El comando del MRTA que asaltó la residencia del embajador
del Japón el 17 de diciembre pasado, tomó
totalmente por sorpresa no sólo a los centenares de
invitados que celebraban el onomástico del emperador
Akihito, sino a todo el país.
Políticamente, 1996 había sido el año
más complejo desde 1992. El país parecía
acercarse a un punto de inflexión. En las encuestas de
opinión, la popularidad del gobierno había ido
declinando lentamente hasta que en noviembre, por primera vez en
seis años, el porcentaje de los que desaprobaban la
gestión presidencial superó al de quienes la
aprobaban. Si bien conservar más de un 40% de
aceptación después de tantos años constituye
un récord no sólo en el Perú sino en
cualquier país de América Latina, en diciembre el
gobierno aparecía, también por primera vez en seis
años, claramente a la defensiva. Una recesión
económica persistente y una creciente desilusión
con el modelo económico erosionaban su popularidad.
Más aún, en el contexto de crisis económica
la confrontación como método para alcanzar sus
objetivos comenzaba a resultarle contraproducente. El desigual
enfrentamiento con el alcalde de Lima; el caso Vaticano, que
llegó a implicar al más poderoso de los asesores
presidenciales, Vladimiro Montesinos; las acusaciones contra
personal del SIN en atentados contra miembros del Tribunal de
Garantías Constitucionales y contra una filial de Global
Televisión en Puno; y, sobre todo, el arresto
injustificado del Gral.(r) Rodolfo Robles, empañaban
crecientemente su imagen.
Por primera vez, asimismo, la oposición comenzaba a
articularse alrededor de un eventual referéndum sobre la
posibilidad de reelección del Ing. Fujimori en el
año 2000.
Y entonces, súbitamente, el MRTA irrumpió de modo
espectacular en ese complejo escenario, reconfigurando en apenas
10 minutos la ubicación de los actores, forzando a la
oposición a cerrar filas en defensa del Estado y en contra
del terror y contribuyendo, como advierten las encuestas
publicadas a un mes de iniciada la crisis, a la
recuperación de la popularidad presidencial por primera
vez en casi un año.
El MRTA
¿Quiénes eran los desconocidos asaltantes de la
residencia del embajador del Japón? La pregunta
recorrió las redacciones de todo el mundo, dada la escasa
familiaridad con un grupo cuya única aparición
previa en la prensa internacional había estado ligada al
arresto, juicio y condena de la ciudadana norteamericana Lori
Berenson hacia fines de 1995.
Si bien sus antecedentes inmediatos se encuentran en los
años de la transición democrática (1978-80),
los orígenes del MRTA se remontan a las guerrillas del MIR
en 1965. Quince años más tarde, las diferentes
fracciones en que quedó dividido dicho movimiento
decidieron emprender un proceso de acercamiento que
culminó con la conformanción del MIR Unificado, que
se integró a Izquierda Unida. Una pequeña
fracción, denominada MIR-El Militante,
rechazó esa evolución y decidió seguir
preparando «el reinicio de la lucha armada». En ese camino se
encontró con una escisión del Partido Socialista
Revolucionario (PSR), organización que agrupó a
buena parte del ala radical del velasquismo (1968-75).
También en este caso, mientras el PSR decidió
actuar dentro de los marcos democráticos y se
incorporó a IU, una pequeña fracción, que
asumió el nombre de PSR-ml, optó por la vía
armada.
Pero la unificación de esos dos grupos minúsculos,
que dio como resultado una sigla más complicada que las
actuales direcciones electrónicas -PSR(m-l)/Mir (El
Militante)- no alcanzó la masa crítica para
lanzarse a una aventura militar hasta que hacia 1982 una
significativa minoría se escindió del MIR Unificado
y gravitó hacia la opción armada. Dirigentes
experimentados y una cierta base social en la costa norte y en el
departamento de San Martín, se unieron a los grupos
mencionados. Nació así en 1983 el MRTA, alentado
por acontecimientos que conmocionaron a la izquierda radical: el
triunfo del Frente Sandinista en Nicaragua y la ofensiva
guerrillera en El Salvador y Guatemala; el auge de la lucha
antidictatorial en los países del Cono Sur, así
como también los éxitos iniciales de Sendero
Luminoso en el Perú.
