Ha sido, entre otras, también una crisis del lenguaje. Las
palabras rompieron más de una vez la relativa fidelidad
que deben guardar con los hechos. Néstor Cerpa, hablando
de los señores retenidos para referirse a los
secuestrados. Las autoridades del gobierno, pretendiendo encubrir
con la palabra «conversaciones» la realidad de las negociaciones.
Todos nosotros hablando de solución pacífica para
referirnos a un diálogo sobrepoblado de fusiles de asalto
y de granadas. Y la denominación «crisis de los rehenes»
para un suceso que condensaba muchas otras crisis, errores y
precariedades de todos los actores involucrados. Quizás la
primera lección que debamos sacar de este acontecimiento
es cuán banal resulta disfrazar los hechos con frases.
«Save the face», le dicen los gringos; guardar las
apariencias, le decimos nosotros, no salva a ningún barco
cuando le dan en la línea de flotación.
Cómo llegaron hasta allí.
Comencemos por Néstor Cerpa y su pequeño grupo de
emerretistas. Ellos mismos son el resultado de algunas audacias,
pero también de varias carencias, precariedades y
fracasos.
Cerpa siempre fue un militante osado y radical. Lo demuestran sus
años de sindicalista y las tomas de locales que
protagonizó ya en 1979. También ha sido un
emerretista eficiente a su manera. A diferencia de todos los
otros dirigentes del MRTA, nunca fue arrestado ni herido de
consideración, y llevó a cabo varias tomas de
pueblos. Como sindicalista, antes, y como emerretista,
después, realizó varias acciones para liberar a sus
camaradas presos, sin mayor éxito. Pero también sin
mayor fracaso. Son razones personales que explican parcialmente
su incursión en la residencia del embajador
japonés.
Pero también hay otras razones, menos directas pero
también efectivas, para esbozar los antecedentes que lo
llevaron a él y a su grupo hasta ese lugar.
Por ejemplo, la carencia flagrante de un cierto sentido laboral y
social en la democracia que resurge en el Perú de los 80 y
continúa en los 90 con Fujimori. Una democracia que
devolvió el derecho al voto y la libertad de prensa, pero
que se ha asentado, desde su gestación a fines de los 70,
sobre la derrota de los sindicatos una y otra vez en esos
años, en los 80, en los 90 y no sé hasta
cuándo. Cómo olvidar, por ejemplo, los 4 mil 500
dirigentes fabriles despedidos en un solo día en 1977; o
la corte luctuosa de huelgas aplastadas como aquella de Cromotex,
en febrero del 79. O la caída vertical de los salarios
reales y el paulatino establecimiento de una legislación
hostil a los trabajadores en los 17 años siguientes, es
decir hasta ahora.
Esto no legitima a la lucha armada ni menos al terrorismo. Pero
sucede una paradoja con nuestras democracias latinoamericanas. Se
gestan con la derrota de los militarismos y a eso ayudan los
sindicatos. Pero luego son éstos los derrotados. Cerpa es
sólo uno de aquellos sindicalistas amargamente batidos en
las vías institucionales, frecuentememte inequitativas.
Optó por otro camino, que no ha sido el que siguió
la inmensa mayoría de sus antiguos compañeros, pero
algunos sí. Y no tenemos que recordar que la actividad
subversiva sólo necesita de algunos pocos.
Pero también se refleja en el grupo emerretista la
precariedad de los partidos políticos tradicionales. Su
ausencia desde los años 70 en los medios laborales,
barriales y campesinos. Su negligencia respecto a las demandas
populares y regionales. Su secular centralismo limeño. Por
algo, la izquierda radical creció explosivamente en esos
años y en esos medios. Por algo los bastiones subversivos
de Sendero y del MRTA fueron, respectivamente, Ayacucho en el sur
andino, y San Martín en la selva norte.
La izquierda radical fue una opción para estos movimientos
populares. Y tuvo el tino de ingresar, en la amplia
mayoría de sus grupos, a la política institucional
mediante su participación en las elecciones generales, en
el Congreso, los municipios y en los gobiernos regionales. Sin
embargo, nunca resolvió con coherencia el problema de
concordar las propuestas de reforma social, los discursos
revolucionarios y las prácticas parlamentarias. Se
fragmentó hasta casi su total desaparición.
Precisamente uno de los temas en que se asfixió fue en el
de la posición respecto a la lucha armada.
Pero el MRTA dijo sí y copió al detalle las
estrategias y hasta ciertos lemas de las guerrillas
centroamericanas y colombiana. Sobre ellas colocó la
silueta de Túpac Amaru y comenzó sus acciones
armadas en 1984. Pero su lucha armada nunca captó una
adhesión popular significativa. Ni siquiera en su
bastión, el Huallaga Central, o más exactamente
Tarapoto, pues las elecciones eran ganadas por los partidos de
derecha o de centro. Le pasó lo mismo que a todas las
guerrillas latinoamericanas que surgen o pretenden seguir sus
acciones en contextos democráticos. O se pasman o las
desbaratan o se pervierten.
