El público y las visiones de la prensa peruana

La batalla por la opinión

Hernando Burgos

Uno de los aspectos decisivos puesto en juego desde el principio por la crisis de los rehenes, es el relativo a las imágenes, interpretaciones y opinión que la población tiene o se va forjando de los acontecimientos y de sus protagonistas. Aquello que corrientemente se denomina «opinión pública».

Tomado por sorpresa por los acontecimientos el gobierno hizo mutis los tres primeros días. El escenario de las comunicaciones fue entregado al MRTA, que sacó amplia ventaja con la profusa difusión de su acción a cargo de la televisión, la radio y la prensa escrita, tanto nacional como extranjera.

Los distintos medios peruanos no salían de su asombro frente a un hecho protagonizado por un grupo subversivo cuya práctica defunción había proclamado en algún momento el propio presidente Fujimori.

Tan solo algunas semanas atrás, durante una visita a Bolivia, éste había declarado que la derrota del terrorismo había sido «un asunto papayita», muy fácil, que más trabajo le había costado divorciarse de Susana Higuchi.

Sin embargo, ahora el MRTA había saltado desde el escondido suelto que merecían sus esporádicas y escasas apariciones -a veces colocado en las páginas policiales-, a las primeras planas y a las páginas políticas y editoriales.

En medio de la incertidumbre y el caos de las primeras horas los medios se limitaban a informar abundantemente sobre lo ocurrido y a condenarlo desordenadamente.

La actitud hermética del gobierno hacía recordar el similar comportamiento que adoptara un par de años atrás durante el conflicto del Cenepa.

Para paliar en parte la deficiencia el 20 de diciembre el presidente Fujimori convocó en Palacio a la prensa escrita. Pero no a toda. Excluyó del convite al diario La República y al semanario Caretas, caracterizados críticos del gobierno.

Al régimen le preocupaba -y le preocupa- la imagen que podía transmitir el MRTA, tanto dentro como fuera del país. La prensa extranjera denominaba guerrilleros, rebeldes o subversivos a sus militantes, no terroristas como los llama el gobierno.

Algunos de sus corresponsales fueron impactados por la realidad económica, política y social del país y en sus despachos empezaron a vincular pobreza y violencia.

Su percepción de cuáles son los principales problemas del país no anda alejada de aquella que tienen muchos peruanos: Desempleo (77.5%), crisis económica (37.3%), pobreza (30.3%), delincuencia (19%), terrorismo (18.3%), según resultados de un sondeo realizado por IMASEN en los primeros días de enero.

Tras algunos días de cautiverio el MRTA dejó libres a algunos de los secuestrados, quienes declararon que habían recibido un buen trato y que los emerretistas tenían disposición a un acuerdo político de paz, que permitiera su incorporación a la vida política legal.

Según una encuesta que uno de los rehenes -Alfredo Torres, de Apoyo- realizó durante su cautiverio entre los secuestrados, el 78% de estos opinó que el trato recibido por sus captores era bueno.

Así, al peligro de que el MRTA apareciera como un grupo justiciero, encarnación de ideales románticos, se sumaba al de que terminara distinguiéndose de los métodos de Sendero Luminoso.

Sobre todo cuando, a pesar de que la inmensa mayoría de la muestra de la población limeña tomada por IMASEN condena la toma de la casa del embajador Morihisha Aoki, el 54.8% sostiene que el grupo que lidera Néstor Cerpa Cartolini es distinto de Sendero, un 26.8% está de acuerdo con su legalización y un 34% que estima que defendía a los pobres.

El gran y primer reto para el gobierno era y es entonces mellar la imagen del MRTA, revertir lo ganado en ese terreno por el grupo subversivo.

Vuelven los fantasmas

El MRTA podría ser visto como un anacronismo, como un grupo armado que pretendió insertarse en un ciclo guerrillero que prácticamente ya había culminado en América Latina, que aparece en un momento en que en el Perú la dictadura militar había dado paso a un gobierno civil y a un sistema político de democracia representativa.

Pero, del mismo modo, la crisis de la residencia japonesa ha hecho revivir en cierta prensa a los viejos fantasmas que el desaparecido diario La Prensa hacía circular allá por los años 50 y 60, en la época de la «guerra fría».

