Estas líneas se escriben en días inciertos respecto
a la situación de los rehenes de la residencia del
embajador japonés.
Dialogar ya
Hace un par de semanas parecía vislumbrarse el inicio de
un diálogo a partir de la propuesta -algo confusa, es
verdad, pero que constituyó un primer paso- de conformar
una comisión de garantes. Lamentablemente en los
últimos días una serie de hechos han enrarecido la
atmósfera. El peor momento tuvo lugar con la desafortunada
-es lo menos que se puede decir- decisión de desafiar a
los captores, y de paso afectar a los rehenes, con desfiles y
marchas militares, e incluso con gestos provocadores.
El temor de que se estuviese planeando una entrada violenta a la
residencia tomó nuevamente fuerza. La opinión
pública se ha pronunciado masivamente contra esta
eventualidad; pero todo indicaría que, en los hechos, el
más importante garante de que esto no ocurra es el
gobierno japonés. El encuentro de Toronto ratifica esta
suposición. Auún así, la inquietud de que se
produzca una salida cruenta, con el costo en vidas y las
consecuencias que se pueden prever (por muy «limpia» que se
pretenda la operación) permanece. Hay lenguajes y
actitudes que parecen dejar peligrosamente entreabiertas algunas
puertas al respecto.
Se hace, en efecto, cada vez más difícil comprender
por qué no comienza ya el diálogo necesario. En un
primer momento la sorpresa y el desconcierto, producidos por el
hecho en la población y en las autoridades
políticas hizo lentas las reacciones de estas
últimas; ello se reflejó en el deficiente manejo
de la información. Pero acercándonos a los
cincuenta días del inicio de este repudiable e
incalificable secuestro no podemos decir que las conversaciones
sean prematuras. En lugar de eso hemos tenido de una parte y otra
pronunciamientos públicos que, como no podía ser de
otro modo, presentan las exigencias máximas, se prestan a
las amenazas, endurecen las posturas y dificultan las
conversaciones.
Es probable que en contactos intermitentes e informales se
estén sosteniendo en estos días cosas distintas y
que en medio de lo delicado del asunto un proceso de
aproximación esté en curso. No obstante, la
prolongación de esa informalidad y, lo que es peor, cuando
lo que se dice privadamente se lanza a todos los vientos para
demostrar que la otra parte está cediendo, no contribuyen
a un diálogo eficaz.
Dada la situación no hay soluciones ideales. Está
en juego la vida de numerosas personas y la prioridad es
salvarlas. Ciertas concesiones tendrán que ser hechas, es
inevitable. Ellas no pueden comprender la liberación
indiscriminada de presos condenados por acciones criminales. La
cuestión es tan obvia, y hay tal consenso en la
opinión pública sobre ella, amén de la
exigencia internacional, que el gobierno no puede hacer otra cosa
que negarse a concederla. Es difícil creer que los
captores no lo comprendan así, pero se explica que la
planteen públicamente, con el ánimo de obtener
ventajas en este horrendo toma y daca.
Pero hay muchos otros puntos que no revisten esa gravedad y que
por consiguiente pueden ser objeto de conversaciones (condiciones
carcelarias, jueces sin rostro que de continuar harán
interminable la tarea de la comisión de indultos, y
otros). Aunque repugne tener que tratarlos bajo la presión
y la amenaza a la vida de los rehenes. Pero su sufrimiento y el
de sus familias, así como la terrible tensión y el
desgaste que este hecho produce en todos los peruanos y en la
imagen del país, exigen que se ponga fin a esta
situación. Urge iniciar de verdad un diálogo por
laborioso que pueda ser.
Ello requiere tener la voluntad de llevarlo a cabo, así
como ser claro sobre las prioridades y las verdaderas condiciones
para la seguridad del país; de ese modo se puede saber
sobre qué se debe ser firme y cuáles son los
márgenes de acción. La arrogancia, así como
consideraciones, y cálculos, que no apunten a preservar la
vida de las personas presentes en la residencia y defender un
Estado normado por el derecho, no harán sino trabar el
diálogo y ponernos al borde de circunstancias que pueden
escapar a todo control.
Un llamado de atención
Nadie en su sano juicio podía querer que se presentara un
trágico asunto como éste para que la conciencia
nacional sea golpeada y se entienda que estamos lejos de haber
superado la violencia terrorista que tanto daño hizo al
país. Pero dada esta indeseable situación podemos
desear que ella ayude a percibir que la llamada
pacificación obtenida por medios militares es
absolutamente insuficiente ante los graves problemas nacionales.
Construir la paz es una tarea pendiente que exige una lucidez y
un compromiso sobre los que todavía no parece haber un
consenso entre nosotros.
Mientras existan la enorme pobreza que padece el pueblo peruano
como una terca epidemia, las impresionantes desigualdades
sociales y económicas, los trágicos desencuentros
entre sectores culturales y raciales, los derechos humanos -el
derecho a la vida en primer lugar- pisoteados constantemente,
incluso con el apoyo de leyes aprobadas con más celeridad
que sentido de justicia, la paz social estará siempre
cuestionada. No nos referimos a interrupciones momentáneas
de la estabilidad de una sociedad, a brotes esporádicos
que la sacudan, hablamos de algo permanente, de una convivencia
social que margina de una vida humana y digna a más de una
mitad de su población.
La paz supone la justicia, nos dicen incansablemente los viejos
textos bíblicos y nos lo han recordado reiteradas veces
los obispos del Perú en estos años de una aguda
violencia. No lo traemos a la memoria -¿hasta cuándo
va a ser necesario repetirlo?- para justificar un sangriento e
inhumano terrorismo que no parece haber terminado en el
país. Menos todavía para justificar el inaceptable
hecho que motiva estas líneas. Sería insensato y
fuera de la realidad. No hay, es evidente, una causalidad
mecánica entre pobreza (que los obispos latinoamericanos
llaman «violencia institucionalizada») y terrorismo. Pero no
querer reconocer que la inhumana y radical pobreza que se vive en
el país es un caldo de cultivo para diferentes violencias
(aquella que se pretende política, pero también la
delicuencial y callejera) es no ver una realidad que se
hará tanto más amenazante cuanto más
excluida querramos mantenerla por defender injustos
privilegios.
Una de las más perversas consecuencias del terrorismo de
estos años es haber logrado que muchas personas, que lo
rechazan políticamente, lo imiten en su desprecio por la
vida y los derechos humanos. Que pretendan hacerlo en defensa del
orden social no cambia nada al rechazo que nos provocan los
métodos que han sido empleados en diversas circunstancias.
En efecto, debe quedar claro para todos -fuera y dentro de la
residencia del embajador, captores y también rehenes- que
el derecho a la vida y a la libertad es inalienable y pertenece a
toda persona humana sin excepción. Es una importante
ocasión para un severo y franco examen de
conciencia.
Este penoso e injustificable acontecimiento nos alerta -una vez
más- sobre problemas de fondo del país, pero al
mismo tiempo presenta una urgencia que debemos atender de
inmediato. En la búsqueda de una auténtica salida
nos ayuda el hondo y valiente testimonio de solidaridad que nos
viene de un gran amigo, que ha estado muy presente en nuestro
recuerdo y en nuestras oraciones en estos días. Con gran
sencillez, sin protagonismo ninguno, Juan Julio Wicht nos dice lo
que significa caminar tras los pasos de Jesús. Lo
esperamos pronto entre nosotros !para jugarnos una buena partida
de ajedrez!
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