La solución de la crisis de los rehenes no parece
haber resuelto la crisis política previa que mantuvo
en vilo a la ciudadanía. Hoy nuevos
escándalos el último en fecha la
arremetida contra al Tribunal Constitucional se
añaden a los viejos, contribuyendo a enfriar el
éxito de la operación rescate.
Días antes de la lamentable intervención
militar que terminó con la liberación de 71 de
los 72 rehenes y con la muerte de uno de ellos, de dos
oficiales y del íntegro del comando terrorista del
MRTA, quienes hasta ese momento apoyaban en forma entusiasta
al fujimorismo se preguntaban en qué momento la
promesa de una república liberal y de un país
moderno se había roto como un cristal.
Funcionarios públicos, cercanos al presidente
Fujimori, personajes principales del régimen como
el general Hermoza y el asesor Vladimiro Montesinos, las
más importantes instituciones del régimen
fujimorista FF.AA. y servicios de inteligencia
estaban seriamente comprometidas en denuncias sobre
corrupción, torturas y asesinatos. Conforme pasaban
los días, en lugar de aclararse o disminuir, las
denuncias aumentaban.
Al descubrimiento de los restos descuartizados de una agente
del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE)
siguieron las denuncias de otra torturada del mismo servicio,
y a éstas las del general Robles, reveladas en un
programa de TV, sobre la responsabilidad del Grupo Colina en
los asesinatos de los dirigentes sindicales Pedro Huillca y
Saúl Cantoral, del diputado de IU Eriberto Arroyo
Mío, y hasta en el del coronel Obregón del
ejército. Y como telón de fondo, los casos de
corrupción, como el de la Compañía de
Seguros Popular y Porvenir, los ingresos fabulosos del asesor
Vladimiro Montesinos que la ciudadanía conoció
por documentos nunca desmentidos de la SUNAT, las agresiones
contra el Tribunal Constitucional, amén del
ejército de tenientes gobernadores que el Prefecto de
Lima (hoy renunciante, o renunciado) estaba empeñado
en establecer en todo el país como parte importante de
la estrategia reeleccionista para el 2000.
Las filtraciones de información no tenían,
pues, cuándo acabar. El país observaba con
asombro la lucha abierta entre distintas facciones del
gobierno o del poder del Estado que había
pasado de los pasillos secretos a la escena pública,
en clara prueba de que quienes manejaban los resortes del
poder no eran o no eran sólo quienes habían
sido elegidos por el voto popular. Tras cinco años del
golpe y dos de la reelección del ingeniero Alberto
Fujimori, su gobierno confrontaba acaso su peor crisis, al
afectar ésta el núcleo central del poder.
Todo ello reforzaba el temor, en unos, y confirmaba, en
otros, que el presidente no gobernaba solo sino en una suerte
de triunvirato junto con el general Nicolás Hermoza y
el asesor del SIN Vladimiro Montesinos; y que, por lo tanto,
si de reelección se trataba, no era la de un hombre
solo, sino de una maquinaria autoritaria, comprometida en
manejos turbios. Nada, por tanto, más lejano a la
reforma liberal.
No por casualidad Jaime de Althaus, connotado vocero del
neoliberalismo en nuestro país, sostenía, la
víspera misma de la operación militar de
rescate, que en caso de no producirses prontas y claras
rectificaciones «los sectores preocupados por la continuidad
del modelo económico y la consolidación de una
institucionalidad seria deberían empezar a trabajar
para organizar un gobierno eficaz a partir del año
2000» (Expreso, 21 de abril de 1997).
La legalidad y la legitimidad del régimen estaban,
pues, seriamente cuestionadas.
En vísperas del asalto a la residencia, los sondeos de
opinión mostraban a un presidente en su peor momento,
y prácticamente ningún ámbito de la
gestión estatal quedaba fuera del escrutinio y
desconfianza ciudadanos. El nivel de desaprobación de
instituciones claves del régimen: el Congreso, las
FF.AA., el Poder Judicial y la Policía Nacional, se
situaba por encima del 50% y más de un 90% de la
opinión ciudadana reconocía la existencia de
corrupción en el gobierno, algo impensable no mucho
tiempo atrás. Y en cuanto a la evaluación del
propio jefe del Estado, en plena crisis de los rehenes, si en
enero la apobación de su gestión había
alcanzado el 66.9% y la desaprobación el 27%, en el
mes de abril ambas se habían igualado en un 44.8% .
No decimos nada nuevo al citar estas encuestas que han sido
ampliamente divulgadas a lo largo de los últimos
meses. Lo que aparecía de verdaderamente nuevo en
ellas es que la opinión pública, además
de volverse más independiente del fujimorismo,
empezaba a relacionar economía y política. El
reclamo ya no era sólo por empleo y salarios; era
también por más democracia.
