Una sociedad se sostiene sobre el supuesto de que sí
es posible compartir pacíficamente una vida en
comunidad. Esa premisa optimista también existe en la
mente de la inmensa mayoría de los peruanos. Por eso,
cuando la reciente crisis acabó en hechos de guerra y
destrucción, es absolutamente necesario hacer un
esfuerzo por explicarlos.
Si hay algo que distingue a los seres humanos es su
extraordinaria capacidad para aprender de las experiencias,
aun al precio de revisar los sucesos más dolorosos. La
huida o el olvido sólo aseguran un retorno
cíclico a éstos cada vez más
patológico. Esa es la razón por la que, puesta
la memoria en aquel 22 de abril, debemos tratar de comprender
por qué se llegó a ese resultado.
Digámoslo de una vez: aquél fue el final de un
proceso perverso en el que siempre anduvieron entrelazadas la
política y la guerra. Los actores nunca dejaron de
remitir sus actos a los principios de una y de otra.
Sólo que en los minutos culminantes, mientras en un
lado la política se redujo a la guerra, en el otro
lado la política y la guerra se habían
convertido en algo aun más liviano que una aventura:
un juego suicida.
Revisemos los vectores que han confluido en la resultante
trágica de aquel martes.
El primero de ellos, el más sorprendente y a la vez el
más decisivo, ha sido que el propio Néstor
Cerpa dispuso el escenario adecuado para el asalto de los
comandos. Es decir, para una solución militar, no
política, de este drama.
Primero se hizo vulnerable en el sentido político.
Nunca pudo encontrar, o nunca le interesó seriamente,
alguna sintonía entre sus demandas y las expectativas
de la población o de las fuerzas políticas,
incluidas las más fuertemente opuestas al gobierno. Se
obstinó en obtener la liberación de un grupo
significativo de emerretistas. Este era un precio demasiado
alto para un Estado que ya había derrotado claramente
a la guerrilla. Pero además era una demanda rechazada
por la gente y las fuerzas políticas una y otra vez.
Su insistencia pudo haber pasado como firmeza en el primer
mes, luego comenzó a descubrirse como intransigencia,
pero al cuarto mes era ya de una provocadora soberbia. Por
eso, en las encuestas, la opinión a favor de la
intervención armada había comenzado a crecer
aun cuando no llegaba a ser mayoritaria.
Luego se hizo sorprendentemente vulnerable en el sentido
militar. La desventaja en recursos técnicos y en
combatientes es un dato sobre el que actúan todos los
grupos subversivos, que intentan superarla con la movilidad
de sus columnas o lo imprevisible de sus acciones. Ya la toma
de la residencia diplomática suponía quedar
fijados en una posición y altamente expuestos a la
observación. Perdido el recurso a la movilidad, lo
primero que tenía que impedir era la rutina. Pero se
volvió predecible en sus horarios y ubicaciones.
Así, él mismo regaló el factor sorpresa
y con ello toda una invitación al ingreso de los
comandos.
El segundo vector: un mando de las Fuerzas Armadas y un
Servicio de Inteligencia Nacional que veían en una
salida negociada toda una derrota para ellos.
En el último año las cosas se habían
complicado para el general (r) Nicolás Hermoza, jefe
de las fuerzas armadas, y Vladimiro Montesinos, asesor del
Servicio de Inteligencia Nacional. Desde aquellas denuncias
contra uno de ellos de haber recibido sobornos de un
narcotraficante hasta el fallido juicio militar al general
(r) Rodolfo Robles, que dejó mal parado al otro, una
serie de hechos habían erosionado la posición
de ambos.
Pero el tema más sensible para ellos ha sido siempre
el de la subversión. Los éxitos del gobierno
frente a Sendero y al MRTA fueron atribuidos a los dos.
Montesinos ha publicado un ensayo y Hermoza un libro,
prologado por Montesinos, en el que ambos se muestran como
los expertos en el tema. Pero ya a mediados de 1996 se
habló de la recomposición de Sendero y de los
límites de la política antisubversiva aplicada
en los últimos años. Los expertos comenzaban a
quedar mal parados. Y el asalto emerretista en diciembre los
colocó de golpe en una situación muy
incómoda, no sólo ante el país sino ante
el mundo.
Un final con el jefe del MRTA y sus 14 camaradas llegando a
un país extranjero, sonrientes y con la señal
de la victoria, aunque no se hubieran llevado a ningún
preso liberado, tiene que haber sido considerado como una
grave derrota personal por el mando militar y por el asesor
del SIN. En un solo verano, y sobre una mesa de
deliberaciones, se les iban a marchitar todos los laureles
obtenidos desde 1990. Por tanto, tenían poderosas
razones para aprovechar a fondo la más pequeña
oportunidad de asaltar la residencia. Y Cerpa se las
sirvió en bandeja.
El tercer vector ha sido el de un gobierno urgido de una
victoria política.
En todo 1996, Alberto Fujimori cayó mes tras mes en
todas las encuestas. Paradójicamente, con el asalto
emerretista hubo un primer repunte en la popularidad del
presidente. Era el reflejo del amplio rechazo al secuestro de
los rehenes y un respaldo a su respuesta ante la crisis: no
ceder a la liberación de los presos emerretistas y
buscar una solución negociada.
Luego, como un eco del rumbo errático que
seguían las negociaciones con el grupo subversivo, los
sondeos de opinión pública comenzaron a
mostrarse inestables y fluctuantes de un mes a otro.
Hasta que surgió el escandaloso caso de torturas
aplicadas por oficiales del Ejército contra agentes de
su propio servicio de inteligencia. Un hecho que, junto con
algunos que lo antecedieron y otros que ocurrieron
después, pusieron al alto mando militar y al SIN ante
un fuerte cuestionamiento público. En la medida en que
Fujimori había expresado su apoyo incondicional a esas
esferas, sus niveles de popularidad cayeron al punto
más bajo desde 1990. Por primera vez apareció
que una clara mayoría rechazaba su
gestión.