Al MRTA le pasó las dos últimas cosas. En 1993 su
pequeña estructura nacional ya había sido
desbaratada. Casi todos sus dirigentes fundadores estaban en la
cárcel, en el exilio o muertos.
Desde inicios de los 80, inspiradas de alguna manera por los
tramos finales del alzamiento sandinista en Nicaragua, las
guerrillas centroamericanas y colombiana pretendieron resolver
sus entrampamientos mediante iniciativas de acuerdos de paz o de
reincorporación a la legalidad, exitosas en algunos casos,
trágicamente frustradas en otros.
El MRTA también realizó algunos intentos en este
sentido. Hubo algunas declaraciones de tregua y por lo menos dos
de sus dirigentes encarcelados hablaron de negociar la paz. Pero
nunca fue un elemento importante entre sus propuestas.
En 1994-1995, el único foco con acciones armadas que le
quedaba era una zona de Chanchamayo, pero las acciones por las
que más se le recordaba eran los secuestros de empresarios
por dinero, algunos de los cuales culminaban con la muerte del
secuestrado. Estas acciones, más algunos sangrientos
ajustes de cuentas en sus propias filas, comenzaron a hacer
más profunda una cierta marca terrorista que estuvo desde
un inicio en su actividad. Su aislamiento era cada vez más
asfixiante.
El arresto, en noviembre de 1995, del grupo que supuestamente
preparaba la toma del Congreso fue otro tajo más a la ya
desvaída organización emerretista. Pero ahora, con
los hechos consumados, se puede ver que lo que quedaba del MRTA
pretendía concretar una aventura, una apuesta audaz de
todo o nada. No sólo para escapar del sofocamiento
aparentemente irreversible, sino para eludir algo peor: un final
anónimo, casi sin pena, totalmente sin gloria. A eso se
dedicó Cerpa, y su audacia, su eficacia, más los
enormes handicaps que le cedió el adversario,
determinaron el éxito del asalto. El problema siguiente
fue el de la negociación.
Al otro lado del muro
En ese vasto otro lado había muchos otros actores, desde
el jefe policial a cargo del control externo hasta Ryutaro
Hashimoto, el primer ministro japonés. Pero el
protagonista principal ha sido sin duda el presidente Alberto
Fujimori. Debe haber sufrido una fuerte impresión la noche
del martes 17 de diciembre. El mismo pudo haber sido capturado
como rehén. Pero tuvo que enfrentar esta crisis debido a
una suma de las carencias del país que él
recibió más las limitaciones de su propia
gestión.
Pese a los grandes cambios en la economía peruana, el
Perú de los 90 ha avanzado nada o muy poco en las esferas
sociales, regionales, laborales y políticas respecto a las
décadas anteriores.
Que Satipo y Chanchamayo sean los lugares de donde proviene una
parte de los jóvenes que acompañan a Cerpa no
quiere decir que sean hoy lo que fueron Ayacucho para Sendero o
Tarapoto para el MRTA en los 80. Pero ilustran bien cómo
hay zonas descolgadas de los enclaves de relativa prosperidad de
la era Fujimori y que probablemente nunca van a engancharse si se
sigue el actual modelo de libremercado a rajatabla. Y con
seguridad también hay Satipos y Chanchamayos urbanos,
más bien áridos y resecos, en la periferia barrial
limeña.
Ya las universidades y los sindicatos han dejado de ser hace
tiempo las vetas de reclutamiento de los grupos que optan por la
violencia política. Sin embargo, no debería
descartarse que haya jóvenes de las barriadas o de
regiones atrasadas que sean aún sensibles a la
seducción de la violencia política o del
narcotráfico. El Chiapas mexicano, o el Putumayo
colombiano, o el Chanchamayo o el Huallaga peruanos son muy
distintos, pero se evocan mutuamente.
El problema es que la era Fujimori no ofrece respuestas a ello.
Por el contrario, su política de pacificación es
criticada casi universalmente por restringirse a las acciones
militares y policiales. Deja abandonadas totalmente las esferas
políticas y sociales. Con ello puede lograrse,
efectivamente, pacificar determinadas zonas y medios sociales, en
el sentido de controlar territorios y poblaciones o de abatir y
capturar a militantes y dirigentes subversivos.
