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En 1968 yo ya no tenía veinte años, y me
aprestaba a asumir el decanato de Letras en la
Católica. Nadie podía sospechar al
iniciarse el año que dejaría huella
profunda en el espíritu de muchos de nosotros y en la
conciencia cívica del Perú. Nadie podía
sospecharlo, y menos quienes ejercían el gobierno.
Ahora me piden opinar sobre lo que fue la generación
universitaria de entonces. Ocurre que será la
mía una opinión de quien no ha sido
protagonista de los hechos, y no me opongo porque, a la
postre, siempre terminamos opinando sobre los
acontecimientos quienes hemos sido solamente espectadores
(pero no gratuito en mi caso). Ante todo, ahora que me pongo
a pensar en los muchachos de entonces (viejo alarde de
memoria), no sé si entonces tuve la sensación
de que constituían una generación. Ahora que
veo y leo que entre ellos mismos discrepan de haberla
constituido y la dan por muerta, los veo mejor integrados en
una sólida unidad (muchachos de fe en sus ideales,
rotundos, limpios, hechos para la actividad y para la
gloria) y comprendo que, a pesar de sus actuales reservas,
constituyeron, sí, un grupo generacional y
constituyeron en su momento la imagen sincrónica de
la promesa peruana postulada por Basadre. Claro es que
ayudaron a renovar muchas cosas (en la realidad y en la
esperanza) y muchos persistieron luego, ya fuera en la lucha
política gremial, en la campaña parlamentaria,
en la persecución o el destierro.
La gente se asusta porque algunos cambiaron de ideas y de
credo, como si tales cambios no estuvieran previstos en el
curso de la historia. Hay quienes entre ellos mismos se
muestran arrepentidos o se sienten defraudados, y hasta
afirman que o bien han fracasado, o bien nunca constituyeron
la generación del 68. Yo que los vi surgir y que fui
obligado testigo de su presencia, y que me he acostumbrado,
por razones profesionales, a juzgar a los hombres y a los
acontecimientos con prudencia y calma; y que he podido
confrontar la fogosidad con que expresaban su inquietud
cívica frente a la aparente indiferencia de las
promociones que siguieron hasta 1993, puedo decir con toda
verdad que nada de lo que realizaron resultó vano e
intrascendente. Los de mi generación sabemos bien que
todo lo que vino después (lo malo y lo peor) fue
previsto en muchos aspectos por los jóvenes del 68;
y que cuanto hubo de positivo y progresista reconoce como
impulso orientador la voz y la inquietud de aquellos
muchachos. Y no quiero centrar todo en la vida
universitaria, pero quiero recordar que por el impulso de
aquellos jóvenes tuvimos un claustro pleno en la
universidad, inauguramos el cogobierno en la
Católica. Esa gana de proclamar la inconformidad con
lo enquistado, la voluntad de ser claros y honestos
(voluntad que felizmente la juventud conserva acrecentada),
ese asco por la mentira en las actitudes, de alguna manera
han servido para respaldar los avances democráticos
que hemos ido consiguiendo, a regañadientes de tanto
uniforme, y son los que nos mantienen alertas hoy frente a
algunos asomos de entusiasmo uniformado.
Cuando leo y releo tres libros de los últimos tiempos
(El desborde popular, de José Matos; Buscando un
Inca, del inolvidable Alberto Flores Galindo, y El otro
sendero, de Hernando de Soto) comprendo cómo no se
puede olvidar el pasado, y cuán tonto es negarlo como
si no hubiera existido y le hiciera daño al presente.
Estas horas que vivimos son el futuro previsto por esos
muchachos del 68, del mismo modo como lo son en Europa para
quienes en aquella fecha soñaron con cambiar el
mundo. No lo cambiaron en la dirección apetecida pero
los beneficios de que ahora nos vanagloriamos son en parte
fruto de aquella desazón, de aquel entusiasmo, de
aquella energía; signo de una voluntad generacional.
Así la veo; y cuando hoy los veo congresistas,
funcionarios, diplomáticos, siento que nada de lo
vivido hace treinta años ha sido en
vano.
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