Apenas unos días después de haberse efectuado
el rescate de los rehenes, la opinión pública
ha sido informada hasta en los mínimos detalles de
cómo fue planificado el casi impecable operativo
militar. La introducción en la residencia de
micrófonos en crucifijos, guitarras y biblias, el
bíper del almirante Giampietri y las
fotografías tomadas al interior de la residencia por
microcámaras que se emplean en operaciones de alta
cirugía, nos hacen volar la imaginación
haciéndonos recordar las películas de James
Bond.
También se nos ha informado de hechos curiosos como
las clases de francés que el general Domínguez,
ex jefe de la Dincote, impartía al jefe del comando
terrorista; el descontento mostrado por una joven emerretista
debido a que los rehenes y sus secuestradores
preferían ver por la TV los noticieros y programas
políticos, negándole la oportunidad de
continuar viendo su telenovela favorita; el campeonato de
fulbito entre los emerretistas «cuatro contra
cuatro» en los ambientes de la amplia sala de la
residencia convertida en una singular losa deportiva que
ocultaba los túneles que ellos mismos habían
denunciado semanas atrás...
Nos hemos sentido estremecidos al escuchar la versión
del ministro Muñante sobre un joven emerretista que,
una vez iniciado el asalto militar, decidió por
razones que nunca se sabrán no apretar el gatillo
del arma automática con que los apuntaba a él y
a otros rehenes; emocionados por la actitud reflexiva y
consciente del comandante Valer, dispuesto a dar la vida por
un Perú al que amaba entrañablemente, conforme
se lee en la carta que portaba en un bolsillo de su uniforme
de combate.
Patéticas son las informaciones que dan cuenta del
semianalfabetismo de un joven del MRTA que creía que a
Cuba se podía ir y regresar por carretera; o que en la
confidencialidad que se estableció entre los rehenes y
sus captores durante los largos días del cautiverio,
otro incauto joven del comando del MRTA le confió a un
congresista rehén su deseo de adquirir una «combi» con
el dinero que esperaba en recompensa por su
participación en el secuestro.
Sin embargo, nada o casi nada se sabe de las vicisitudes de
las negociaciones, de las propuestas y contrapropuestas de
las partes. Alguien debería informarnos el
porqué del cambio abrupto de la situación,
cuando durante semanas y semanas se nos decía, a
través del vocero de la comisión de garantes,
que las negociaciones estaban enrumbadas por «un buen camino»
y se apreciaba «una buena voluntad de las partes» para llegar
a una solución pacífica. Hasta ahora, y
después del asalto militar a la residencia,
sólo se ha escuchado la escueta versión del
embajador de Canadá, propalada por un canal de
televisión, cuando refiere haberle dicho a Cerpa que a
su criterio éste debería rebajar «mucho,
mucho,...pero mucho, sus demandas».
Quizá este sospechoso silencio tiene algo que ver con
el transparente punto de vista expresado por el presidente
Fujimori en una entrevista concedida al programa 24 Horas de
la TV mexicana: «...con el terrorismo no hay nada que
negociar... ¿para qué?».
Parece ser que ya desde mediados del mes de enero, el asalto
militar a la residencia del embajador del Japón fue la
principal alternativa contemplada por el presidente Fujimori
y el alto mando militar. Aunque públicamente se la
calificara como un simple «plan contingente» ante un eventual
agravamiento de la situación de los rehenes, en
realidad la decisión tomada era la consecuencia
práctica del convencimiento de que Cerpa no estaba
dispuesto a salir a Cuba con las manos vacías. Para
Fujimori no había nada más que negociar.
Ahora está claro que todo el escenario político
y publicitario montado por el gobierno en torno a la
negociación tenía como principal objetivo
demostrar ante la opinión pública y los
gobiernos extranjeros involucrados, el paulatino agotamiento
de una salida pacífica debido a la exclusiva
intransigencia del MRTA. Además, se necesitaba tiempo
para conseguir el ablandamiento del comando terrorista, la
preparación de las fuerzas para el asalto y la
culminación de los túneles.
Nos equivocamos quienes creíamos que era posible una
salida pacífica y política. Quizá
confundimos nuestros deseos con la realidad. Producido el
asalto militar y el rescate de los rehenes, a diferencia de
muchos no nos sentimos aliviados ni con ánimo de
festejo. Fueron 17 y no sólo 3 los muertos; y tengo
la impresión de que esto no servirá para
avanzar en el proceso de pacificación. Nos sentimos
defraudados porque al final se impuso la lógica, no
siempre inevitable, de la violencia y la guerra.
