| Aparte de nuestras recurrentes tempestades políticas, el hecho
que más ha acaparado la atención últimamente es la
inminente recurrencia del fenómeno natural conocido como «El
Niño». Su fuerza, fuerza de la naturaleza, no sólo
está provocando alteraciones en ésta, sino que desnuda y
pone a la sociedad ante sus propias carencias, a la ciencia ante sus propios
límites, al Estado y sus instituciones (¿?) ante su fragilidad,
a la economía ante su precariedad. Y entre sus efectos, hasta se
puede hablar de una suerte de psicología del desastre, a falta de
una del combate. En el fondo del asunto subyace, de manera patética,
nuestra incapacidad para enfrentar algo que siempre ha estado con nosotros
y que cada cierto tiempo vuelve para interpelarnos. Este informe intenta,
con las limitaciones del caso, sumergirse en ese problema y despejar la
maraña de cosas que se han dicho sobre este caprichoso «Niño».
«Señor Director:
Bajo el peso abrumador con que abaten el espíritu las desgracias
que aflijen a la humanidad, dirijimos a Ud. la presente, para comunicarle
a grandes rasgos, y en pálido bosquejo, la ruina que ha causado
en esta Villa y sus alrededores, la tremenda invasión de las aguas
y las torrenciales lluvias, que a manera de tempestad, se han cernido sobre
nosotros...»
Con esta prosa nada pálida y más bien angustiada, un anónimo
corresponsal de El Comercio describía, allá por marzo de
1891, los estragos causados por lluvias torrenciales, no en Piura ni Tumbes,
sino en Casma. El envío, además, estaba acompañado
de noticias igualmente alarmantes provenientes de Supe, Huaura, Huacho,
Lurigancho Alto...
Parecía un caótico fin de siglo («el hambre,
la peste y otros males están a punto de desencadenarse»),
en el cual vivíamos desprotegidos ante la Naturaleza. La situación
ha cambiado, pero quizá no lo suficiente como para hacer que los
efectos de este «Niño»199798 sean muy diferentes
de aquél que sin llamarlo así nuestros bisabuelos
vivieron en el lejano 1891.
I. LA GESTACION
La primera pregunta que flota actualmente entre científicos
y autoridades, pero también entre el público es, finalmente,
¿de qué estamos hablando?, ¿cómo se origina
esa, aparentemente, extraña situación en la cual llueve donde
no llueve y hace más calor en aire, mar y tierra?
Una primera ojeada al mar
Si se observa el «mapa de corrientes marinas» del Perú
se verá que dos de ellas son las principales: la corriente Peruana
o de Humboldt (fría) que va de sur a norte y la Corriente del Niño
(cálida) que va de norte a sur.
La de Humboldt «empuja» a la del Niño hacia arriba
y es la que hace que nuestro ecosistema marino sea uno de los más
ricos del planeta. Las aguas, al enfriarse, desencadenan el afloramiento
costero, gracias al cual los nutrientes que están en el fondo marino
suben y alimentan el zooplancton y fitoplancton.
La comida entonces abunda para peces y otras especies marinas,
y, como consecuencia, para las aves. Pero de cuando en cuando la «Corriente
del Niño» (llamada así porque aparece generalmente
en Navidad) invade esta zona y calienta un poco el agua, provocando la
alteración del ecosistema marino.
No es lo mismo, sin embargo, la «Corriente del Niño»
que el «Fenómeno del Niño». Este último
es una agudización del calentamiento e involucra, además
de la corriente, una multiplicidad de factores concurrentes.
Con ustedes..."El Niño"
En condiciones normales, lo que hace que las corrientes de Humboldt
y del Niño mantengan ese cierto equilibrio son los vientos alisios,
que corren de este a oeste por el oceáno Pacífico. Son ellos
los que «empujan» a la corriente fría, la que, a su
vez, provoca la ausencia de lluvias en la costa.
Cada cierto tiempo, no obstante, estos vientos se debilitan. Es así
como se desata el Fenómeno del Niño, caracterizado, como
sabemos, por el calentamiento «anormal» del mar, lluvias inusuales
en nuestra costa y un calor igualmente inusual.
El cordón umbilical del asunto nos lleva a otras preguntas. ¿Cómo
es que se produce ese debilitamiento? ¿Qué ocurre a nivel
del planeta para que surja ese aparente desequilibrio?
Según el Dr. Pablo Lagos, experto del Instituto Geofísico
del Perú (y hoy por hoy uno de los hombres más buscados por
el periodismo), no se ha encontrado aún una razón de fondo,
pero hay algunas interacciones a tener en cuenta.
