Examinando a «El Niño»

Ramiro Escobar La Cruz


 
Aparte de nuestras recurrentes tempestades políticas, el hecho que más ha acaparado la atención últimamente es la inminente recurrencia del fenómeno natural conocido como «El Niño». Su fuerza, fuerza de la naturaleza, no sólo está provocando alteraciones en ésta, sino que desnuda y pone a la sociedad ante sus propias carencias, a la ciencia ante sus propios límites, al Estado y sus instituciones (¿?) ante su fragilidad, a la economía ante su precariedad. Y entre sus efectos, hasta se puede hablar de una suerte de psicología del desastre, a falta de una del combate. En el fondo del asunto subyace, de manera patética, nuestra incapacidad para enfrentar algo que siempre ha estado con nosotros y que cada cierto tiempo vuelve para interpelarnos. Este informe intenta, con las limitaciones del caso, sumergirse en ese problema y despejar la maraña de cosas que se han dicho sobre este caprichoso «Niño».

 

«Señor Director:

 Bajo el peso abrumador con que abaten el espíritu las desgracias que aflijen a la humanidad, dirijimos a Ud. la presente, para comunicarle a grandes rasgos, y en pálido bosquejo, la ruina que ha causado en esta Villa y sus alrededores, la tremenda invasión de las aguas y las torrenciales lluvias, que a manera de tempestad, se han cernido sobre nosotros...» 

Con esta prosa nada pálida y más bien angustiada, un anónimo corresponsal de El Comercio describía, allá por marzo de 1891, los estragos causados por lluvias torrenciales, no en Piura ni Tumbes, sino en Casma. El envío, además, estaba acompañado de noticias igualmente alarmantes provenientes de Supe, Huaura, Huacho, Lurigancho Alto...

 Parecía un caótico fin de siglo («el hambre, la peste y otros males están a punto de desencadenarse»), en el cual vivíamos desprotegidos ante la Naturaleza. La situación ha cambiado, pero quizá no lo suficiente como para hacer que los efectos de este «Niño»1997­98 sean muy diferentes de aquél que ­sin llamarlo así­ nuestros bisabuelos vivieron en el lejano 1891.

 

I. LA GESTACION

 La primera pregunta que flota actualmente entre científicos y autoridades, pero también entre el público es, finalmente, ¿de qué estamos hablando?, ¿cómo se origina esa, aparentemente, extraña situación en la cual llueve donde no llueve y hace más calor en aire, mar y tierra? 

Una primera ojeada al mar 

Si se observa el «mapa de corrientes marinas» del Perú se verá que dos de ellas son las principales: la corriente Peruana o de Humboldt (fría) que va de sur a norte y la Corriente del Niño (cálida) que va de norte a sur. 

La de Humboldt «empuja» a la del Niño hacia arriba y es la que hace que nuestro ecosistema marino sea uno de los más ricos del planeta. Las aguas, al enfriarse, desencadenan el afloramiento costero, gracias al cual los nutrientes que están en el fondo marino suben y alimentan el zooplancton y fitoplancton.

 La comida entonces abunda para peces y otras especies marinas, y, como consecuencia, para las aves. Pero de cuando en cuando la «Corriente del Niño» (llamada así porque aparece generalmente en Navidad) invade esta zona y calienta un poco el agua, provocando la alteración del ecosistema marino. 

No es lo mismo, sin embargo, la «Corriente del Niño» que el «Fenómeno del Niño». Este último es una agudización del calentamiento e involucra, además de la corriente, una multiplicidad de factores concurrentes. 

Con ustedes..."El Niño"

 En condiciones normales, lo que hace que las corrientes de Humboldt y del Niño mantengan ese cierto equilibrio son los vientos alisios, que corren de este a oeste por el oceáno Pacífico. Son ellos los que «empujan» a la corriente fría, la que, a su vez, provoca la ausencia de lluvias en la costa. 

Cada cierto tiempo, no obstante, estos vientos se debilitan. Es así como se desata el Fenómeno del Niño, caracterizado, como sabemos, por el calentamiento «anormal» del mar, lluvias inusuales en nuestra costa y un calor igualmente inusual. 

El cordón umbilical del asunto nos lleva a otras preguntas. ¿Cómo es que se produce ese debilitamiento? ¿Qué ocurre a nivel del planeta para que surja ese aparente desequilibrio?