En la visión de aquel periódico los izquierdistas aparecían siempre como personajes sucios, sin escrúpulos, como elementos criminales e incivilizados.

Esa es la imagen que, sobre todo, Expreso se ha encargado de difundir sistemática y profusamente acerca del MRTA y de Néstor Cerpa.

En sus páginas el MRTA aparece no sólo como una organización terrorista equivalente a Sendero Luminoso, sino también íntimamente vinculada al narcotráfico, con un larguísimo historial de sangre, capaz de comprar niños por 5 mil dólares para educarlos como terroristas.

Sus militantes son descritos como haraganes, asaltantes y hampones. Su dirigente Cerpa es pintado como un tipo con mentalidad de adolescente, frío, hosco, violento, cuya vida está llena de crímenes.

El paroxismo en la descripción llega en la edición del 17 de enero. Allí se afirma que cuando era sindicalista Cerpa obligó a Hemigidio Huerta - dirigente obrero que murió abaleado por la policía en los sucesos de la fábrica Cromotex- a escribir en la pared una consigna con su sangre.

Según Expreso la conducta criminal del MRTA es consecuencia del marxismo, porque -siempre según ese diario- se trata de una ideología que propugna la violencia, la misma que sólo acarrea pobreza.

En determinado momento de esa campaña algunos medios no vacilaron en menoscabar la imagen de los rehenes y exrehenes que se pronunciaron en favor de una solución pacífica y de un acuerdo integral encaminado a pacificar el país.

Estos fueron presentados como víctimas del «síndrome de Estocolmo» y dominados por el miedo a sus captores. Del propio canciller Francisco Tudela -uno de los rehenes- se dijo que había sido inducido por Cerpa a pronunciarse en el sentido en que éste último quería.

En otros casos se afirmó que los emerretistas soltaron a algunos de sus secuestrados para que les sirvieran de portavoces. Uno de los más afectados por esa acusación fue el congresista Javier Diez Canseco, a quien una de las columnas de opinión de Expreso llegó a acusar prácticamente de complicidad con el MRTA y de ser el mentor de Cerpa.

El recurso del «síndrome de Estocolmo» sirvió para descalificar a quienes sostenían una propuesta de solución de la crisis distinta a la del gobierno. Bien pronto los propugnadores de la misma fueron puestos de lado en la mayoría de los medios.

Algunas coincidencias

Todos los medios nacionales han coincidido en no llamar guerrilla al MRTA. En los primeros momentos de la crisis, con mayor o menor énfasis, concordaron en referirse al MRTA como una organización terrorista.

Con el paso de los días la dureza de ese calificativo dará paso en uno de los medios -La República- al uso de grupo subversivo, emerretistas, grupo del MRTA y en algunos otros -incluyendo El Comercio- a la atenuación del empleo del mismo mediante su uso combinado con los demás.

Sólo el semanario Caretas, sin renunciar a la condena que le merece el MRTA, ha señalado que si bien esa organización ha cometido actos terroristas, debe atenderse a las motivaciones de la violencia política.

Al referirse a los jóvenes emerretistas que aparecen en la carátula de su número 1447, esa revista sostendrá el 9 de enero que no se trata de delincuentes comunes, que «allí hay entusiasmos y solemnidades que, si bien acompañan juegos letales y eventualmente criminales, también reflejan ilusiones, quizás ideales».

Por la dimensión e importancia -política y diplomática- de lo ocurrido, la crisis de los rehenes ha logrado un lugar relevante en todos los medios. Tanto en su sección informativa, como en las páginas de opinión.

En éstos existe consenso en cuanto a la condena de lo ocurrido. Nadie está de acuerdo con el secuestro de personas como medio para hacer valer reclamos, por muy justos que éstos fuesen.

En general, se estima que la violencia subversiva atenta contra el sistema político establecido, reconocido como democrático, en el que existen canales legales e institucionales para tramitar demandas.

Pero también hay diferencias notables en el enfoque de la crisis y en las propuestas de solución de la misma.

Los medios no se dirigen sólo a la población, sino también al gobierno. Tratan de influir en las actitudes y decisiones de éste.

Una de las encuestas realizadas en Lima en torno a la crisis revela que la abrumadora mayoría de los entrevistados se pronuncia en favor de una solución pacífica y negociada del problema.