Los juegos de la Naturaleza
La Tierra gira en sentido horario y los vientos giran en sentido
antihorario. Este es un primer juego de interacciones que en algún
momento puede alterarse y producir una gradiente de presión, es
decir una diferencia en la presión atmosférica.
Esto puede debilitar a los vientos alisios, cosa que generalmente
ocurre luego de un período en que éstos han tenido gran intensidad.
Se abona así la tesis de que, al fin y al cabo, se trata del decurso
natural, con lo que incluso entraría en cuestión aquello
de «fenómeno».
Otra interacción, muy importante, es la que se produce
entre el oceáno y la atmósfera. Al fallar los vientos alisios
las corrientes se diluyen y la termoclina un límite imaginario
entre las aguas superficiales de mayor temperatura y las aguas más
profundas de menor temperatura baja.
Aguas cálidas siempre hay frente a nuestras costas, pero las
corrientes frías hacen que la «termoclina» sea muy superficial.
Ahora, debido a la ausencia de los alisios, ésta ya no se encuentra
a 30 metros de profundidad sino a más de 100 metros (ver gráfico).
El Dr. Lagos aclara que las aguas cálidas se desplazan,
pero no «viajan» desde el otro lado del océano hasta
aquí. Lo que se produce es «un ensanchamiento de la zona de
aguas cálidas frente a nuestras costas».
Responsables: las ondas ecuatoriales de Kelvin, suerte de olas
generadas en el Pacífico central por estas alteraciones. Hundida
la termoclina, calentado el mar, el escenario está listo para que
nazca «El Niño».
Preocupación global
Uno de los focos principales del «Niño» se
ubica en nuestro mar, pero en los últimos años una gran revolución
se ha producido en cuanto a su percepción. En la comunidad científica
y en el público, hay una especie de «explosión de la
conciencia global».
Hoy, se atribuye al «Niño» acertadamente
o no las sequías del sudeste asiático, las lluvias en
Chile, los huracanes de México. Por último, nuestro canciller
Eduardo Ferrero llevó el tema a la asamblea general de las Naciones
Unidas, sin que nadie se sonrojara.
De acuerdo al Dr. Lagos, en el terreno siempre prudente
de la ciencia, lo que hasta ahora se puede afirmar es que el fenómeno
de la teleconexión es recurrente. Es decir que se observa, reiteradamente,
que mientras ocurre una cosa en un lado ocurre otra en otro lado.
Quizá esa gran intuición planetaria de que «todo
tiene que ver con todo» sea el preludio de una mayor interacción
entre naciones y personas. Un sentimiento acaso ecológico
que bien cultivado puede conducir a una mayor cooperación en el
terreno de la investigación y las soluciones.
II. LAS TRAVESURAS
No todos los «Niños» son iguales. Los hay débiles,
medianos, fuertes, muy fuertes y extraordinarios . El de 198283 fue
extraordinario y éste, hasta el momento, parece que será
por lo menos fuerte, aunque su comportamiento irregular ha desconcertado
a los científicos.
Alerta otoñal
Los primeros indicios del «Niño» actual aparecieron
entre mayo y junio de este año, con las clásicas características:
temperaturas inusuales en la costa Lima, por ejemplo, registró
un invierno de baja intensidad como en el mar, que llegó a
estar más de 5 grados por encima de lo normal.
Lo «usual» es que el «Niño» arremeta
con toda su fuerza en el verano, como ocurrió en 198283. Pero
hay aquí otra incertidumbre: no se sabe por qué unos se presentan
antes y otros después.
La NASA dio el campanazo final de alerta a mediados de setiembre, exactamente
el 15, desde Los Angeles. Ese día anunció que un satélite
del proyecto TopexPoseidón había detectado frente a
Sudamérica una gran masa de agua cálida, de «casi dos
veces el tamaño de Estados Unidos».
Agregaba que dicha masa había crecido en 300 por ciento
con relación a mayo y que el «Niño» podría
ser «el peor en 150 años». En otras palabras: la termoclina
ya se había profundizado y, por ende, teníamos el problema
encima.
Algunas autoridades, sin embargo, han dicho que el primer «pico»
del fenómeno ya pasó y que el segundo será menor.
El Dr. Lagos no está tan seguro de eso (en 1982 él también
se mostró escéptico ante quienes anunciaron que el «Niño»
no se presentaría), pero en todo caso aquel primer «pico»
ya ha provocado estragos.
¡Ahí viene la plaga!
Veamos el caso de la papa costeña, que se cultiva en los
valles de Barranca, Huaura y especialmente en Cañete. Tal como explica
el Dr. Fausto Cisneros, entomólogo del Centro Internacional de la
Papa, cuando la temperatura no baja mucho (digamos hasta 15ºc) el
follaje, debido al calor, crece en exceso y la tuberización (crecimiento
del tubérculo) es pobre, incluso nula.