 Según el Dr. Pablo Lagos, experto del Instituto Geofísico del Perú (y hoy por hoy uno de los hombres más buscados por el periodismo), no se ha encontrado aún una razón de fondo, pero hay algunas interacciones a tener en cuenta.

Los juegos de la Naturaleza

 La Tierra gira en sentido horario y los vientos giran en sentido antihorario. Este es un primer juego de interacciones que en algún momento puede alterarse y producir una gradiente de presión, es decir una diferencia en la presión atmosférica.

 Esto puede debilitar a los vientos alisios, cosa que generalmente ocurre luego de un período en que éstos han tenido gran intensidad. Se abona así la tesis de que, al fin y al cabo, se trata del decurso natural, con lo que incluso entraría en cuestión aquello de «fenómeno».

 Otra interacción, muy importante, es la que se produce entre el oceáno y la atmósfera. Al fallar los vientos alisios las corrientes se diluyen y la termoclina ­un límite imaginario entre las aguas superficiales de mayor temperatura y las aguas más profundas de menor temperatura­ baja. 

Aguas cálidas siempre hay frente a nuestras costas, pero las corrientes frías hacen que la «termoclina» sea muy superficial. Ahora, debido a la ausencia de los alisios, ésta ya no se encuentra a 30 metros de profundidad sino a más de 100 metros (ver gráfico).

 El Dr. Lagos aclara que las aguas cálidas se desplazan, pero no «viajan» desde el otro lado del océano hasta aquí. Lo que se produce es «un ensanchamiento de la zona de aguas cálidas frente a nuestras costas».

 Responsables: las ondas ecuatoriales de Kelvin, suerte de olas generadas en el Pacífico central por estas alteraciones. Hundida la termoclina, calentado el mar, el escenario está listo para que nazca «El Niño».

 Preocupación global

 Uno de los focos principales del «Niño» se ubica en nuestro mar, pero en los últimos años una gran revolución se ha producido en cuanto a su percepción. En la comunidad científica y en el público, hay una especie de «explosión de la conciencia global».

 Hoy, se atribuye al «Niño» ­acertadamente o no­ las sequías del sudeste asiático, las lluvias en Chile, los huracanes de México. Por último, nuestro canciller Eduardo Ferrero llevó el tema a la asamblea general de las Naciones Unidas, sin que nadie se sonrojara.

 De acuerdo al Dr. Lagos, en el terreno ­siempre prudente­ de la ciencia, lo que hasta ahora se puede afirmar es que el fenómeno de la teleconexión es recurrente. Es decir que se observa, reiteradamente, que mientras ocurre una cosa en un lado ocurre otra en otro lado.

 Quizá esa gran intuición planetaria de que «todo tiene que ver con todo» sea el preludio de una mayor interacción entre naciones y personas. Un sentimiento ­acaso ecológico­ que bien cultivado puede conducir a una mayor cooperación en el terreno de la investigación y las soluciones.

 II. LAS TRAVESURAS

 No todos los «Niños» son iguales. Los hay débiles, medianos, fuertes, muy fuertes y extraordinarios . El de 1982­83 fue extraordinario y éste, hasta el momento, parece que será por lo menos fuerte, aunque su comportamiento irregular ha desconcertado a los científicos.

 Alerta otoñal

 Los primeros indicios del «Niño» actual aparecieron entre mayo y junio de este año, con las clásicas características: temperaturas inusuales en la costa ­Lima, por ejemplo, registró un invierno de baja intensidad­ como en el mar, que llegó a estar más de 5 grados por encima de lo normal.

 Lo «usual» es que el «Niño» arremeta con toda su fuerza en el verano, como ocurrió en 1982­83. Pero hay aquí otra incertidumbre: no se sabe por qué unos se presentan antes y otros después. 

La NASA dio el campanazo final de alerta a mediados de setiembre, exactamente el 15, desde Los Angeles. Ese día anunció que un satélite del proyecto Topex­Poseidón había detectado frente a Sudamérica una gran masa de agua cálida, de «casi dos veces el tamaño de Estados Unidos».

 Agregaba que dicha masa había crecido en 300 por ciento con relación a mayo y que el «Niño» podría ser «el peor en 150 años». En otras palabras: la termoclina ya se había profundizado y, por ende, teníamos el problema encima. 