Por su parte, tras el desconcierto inicial, el gobierno ha puesto en práctica una estrategia que se caracteriza por la inflexibilidad frente a las demandas del comando encabezado por Cerpa -el 89.5% de los encuestados por IMASEN también está en contra de la liberación de los presos emerretistas-, por rechazar cualquier acuerdo de paz con éstos y por blandir de cuando en cuando la amenaza de una intervención militar a la residencia japonesa.

De un lado, los voceros del régimen proclaman que su objetivo es lograr la liberación de los rehenes mediante recursos pacíficos. Pero, de otro lado, el gobierno declara que ni siquiera discutirá la principal demanda del MRTA -la liberación de sus presos-, que las negociaciones con esa organización se iniciarán sólo cuando renuncie a la misma.

Preocupaciones y pesadillas

En el debate abierto en los medios acerca de cómo tratar la crisis el quid del asunto gira alrededor de dos puntos:

1. Lo que tiene prioridad en la fórmula a emplear en la solución: la vida de los rehenes o la «razón de Estado», el llamado «interés nacional»;

2. El alcance de la solución a dar a la crisis: abierta al proceso de pacificación del país -por lo tanto a una salida de más largo aliento, de carácter político- o limitada a la liberación de los rehenes.

La República y Gestión se pronuncian decididamente por priorizar la vida de los secuestrados. Un editorial del segundo de los nombrados va aún más allá, el 25 de diciembre proclama la necesidad de preservar «la integridad física de todos los protagonistas, es decir, tanto de rehenes como de secuestradores».

A su vez, La República da amplia difusión a todo tipo de noticias y pronunciamientos en favor de una salida pacífica a la crisis.

Asimismo, ha recogido notas y artículos en torno a la propuesta de Acuerdo de Paz que plantearan el congresista Javier Diez Canseco y otros exrehenes poco después de salir de su cautiverio.

La idea de una solución que trascienda la libertad de los rehenes y que se inscriba en un proceso de pacificación del país, que podría incluir la incorporación del MRTA a la vida política legal, también está presente en algunas páginas de Caretas.

Una de las respuestas a las cartas remitidas a su director, publicada en la sección «Nos escriben... y contestamos» en la edición 1148, del 16 de enero, señala: «El gobierno debiera comenzar a explorar las posibilidades eventuales (no inmediatas, por cierto) de un acuerdo de paz pensando en los tupamaros y el M19».

En cambio, en la balanza de Expreso parecen pesar más las consideraciones «de Estado» y rechaza cualquier clase de acuerdo de paz.

La línea del periódico es la de no hacer ninguna concesión al MRTA, particularmente a su demanda de libertad de los presos emerretistas.

Cualquier propuesta de acuerdo de paz está descartada porque, según su director, Manuel D'Ornellas, el país ya está pacificado después de la captura de Abimael Guzmán y Víctor Polay (22 de diciembre). Asimismo, en apreciación del periódico, porque no cabe una negociación de esa naturaleza con un grupo terrorista derrotado.

En su edición del 29 de diciembre ese diario sostiene que las únicas alternativas que tienen ante sí los secuestradores son la muerte, la cárcel o, en el mejor de los casos, el exilio.

En distintos momentos el periódico pondrá el acento en la posibilidad del empleo de la fuerza. Tanto así que el 16 de enero publica un suelto con declaraciones del presidente ecuatoriano Abdalá Bucaram, quien sostiene que los rehenes deberán «aceptar el posible sacrificio de sus vidas».

En su adhesión a una actitud dura e intransigente ha arremetido contra todo aquello que considera un obstáculo a la misma, incluidos la Cruz Roja, la prensa extranjera, algunos medios nacionales y, en determinado momento, los propios rehenes.

El Comercio también está de acuerdo en que el Estado no otorgue a los ocupantes de la residencia japonesa concesiones que afecten el Estado de Derecho. Le preocupa, como a Expreso, el estatuto de guerrilleros que la prensa internacional otorga a los integrantes del MRTA. Pero en ambos casos, a diferencia del diario dirigido por Manuel D'Ornellas, lo hace en un tono ponderado, sin estridencia. Se ha manifestado en favor de un manejo sereno y prudente de la crisis y, aunque sin insistencia, por una salida pacífica a la misma. No se pronunció frente a los ataques a la Cruz Roja.

