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Dedicamos el número 105 de Quehacer a aportar elementos de
juicio que contribuyan al análisis y propuestas de
solución del problema suscitado a raíz de la
repudiable toma de la casa del embajador del Japón en Lima
por un grupo armado del MRTA y de la abierta violación de
los derechos humanos básicos de un conjunto de ciudadanos
peruanos y extranjeros detenidos allí abusivamente en
calidad de rehenes.
Convencidos nosotros, como la gran mayoría del
país, pero también como los gobiernos del
Perú y del Japón, y la opinión
pública internacional, de la imperiosa necesidad de una
salida pacífica a la crisis de los rehenes, creemos que es
menester sustentarla no solo en términos humanitarios -que
sin embargo entendemos prioritarios- sino además
políticos, por cuanto eminentemente políticos son
los temas que atañen al objetivo de erradicar la violencia
de nuestra sociedad a través de un proceso de
pacificación integral en el Perú.
La sorpresiva irrupción violenta del MRTA, en momentos en
que se afirmaba -hoy lo sabemos, equivocadamente- que este
movimiento se encontraba prácticamente extinguido, nos
recuerda dramáticamente que no es suficiente la sola
derrota militar de la subversión de cualquier
índole para lograr la paz.
La situación actual, aunque producida por un reducido
grupo de miembros del MRTA, nos obliga a revisar el problema de
la violencia en su conjunto y a intentar un diagnóstico
que nos permita enfrentar el futuro con una agenda que comprometa
la participación de todas las instituciones de la
ciudadanía en el Perú.
La pasión política e ideológica de cualquier
signo puesta hoy por delante para enfrentar la crisis puede
inducir a errores que comprometan seriamente su desenlace
pacífico con consecuencias lamentables susceptibles de
avivar nuevamente los fuegos de la violencia. Tampoco la
soberbia, categórica en sus asertos, es buena
consejera.
De la imagen del MRTA, con rigor y sin concesiones, pero en un
esfuerzo de objetividad, se ocupan diversos analistas en las
siguientes páginas. No vamos a abundar en ello, pero si de
veras quiere el MRTA poner en acuerdo su imagen -gravemente
mellada, con su acción aventurera, ante la opinión
nacional y mundial- con su discurso y sus móviles
primigenios, en los que dice fundar su acción, tiene ahora
la oportunidad de reconciliarse con el país contribuyendo
seriamente a encontrar una salida pacífica al problema que
ellos mismos han creado. Su compromiso con la historia y con la
vida consiste en aceptar que nada bueno han de lograr a
través de una fuerza que usa como escudo a seres humanos
inocentes.
No podemos dejar de lamentar tampoco las enormes dificultades que
ha tenido el gobierno para el inicio y desarrollo de las
negociaciones en favor de la liberación de los rehenes.
Solamente la precaución y el desconcierto originado por un
problema inusitado y fuera de cualquier predicción, puede
explicar tal retraso. Las semanas se van sumando en detrimento de
la salud de los rehenes como de la propia imagen del país.
El tratamiento de esta crisis ha servido para evaluar las
características del régimen político
vigente. Si bien no es éste el momento de ocuparnos de sus
debilidades y limitaciones, sí es indispensable
señalar que en lo medular se ha logrado combinar las
inocultables características autoritarias con las
presiones internas y externas por la búsqueda de una
solución pacífica y de respeto a los derechos
humanos.
Los sectores más radicales que abogan por una salida
militar al impasse han quedado de lado. Incluso las
críticas a la Cruz Roja, por ejercer a toda costa su papel
neutral en las negociaciones, han sido superadas por el respaldo
general al trabajo excepcional, eficiente y comprometido de sus
miembros.
Los medios de comunicación vienen cumpliendo en este campo
un papel fundamental. El seguimiento milimétrico de todas
las acciones comprometidas con este problema ha sido fundamental
para aportar elementos de juicio y combinar puntos de vista en
aras de una solución acorde con los principios
democráticos y de respeto a la vida. Esto no los exime de
responsabilidad por sus muchos errores y en ocasiones por el
abuso de su poder, cambiando información por mera
especulación, especialmente en los tiempos muertos en que
la negociación parece estancarse. La ciudadanía ha
tenido en los medios de comunicación un recurso
fundamental de apoyo, especialmente al principio de la crisis,
cuando el gobierno no atinaba a instalar, como después
efectivamente hizo, un centro de información que
permitiera al país y al mundo contar con recursos de
conocimiento sobre el asunto.
Las instituciones de la sociedad civil han venido siguiendo de
cerca este problema sin posibilidad de acción directa
alguna. Nos consta de muchas reuniones de información,
evaluación y de propuestas. Sin embargo, es muy
sintomática la nula o escasa convocatoria del gobierno a
la ciudadanía. Salvo las demostraciones públicas de
solidaridad con la vida de los rehenes, solo una parte de las
cuales han sido fruto de la libre iniciativa ciudadana, no parece
haber en este caso espacio alguno de opinión, si no de
intervención, para la sociedad civil. Siendo la principal
involucrada, en la medida que es en ella que se respalda la
acción de los protagonistas, no es convocada en ninguna
instancia para conocer su pensamiento al respecto.
Estamos ante un escenario cuyo conflicto plantea una
resolución sumamente difícil e imprevisible.
Quienes nos encontramos de espectadores no podemos ser ajenos a
lo que sucede en este escenario. Tampoco somos imparciales, en la
medida que es nuestro gobierno actual, con todas sus
deficiencias, quien representa los intereses del país.
Pero estamos en la obligación de reclamarle la tolerancia
que posibilita el diálogo. Las vidas de los seres humanos
que se encuentran en la casa del embajador del Japón
claman por una solución pacífica a este problema y
por una agenda de pacificación que nos permita enfrentar a
cabalidad el problema de la violencia en nuestro país. Es
ocasión para todos de intentar extraer de este episodio
dramático un resultado que contribuya a la paz y a la
reconciliación en el país.
Para terminar, somos conscientes del riesgo que asumimos al
dedicar una edición extraordinaria de nuestra revista a
este
importantísimo tema, cuando el proceso aún no ha
concluido -y nada nos alegraría más que concluyera
pronto y bien, aun cuando nos echara a perder la primicia- pero
incluso si tal fuera el caso, creemos que estamos entregando un
material valioso -y esforzado- a nuestros lectores.
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105
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