Algunas autoridades, sin embargo, han dicho que el primer «pico» del fenómeno ya pasó y que el segundo será menor. El Dr. Lagos no está tan seguro de eso (en 1982 él también se mostró escéptico ante quienes anunciaron que el «Niño» no se presentaría), pero en todo caso aquel primer «pico» ya ha provocado estragos.

 ¡Ahí viene la plaga!

 Veamos el caso de la papa costeña, que se cultiva en los valles de Barranca, Huaura y especialmente en Cañete. Tal como explica el Dr. Fausto Cisneros, entomólogo del Centro Internacional de la Papa, cuando la temperatura no baja mucho (digamos hasta 15ºc) el follaje, debido al calor, crece en exceso y la tuberización (crecimiento del tubérculo) es pobre, incluso nula. 

Peor aún es el caso de las plagas. El calor reduce el ciclo biológico de los insectos y hace que insectos como la «mosquilla de los brotes» (una de las plagas de esta zona) ya no se desarrollen en 20 ó 25 días, sino en 10.

 El agricultor reacciona aplicando pesticidas. Pero...éstos acaban también con otros insectos ­entre ellos el despreciado chinche­, capaces de controlar a la «mosca minadora», una plaga posterior. 

Se genera así una lucha infructuosa, en la que los vendedores de pesticidas hacen su agosto. Es más: ante la escasa presencia del Estado en estas zonas fungen de «asesores», movidos por ya sabemos qué intereses. 

En los mencionados valles antes se producían 20 a 25 TN de papa por hectárea, hoy se producen 10 a 17 TN. Entre semillas, fertilizantes y pesticidas se invierte cerca de 5 mil dólares, para luego ganar apenas 6 mil quinientos soles.

 Qué verde puede ser mi valle

 Se ha hablado también de «los efectos positivos del Niño», sin explicar bien en qué consiste eso. Desde su afanoso interés por investigar las zonas áridas, el biólogo Juan Torres, de la Universidad Nacional Agraria, nos ayuda a entenderlo.

 Más o menos a partir de Lambayeque, la altura de los Andes baja, lo cual, junto con la influencia regular de la Corriente del Niño produce lluvias estacionales. En el pasado, esto hizo que los algarrobales y otras colonias de árboles del bosque seco (sapote, faique, overal y otros) fuesen boyantes. 

En las últimas décadas, la deforestación provocada por el hombre ha arrasado con cientos de hectáreas de estos bosques, dejándolos casi escuálidos. El «Fenómeno del Niño» es justamente el alimento natural que podría revivirlos. 

Los árboles del bosque seco tienen la propiedad de crecer unos cuantos metros hacia arriba y de tener raíces de hasta 30 metros bajo tierra. Una napa freática (agua del subsuelo) sobrecargada por las lluvias los vuelve más que felices.

 De allí sacarán agua para vivir en la época seca. Siempre y cuando antes no venga el ganado a comerse los brotes o los vuelvan a depredar.

 Agua viva 

La recarga de la napa freática mantiene boyantes no sólo a los árboles; alimenta a todo el manto vegetal (gramíneas, arbustos, flores, etc.) y hasta crea un microclima. Es un proceso realmente maravilloso. 

Los bosques tienen un efecto refrigerante, entre otras cosas porque hacen que el suelo almacene el agua como si fuera una esponja. Y el agua, hay que recordarlo, es un elemento que se calienta y se enfría con dificultad.

 No ocurre lo mismo con el suelo seco, que se calienta o se enfría fácilmente. Por eso, en lugares como el desierto de Sechura la temperatura en el día puede llegar a los 40 grados y en la noche descender hasta los 14. 

El agua, además, tiene un efecto disparo. Activa fuertemente un ecosistema y puede provocar el crecimiento violento de insectos, roedores y otros animales. «La oferta de comida crece para todos», explica Torres. 

El año 83 aparecieron en Piura millones de grillos. Ahora pueden aparecer las ratas, que después de invadir el campo podrían ir a la ciudad y constituirse en un riesgo para la salud humana. 

Para muchas zonas secas, sin embargo, ésta es una gran oportunidad («estamos esperando que llueva», dice Torres), que esperemos no sea desaprovechada como en el año 82­83. 