Como en muchos movimientos armados latinoamericanos, desde el
principio se advirtieron en el MRTA tensiones entre una
línea más militarista y otra más
política, que pareció predominar al principio. Con
los años, sin embargo, la lógica de la guerra se
fue imponiendo. Entre 1989 y 1992, varios acontecimientos
configuraron un verdadero punto de viraje. Por un lado, en su
denominado Frente Nor-Oriental, una de las pocas zonas donde el
MRTA tenía simpatías en organizaciones sociales
importantes como el Frente de Defensa y la Federación
Campesina de San Martín, se produjo hacia 1989 una
discusión acerca de la posible participación de
esas organizaciones en la consulta electoral sobre si San
Martín se constituía en región
independiente. Al final se impuso la línea más
militar, que propugnaba no participar. Por la misma época,
una importante columna del MRTA fue emboscada en Los Molinos
(Junín). De acuerdo a organismos de Derechos Humanos,
decenas de combatientes rendidos fueron asesinados. Poco
después, en el primer semestre de 1990, un importante
contingente de dirigentes emerretistas presos en el penal de
Canto Grande fugaron a través de un túnel. El
éxito de esta operación inclinó más a
la organización hacia la lógica de la guerra.
Varios de los cuadros militares fugados de prisión
convergieron hacia el Frente Nor-Oriental y sofocaron los
reclamos por una estrategia más política.
Todavía en los primeros años de la presente
década el MRTA fue capaz de incursionar en algunas
capitales provinciales y departamentales (Juanjuí,
Jaén, Moyobamba). Pero a partir de Los Molinos su
capacidad de desarrollar la clásica guerra de guerrillas,
que nunca fue grande, había comenzado a decaer. El cambio
de estrategia de las FFAA acabó por arrinconarlos. Para
1992, los más importantes líderes fugados
habían sido recapturados, incluyendo a Víctor
Polay, el dirigente máximo. El golpe de gracia lo
constituyó la capitulación del Frente Nor-Oriental,
cuyos principales líderes se acogieron a la Ley de
Arrepentimiento promulgada poco antes por el gobierno.1
A estos golpes se sumó el fin de la guerra fría, la
crisis de la utopía socialista y la decisión de los
movimientos armados centroamericanos de entablar negociaciones de
paz. El MRTA terminó como superviviente de un
capítulo cerrado en la historia de América Latina y
culminó una evolución que venía de tiempo
atrás, convirtiéndose en un grupo especializado en
secuestros y golpes de mano, contaminado por el
narcotráfico, resolviendo repetidas veces sus disputas
internas por medio del asesinato. Derrotados
estratégicamente, aislados de la dinámica social y
política del país, los dirigentes nacionales
todavía en libertad se ensimismaron en la
preparación de dos golpes de mano: la toma del Congreso,
que abortó en noviembre de 1995 con la captura del comando
encabezado por Miguel Rincón, y la toma de la residencia
del embajador japonés, con la cual regresaron casi
literalmente de ultratumba al escenario nacional e
internacional.
La toma de rehenes: el azar y los errores
¿Cómo pudo un grupo tan débil realizar una
operación tan exitosa? Aparte del azar en la historia,
cabe señalar que hoy en día ataques terroristas y
golpes de mano similares pueden producirse casi en cualquier
parte del mundo: bombas en Oklahoma y en el World Trade Center de
New York, gas nervioso en el metro de Tokio, bombas en el metro
de París, un escape cinematográfico de una
prisión chilena de alta seguridad pocos días
después de la acción del MRTA en Lima.
Pero que algo semejante pueda pasar en cualquier parte no elimina
responsabilidades, que pueden advertirse antes y después
de producida una acción de este tipo. Antes: minimizando
riesgos. Después: maximizando el «control de
daños».
a) Antes. Minimizar el riesgo de que se produzcan
acciones como las del pasado 17 de diciembre, especialmente si se
quiere hacerlo respetando los marcos democráticos,
requiere hoy más que nunca servicios de inteligencia y
fuerzas policiales altamente profesionales, tecnificados y no
polítizados. No era el caso del Perú, donde
después de la derrota militar de SL y el MRTA las fuerzas
de seguridad bajaron la guardia y se concentraron en objetivos
políticos, específicamente en asegurar la
reelección del ing. Fujimori en el año 2000.
