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I
Entre el amor y la furia puede ser leído,
ciertamente, en la clave de las necesidades que impulsaron
a escribirlo. El lector que la emplee, pronto
advertirá que más que un ejercicio memorioso
de los años que se fueron, sujeto al deseo de contar
una historia personal o de ensayar uno de esos «balances de
vida» a los que la madurez obliga, el libro de Maruja
Martínez responde a una necesidad más
radical.
Tal como la entendí, y de eso no estoy seguro,
ésta no puede ser descrita, al menos de modo
exclusivo, por la operación a través de la
cual se expresa exorcizar el pasado o por las
finalidades a las que parece servir la
liberación psicológica o la
reconciliación consigo misma de la autora.
Siendo todo ello, el opresivo cuadro que ésta
presenta de sus años finales de militancia
política, me hace pensar que la suya era una
necesidad límite: me refiero a la necesidad de ...
«respirar», esto es, de sobrevivir como ser humano.
No me parece casual, en este sentido, que su historia
concluya en su comienzo: retornando a la claridad luminosa
de su ciudad natal, a la tibieza de los lazos familiares, a
la gratuidad de las relaciones de amistad. No hay nada de
extraño en ello, pues quien haya experimentado alguna
vez la necesidad de «comenzar de nuevo», sabe bien que el
futuro se inicia en el pasado.
II
Raro privilegio éste de comenzar de nuevo. A la edad
en que empecé a leer relatos autobiográficos
y de eso hace cuarenta o más años,
aquellos que los escribían sabían que sus
vidas terminaban. Esta es otra forma de decir que, en el
pasado, sólo una vida era disponible. A juzgar por el
desarrollo del género de «autobiografías
tempranas» que se practica desde los setenta en nuestros
países, ésta no es la situación de los
que nacieron más tarde. Como se entenderá, el
privilegio al que me refiero no es el de las «vidas
paralelas», pues ellas siempre estuvieron a mano; me refiero
al de las «vidas sucesivas».
Maruja martínez inaugura con su libro, según
creo, ese género entre nosotros. Que sea una mujer y
no un hombre de los sesentiocho la que lo hace, no me parece
casual. Pero éste no es el asunto del que ahora me
ocupo. Me interesa más recordar algunos de los
problemas enfrentados por quienes, cerrando una vida y
abriendo otra, experimentan la necesidad de mantener y
renovar su sentimiento de identidad personal
descubriéndose como protagonistas de una y
otra.
Como no me estoy refiriendo a cualquier clase de seres
humanos, sino a los que se encuentran comprometidos con la
política y sus ideologías, el primero de esos
problemas alojar los años vividos en
algún rincón de la memoria no puede ser
descrito plenamente por el manejo del duelo con que los
hombres y mujeres particulares procesan los pequeños
o grandes dramas personales del «adiós». A diferencia
de éstos, los comprometidos con aquel oficio precisan
que los argumentos con que manejan sus propios duelos, sean
conocidos y explicados a sus públicos, de manera de
persuadirse y persuadirlos de que, siendo ahora diferentes,
siquen siendo los mismos.
Esa operación pasa casi siempre por descubrir que,
sea cuales fueran los errores o extravíos del pasado,
los valores profundos que arraigaron los compromisos
originales se conservan intactos o mantienen su
espléndida capacidad convocatoria para reiniciar con
ellos, y a partir de ellos, los nuevos compromisos. Esta
operación, psicológicamente inevitable, se
valida socialmente cuando con ella se pone en
cuestión como es el caso el envilecimiento
de la moral pública en el país. Esta, me
parece, es la opción de Maruja Martínez y, por
su intermedio, no sólo se reconcilia consigo misma y
tiende el puente entre su vida vivida y su vida por vivir,
sino que hace de su presente la esperanzada sede de nuevas
elecciones personales y políticas.