Travesuras en el mar

 La calentura de «El Niño» empieza en el mar. Sumerjámonos ahora por allí para ver qué es lo que ocurre.

 Lo que sube del fondo con el afloramiento costero son nitratos, fosfatos y silicatos, que allá en el fondo frío no producen tanta vida por la falta de oxígeno. En la superficie, en cambio, engordan al zooplancton y fitoplancton.

 Juan Tarazona, biólogo marino de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, llama a esto surgencia y es lo que, según él, hace que en nuestro mar «la comida sobre». Pero cuando viene el calentamiento el fondo se oxigena y ya no suben los nutrientes. El ecosistema se tropicaliza, aunque esto no significa que la pesca se vaya totalmente. Algunas especies marinas mueren, otras se alejan y esconden, y otras entran en escena. 

Un caso clásico de reaparición victoriosa es el de las conchas de abanico. Con el calentamiento del mar proliferarán. ¿Por qué? Suerte biológica: sus ancestros eran de agua cálida.

 Otros beneficiados son los langostinos y algunos tipos de cangrejos. También peces, como la lorna y la merluza que se adaptan al nuevo escenario. Y asimismo los que vienen de alta mar a merodear cerca de las costas (el perico, la sierra, los escualos). 

La «Niña» y la anchoveta 

¿El «Niño» constituye una tragedia para esta codiciada especie? Sí y no.

 Al desatarse el fenómeno, el pececillo de marras buscará el agua fría para evitar el «stress» (el agua cálida le altera el metabolismo). Es por eso que en los preliminares del «Niño» puede haber buenas capturas en los «bolsones» fríos que aún queden. 

Luego se profundizará o huirá hacia el sur, en busca del frío. El reclamo de los pesqueros peruanos por no declarar veda en el sur era, por ello, razonable. Hoy, los cardúmenes ya deben estar listos para que los chilenos nos ganen también ese partido. 

Una alternativa es la sardina que, al parecer, se adapta al agua cálida, aunque al parecer no totalmente. Su masiva presencia no está garantizada. 

La contraparte, de acuerdo a Tarazona, es que luego del «Niño» ­que él llama un evento y no un fenómeno­ generalmente viene la «Niña». Es decir, el sobrenfriamiento de las aguas y, por consiguiente, la abundancia de la pesca. 

III. QUEHACER (CON EL «NIÑO»)

 Examinado, al menos en parte, el pequeño, surge la pregunta crucial: ¿Estamos realmente preparados para afrontar este fenómeno (o evento)?

 El «Chino» y el «Niño»

 A diferencia de los años 82­83, hoy sí existe una estrategia preventiva. Defensa Civil (DC) ha estado alborotada desde que se dio la alerta y ha desarrollado acciones en varios departamentos.

 Un documento de la institución, fechado el 11 de julio de este año, informa que se proyecta gastar, entre agosto y diciembre 10 millones 750 mil dólares. La maquinaria puesta en marcha por el gobierno, sin embargo, es mucho más grande y viene como un tractor, desde arriba. 

Daniel Hokama, ministro de la Presidencia, anunció el 24 de setiembre que «las entidades ejecutoras» han presupuestado 421 millones de soles para los trabajos de prevención. A ellos se agregarían créditos del BID y del Banco Mundial, un crédito suplementario por 58 millones de soles para el MIPRE y 120 millones más anunciados recientemente. 

El grueso de la inversión lo maneja el Ejecutivo y ni siquiera el MIPRE, sino la Presidencia del Consejo de Ministros, por lo que el líder «Antiniño» debería ser Alberto Pandolfi. En los hechos, y como era de esperarse, es Alberto Fujimori quien comanda la cruzada, a razón de dos viajes por semana. 

Algunos suspicaces anotan que el «Niño» le ha caído a pelo a AFF, para levantar su magra aprobación. Otros, apocalípticos, sostienen que no hay mejor escenario para un gobierno de «mano dura» que un país sumido en la desesperación por un «desastre natural». Dios nos coja confesados. 

¿Cuál desastre natural?

 Hay, además, un fenómeno socio­cultural muy interesante. Las palabras que más aparecen en el documento de la DC son «encauzamiento», «limpieza y descolmatación», «drenaje» o «construcción de muros ciclópeos». La palabra «Defensa» está tomada muy en serio y la acción educativa no parece ser la punta de lanza. 