Así, en vez del seguimiento de los restos del MRTA y SL,
se dedicaron a montar operativos de inteligencia contra la
alcaldía limeña, contra periodistas y medios de
comunicación opositores, contra miembros del propio
Tribunal de Garantías Constitucionales o contra el Gral.
Robles.
b) Después. A un mes de la toma de la residencia,
puede decirse que en lo referente al «control de daños» y
a la búsqueda de una solución pacífica de la
crisis, el balance resulta frágilmente favorable. En los
primeros días, se evitó una reacción
desesperada y la posibilidad de un asalto a la residencia ha ido
alejándose en cada nuevo capítulo de la crisis. El
gobierno, y el país, han sido capaces de asimilar el
golpe. No estamos en 1992.
Al mismo tiempo, la crisis ha revelado, esta vez en una
situación límite, la naturaleza extremadamente
centralizada y personalizada del régimen. Cuando la nube
de periodistas de todo el mundo llego al país,
encontró que no existía un portavoz oficial del
gobierno y que tenían que esperar varios días hasta
que el propio presidente se dirigiera al país. Un «equipo
de crisis» a cargo del manejo del problema se formó mucho
más rápidamente en Tokio que en Lima. Si
existió uno aquí desde el principio, debe haber
estado conformado por los sospechosos de siempre, actuando en el
secreto de costumbre.
El gobierno ha mostrado, asimismo, su dificultad para convocar y
movilizar al conjunto de la sociedad y de las fuerzas
políticas en torno a intereses nacionales, incluso en
situaciones tan graves. Los primeros días surgieron
iniciativas y movilizaciones espontáneas de sectores
sociales, municipios, iglesias. Cuando el gobierno
movilizó lo hizo en términos estrictamente
partidarios. Habitantes de los Conos, beneficiarias de programas
como el Vaso de Leche, marchaban a la residencia con banderolas
anaranjadas (color de Cambio 90) y eslogans como: «Estamos con
el Sr. Presidente» o «Estamos con el Chino», que revelaban, otra
vez, la naturaleza personalizada de la adhesión.
Finalmente, a pesar de que la oposición expresó su
disposición a conceder una tregua política, el
gobierno decidió jugar el papel de los políticos
tradicionales -mezquinos e inmediatistas- que siempre
criticó. En plena crisis, con los ojos del mundo puestos
sobre Lima, la mayoría parlamentaria continuó su
ofensiva contra instituciones como la Fiscalía de la
Nación y el Tribunal de Garantías
Constitucionales.
El contexto «global»
Sin embargo, en el manejo específico de la crisis de los
rehenes, el desempeño gubernamental ha sido prudente.
Desde su primer mensaje al país, el presidente
abrió el camino a una solución pacífica al
proponer la formación de una comisión de garantes.
A partir de allí, con altibajos, se ha avanzado de la
incertidumbre a la precisión de ciertos marcos dentro de
los cuales es posible preparar las condiciones para un desenlace
incruento.
En esta evolución positiva ha jugado un papel importante
la comunidad internacional. El fin de la guerra fría, el
colapso del bloque soviético y los procesos de paz en
América Central han dejado sin posibilidad de respaldo
internacional a grupos como el MRTA. El unánime apoyo de
los países latinoamericanos.2 y del Grupo de los Siete es un activo
invalorable para el gobierno. Cabe destacar el papel de
Japón. Su decisión de dar primera prioridad a la
vida de los rehenes y la llegada del Ministro de Relaciones
Exteriores, Sr. Ikeda, con un numeroso equipo de asesores, parece
haber tenido influencia decisiva en bloquear la posibilidad de un
asalto a la residencia, técnicamente territorio japonés.3
También la prensa contribuyó a poner por primera
vez al Perú en el candelero global. Nunca convergieron
sobre Lima periodistas de tantos países, cuyo papel ha
sido ambiguo. Por un lado, la violencia potencial se
convirtió en espectáculo. Los medios contribuyeron,
además, a la segunda victoria del MRTA: la conferencia de
prensa de Néstor Cerpa el 5 de enero. Finalmente, conforme
se alejaban las posibilidades de primicias en la residencia
tomada, los periodistas buscaron no sólo el contexto sino
la nota insólita, algunas veces con frivolidad.4 Pero, por otro
lado, la presencia de la prensa internacional contribuyó
también, de manera significativa, a reducir las
posibilidades de una incursión violenta. Y cuando los
periodistas buscan el contexto, si bien puede advertirse a veces
frivolidad o sesgos hacia lo tremendista, también se
encuentran opiniones serias sobre aspectos dramáticos de
nuestra realidad que obligan al gobierno a dar respuestas
creativas más allá de la simple propaganda.