Desde un inicio nos pareció deleznable la
posición de quienes, como Javier Valle Riestra,
querían reducir la toma de la residencia por el
comando del MRTA a un simple problema
policíacodelincuencial comparable a una
acción emprendida por las bandas de «Los Destructores»
o de «Los Injertos». Asombrado escuché decir al
congresista Olivera
alarmado porque el gobierno designara un interlocutor
para abordar las conversaciones con Cerpa que lo
único que buscaban los emerretistas era dinero para
irse a tomar sol en el balneario cubano de Varadero.
De otro lado, la posición que focalizaba la «crisis de
los rehenes» como un problema exclusivamente humanitario y
que en salvaguarda de la vida de las 72 personas
debería sacrificarse cualquier «razón de
Estado», mostró pronto sus limitaciones. En efecto,
ella no tomaba en consideración que el simple hecho de
dejar libres al comando y a los prisioneros emerretistas a
cambio de la liberación de los rehenes, de por
sí ya hacía presagiar una posterior amenaza
para la vida de otros peruanos, seguramente campesinos y
humildes pobladores, cuando los emerretistas volvieran a las
andanzas y la represión militar no se hiciera esperar.
Por otro lado, se le exigía al gobierno que no cediera
ante el chantaje del MRTA, pero a la vez que resolviera el
conflicto mediante la negociación poniendo por delante
la vida de los rehenes, cuando la amenaza sobre estas vidas
era precisamente la posición de poder que
esgrimía el comando del MRTA para exigir la libertad
de sus presos, es decir, para chantajear al Estado. Llevada
al extremo, esta posición daba curso,
paradójicamente, a la tesis muy poco humanitaria de
que para salvar a 72 personas podrían ser muertas
otras 14, además de un número no determinable
de esas mismas 72 personas.
En este punto la posición del gobierno se mostraba
sólida: era responsabilidad del gobierno, a fin de
resguardar la seguridad nacional y los avances conseguidos en
el proceso de pacificación, no ceder al chantaje ni
crear un antecedente muy peligroso para eventuales
situaciones parecidas. En esto, contaba con el respaldo de la
absoluta mayoría de la opinión pública.
En cambio, era discutible el argumento según el cual
no se podía liberar a los presos porque se
atentaría así contra el Estado de Derecho y el
ordenamiento legal del país. Habría que
recordar, diferencias aparte, que en junio de 1995,
argumentando la necesidad de promover la
reconciliación nacional y consolidar el proceso de
pacificación, el Ejecutivo propuso, y el Parlamento
aprobó, la ley de amnistía para todos los
miembros de las fuerzas del orden inculpados o sentenciados
por los delitos cometidos con ocasión de la lucha
contrasubversiva. Por otra parte, dejar salir del país
a los miembros del comando del MRTA una vez liberados los
rehenes, ¿no constituía acaso una
transgresión de la legislación antiterrorista
vigente que mandaba capturarlos y recluirlos en
prisión? Lo que se tenía que resolver, si lo
que se quería era una salida pacífica, no era
un problema meramente legal, sino político.
Puestas así las cosas, había que explorar otra
alternativa que, aunque erizada de dificultades, se
reafirmara en el camino de una solución
pacífica: ¿bajo qué condiciones el Estado
habría podido considerar la posibilidad de discutir la
liberación de los presos del MRTA? Ciertamente,
siempre y cuando no pusiera en riesgo la pacificación
del país ni fuera considerado como un antecedente
funesto. Es decir, que no se produjera como un chantaje del
terrorismo, que conseguiría por esta vía el
reforzamiento de sus filas y acrecentar su poder para la
destrucción y la muerte. Aunque es muy difícil
admitirlo, el Estado, en esas condiciones, no podía
canjear la liberación de presos por la vida y la
libertad de los rehenes.
Sin embargo, desde nuestro punto de vista el Estado
podía haberse comprometido a discutir la
liberación de los presos del MRTA, ya no como una
concesión a cambio de la liberación de los
rehenes, sino como un acto en favor de la
reconciliación nacional y de afirmación de su
voluntad de consolidar la paz interna. Y lo haría,
precisamente, en resguardo de sus responsabilidades en el
ámbito de la seguridad nacional. Con una
condición: que el MRTA mostrara su disposición
a abandonar el camino de la lucha armada.
En cambio, la disyuntiva entre salida negociada
(pacífica) o la militar, en el contexto de dos
adversarios dispuestos a continuar enfrentados en el
escenario de la violencia, caminaba en favor de la segunda. A
nuestro entender, la disyuntiva debió plantearse entre
salida política o salida militar, ya que, como se
entenderá, no toda salida pacífica era
necesariamente favorable a la política de
pacificación; por ejemplo, transar la libertad de los
rehenes a cambio de dinero, para que posteriormente con
éste los emerretistas compraran más armas para
continuar con su lucha armada, no era la salida más
conveniente para la paz interna del país.
