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El fin del conflicto ideológico internacional a inicios de
la presente década ha conducido a una aceptación
casi generalizada de la democracia de mercado, que Samuel P.
Huntington califica como la «tercera ola» de expansión
democrática global, iniciada a finales de la primera mitad
de la década de 1970, y acelerada notablemente en los
inicios de la de 1990. Es evidente que con el fin de la Guerra
Fría se abrieron -y claro que han sido aprovechados de
diferentes formas y en grados diversos de intensidad- espacios
inéditos para la democratización de sociedades que,
como las latinoamericanas, tradicionalmente se han
caracterizado -en su mayoría- por el autoritarismo y el
caudillismo, la intolerancia y la exclusión, el uso
secular de la violencia para tomar el poder o para perpetuarse en
él, y los efectos distorsionadores de la secular
injerencia de intereses extranjeros.
Pero los brillos democráticos no pueden ni deben
enceguecer el análisis y comprensión de la
accidentada historia de nuestras sociedades. El acumulado de una
compleja trama de factores estructurales condujo a la
conformación de entidades nacionales en las que se
combinaron de forma peligrosa -y a un ritmo vertiginoso- la
injusta distribución de la riqueza y el ingreso, las
desigualdades sociales, el desempleo, la explotación, la
pobreza, y la pobreza extrema -apelativo técnico que hoy
se da a la miseria-, y un inventario casi infinito de aterradoras
patologías sociales.
La polarización ideológica entre las superpotencias
contribuyó a estimular las luchas sociales, pero no fue -
como equivocadamente pensaron los teóricos franceses de la
guerre revolutionaire, luego de su derrota militar en
Indochina en 1954- ni el único factor, menos el
determinante. Si algo exacerbó la confrontación
entre un orden económico, social y políticamente
injusto, por un lado, y las aspiraciones democráticas y de
bienestar de las masas desposeídas de todo, por otro, fue
la aplicación irrestricta de los principios de la doctrina
de Seguridad Nacional, esgrimida como escudo con el presunto fin
de proteger a nuestras sociedades de la amenaza del comunismo
internacional. Esta, sin embargo, solamente parece haber servido
para perpetuar regímenes dictatoriales represivos y
autoritarios, violadores de los derechos humanos, que conculcaron
las libertades ciudadanas y los derechos políticos,
antidemocráticos por naturaleza, encabezados ya fuera por
civiles o por militares, o incluso por ambos.
Este es precisamente el contexto histórico y las
condiciones específicas en que debe ubicarse, en el caso
particular de Nicaragua, el surgimiento, desarrollo y
consolidación del movimiento revolucionario sandinista, y
su triunfo sobre una de las dictaduras más largas y
sanguinarias de la América Latina: la de la familia
Somoza.
La legitimidad del movimiento revolucionario sandinista -que
desde finales de la década de 1920 luchó por la
independencia nacional y la emancipación social,
condiciones impostergables de la democracia, el progreso
económico, la paz, la seguridad y la justicia social-
hunde sus raíces más profundas en esa compleja
trama de factores estructurales. A los nicaragüenses siempre se
nos negó el derecho a disentir, y la disensión o la
simple expresión de ideas no compartidas por la dictadura
de la familia Somoza, siempre fue acallada por la
represión.
La «democracia electoral» -tan severamente cuestionada por Larry
Diamond, coeditor del Journal of Democracy de la
Fundación Nacional para la Democracia (NED por sus siglas
en inglés)- que Nicaragua vivió durante el
somocismo, en la que nunca estuvo realmente en juego el poder,
siempre fue incapaz de asegurar una competencia libre, justa y
honesta, y menos aun de permitir la libre escogencia de nuestros
gobernantes ni la alternancia en el poder. Como consecuencia del
irrespeto a las libertades civiles y los derechos
políticos, el resultado de los comicios que
periódicamente se celebraban entre los componentes del
paralelismo libero-conservador era sabido de antemano. La
corrupción política, el fraude electoral, la
represión y la intimidación, eran los instrumentos
por excelencia para perpetuar en el poder a la familia
gobernante, y a sus incondicionales.
Es allí, entonces, donde deben buscarse las causas
últimas sobre las que se erigen el poderoso movimiento
insurreccional y la amplia alianza política
multipartidista nacional que con la sangre de miles de
nicaragüenses escribieron el epitafio sobre la tumba de la
dictadura de la familia Somoza, en julio de 1979, cuando la
tercera ola de democratización justo llegaba a su primer
quinquenio. Es allí también donde se forjaron las
fuentes de la legitimidad del movimiento revolucionario
sandinista, y la legitimidad del uso de la violencia, avalada
incluso por la Iglesia Católica.
En la década de los años ochenta Nicaragua, a pesar
de la guerra impuesta que caracteriza a ese período
revolucionario, sienta bases firmes para iniciar una etapa de
consolidación de su régimen democrático,
solución que únicamente podía darse una vez
encontradas soluciones políticas, internas y externas al
conflicto armado.
Los acuerdos de Esquipulas en 1986 aceleran el proceso de paz que
concluye después de intensas negociaciones con el desarme
de la contra en 1990.