Salidas posibles
Es posible y necesaria una salida pacífica y
política a la crisis, dentro de los marcos de la legalidad.5 El gobierno,
la opinión pública y la comunidad internacional
respaldan esta posición, que descarta la liberación
de los dirigentes emerretistas presos pero deja espacio para
negociar la liberación de los rehenes sin concesiones
sustanciales a los asaltantes, y puede abrir puertas para que los
peruanos discutamos, más allá de esta crisis, una
agenda de paz y democracia para el país.
a) Es necesaria, porque una perspectiva
democrática requiere que el capítulo final de una
guerra interna sea un capítulo político, por
más débil que sea el adversario. La prueba de que
no basta la derrota militar la dan tanto el surgimiento del MRTA
como la reciente toma de rehenes.6.
Se ha discutido si esa salida política implica un acuerdo
de paz. No necesariamente. Siendo el MRTA un grupo aislado
socialmente, no cabe una solución «a la centroamericana».
No hay interlocutor válido para un acuerdo como los
firmados en Guatemala o El Salvador. Pero es posible entablar la
negoción -interlocución, conversación o como
quiera llamársele- con el MRTA como un hecho
político y encontar puntos que, sin violar la legalidad,
permitan la liberación de los rehenes y, de ser posible,
la renuncia del MRTA a la lucha armada y su reubicación
como actor político. Puntos como la salida del país
de los asaltantes, la mejora de las condiciones carcelarias para
los emerretistas presos,7
posibles revisiones de penas e incluso una amnistía dentro
de varios años para quienes no hayan estado involucrados
directamente en hechos de sangre, siempre y cuando el MRTA
renuncie a la violencia, podrían ser considerados.
b) ¿Es posible tal solución? Lo es, porque si
bien la toma de la residencia ha sido un hecho terrorista,
moralmente excecrable y políticamente injustificable, los
asaltantes no son un comando suicida con una agenda ininteligible
como la de algunas sectas que actúan en otras partes del
mundo. Reconocerlo no significa hacer concesiones al MRTA, sino
constatar una realidad no sólo peruana sino latinoamericana.8. Los
asaltantes se consideran portadores de un proyecto
político. Si bien objetivamente dicho proyecto se
encuentra en escombros, es indispensable tomar en cuenta la
subjetividad de los interlocutores, que son todavía lo
suficientemente políticos -y el jefe del comando tiene
además un pasado sindical- como para saber que su
«programa máximo» no es viable. Si se impone el principio
de realidad, al margen de consideraciones morales los asaltantes
tienen que reconocer que la correlación de fuerzas
políticas y sociales no da para la liberación de
los emerretistas presos.
El peligro, por el lado del MRTA, es que prevalezca la
vocación de inmolación que según Max
Hernández recorre intermitentemente nuestra historia, y
que la crisis pueda acabar en tragedia. El peligro, por el lado
del gobierno, es que prevalezca la reticencia a la
negociación, la vocación por victorias totales que
terminen con la rendición del adversario, sin concesiones,
ni siquiera menores.9.
Peor aún sería que las FF.AA. optasen por este
camino entrando en contradicción con el Ejecutivo, como ha
sucedido ya en ocasiones anteriores en las que han creído
ver menoscabados sus privilegios y/o su imagen (la libertad del
Gral. Robles sería la más reciente). En tal
escenario, en el comando emerretista arrinconado podrían
activarse reflejos de inmolación.10.