En cuanto a Gestión -que está claramente a favor de un descenlace pacífico pero sin concesiones al MRTA- tiene como uno de sus temas de preocupación la forma como habrá de afectar la crisis al mundo de los negocios, en particular a las inversiones nacionales y extranjeras. En algunos momentos se ha mostrado crítico del manejo gubernamental de la crisis.

Palo y zanahoria

Según el enfoque del problema, del rival que se enfrenta y del alcance de la solución que se quiere dar a la crisis, variarán también las propuestas de tratamiento táctico de la misma.

El gobierno optó desde el principio por una táctica de «ablandamiento»: primero el corte de servicios -agua, luz, teléfono- y luego maniobras policiales delante del local capturado.

Esas medidas fueron acompañadas por un progresivo «cerco informativo» a los emerretistas: acordonamiento policial del área, prohibición del ingreso de todo tipo de publicaciones o receptores y paulatino alejamiento de la prensa del lugar de los hechos.

Asimismo, el ministro Domingo Palermo -quien ha sido nominado representante, o interlocutor, del gobierno en unas eventuales negociaciones-, ha mantenido escasos contactos con el jefe del MRTA. La comunicación entre el gobierno y el comando dirigido por Cerpa se realiza mas bien de manera oficiosa, a través del arzobispo Juan Luis Cipriani.

Las reacciones frente a estas medidas han sido distintas según los diversos medios.

Mientras Expreso ha manifestado su acuerdo con las mismas, en el otro extremo La República las ha cuestionado.

Para el primero el corte de servicios era una medida necesaria para afectar la moral del comando encabezado por Cerpa. Palo y zanahoria era la táctica que había que aplicar para doblegarlo, según ese periódico.

En cambio La República y Gestión han puesto de relieve que los verdaderos afectados por esa medida son los rehenes y han demandado la reposición del agua y la luz.

El silencio gubernamental, que inicialmente mereciera la aprobación de Expreso, sería cuestionado por ese mismo diario a partir del 9 de enero, cuando la Asociación de Prensa Extranjera objetó el hermetismo del régimen, la pobreza de su servicio informativo y la falta de un vocero oficial.

Expreso ha insistido bastante en el aislamiento de los emerretistas: en impedirles la difusión de cualquiera clase de noticias.

Medios como El Comercio y el propio Expreso, que en otros momentos han defendido una concepción liberal de la libertad de prensa, esta vez le han atribuido límites.

«¿Cuando termina el derecho a informar y comienza la ayuda a los terroristas?» reza uno de los titulares de portada de la edición del 22 de diciembre de Expreso, a propósito de la conexión radial con Cerpa transmitida por canal 4 en la víspera.

A su vez, El Comercio se mostró partidario de sanciones al periodista japonés Hitomi Tsuyoshi, de Asahi TV, detenido unos días luego que ingresara a la residencia el 7 de enero.

En cualquiera de las redacciones nacionales los jefes exigen a sus reporteros la mayor de las audacias para la obtención de primicias. Esta vez la mayoría de los responsables de los medios condenó aquello que habitualmente piden a sus periodistas.

Asimismo, cerraron filas con un periodista de TV que se negó a permitir que el jefe del comando emerretista replicara las acusaciones por narcotráfico que el programa dominical que conduce ese hombre de prensa había difundido.

Salvo La República -y el presidente de la Asociación de Prensa Extranjera-, la mayor parte de los medios nacionales tampoco protestó cuando la policía desalojó a los periodistas de los edificios cercanos a la residencia, que ocupaban desde los primeros días de la crisis, y los ubicó en un lugar bastante alejado.

En relación con el aislamiento al que han sido sometidos Cerpa y sus seguidores, Caretas publicó en su edición 1448, del 16 de enero, las notas de una conversación con el norteamericano Roger Fisher, especialista en negociaciones. Este sostiene que ese recurso no conduce a nada y que mas bien hay que mantener abiertas las comunicaciones.

«Fisher repondría la electricidad en la embajada, permitiría incluso que Cerpa Cartolini se comunicará con Víctor Polay por radio», indica la publicación.

¿Negociar o no negociar?