El nuevo contexto
El «fujimorazo» del 22 de abril así llamó
el diario Expreso al operativo de rescate, repuso al
presidente Fujimori, según todas las apariencias, a la
cabeza del triunvirato famoso. Las imágenes
públicas y sus símbolos son claros al respecto:
el presidente asumiendo ante el país y el mundo toda
la responsabilidad, la concepción y la
decisión, si no el mando, de la operación
«Chavín de Huántar», cuya idea le vino de un
sueño premonitorio; Vladimiro Montesinos y el general
Hermoza antes, supuestamente enfrentados entrando
juntos muy temprano, a la mañana siguiente de los
hechos, en la residencia del embajador del Japón, ante
los grupos de élite de las Fuerzas Armadas y, por
supuesto, ante las cámaras de televisión,
como los jefes operativos de la acción militar victoriosa.
La exitosa operación de rescate favoreció por
supuesto la imagen presidencial: la aprobación del
presidente repuntó explicablemente en las encuestas,
situándose alrededor del 60%, no mucho más, no
mucho menos, según las empresas encuestadoras. Pero
bastante lejos de los estándares de otras
épocas, en que una acción como ésta lo
habría disparado hasta un 90%. También
favoreció la imagen de las FF.AA. e incluso del
Servicio de Inteligencia Nacional.
Pero lo verdaderamente nuevo de estas encuestas es que, en
lugar de asociar una cosa con otra como
señalábamos antes lo que hacía la
gente era separar una cosa de otra: el éxito de la
operación rescate, de todos los demás temas
pendientes que preocupan seriamente a la ciudadanía. Y
hacía, además, su propia lectura sobre el
resultado de la acción militar.
Para empezar por este punto, según la encuesta de
IMASEN
hecha en la cuarta semana de abril, cuatro días
después de la recaptura de la residencia, un 43.8%
siente una mezcla de alegría y pena por lo sucedido,
un 22% sólo pena, y apenas un 13% sólo
alegría. Un aplastante 82% lamenta todas las muertes,
frente a un 17% que sólo lamenta las del rehén
y los oficiales caídos.
Y en cuanto a los otros temas pendientes, un 94.5%
estimó que se debía investigar las denuncias
respecto a una agente torturada y otra asesinada, ambas del
SIE. Un 88.5% que hay que investigar las remuneraciones del
asesor presidencial Vladimiro Montesinos, y un 80% que hay
que investigar asimismo a la compañía de
seguros Popular y Porvenir. Incluso un sector significativo
de la opinión pública (64%), considera que el
gobierno está utilizando políticamente el
rescate de los rehenes y un 63% piensa que el gobierno
pretende usar dicho rescate para acallar las denuncias sobre
el SIN.
Y por si fuera poco, un 60% declaró que no
votaría por el presidente Fujimori si se presentara a
la reelección el año 2000.
Si la opinión ciudadana que hoy sólo se
expresa mediante encuestas y otro poco a través de los
medios de comunicación
fuese suficiente amparo contra los intentos de utilizar
políticamente el éxito obtenido para encubrir
los graves escándalos y fechorías denunciados,
tendríamos razones para sentirnos tranquilos y
seguros.
Pero, según parece, nada va a cambiar después
del 22 de abril. Como muestra, al día siguiente de la
operación de rescate, mientras en el pleno del
Congreso se invocaba a la reconciliación y a la unidad
nacional, la mayoría oficialista hizo aprobar, entre
gallos y medianoche, una ley sobre el derecho a
rectificación en los medios de comunicación
que, inocultablemente, está dirigida principalmente
contra aquellos medios que con sus denuncias han hecho
posible que se destapen ante el país los
escándalos de todos conocidos.
Y en los últimos días, al cierre de esta
edición asistimos a un ataque en regla contra el
Tribunal Constitucional, con la amenaza de una
acusación constitucional contra cuatro de sus siete
magistrados, incluyendo a su propio presidente. El pecado de
este organismo, clave para el ordenamiento constitucional del
Estado, es el haber puesto una piedra de orden
jurídico en el camino de la reelección del
2000.
Epílogo
No puedo dejar de mencionar que el Presidente ha dicho que el
operativo «Chavín de Huántar» fue inspirado por
un sueño. Pensé de inmediato en López
Rega, el secretario de Juan Domingo Perón, llamado «el
mago», quien también se inspiraba en los sueños
para aconsejar primero a Perón y después a
Isabelita. Como sabemos ahora, «el mago» López Rega
desempeñó un papel importante, junto con los
grupos armados, paramilitares, militares y policías,
en la larga noche de violencia que vivió Argentina
desde 1974.
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