Como se sabe, sólo para referirme brevemente al entorno
subregional, la experiencia nicaragüense no fue ajena al resto de
los países centroamericanos, a excepción de Costa
Rica. Los conflictos armados en Guatemala y El Salvador tuvieron
raíces históricas y causas objetivas similares
aunque no idénticas.
El fin de la Guerra Fría y de la polarización
ideológica entre las superpotencias abrió -como ya
he señalado antes- inéditos espacios para el
proceso democratizador a nivel mundial en general, y
latinoamericano en particular. La radical transformación
del escenario internacional, y la voluntad de diálogo y
negociación de los pueblos y gobiernos de
Centroamérica, condujeron a una solución
pacífica de los conflictos armados.
Por su naturaleza cualitativa, la democracia no es susceptible de
ser medida en valores porcentuales o absolutos, tasas o
índices. No obstante, es preciso resaltar que en los tres
quinquenios transcurridos de 1979 a 1995, diecinueve presidentes
civiles latinoamericanos fueron electos en comicios libres,
justos y honestos -buena parte de ellos sometidos a un riguroso
escrutinio internacional- en igual número de
países, en su mayoría gobernados antes por
regímenes militares.
No obstante, esa tercera ola global de democratización
aún no ha sido capaz de resolver dos problemas
fundamentales que todavía aquejan a la mayoría de
las sociedades latinoamericanas. Por una parte, la severa crisis
económica que continúa reproduciendo los mismos
viejos esquemas de inequidad e injusticia, y su colateral y
aparentemente inevitable gama de patologías sociales. Por
otra, el que prácticamente ninguno de los países de
la región ha logrado superar las deficiencias
intrínsecas de la democracia electoral. La
consolidación definitiva de la democracia es, en
consecuencia, un punto pendiente en la agenda política
latinoamericana.
A pesar de estas dos limitaciones mayores, que obviamente no
pueden resolverse de la noche a la mañana, pero que
tampoco deben postergarse indefinidamente, a riesgo de reeditar
el viejo círculo vicioso de la violencia, es preciso
reconocer los benéficos efectos de la tercera ola de
democratización. Entre éstos debe mencionarse la
marcada tendencia a resolver los conflictos por la vía del
diálogo y la negociación, el uso de la
mediación calificada -ética y políticamente-
para solventar las diferencias, la tolerancia, el reconocimiento
de la legitimidad a disentir, el pluralismo político, el
respeto al orden constitucional y al imperio de la ley. Debe
aceptarse, sin embargo, que ninguno de estos rasgos se da ni
funciona de la misma forma ni con la misma intensidad en todos
nuestros países.
Este es, en términos generales, el escenario global en el
que sucede en Perú la «crisis de los rehenes» en la sede
de la residencia del embajador de Japón, a finales de
diciembre de 1996, y que todavía se prolonga hasta la
fecha. No pretendo aquí, ni es mi intención -porque
soy respetuoso de la autodeterminación y el principio de
soberanía nacional- abrir un debate sobre las demandas de
los miembros del comando del Movimiento Revolucionario
Túpac Amaru (MRTA), y la posición oficial del
gobierno del presidente Alberto Fujimori. Este es,
indudablemente y así quiero dejarlo subrayado, para que no
quede la menor duda, un asunto que compete exclusivamente a los
peruanos. Mi ánimo, en consecuencia, ha sido compartir
criterios estrictamente personales -que bajo ningún punto
de vista involucran a la institución armada de la cual soy
Comandante en Jefe, ni al gobierno civil de la República
de Nicaragua, al que estamos subordinados por nuestro
íntimo convencimiento personal e institucional, y en
riguroso respeto a la Constitución y a la ley- acerca de
la legitimidad del uso de la violencia armada en dos escenarios
disímiles: el de la América Latina de la Guerra
Fría y la Doctrina de Seguridad Nacional, y el de la
América Latina de la pos-Guerra Fría en los
umbrales del nuevo milenio, y contribuir -si eso fuese posible- a
una solución no violenta del conflicto.
Independientemente de su origen, la violencia -y más aun
la violencia armada, cualquiera sea su signo- debe ser
erradicada. A las puertas de un nuevo siglo, las posiciones de
fuerza extrema, cualquiera sea la justificación o
argumento que se esgrima, no tienen cabida ni validez. La
única alternativa que nos queda, si de preservar y
consolidar la democracia y de garantizar nuestro futuro se trata,
es agotar los mecanismos de negociación a fin de asegurar
la solución pacífica de los conflictos.
El escenario político mundial y latinoamericano del fin de
siglo tiene significativas diferencias con el de las
décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. A pesar
de sus imperfecciones y debilidades, el sistema
democrático goza de una amplia aceptación y, aunque
de vieja data, las causas estructurales de los conflictos
están ahora enmarcadas en un ambiente político
distinto. Las soluciones, por tanto, deben ser diferentes.
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*General de Ejército, Comandante en Jefe
del Ejército de Nicaragua. Fue dirigente y comandante sandinista
durante la insurrección contra Anastasio Somoza |
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