La lógica presidencial es similar: paseos en tractor, mirada ingenieril, cámaras de TV acompañantes. La mayor parte de la población, entretanto, camina entre la pasividad y la desesperación. Está esperando que el gobierno «haga algo» y tiene a sus alcaldes en ascuas. 

Para Anne Marie Hocquenghem, antropóloga del Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA), esta forma de actuar es propia de una sociedad moderna que apela a su tecnología y pretende con ella dominar a la Naturaleza, en vez de entenderla. Escuchemos sus propias palabras:

 «El fenómeno es natural, la catástrofe es social. La Conquista produjo una seria ruptura en la relación del hombre con su entorno natural. Se perdió la sabiduría prehispánica en cuanto al manejo del ambiente. Reglas tales como no construir ­pueblos o caminos­ en los cauces de los ríos sino en las partes altas se enterraron en el olvido. Lo mismo ocurrió con el sistema preventivo destinado a almacenar alimentos y semillas para situaciones excepcionales. 

Asimismo, se perdió el sentido de la responsabilidad social y personal. Es decir, la conciencia de que cada quien tenía que jugar un papel una vez que se presentara alguna coyuntura difícil. 

No es que la sociedad andina supiera «defenderse» mejor. Lo que pasa es que su sistema de producción tradicional era menos vulnerable.

 Durante la Colonia y la República (hasta fines del siglo pasado o comienzos de este siglo, más o menos) el sistema de producción todavía se recuperaba con cierta facilidad. Se podía perder una cosecha o varias viviendas en un pueblo, pero el año siguiente podía ser benéfico para la agricultura y la ganadería.

 Hoy, cuando la mayoría de la población vive en las ciudades, el panorama se ha complicado. A mayor urbanización, mayor riesgo, pues las grandes concentraciones humanas necesitan de una compleja infraestructura (desagües, puentes, caminos) cuya construcción debería tener en cuenta estos fenómenos, cosa que no ocurre. 

Por lo demás, existe ya la tecnología capaz de enfrentar estas situaciones. El problema es que los responsables de usarla no lo hacen».

 El riesgo de ser vulnerables

 Así, en vez de asumir culturalmente ese movimiento pendular entre seco y mojado, creció en nuestra costa norte una especie de psicología del desastre. ¿Estamos a tiempo para reciclar el saber perdido?

 Eduardo Franco, antropólogo del ITDG, prefiere hablar de «gestión del riesgo», antes que de «prevención de desastres». Y sobre el «Niño» afirma: «no se trata de prepararnos para un mal inexorable, sino para el comportamiento del clima dentro de determinados rangos».

 Distingue, asimismo, «amenaza» de «vulnerabilidad». La primera es un peligro que la Naturaleza genera, sin saberlo, para el hombre. Las consecuencias que ésta tenga dependen justamente de qué tan vulnerables seamos.

 Las vulnerabilidades pueden ser físicas (construir en el cauce de un río, verbigracia) o institucionales (ser desorganizados por vocación). ¿No es la combinación de ambas lo que hace que los «desastres» naturales en el Perú sean tan desastrosos?

 Se maneja, por añadidura, la lógica de la emergencia. Para el Estado y para la gente, «El Niño», los terremotos, o lo que fuere, son situaciones «impredecibles», cuando no «castigos de Dios». 

La hebra más débil

 El ministro Hokama habló también de la reubicación de 10 mil quinientas familias y del almacenamiento de 25 mil toneladas de alimentos. Y de la limpieza de 90 kilómetros de desagües y 2,060 kilómetros de cauces de ríos. Asimismo, de la protección de 137 centros de salud, 170 líneas de conducción eléctrica y 341 locales escolares. 

En conversación con el sociólogo Pedro Ferradas, de PREDES (Prevención de Desastres), surge una cuestión. Hay dos lógicas de protección: una destinada a cuidar los recursos de valor productivo (refinerías, represas, puentes, etc.) y otra destinada a proteger a los sectores más vulnerables de la población.

 Hay que preguntarse, a pesar de los datos de Hokama, cuál es la tendencia que está vigente. ¿Ha habido cierta «focalización de la pobreza» antes de proceder a las obras? ¿Se apoya la organización de los sectores más vulnerables, se les convoca? ¿Importan más las carreteras, refinerías o industrias que las poblaciones desparramadas en la serranía?