Se requería pues construir un diferente escenario para
que los adversarios pudiesen negociar sus diferentes puntos
de vista y demandas, pero en la perspectiva de la
pacificación del país. Este nuevo escenario
suponía ligar la aceptación gubernamental
validada por la comisión de garantes a
discutir la demanda emerretista en relación a sus
presos, siempre y cuando el MRTA, con la garantía
señalada, mostrara su predisposición a negociar
el abandono del camino de su lucha armada, para lo que la
liberación de los rehenes se constituiría en el
primer paso de la negociación política.
Esta propuesta, a contracorriente de las posiciones
más duras, sostenidas por ciertos sectores
políticos y militares, respondía a los puntos
de vista de la sociedad civil que reclamaba y
reclama el cese de la violencia terrorista, de la
inevitable respuesta militar y de la violación de los
derechos humanos.
Se requería, pues, ampliar el horizonte de la
negociación para que, tomando en cuenta el problema de
los rehenes, éste se convirtiera en el punto de
partida de una negociación que involucrara el
complejo tema de la pacificación en su conjunto, en la
que ciertamente estuvieran comprendidos temas como el
desarme de los subversivos, su incorporación a la vida
ciudadana, cese del régimen excepcional de
carcelería, indultos y, posteriormente, una eventual
amnistía progresiva. Si el problema se reducía
exclusivamente a la situación determinada por lo que
sucedía al interior de la residencia, poco
hacía falta para convertir en inevitable la
solución violenta.
¿Qué condiciones debían darse para que
esta alternativa fuese viable? Hubiese hecho falta una gran
presión y movilización de la ciudadanía
en favor de la paz en el país y no sólo de
solidaridad aunque justa, necesaria y loable en
apoyo a los 72 rehenes y sus familias. Movilización de
rechazo del camino emprendido por el MRTA y
simultáneamente de presión para su desarme e
incorporación a la vida política nacional. Un
mayor esfuerzo por convencer a quienes, sin ser militares,
son proclives al uso de la fuerza para dirimir los conflictos
sociales. Nos faltó decirles con mayor firmeza que era
preferible que Cerpa y sus seguidores se dedicaran a recoger
las 5OO mil firmas para constituir un partido político
a que, muertos, pudiesen eventualmente ser considerados como
«mártires» por nuevos e ingenuos jóvenes.
Recordarles a los militares, profesionales de la guerra, que
el «escarmiento» como búsqueda de la disuasión,
eficaz ante un adversario comprometido en una guerra
convencional, no lo es tanto cuando se trata de un conflicto
armado interno; que en estos casos más valen las
acciones políticas tendientes a enervar en él
la voluntad de seguir combatiendo con las armas.
¿Qué cosa era más importante para Cerpa y
su grupo: la liberación de sus compañeros
presos o la continuación de su lucha armada? Aunque lo
hubiese creído al principio, ¿podía seguir
creyendo, pasados ya más de cuatro meses en la
residencia, en poder conseguir las dos cosas a la vez? Con
todo el espacio político y propagandístico
acumulado, ¿podía limitarse simplemente a aspirar
ponerse nuevamente al mando de su columna en Pichanaki?
Jamás sabremos las ideas que tenía en la
cabeza. Lo que sí parece probable muestra de sus
marchas y contramarchas en las conversaciones es que
empezaba a dudar.
Por último, faltó al gobierno la
imaginación, voluntad y audacia de crear ese nuevo
escenario donde lo que parecía imposible podía
empezar a hacerse posible; y perdimos con ello una gran
oportunidad.
Creo, para terminar, que la experiencia vivida durante 126
días nos han dejado huellas muy profundas que
ojalá sirvan para hacernos mejores y acentuar el
compromiso que desde la sociedad civil y la
afirmación democrática tenemos con la
construcción de la paz en el país. Que la
muerte de 17 peruanos no haya sido en vano. Que reforcemos
una militancia política que ayude a construir canales
que faciliten la participación de la juventud en la
lucha por una patria más justa y en favor de la vida;
que vayamos cerrando los espacios de la violencia y la
muerte. Aunque ya nadie podrá hacer volver a la vida a
Carlos Giusti ni amenguar el profundo dolor de sus
familiares, que sus colegas retomen sus banderas en favor de
la autonomía del Poder Judicial. Que el valeroso
comportamiento del comandante Valer se constituya en un
paradigma para sus compañeros de armas, y que se
rechace a los Martin Rivas del grupo «Colina», a la guerra
sucia, a los torturadores y a sus mentores intelectuales.
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