Pero es dudoso que se pueda hablar de una política de paz,
en el sentido de acciones para lograr economías más
equitativas, relaciones sociales más armónicas y
relaciones políticas menos conflictivas. Eso va mucho
más allá de las competencias de los generales, que
ya tienen bastante con su propio campo. Y si no surgen acciones
en esas esferas, los grupos violentistas pueden reproducirse
aunque sea en menor escala a pesar de haber sido antes
derrotados.
El sesgo militar de la acción antisubversiva de los
gobiernos peruanos, incluido el actual, ha determinado dos
carencias notables en ella.
Lo primero es una política de información. En
realidad se ha practicado una política de
desinformación. No se ha permitido conocer a los
ciudadanos peruanos ni a los medios de prensa la realidad de las
acciones de los grupos subversivos. Es legítimo que un
Estado mantenga en reserva sus acciones de defensa del orden
antes de que sean realizadas o culminadas, pero es
contraproducente que no se dé a conocer una
información oficial y periódica sobre las acciones
de los subversivos. Esto se ha manejado erróneamente como
información reservada. La información abierta,
principalmente de la prensa, no recoje todas las acciones porque
un número significativo ocurre en provincias lejanas. Esto
ha impedido una percepción más realista de los
ciudadanos y de los medios de prensa respecto a los grupos
subversivos.
Lo segundo es una política de diálogo con los
grupos subversivos. Eso marca una diferencia notable con los
gobiernos centroamericanos, colombiano y mexicano. No se trata
necesariamente de acuerdos de paz y de negociaciones tan
vistosamente formales como la que recientemente ha culminado en
Guatemala. Pero sí de tender puentes para que los
subversivos dejen la lucha armada.
Otras limitaciones de la gestión del actual gobierno han
ocurrido dentro de la propia esfera militar y policial, y tienen
que ver con lo que a estas alturas ya es ocioso abundar: los
errores de los servicios de inteligencia, básicamente la
subestimación de los grupos subversivos. Gran parte de
ello se debe al retiro, desde 1993, de una buena cantidad de
oficiales altamente capacitados de los organismos policiales de
investigación antiterrorista.
Cabe anotar que estas fallas ya habían sido detectadas a
mediados de 1996, cuando se habló ampliamente de la
reactivación de Sendero Luminoso. La actual
dirección nacional de la Policía Nacional
habría tomado algunas medidas para reforzar sus equipos de
inteligencia, pero el asalto del 17 de diciembre llegó
obviamente antes de que esas medidas dieran sus primeros
frutos.
Alberto Fujimori es un pragmático en el significado
común del término. Tiene sentido de la oportunidad,
opta por lo que es funcional aquí y ahora. Allí ha
estado la razón de sus logros en el corto plazo y sus
vulnerabilidades en el mediano plazo. En diciembre pasado, tras
seis años de gobierno, parecía que el mediano plazo
ya lo había alcanzado. Era el mes número doce de un
año en el que no dejó de caer en las encuestas y en
el que los problemas económicos y políticos
crecían lenta pero sostenidamente. La noche del 17 tuvo
que concentrarse nuevamente en el cortísimo plazo y volver
a poner en juego su pragmatismo.
Entre la razón de Estado y la razón subversiva:
la vida
Al escribirse este artículo, las cosas parecen acelerarse
hacia una solución negociada, incruenta, del secuestro
colectivo, pero en el interín ha habido varios momentos en
que muchos creyentes han orado, asidos por la angustia de una
posible masacre aparentemente ya en marcha. Eso hubiera marcado
el fracaso atroz de las dos partes, puesto que a ninguna le
convenía ese desenlace. Fríamente hablando, era el
peor negocio para ambos.
Pero Cerpa todo el tiempo, desde el 17 de diciembre, y en algunos
momentos los hombres puestos por el gobierno, tuvieron coqueteos
con su fracaso, es decir con la muerte.
Cerpa, por ser responsable principal de una acción de
terror político, primero, y luego por lo desmesurado de
sus demandas en las negociaciones. Absolutamente
desproporcionadas en relación a la dimensión real
de su movimiento. Los dirigentes subversivos saben que los
acuerdos transados en una eventual negociación con el
adversario deben guardar una cierta relación con las
fuerzas reales de cada bando. No se puede pretender, salvo que se
quiera arriesgar el fracaso de una negociación, ganar en
una mesa lo que se perdió en el campo de las acciones: en
este caso, la liberación de todos o de un grupo
significativo de sus camaradas.
Y Cerpa lo pretendió por demasiados días.
Rápidamente dejó de lado aquel punto de la
modificación de la política económica,
incluido sólo como un ritual demagógico. No se hizo
problema con lo de su traslado hacia la Selva Central porque tan
desprevenido no es. El llamado impuesto de guerra ya era algo de
mayor interés real para el grupo emerretista y
además más transable. Por eso no desapareció
de las negociaciones. Con lo que ha arriesgado un final de
metralla, mostrándose inflexible por demasiado tiempo, fue
con la demanda de liberación de sus camaradas presos y
las bravatas que ha lanzado al respecto.
