajes inesperados en los que se embarcan y a su incursión por ciudades extrañas tratando de huir
de la espera inútil y del miedo a los días vacíos.
En cierto sentido se parecen a los personajes de la obra de Joseph Conrad, que ante la evidencia de que todo
puede estar desmoronándose en el fondo de su ser, persiste una idea muy simple: la de seguir trabajando,
sin capitular, sin rendirse ni amedrentarse. Porque los personajes de Puértolas sobreviven, a pesar de
todo, alentados por una ciega esperanza. Aquélla que se perfila después de los errores y fracasos
como un refugio, cuando sólo queda el ofrecimiento de la noche.
- Tu libro Queda la noche empieza cuando la protagonista sale de vacaciones y le surge un sentimiento
de culpa por tener que dejar solos a sus padres; curiosamente, llego a tu casa y lo primero que te oigo es
hablar con tu madre con esa misma preocupación. ¿En qué medida ha influido en ti como
escritora esa relación?
- Difícil pregunta, porque me retrotrae a lo más importante en la vida para un escritor, que
es la infancia. Yo creo que un escritor está hecho de todas las vivencias de esa etapa y de lo que
implica la memoria de la infancia.
En este sentido, la relación con mi padre y con mi madre -tal vez más básica con mi madre,
porque me siento marcada por ella- está presente en mi vida y en mi literatura. Es más: aunque en
Queda la noche efectivamente aparecen los padres, están al fondo, un poco fantasmales; en cambio,
en Madres e hijas, que es una recopilación de relatos de algunas escritoras españolas,
publico un cuento en que la relación madre-hija es muy directa, y en la novela que estoy escribiendo esa
relación es muy importante.
- ¿Y de qué trata la novela que estás escribiendo?
- Es un monólogo escrito en cinco momentos de la vida de una mujer; y bueno, creo que profundiza en
esta cuestión que precisamente a raíz del cuento sentí la necesidad de abordar con
más detalle: el personaje de la madre y la relación con ella.
Claro, seguramente las madres que están saliendo en esos relatos míos son mujeres que no han
podido desarrollarse, que no han tenido una vida propia; y esto causa mucha angustia como hija: ver la vida de
una persona casi sin posibilidad de buscarse a sí misma.
- ¿No crees que esta angustia deviene también porque no te puedes comunicar con ella?
- Creo que sí, que es fundamentalmente por la incomunicación, porque son mujeres que no hablan
mucho, que no han accedido a la comunicación con los demás, que se han defendido y han tenido
miedo a hablar. Son mujeres silenciosas, son relaciones muy silenciosas.
 | - ¿En qué medida esta relación silenciosa, pero entrañable por tratarse de las
madres, implica también algo más doloroso, que es la incomunicación de los
afectos?
- Hay falta de expresividad. Y claro, es muy importante que los afectos se expresen, porque si no se
expresan, se enquistan, se enrarecen y de alguna manera dejan de ser afectos. La expresividad es el cauce
natural de los afectos; por ello, cuando la afectividad ha sido tan reprimida y controlada, es un problema que
genera angustia. |
- ¿Tú sientes esa angustia?
-No por falta de afecto, pero a lo mejor sí de expresividad. Hay que analizar también las
circunstancias sociales. Ahora creo que los padres estamos mucho más con nuestros hijos. Ha habido una
revolución en las costumbres.
En esa típica clase media de provincia, de una ciudad como Zaragoza, que es donde yo nací, en
realidad los hijos no estaban mucho con los padres. Entre el colegio y lo que se llamaba el cuarto de jugar, al
extremo de un pasillo, los padres no sé a qué se dedicaban, porque yo no tengo recuerdo de mis
padres de pequeña; quizá muy pocos, aislados, y referidos a los domingos, los almuerzos
familiares y las fiestas.
La sensación de mis primeros años se ubica en el cuarto de jugar, el colegio, y la cocinera que
la sociedad española de entonces permitía.
- En el libro que mencionas -Madres e hijas, de Laura Freixas-, existe en los distintos relatos algo
que los unifique, que sea común en ellos?
- No. Son relatos muy diferenciados. La verdad es que yo me lancé al libro con esta idea para ver si
había algo en común, pero no encuentro uniformidad en la relación madre-hija. Tal vez
porque hay varias edades en el libro, puesto que en personas de nuestra generación -yo soy de 1947-
sí existe esa comunidad en relaciones típicamente urbanas y de clase media en el marco de una
generación de transición que nos ha tocado vivir y en la que debemos ocuparnos de los padres y de
los hijos. Una generación con excesivas responsabilidades.
- También una generación que ha tenido que dejar un mundo de costumbres y restricciones para
adoptar otro más libre, pero no necesariamente menos culposo.
- Todavía sentimos mucha culpa si no nos ocupamos suficientemente de los padres cuando lo requieren,
o en determinados momentos críticos de los hijos. Somos una generación culpable porque hemos
intentado desprendernos de algunas responsabilidades para tener otras, para ampliar un espacio interior, y esto
tiene un enorme costo social.
Al buscar un espacio en el que pudiéramos sentirnos más a gusto, o con mayor autonomía que
nuestras madres, hemos rechazado de alguna manera su propio modelo. No hemos querido ser esas mujeres
dependientes, pasivas, y en gran parte anuladas por los maridos aunque tenían una enorme fuerza en los
hogares; porque también hemos rechazado eso. Hemos querido compartir esa fuerza en el hogar, hemos
querido hacer otra cosa, y eso también nos ha hecho sentir culpables porque hacer los cambios
culpabiliza.
- ¿Cuándo sentiste que lo que más querías era escribir?