Peor aún es el caso de las plagas. El calor reduce el ciclo biológico
de los insectos y hace que insectos como la «mosquilla de los brotes»
(una de las plagas de esta zona) ya no se desarrollen en 20 ó 25
días, sino en 10.
El agricultor reacciona aplicando pesticidas. Pero...éstos
acaban también con otros insectos entre ellos el despreciado
chinche, capaces de controlar a la «mosca minadora», una
plaga posterior.
Se genera así una lucha infructuosa, en la que los vendedores
de pesticidas hacen su agosto. Es más: ante la escasa presencia
del Estado en estas zonas fungen de «asesores», movidos por
ya sabemos qué intereses.
En los mencionados valles antes se producían 20 a 25 TN de papa
por hectárea, hoy se producen 10 a 17 TN. Entre semillas, fertilizantes
y pesticidas se invierte cerca de 5 mil dólares, para luego ganar
apenas 6 mil quinientos soles.
Qué verde puede ser mi valle
Se ha hablado también de «los efectos positivos del
Niño», sin explicar bien en qué consiste eso. Desde
su afanoso interés por investigar las zonas áridas, el biólogo
Juan Torres, de la Universidad Nacional Agraria, nos ayuda a entenderlo.
Más o menos a partir de Lambayeque, la altura de los Andes
baja, lo cual, junto con la influencia regular de la Corriente del Niño
produce lluvias estacionales. En el pasado, esto hizo que los algarrobales
y otras colonias de árboles del bosque seco (sapote, faique, overal
y otros) fuesen boyantes.
En las últimas décadas, la deforestación provocada
por el hombre ha arrasado con cientos de hectáreas de estos bosques,
dejándolos casi escuálidos. El «Fenómeno del
Niño» es justamente el alimento natural que podría
revivirlos.
Los árboles del bosque seco tienen la propiedad de crecer unos
cuantos metros hacia arriba y de tener raíces de hasta 30 metros
bajo tierra. Una napa freática (agua del subsuelo) sobrecargada
por las lluvias los vuelve más que felices.
De allí sacarán agua para vivir en la época
seca. Siempre y cuando antes no venga el ganado a comerse los brotes o
los vuelvan a depredar.
Agua viva
La recarga de la napa freática mantiene boyantes no sólo
a los árboles; alimenta a todo el manto vegetal (gramíneas,
arbustos, flores, etc.) y hasta crea un microclima. Es un proceso realmente
maravilloso.
Los bosques tienen un efecto refrigerante, entre otras cosas porque
hacen que el suelo almacene el agua como si fuera una esponja. Y el agua,
hay que recordarlo, es un elemento que se calienta y se enfría con
dificultad.
No ocurre lo mismo con el suelo seco, que se calienta o se enfría
fácilmente. Por eso, en lugares como el desierto de Sechura la temperatura
en el día puede llegar a los 40 grados y en la noche descender hasta
los 14.
El agua, además, tiene un efecto disparo. Activa fuertemente
un ecosistema y puede provocar el crecimiento violento de insectos, roedores
y otros animales. «La oferta de comida crece para todos», explica
Torres.
El año 83 aparecieron en Piura millones de grillos. Ahora pueden
aparecer las ratas, que después de invadir el campo podrían
ir a la ciudad y constituirse en un riesgo para la salud humana.
Para muchas zonas secas, sin embargo, ésta es una gran oportunidad
(«estamos esperando que llueva», dice Torres), que esperemos
no sea desaprovechada como en el año 8283.
Travesuras en el mar
La calentura de «El Niño» empieza en el mar.
Sumerjámonos ahora por allí para ver qué es lo que
ocurre.
Lo que sube del fondo con el afloramiento costero son nitratos,
fosfatos y silicatos, que allá en el fondo frío no producen
tanta vida por la falta de oxígeno. En la superficie, en cambio,
engordan al zooplancton y fitoplancton.
Juan Tarazona, biólogo marino de la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos, llama a esto surgencia y es lo que, según él,
hace que en nuestro mar «la comida sobre». Pero cuando viene
el calentamiento el fondo se oxigena y ya no suben los nutrientes. El ecosistema
se tropicaliza, aunque esto no significa que la pesca se vaya totalmente.
Algunas especies marinas mueren, otras se alejan y esconden, y otras entran
en escena.
Un caso clásico de reaparición victoriosa es el de las
conchas de abanico. Con el calentamiento del mar proliferarán. ¿Por
qué? Suerte biológica: sus ancestros eran de agua cálida.
Otros beneficiados son los langostinos y algunos tipos de cangrejos.
También peces, como la lorna y la merluza que se adaptan al nuevo
escenario. Y asimismo los que vienen de alta mar a merodear cerca de las
costas (el perico, la sierra, los escualos).