Un punto medular en el modo de tratar la crisis es el relativo a la relación a establecer entre el gobierno y el MRTA: ¿sólo interlocución, como prefiere llamarla el régimen? ¿negociación?. En relación a las tratativas, ¿qué se debe abordar cuál debe ser la agenda?

Hasta el 5 de febrero las negociaciones entre las partes no habían comenzado formalmente pesar de haber transcurrido 50 días desde el inicio de la crisis.

La conversación radial que sostuvieran el 10 de enero Domingo Palermo y «don Néstor», como lo llamó el ministro -conversación calificada como cordial por el presidente Fujimori-, despertó expectativas en los medios sobre lo que se consideraba el inminente inicio de las negociaciones.

En los dos o tres días inmediatamente siguientes bajó el tono subido de las informaciones y opiniones de algunos periódicos, como si quisieran contribuir a un clima mucho más propicio a las eventuales negociaciones.

Pero estas no se produjeron. Después de que el 12 de enero Palermo indicara que los puntos a tratar entre las partes «abarcarían todos los temas identificados en los contactos previos», la posición del gobierno recobró su dureza el 17 al anunciar que no iba a discutir sobre la exigencia de liberación de los presos del MRTA. A partir de esa fecha las cosas quedaron en un punto muerto.

A lo largo de la crisis el gobierno parece haber jugado a la estrategia de prolongar lo más que pueda el inicio de las tratativas. El propósito sería agotar a los captores de la residencia nipona.

En este punto también han sido importantes las diferencias entre distintos medios.

En términos generales todos ellos han coincidido en la necesidad de realizar algún tipo de tratativa con el propósito de obtener la liberación de los rehenes. Las discrepancias entre ellos se presentarán en cuanto a la naturaleza de esas tratativas.

La República demandó desde los primeros días que el gobierno deponga lo que un columnista calificó de soberbia e inicie cuanto antes la negociación con el comando del MRTA.

En algún suelto el analista Carlos Tapia ha sostenido en ese medio que el gobierno debe permitir la comunicación radial entre Cerpa y Polay.

Asimismo, también en ese diario, el ex representante de la ONU para el proceso de paz en El Salvador, Diego García Sayán, ha señalado que la agenda de conversaciones entre el gobierno y el MRTA podría incluir el reclamo de emerretista de liberación de sus presos, sin que eso signifique el la otra parte va a ceder a esa petición.

La actitud de Expreso ha sido diferente. Inicialmente se pronunciará incluso en contra de la negociación con el MRTA. A lo más admitirá que el interlocutor oficial Domingo Palermo se comunique con los subversivos por interpósita persona: a través del representante de la Cruz Roja, Michel Minnig.

Según su articulista Patricio Rickets, hasta resultaba monstruoso conversar con el comando emerretista (edición del 22 de diciembre).

Pero cuando, a mediados de enero, la dinámica de los acontecimientos parecía dar lugar al inicio de negociaciones entre el gobierno y el MRTA, el periódico la aceptará a regañadientes, no sin afirmar el 16 de enero que «cuesta trabajo aceptar que un gobierno constitucional y legítimo tenga que sentarse a una mesa con un grupo de terroristas armados...».

La inflexibilidad gubernamental puesta otra vez en evidencia después de esa fecha recibió el respaldo de Expreso, que ha visto en la misma el triunfo de los «duros» al interior del régimen, de quienes no descartan la intervención armada a la casa del embajador Aoki.

Este periódico también se ha jugado por una mayor proximidad del gobierno con el gobierno norteamericano, debido a que estima que la posición de éste es menos permeable a concesiones que la de Tokio.

Tintas cargadas

Los periodistas profesionales y los estudiosos de la comunicación saben que en el periodismo no existe la objetividad pura.

Ya la misma manera de ver un hecho revela una determinada comprensión de éste y del contexto que lo rodea, una particular posición frente al mismo.

La elaboración de la noticia, la selección de las notas y su edición -titulares, leyendas y fotos que la acompañan- son otras tantas estaciones de la producción periodistica en las que está presente la subjetividad, la adhesión ideologica y las simpatías políticas de quienes intervienen en ese proceso. Eso es más claro aún tratándose de notas de opinión.

Por eso es que frente a la crisis de los rehenes existen tantos acercamientos y posiciones distintos. Mas aún, porque, finalmente, se trata de un problema político.