III
La forma personal en que nuestra autora resuelve ese
problema, deja sin embargo abiertas ciertas interrogantes de
las que supongo se harán cargo los
testimonios futuros de otros miembros de esa
generación. Aunque no me asiste duda alguna de la
sinceridad de éstos y de su identificación
profunda con sus valores originales, una de las preguntas
inescapables es la referida a la real naturaleza de los
valores a los que confiaron sus vidas.
Esta pregunta, a su turno, puede bifurcarse en otras, tales
como las siguientes:
(1) ¿Pueden esos valores ser disociados de los tipos de
marxismo, de las formas de partido, de los modos de hacer
política, de las prácticas
sociopolíticas en que se encarnaron?
(2) ¿Qué relaciones de sentido existieron entre
aquéllos y éstos?
(3) ¿Cuál fue el arraigo y la consistencia
práctica de estos valores, vista la extraordinaria
migración producida desde fines de los ochenta de
muchos de los miembros de esa generación hacia sus
vidas privadas o hacia posiciones antagónicas a las
originales?
(4) Observado el paso del tiempo y sus rigores,
¿cuántos fueron efectivamente los miembros de
esa generación comprometidos con esos valores?
(5) En fin, si la moral política no responsabiliza a
los que la profesan por la relación entre sus
conductas y sus intenciones en este caso, por aquellos
valores sino por los vínculos entre sus
conductas y sus consecuencias políticas y sociales,
entonces: ¿qué responsabilidades se atribuyen,
si alguna, con los diferentes traumas o tragedias que
asolaron al país de los ochenta en adelante? O (6) Si
alguna responsabilidad es reconocida y si los valores
originales quieren ser preservados, ¿a qué otros
valores respondieron entonces tales comportamientos?
Tengo la impresión de que, en algún momento,
estas u otras cuestiones serán abordadas. El coraje
y la madurez con que Maruja Martínez escribió
su testimonio es una adelantada prueba de la capacidad de
esa generación para hacerlo.
IV
Como resulta inevitable, al comentar Entre el amor y la
furia, decir algo respecto a la generación de Maruja
Martínez, concluiré estas notas con una
observación marginal sobre ella.
Hace pocos días le recordaba a Lauer, a
propósito de sus «Andes Imaginarios: discursos del
indigenismo 2», que si Basadre afirmó que uno de los
más extraordinarios cambios con que se iniciaba el
Perú del siglo XX era el «descubrimiento» del indio,
la crítica del indigenismo y, muy especialmente su
propia crítica, concluía revelando, a fines
del siglo, que ese indio era una «invención»
criolla.
Envuelta en esta dramática confusión, se
encuentran las complejas condiciones que impone la
configuración históricocultural del
país a las diferentes generaciones de las
élites criollas encargadas de la producción de
conocimientos, discursos ideológicos y organizaciones
políticas. Como he señalado en otra
ocasión, es esa configuración la que hace de
la representación «objetiva» de la realidad una forma
de autorrepresentación de los propios intereses y, de
una y otra o su combinación, el fundamento
de la función representativa «de los otros» que las
élites criollas han monopolizado en el país a
lo largo del siglo.
Si tal es el caso y yo lo creo, al menos hasta
ahora, los discursos nacionalpopulistas, marxistas
y cristianos articulados del cincuenta en adelante, parecen
haber cumplido la misma función que, en su tiempo y
circunstancia, cumplió el indigenismo.
Estoy sugiriendo entonces entender el discurso marxista de
la generación del sesentiocho como «el último
discurso indigenista» y, por consiguiente, a dicha
generación como la «última generación
indigenista del siglo XX».
Cierto es que no fue el indio el personaje que ella
intentó representar. Cierto es que su marxismo no fue
el contenido del discurso indigenista. Cierto es que la
realidad que inventó no fue la del Perú que se
fue. Y, sin embargo, su crisis puede ser explicada con las
mismas claves que permiten explicar hoy la suerte final del
indigenismo. El término del espacio asignado por
Quehacer a estas notas, me impide ahora presentar los
argumentos en que esta sugerencia se
abriga.
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