Por si no bastara, el escándalo de las torturas vino
acompañado de visibles filtraciones de
información desde dentro del gobierno y de las propias
Fuerzas Armadas. Esa era una señal de serios
conflictos internos en ellas.
El asunto era excepcionalmente grave. El esquema de poder
sobre el que descansa la administración de Fujimori
desde 1992 parece haber estado al borde del infarto. En ese
esquema el presidente aporta su popularidad, medida por las
encuestas, y el mando militar pone la cohesión de las
fuerzas armadas tras él. En el último mes de la
crisis de los rehenes no había mucho de eso.
Sólo un resonante éxito, a la vez
político y militar, podía devolverle
estabilidad y curar las fisuras de su entorno. Y la guardia
de Cerpa estaba demasiado baja como para inhibirse de
intentarlo.
¿Pudo haber otro final?
Bajo la presión de los hechos consumados, esta
pregunta aparece como inútil, pero no podemos evadirla
si aceptamos los supuestos, intrínsecamente humanos,
de la solidaridad con los semejantes y las posibilidades de
la razón.
Más adelante se van a reconstruir los hechos en una
integridad bastante mayor que hasta ahora. Pero hay por lo
menos tres señales inequívocas de que
también existió un genuino interés en
los actores más decisivos para que la crisis terminara
en un acuerdo negociado.
Cerpa permitió la salida, por razones de salud, hasta
de dos altos oficiales de la Policía Nacional, uno de
ellos de la dirección antiterrorista. El presidente
Fujimori llegó a pedirle expresamente a su colega
dominicano que recibiese a los emerretistas luego de una
eventual solución a la crisis. Y el obispo Juan Luis
Cipriani, en carta dirigida al primer ministro japonés
unos días antes del 22 de abril, le comunicó su
convicción personal acerca de la viabilidad de esa
solución negociada.
¿Qué es lo que hizo saltar por los aires esa
posibilidad? Pues una cierta ceguera sobre la oportunidad que
tenían por delante los personajes llamados a resolver
la crisis por medios políticos.
Pese a toda la complejidad de la situación y a la
cantidad de pasiones e intereses entrecruzados, la crisis de
los rehenes brindaba una ocasión de oro. Por primera
vez desde 1980, los representantes calificados de un grupo
subversivo y de un gobierno se sentaron a dialogar.
Quien más debía apreciar esta oportunidad en
toda su dimensión era el propio jefe del MRTA.
Tenía ante sí la posibilidad de propiciar un
acuerdo político. Es decir, un acuerdo que recogiera
el interés general, público. Dar algo y pedir
algo en ese plano. Y lo único que podía ofrecer
en esa esfera, además de la devolución de los
rehenes, era la paz en lo que a su grupo le
correspondía. Es decir, su retiro de la lucha armada.
Este era el tema que hubiera hecho a la vez más
necesaria y viable la solución negociada. Y si algo
podía pedir Cerpa, no era la liberación de sus
camaradas, sino una vía aceptable de
reinserción en la comunidad nacional.
En algún momento, en las primeras semanas, Cerpa
insinuó ese tema. Pero muy débilmente. Y
sólo, aparentemente, porque algunos rehenes se lo
sugirieron. Luego se olvidó de eso para siempre y se
aferró a su demanda de liberar a sus camaradas. Con
ello privó de racionalidad política a sus
argumentos y al propio diálogo con el gobierno. No
negoció como político sino como un secuestrador
con retórica guerrillera y así, con su
intransigencia de cuatro meses, fue el principal responsable
del fracaso de la negociación.
Un margen de responsabilidad también alcanza al
gobierno y a las fuerzas políticas en su conjunto.
Opino que, salvo aisladísimas excepciones, casi la
totalidad de la élite política peruana
subestimó la oportunidad de ejercer presión
para incluir el tema de la paz en la negociación de la
crisis de los rehenes. Con ello también contribuyeron
a que la negociación se convirtiera en un regateo
propio de un secuestro. Dejaron que el problema, de ser un
asunto de actores políticos, pasara a convertirse en
otro con protagonistas militares. Nuevamente, como tantas
otras veces, permitieron que su propio oficio atravesara por
esta crisis como un gris actor de reparto.
Por otra parte, también fue posible un epílogo
aun más sangriento. El asalto pudo terminar con un
número apreciablemente mayor de víctimas. Uno
de los jóvenes emerretistas pudo disparar sobre varios
rehenes pero desistió. Ese detalle, narrado por varios
rehenes, demuestra que no es rigurosamente exacta la
afirmación de que el operativo militar garantizaba la
vida de todos los rehenes o un número muy reducido de
bajas. El azar ayudó a este resultado, pero bien pudo
resultar al revés.
Si se piensa sólo en el corto plazo y desde intereses
puramente particulares, en este desenlace de la crisis de los
rehenes sólo habría razones para celebrar. Pero
si, pasados los impactos de las primeras horas, partimos
prudentemente del interés nacional y miramos el
mediano plazo, podrá verse que es de todos modos un
hecho traumático que dejará huellas perniciosas
en la política peruana y en el alma colectiva.
Ninguna sociedad pasa impunemente ante un espectáculo
de muerte en vivo y en directo. Con frecuencia, a la victoria
militar subyace más de un fracaso político y un
trauma social. Por regla general, después de esa
victoria la esfera de las armas, ya sea desde el Estado o
desde la subversión, le pasa la factura a la esfera
política. Será mejor que ésta tome en
serio su propio oficio y aprecie más el enorme valor
de la paz.
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