 Todos vamos a ser afectados y resulta imposible que una persona ­leáse AFF­ pueda llevar sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad. No coordinar y no «repartir pelota» (el alcalde de Piura se queja constantemente de los desplantes del presidente) puede fomentar una cultura del pedigueño entre la gente y ­lo que es peor­ un clientelismo que, de por sí, ya es otro desastre.

 Lo urgente y lo posible

 La ciencia, como dijimos, aún no ha logrado determinar con claridad meridiana todas las variables del fenómeno y cómo interactúan entre sí, pero sí es capaz de avizorar síntomas a tiempo. Eso puede servir.

 En el caso de la agricultura, advertir a los agricultores sobre la inconveniencia de ciertos cultivos era y es posible. Hace poco se dijo que vendrían técnicos hindúes para enseñarnos a trabajar con semillas resistentes al calor, cosa que debió hacerse hace varios meses.

 El problema es que la política agraria del gobierno no es precisamente vigorosa. En zonas tan vulnerables como Cañete no hay estaciones experimentales u oficinas fuertes que brinden asesoría. Imaginemos lo que ocurrirá en el agro serrano si se cumplen los sombríos pronósticos sobre la sequía.

 En el caso del bosque seco el panorama es más alentador. El «Proyecto Algarrobo» de Lambayeque, en coordinación con el INRENA y con la colaboración de la Embajada de Holanda y otras entidades, ha esparcido miles de semillas en las zonas donde probablemente llueva abundantemente.

 Con ellas (y sumando las hectáreas que quedan) se podría repotenciar ¡un millón de hectáreas de bosque seco! Se requiere, sin embargo, una gran estrategia destinada a evitar que el ganado o la depredación estropeen el proyecto. ¿Apoyará eso el gobierno?

 Pescar en caliente

 En el caso de la pesca, el margen de juego también existe.

 Pero medidas desatinadas como el tardío levantamiento de la veda en el sur achican la cancha.

 Con todo, Juan Tarazona, el biólogo de la UNMSM, informa que ya se ha constituido una red encargada de estudiar el ecosistema marino. Las integrantes son cinco universidades: la de Piura, la Jorge Basadre de Tacna, la Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque, la San Agustín de Arequipa y la propia San Marcos.

 «Necesitamos un monitoreo constante del mar», señala Tarazona, sabedor de que los efectos de «El Niño» son manejables. Los beneficiados pueden ser los grandes pesqueros y también los pescadores artesanales, quienes tendrían que volverse más versátiles. 

Tienen poca adaptación a los cambios climáticos, carecen de recursos y se han dedicado a hacer sus faenas como mejor saben. En su caso no podría ser más oportuna aquella máxima oriental que dice: «Cuando un pobre te pida algo no le des pescado; enséñale a pescar». 

Las conchas de abanico, los pericos y otras especies pueden estarlos esperando. No es que no haya pesca de ninguna manera; lo que sí se necesita son embarcaciones más fuertes, otro tipo de adminículos. Recursos que obviamente San Pedro no les dará. 

Epílogo: cambiar o morir

 «El Niño» desnuda nuestros errores consuetudinarios y pone en cuestión ideas más contemporáneas, como aquella que anuncia la obsolescencia inexorable del Estado. En todo este cuadro, la escasa o ineficaz presencia del mismo es la piedra angular de la tragedia. 

Se evidencia la necesidad de planificar, de no dejar todo al garete de las transacciones comerciales (muchos empresarios han sido los primeros en pedir ayuda). La lógica de la naturaleza tiene que estar incorporada en los planes de desarrollo, en la educación, en los presupuestos públicos, ¡en el tuétano de los gobernantes! 

Debe hacerse, sobre todo, de manera permanente, porque esa es nuestra condición. Y, asimismo, haciendo que las venas de nuestra sociedad participen activamente. En un «desastre» todo empieza cayéndose por abajo; lo mismo pasará con la organización preventiva si se persiste en la lógica del «salvador» que actúa desde arriba.

 De lo contrario, lo que contaba el corresponsal de El Comercio allá por 1891 ­reclamaba «con la cabeza aturdida» la atención del «Supremo Gobierno»­ se repetirá ahora. Y volverá a repetirse a fines del siglo XXI, cuando probablemente venga otro «Niño» igual de díscolo.

 


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