El jefe emerretista no ha ignorado cómo acabó el
secuestro de la embajada dominicana en Bogotá, en 1980. Es
más, varios de sus calculados pasos desde el 17 de
diciembre han sido un buen calco del caso colombiano. Este
acabó cuando el líder del M-19, Jaime Bateman,
consideró que lo más importante fue el impacto
propagandístico que ya había logrado. Ordenó
abandonar la embajada a su grupo y este partió a Cuba con
un millón de dólares y ningún preso del M-19
liberado. Pero Bateman aprovechó para lanzar una audaz
propuesta de diálogo por la paz en Colombia.
El MRTA ha sido una versión dogmática y desprovista
de los matices a veces tremendamente contradictorios del M-19.
Sus dirigentes no tuvieron la trayectoria y la provocadora
imaginación de los jefes del grupo colombiano; y las
peligrosas rigideces de Cerpa desde el 17 de diciembre así
lo han reflejado. Ha podido aprender del caso colombiano para
buscar una transacción en menor tiempo, por un lado, o
para tomar la iniciativa de dialogar sobre su retiro de la lucha
armada, por el otro. El mayor logro, el de un honroso abandono de
la derrotada vía violenta, ha estado al alcance de su
mano. Pero ha preferido especular sobre cuánto más,
no sé si presos libres o si dinero, podía obtener
manteniendo a los «señores retenidos» una, dos o tres
semanas más.
Para guardar las apariencias, ha rodeado su regateo con frases
aparentemente principistas sobre la justicia social, como si su
acto de terrorismo no fuera la perversión de este noble
ideal. Por eso, si esta crisis termina sin pérdida de
vidas será a pesar de Cerpa, y no gracias a
él.
En el caso del gobierno, una parte de la lentitud de sus
reacciones, sus vacilaciones, así como la emisión
de señales confusas y contradictorias, se explica por el
carácter inédito de esta experiencia en el
país. Pero también por todas las carencias y
deformaciones de su precedente accionar antisubversivo, ya sea en
el campo de las medidas más intrínsecamente
políticas o en el de las esferas militar y policial.
Tuvieron que pasar cuatro largos días para que por fin el
gobierno, mediante un mensaje del propio Presidente, anunciara el
día 21 la línea general que iba a seguir frente a
la crisis. Es decir, el descarte de un rescate por la fuerza y la
búsqueda de una solución negociada sin hacer
concesiones sustantivas al MRTA.
Igualmente pasaron 11 días antes de que por fin el
interlocutor Domingo Palermo tomara contacto directo con los
secuestradores y 20 días para que, debido al propio
reclamo de los periodistas, se tomaran iniciativas de
comunicación e información con la prensa nacional e
internacional, aprovechadas hasta el cansancio por el grupo
emerretista.
Por otro lado, ese error de negarse a dialogar mientras el grupo
emerretista no abandonase su demanda de liberación de los
presos, así como los despliegues amenazantes de unidades
de asalto de la policía, han reflejado el espíritu
de halcones incómodos con las salidas políticas que
siempre ha caracterizado a la estrategia antisubversiva.
Y esos errores costaron nada menos que otros 20 días de
tensión, entre el 12 de enero y el 1 de febrero, en los
que no hubo diálogo directo y la Comisión de
Garantes quedó nombrada, pero sin que se entablasen
conversaciones. Hubo que esperar a la cita de Toronto, con la
visible presión japonesa, para que éstas finalmente
tuvieran inicio.
Sin duda ha sido un acierto del gobierno el fijarse como meta la
liberación de los rehenes dando prioridad a su integridad
física. Por esa decisión, el valor de la vida de
las personas podría terminar por abrirse paso entre las
razones de Estado y las razones subversivas. Pero las grandes
carencias y los gruesos errores cometidos, así como lo
ocurrido en Toronto, me llevan a preguntarme cuál hubiera
sido la actitud del gobierno si los rehenes sólo hubieran
sido peruanos. No tengo una respuesta, aunque muchos de mis
colegas peruanos y extranjeros apuestan que los halcones no
hubieran dejado pasar su hora.
Felizmente, más acá de la entendible presión
japonesa, la decisión de buscar una salida negociada ha
sido defendida y respaldada ampliamente por la opinión
pública local, la Iglesia, todos los medios de prensa, los
organismos de derechos humanos, los rehenes que iban siendo
liberados, sus familias, gente común y corriente,
personalidades eminentes, y por gobiernos democráticos
solidarios con el Perú y los peruanos. Que no haya sido en
vano.
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Nº 105
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