- A una edad muy temprana que no puedo fijar, y que está muy unida a lo que es mi percepción
de la vida. En mi casa no hubo personas intelectuales; yo no he tenido esa casa llena de libros. Claro que
había libros, pero no el ambiente cultural que te empuja a leer y escribir.
Y sin embargo, por lo que sea, desde que pude leer, los libros me proporcionaron el espacio en el que me
encontraba a salvo de la realidad, de la percepción de la realidad como algo incomprensible y hostil. Y
en cuanto tuve un lápiz y un papel, me encontré escribiendo, imitando o recreándome en
esos mundos que yo leía.
- ¿Tiene mucho juego la fantasía en tus relatos, o son más bien
autobiográficos?
- No me interesa mucho contar mi vida, sino transformarla e inventarla. Una de las razones por las que
empecé a escribir fue por inventar vidas ajenas que no podía conocer; y un camino para acercarse
a esas vidas era inventarlas a mi modo y medida.
Eso me ha mantenido en la literatura como algo muy sugestivo. Yo prefiero contar otras vidas porque la
mía ya la tengo y la viviré lo mejor que pueda, aunque tal vez la convierta en literatura porque
llega un punto en que la vocación es tan fuerte que todo lo abarca.
- Me da la impresión de que tomas la vida con mesura...
- La tomo con desconcierto. Ojalá la hubiera tomado con mesura. No soy de pasiones, soy de
desconcierto. Soy una mujer con una rara necesidad de buscar algo que me centre, que me equilibre. Hay personas
que son muy integradas, que desde que nacen se sienten integradas en la sociedad y saben cuál es su
sitio. Yo, en cambio, me siento bastante desplazada en ese sentido. Con la edad, con la literatura y los
afectos que he conseguido tener, puedo decir que sí estoy a gusto, con todas las reservas. Pero me ha
costado mucho.
- También tus personajes femeninos participan de ese desconcierto...
- Sí, tal vez todos participan de esa sensación de extrañamiento. Buscan algo, no se
sabe qué, y como no les es suficiente lo que la vida les ofrece, siempre sufren carencias. Son
personajes insatisfechos, personajes que las respuestas que otros tienen no les vale demasiado.
- La narrativa española actual, tan rica en expresiones y calidad, surge con mayor fuerza
después del gobierno autoritario franquista, que no sólo reprimió a sus opositores
políticos sino que fue eterno vigía de una determinada moral, y, por consiguiente, censor de la
vida cotidiana. ¿Estás de acuerdo con esta opinión?
- Claro, la vida cotidiana de entones era de tonos grises, como dice la escritora Josefina Aldecoa. La
posguerra es gris. A mí también me tocó una infancia de tonos grises. Los colegios no eran
mixtos, y seguían normas convencionales, muy rígidas: nada de mezclar clases sociales ni a
hombres con mujeres.
Por ejemplo en el Club de Tenis, cuando yo tenía diez años, las mujeres no tomaban el sol en la
piscina frente a los hombres. Había una especie de solarium, un recoveco donde las mujeres se bajaban
los tirantes y se levantaban un poco las falditas. Desde luego que no se tomaba el sol frente a los hombres
porque era algo impúdico. Todo esto expresaba una sociedad estancada, rígida, sin
creatividad.
- Cuando se inició la transición democrática se produjo un estallido social, con sus
naturales exageraciones, que se conoció como «la movida». ¿Crees que es difícil vivir en la
libertad y que los seres humanos necesitamos límites?
- Lo que se llamó la movida es algo anecdótico. Lo que sí se produjo fue el estallido.
Algunos grandes colegios clasistas vendieron los mejores locales y se fueron a barrios pobres. Las monjas
vistieron de seglares; en una especie de arrepentimiento público, admitieron que estuvieron equivocadas
al dedicarse a enseñar sólo a determinadas clases y que su misión debió ser
otra.
Quiero decir que se originó una verdadera revolución de las costumbres, que se empezó a
entender lo que es vivir en la democracia y a reaccionar contra el sistema autoritario. Pero cuando se producen
estos estallidos se pierden todos los valores porque se saltan las reglas. Actualmente la regla es muy
individual, la regla es mucho más difícil de establecer, porque es la moral de cada uno. Ahora
somos mucho más libres y tenemos que aprender a vivir con esa libertad.
- ¿Y cómo influyó ese proceso en la relación de pareja?
- Muchísimo. El gran cambio que se ha dado aquí, y diría que en el mundo, es una
revolución en la relación de pareja. La mujer no sólo se ha incorporado al trabajo, sino
que ahora tiene un puesto y un papel social que antes no tenía.
En el hogar se comparten las responsabilidades, se tienen hijos con mayor decisión de la pareja; y si
antes el hombre español no osaba fregar los platos ni compartir las tareas domésticas, en cambio
ahora muchos lo hacen sin mayor problema.
En todos los ámbitos de la sociedad española están las mujeres presentes, y esto significa
un cambio muy importante, sin que por ello los hombres se sientan amenazados, como ocurre en Estados Unidos.
Quizá porque aquí los hombres tienen el poder. Ha habido una importante incorporación de
la mujer, pero ningún desplazamiento de los hombres.
Y si hablamos de literatura, en los congresos, en obras citadas, la mayor parte son títulos masculinos.
Los críticos literarios son en su mayoría hombres y el control de todo núcleo de poder
sigue en manos de los hombres.
- ¿Te cambió la vida la notoriedad que adquiriste cuando recibiste el Premio Planeta?
- Para mí eso no cambia la vida. Lo que sí significó el Premio Planeta fue la
posibilidad de dedicarme a la literatura, a lo que más deseo: estar en casa y escribir, que creo es lo
único que sé hacer.
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