Un comando del MRTA captura la embajada del Japón en Lima,
tomando en rehenes a cerca de 800 invitados. En el calor casi
tropical que asfixia a un Montevideo afanado en tareas
pre-navideñas, a mediados de diciembre, compruebo -una vez
más- que el Perú no dejará nunca de
sorprenderme. ¿No estaba liquidada la subversión?
¿No comenzaba el país -con un alto costo de
desocupación y pobreza, claro está, pero esas
palabras están referidas al Perú desde que conozco
el Perú- a enrumbarse en una economía aclarada en
sus relaciones con el capitalismo internacional -es decir, el
mundo? ¿No comenzaba la dolorida legalidad a buscar sus
espacios, a tratar de enrumbar sus confusos entuertos para
ubicarse en una institucionalidad creíble? ¿No hay
flores hasta en el zanjón, Miraflores y Barranco no lucen
radiantes, no dicen que Lima se apresta a festejar su 462
aniversario remozando su desvencijado casco colonial?
Pozo de sorpresas, tan antiguo, y tan joven como su
población que crece desbordadamente. No sólo el
señor de Sipán, enseñando-una vez
más- la desmesura de un pasado aún no conocido. Hay
que recordar que el original Perú mostraba una dictadura
reformista y con discurso popular, cuando las dictaduras de
extrema derecha asolaban el Cono Sur; que deja llegar al poder al
partido eternamente proscrito, hundiendo en la nada electoral a
sus anteriores gobernantes, sólo para acabar en desastre;
que fabrica una guerrilla de corte terrorista, disparando al
centro de la vieja mitología romántica de los
buenos guerrilleros (el Khmer Rouge liquidando al Che Guevara);
que un ingeniero desconocido y de apellido japonés gana
las elecciones a uno de los dos o tres escritores más
famosos del mundo.
Y así sigue, no hay que hacer la historia de los peruanos
para los peruanos, pero deben comprender que desde el
pequeño y a su manera rígido -por clasemediero y
reglamentado- Uruguay, este tamaño de país y sus
sorpendentes cambios, y el matiz peculiar que le imprimen a cada
uno, es una permanente fuente de sorpresas. Obliga a revisar el
sentido del diccionario político, agregando a cada palabra
una serie de matices diferenciales, como en esos complicados
idiomas donde la misma raíz puede dar origen a cosas
absolutamente distintas, mediante el agregado de ciertas
terminaciones.
¿Qué terminación serviría para este
golpe audaz, publicitario, el gran golpe, en términos de
lucha armada latinoamericana, y sin embargo una suerte de puente
tendido en el vacío, puesto que lo que se lee, se oye, se
ve y se respira en Lima no puede ser más ajeno al
pathos épico de la guerrilla? No parece ser, este
tiempo, el de las grandes agitaciones sociales, el de la
rebeldía acechando el sueño siempre nervioso de los
más jóvenes. Después de lo sucedido en el
Perú desde 1980, ¿cuántos espíritus
dispuestos al «patria o muerte venceremos» podrá encontrar
éste u otro grupo que opte por la lucha armada?
Cerpa Cartolini y su milicia adolescente mandan señales
desde la embajada del Japón, y esos gestos y palabras
parecen emerger de un tiempo lejano, de los aires furibundos de
los sesenta, pero frente a cámaras y reporteros de fin de
siglo, y policías y soldados ídem: policías
y soldados fogueados en la lucha antisubversiva, muy seguros de
su papel, no aquellos soldaditos aterrados que iban a Ayacucho al
comienzo de los ochenta. Dos tiempos históricos, a uno y
otro lado de los cordones de seguridad. ¿A cuál de
los dos favorece el transcurrir de este otro, el presente, que
los engloba a los dos y busca -más allá de los
ánimos negociadores o no del gobierno- unirlos en una
solución final? De pronto el error está en escuchar
sólo a Lima, la gran caja de resonancia. Bueno, hasta a
los omnipotentes servicios de inteligencia les pasó. En no
entender los signos que pueden esconderse en las selvas donde
otras leyes y otros horizontes -este país de muchos
países- parecen regir la vida de las gentes, o los que
brotan y circulan en las cárceles, donde los presos por
subversión viven su cautiverio frente a una sociedad
saturada, que con excepción de los organismos de derechos
humanos y algún parlamentario, prefiere olvidarse de
ellos. Otros guerrilleros en otros tiempos hubo que, con menos
medios comunicacionales a su disposición, gozaron sin
embargo de la solidaridad, el respeto y hasta cierta fuerza
mitológica frente al resto del mundo. El Che fue el
paradigma, pero no el único. Estos presos de los
años noventa son en cambio para los peruanos (o una
mayoría de ellos, o al menos una inmensa cantidad de
ellos), los culpables del infierno que desató el terror y
legitimó la mano dura oficial durante demasiado tiempo:
para ellos el olvido, en el más cristiano de los casos, la
compasión. ¿Puede esta soledad en rebeldía
desconocerse a sí misma hasta eliminar la primera parte de
la ecuación y quedarse sólo con la segunda?
«Exigimos», dice Cerpa desde la embajada y desde la fuerza que le
dan sus rehenes. Pero, además de sus camaradas,
¿cuántos lo acompañan? Quizás el
espesor del muro de las cárceles y de la selva impida
conocer el run run callejero, escuchar que la gente quiere
mejorar su vida pero difícilmente ofrendarla en aras de un
justiciero futuro; que quién querría ahora «uno,
dos, tres, muchos Vietnam» cuando el referente fue tan horroroso
-y de consecuencias tan poco edificantes-; que los campesinos,
los obreros y los desocupados son por lo general
pragmáticos y enemigos de las aventuras bélicas, a
menos que un tremendo vendaval de esos que se arman en la
historia muy de vez en cuando, los azote. Los solitarios de la
selva y los solitarios de las cárceles sueñan de
pronto en recomponer, solitos ellos, un huracán de
éstos. Cerpa Cartolini y sus muchachos en la embajada, con
la tremenda difusión obtenida, se imaginan, probablemente,
en medio de uno.
Pero afuera el viento veraniego es muy suave.
Ahora, este país de sorpresas, huaicos y terremotos,
siempre le da un susto a uno. Es fácil comprobar, por el
tenor de algunos artículos publicados en ciertos medios de
prensa, y por los movimientos militares en torno a la embajada,
que los que sueñan en bélico no son sólo los
guerrilleros. Qué tremenda desgracia para esta patria que,
como en las películas de ciencia ficción, los
sueños armados de los que saben apretar gatillos coincidan
en un puente criminal, por encima de las tranquilas almohadas de
las gentes pacíficas. Es claro que ni el gobierno, a quien
asiste el derecho, ni los guerrilleros, a quienes asiste
sólo la realidad de que tienen a setenta personas en sus
manos, quieren declararse en derrota frente al otro. El mito del
hombre fuerte, el mito del triunfo, siempre peligroso, amenazan
la vida de los rehenes. La autoconciencia de los contendores, el
tributo a la «imagen», paralizan una solución que ya
debió lograrse, bajo la única fórmula
saludable: se pierde pero se gana. Tantas vidas son una ganancia,
bien valen un aparente traspié, que una auténtica
grandeza siempre podrá asumir con altura. (Derrotados hay
en la historia cuya memoria bien quisieran para sí, hoy,
muchos triunfantes olvidados.) Sumida en el desconcierto del
Perú -no será la primera vez- espero signos de paz
que quizás no lleguen.
Lima, 30 de enero de 1997
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