Lo mejor para el país sería que, más
allá del desenlace incruento de la crisis, este incidente
fuera el catalizador para un «acuerdo de paz» entre los
peruanos. En otras palabras, para que el gobierno, los partidos
políticos y la sociedad reconozcamos que hay una agenda
pendiente de paz, derechos humanos, justicia social y democracia
en el país; que no se puede abrir un nuevo capítulo
sin una reflexión sobre uno de los períodos
más violentos de nuestra historia; que no se puede, por
tanto, pretender ser jaguar en el S.XXI sin saldar cuentas con
nuestros propios demonios, que se desencadenaron de manera tan
brutal en la década de 1980.
Notas
1 Tanto la discusión sobre la
participación en las elecciones regionales de 1989,
aireada en Voz Rebelde, órgano periodístico del
MRTA, como el predominio de los cuadros militares sobre la
dinámica más «social» de quienes estaban vinculados
al campesinado del «Frente Nor-Oriental» fueron mencionados por
Carlos Tapia en una reunión en el IEP (6.1.97) |  |
| 2 Salvo el incidente producido
alrededor de la liberación del embajador de
Uruguay. |  |
| 3 Luego de la partida de Ikeda,
el embajador Terada, representante en México,
permaneció en Lima a la cabeza de un equipo en lo que para
el Japón representa la mayor operación
diplomática de todos los tiempos en América
Latina. |  |
| 4 Un ejemplo es la carátula de la
edición internacional para América Latina de
Newsweek (13.1.97). Allí aparece Néstor
Cerpa con pañuelo tapándole el rostro, junto a un
titular -«En nombre del amor»- que hace referencia a su esposa
encarcelada. |  |
| 5 Una formulación
parecida fue expresada por Santiago Pedraglio en la mencionada
reunión del 6.1.97 en el IEP. Esta formulación hace
explícitas las diferencias con la situación
centroamericana que requería acuerdos de paz, y se
diferencia al mismo tiempo de quienes quieren encarar el problema
como si los asaltantes fueran delincuentes comunes, y/o de
quienes pudieran propugnar una solución violenta. Por su
parte un reciente comunicado del Instituto de Defensa Legal (IDL)
se explaya en las diferencias que existen con el escenario de
América Central y en otras razones por las cuales no
sería válida la figura de un acuerdo de
paz. |  |
| 6 En 1965 las guerrillas del MIR
fueron derrotadas en menos de un año. Sin embargo,
más de 15 años después el MRTA surgió
reivindicando banderas similares. Fue derrotado militar y
socialmente, pero a pesar de ello fue capaz de montar un
operativo como el asalto del 17 de diciembre. |  |
| 7 Estas y otras medidas como la
modificación de la Ley Antiterrorista, venían
siendo reclamadas desde mucho antes por organismos defensores de
Derechos Humanos, ONGs, organizaciones sociales, partidos de
oposición, entre otros. |  |
| 8 Salvo el caso de Sendero
Luminoso, América Latina no sufre hoy de manera tan
intensa el tipo de conflictos religiosos, étnicos o
nacionales que conmocionan a otras regiones del mundo. |  |
| 9 Recientemente diarios peruanos
han publicado despachos de prensa en los cuales el Parlamento y
el primer ministro del Japón llaman a encontrar una
solución rápida a la crisis. Al momento de escribir
este artículo el Departamento de Estado de los EE.UU. ha
emitido un pronunciamiento semejante. Estas declaraciones
expresarían cierto malestar ante la actitud del gobierno
que pareciera jugar la carta de la negociación (o del
diálogo), pero apostando al mismo tiempo a darle largas
para lograr el desgaste de los asaltantes y su eventual derrota
sin necesidad de diálogo. |  |
| 10 En la mencionada reunión del
IEP (6.1.97), Javier Diez Canseco informaba que en la casa tomada
los asaltantes repartían ejemplares del libro sobre la
toma de la fábrica de Cromotex en 1979, en la cual
participó Néstor Cerpa y que terminó con la
muerte de seis obreros y un policía. Max Hernández
ha resaltado la importancia simbólica de que Cerpa asuma
como seudónimo el nombre de uno de los obreros muertos en
Cromotex: Hemigidio Huertas Loayza. |  |
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Nº 105
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