De allí las pasiones de algunos de los medios. Pasiones que a veces los conducen más allá de aquellos límites a partir de los cuales se deja de hacer periodismo serio y de aportar a la paz y la reconciliación en el país.


La prensa extranjera no es ciega

La crisis de los rehenes ha atraido una cantidad apreciable de enviados de prensa del extranjero. Algunos medios nacionales los han calificado de inexpertos debido al estatuto de guerrilleros que la mayoría de los corresponsales da a los integrantes del MRTA.

Naturalmente, la prensa extranjera tampoco ha podido permanecer ajena al entorno político, económico y social con el que se ha topado. Y han empezado a salir los despachos que describen la pobreza, la debilidad de las instituciones, el autoritarismo del régimen.

¿Acaso, verbigracia, puede pasar desapercibido para un periodista de fuera que, en medio de una grave crisis como la que atraviesa el Perú, en la que se ha producido una tácita tregua política, ocurran hechos como la Ley Colán o el robo de documentos del que fueron víctimas algunos integrantes del Tribunal de Garantías Constitucionales?

Esa realidad no puede ser maquillada con campañas de imagen. Pero su registro en alguna prensa del exterior ha merecido que se califique a ésta de ignorante y malintencionada. A tal punto que en cierto momento no ha faltado quienes, por ejemplo, han reclamado al gobierno que enjuicie al New York Times porque uno de sus articulistas escribió que el neoliberalismo empobreció más al Perú.


La Cruz es Roja

El papel cumplido por la Cruz Roja ha sido destacado positivamente por todos, o casi por todos. Aquellos que han mostrado reparos a su labor son precisamente quienes propugnan una posición dura e inflexible para resolver la crisis.

En el fondo la actitud confrontacional preferiría que no existieran mediadores, papel que de algun modo, desde el primer momento, ha cumplido Michel Minnig y la organización internacional de la que es parte. En una estrategia de choque los mediadores estorban.

Durante el desarrollo de la crisis no ha faltado quienes han puesto en duda el papel humanitario y el carácter neutral de la Cruz Roja.

Ya el 2 de enero Expreso tácitamente la acusaba de irresponsabilidad y le demandaba que no pretendiera un papel protagónico ni insistiera en tratar de reunirse en privado con los presos emerretistas.

Pero los ataques más severos a esa institución se produjeron luego de que esta delimitara una zona de seguridad y expresara -con su temporal retiro de la residencia- su malestar por la movilización de tanquetas y policías de asalto en torno a la casa del embajador Aoki.

El 25 de enero ese diario la acusó de obstaculizar lo que calificó como estrategia de «ablandamiento sicológico» -y que días después llamaría «tontas bravatas policiales»- y le atribuyó un afán de protagonismo y de publicidad.

Al día siguiente señaló que había emprendido acciones que no le correspondían, que no se podía proclamar neutralidad entre el bien y el mal, e insinuó la posibilidad de que las visitas de sus miembros a los presos emerretistas sirvieran para que los de la Cruz Roja hicieran las veces de correos de la subversión.

El 27 de enero reprodujo unas declaraciones del congresista Rafael Rey, en las que éste sostiene que la organización internacional humanitaria no puede hablar de neutralidad ni establecer zonas rígidas.

Dos días después su titular de primera página y un amplio informe en el interior daban cuenta de la supuesta «historia no contada» de la Cruz Roja: contactos con grupos armados, apoyo al terrorismo, atribución de funciones que no le competen.

Entre otros la nota recoge una acusación lanzada en abril de 1992 por el entonces jefe de la Operación Aries, general Alfredo Rodríguez, según el cual los integrantes de esa institución frustraron ese operativo militar contra los senderistas en el Huallaga al darles aviso del mismo.

Finalmente, el 30 de ese mes el diario acude hasta el congresista oficialista Daniel Espichán para recoger de éste la afirmación de que la Cruz Roja «siempre apoyó a los terroristas».

La apreciación vertida por el periodico respecto de esta institución tendría además otra motivación, que afecta directamente a la imagen del periódico. El 27 de diciembre Expreso salió a las calles con un enorme titular en primera plana según el cual el MRTA torturaba a los rehenes. A las pocas horas fue desmentido por un representante de la Cruz Roja.


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