La «Niña» y la anchoveta
¿El «Niño» constituye una tragedia para esta
codiciada especie? Sí y no.
Al desatarse el fenómeno, el pececillo de marras buscará
el agua fría para evitar el «stress» (el agua cálida
le altera el metabolismo). Es por eso que en los preliminares del «Niño»
puede haber buenas capturas en los «bolsones» fríos
que aún queden.
Luego se profundizará o huirá hacia el sur, en busca del
frío. El reclamo de los pesqueros peruanos por no declarar veda
en el sur era, por ello, razonable. Hoy, los cardúmenes ya deben
estar listos para que los chilenos nos ganen también ese partido.
Una alternativa es la sardina que, al parecer, se adapta al agua cálida,
aunque al parecer no totalmente. Su masiva presencia no está garantizada.
La contraparte, de acuerdo a Tarazona, es que luego del «Niño»
que él llama un evento y no un fenómeno generalmente
viene la «Niña». Es decir, el sobrenfriamiento de las
aguas y, por consiguiente, la abundancia de la pesca.
III. QUEHACER (CON EL «NIÑO»)
Examinado, al menos en parte, el pequeño, surge la pregunta
crucial: ¿Estamos realmente preparados para afrontar este fenómeno
(o evento)?
El «Chino» y el «Niño»
A diferencia de los años 8283, hoy sí existe
una estrategia preventiva. Defensa Civil (DC) ha estado alborotada desde
que se dio la alerta y ha desarrollado acciones en varios departamentos.
Un documento de la institución, fechado el 11 de julio
de este año, informa que se proyecta gastar, entre agosto y diciembre
10 millones 750 mil dólares. La maquinaria puesta en marcha por
el gobierno, sin embargo, es mucho más grande y viene como un tractor,
desde arriba.
Daniel Hokama, ministro de la Presidencia, anunció el 24 de setiembre
que «las entidades ejecutoras» han presupuestado 421 millones
de soles para los trabajos de prevención. A ellos se agregarían
créditos del BID y del Banco Mundial, un crédito suplementario
por 58 millones de soles para el MIPRE y 120 millones más anunciados
recientemente.
El grueso de la inversión lo maneja el Ejecutivo y ni siquiera
el MIPRE, sino la Presidencia del Consejo de Ministros, por lo que el líder
«Antiniño» debería ser Alberto Pandolfi. En los
hechos, y como era de esperarse, es Alberto Fujimori quien comanda la cruzada,
a razón de dos viajes por semana.
Algunos suspicaces anotan que el «Niño» le ha caído
a pelo a AFF, para levantar su magra aprobación. Otros, apocalípticos,
sostienen que no hay mejor escenario para un gobierno de «mano dura»
que un país sumido en la desesperación por un «desastre
natural». Dios nos coja confesados.
¿Cuál desastre natural?
Hay, además, un fenómeno sociocultural muy
interesante. Las palabras que más aparecen en el documento de la
DC son «encauzamiento», «limpieza y descolmatación»,
«drenaje» o «construcción de muros ciclópeos».
La palabra «Defensa» está tomada muy en serio y la acción
educativa no parece ser la punta de lanza.
La lógica presidencial es similar: paseos en tractor, mirada
ingenieril, cámaras de TV acompañantes. La mayor parte de
la población, entretanto, camina entre la pasividad y la desesperación.
Está esperando que el gobierno «haga algo» y tiene a
sus alcaldes en ascuas.
Para Anne Marie Hocquenghem, antropóloga del Instituto Francés
de Estudios Andinos (IFEA), esta forma de actuar es propia de una sociedad
moderna que apela a su tecnología y pretende con ella dominar a
la Naturaleza, en vez de entenderla. Escuchemos sus propias palabras:
«El fenómeno es natural, la catástrofe es
social. La Conquista produjo una seria ruptura en la relación del
hombre con su entorno natural. Se perdió la sabiduría prehispánica
en cuanto al manejo del ambiente. Reglas tales como no construir pueblos
o caminos en los cauces de los ríos sino en las partes altas
se enterraron en el olvido. Lo mismo ocurrió con el sistema preventivo
destinado a almacenar alimentos y semillas para situaciones excepcionales.
Asimismo, se perdió el sentido de la responsabilidad social y
personal. Es decir, la conciencia de que cada quien tenía que jugar
un papel una vez que se presentara alguna coyuntura difícil.
No es que la sociedad andina supiera «defenderse» mejor.
Lo que pasa es que su sistema de producción tradicional era menos
vulnerable.
Durante la Colonia y la República (hasta fines del siglo
pasado o comienzos de este siglo, más o menos) el sistema de producción
todavía se recuperaba con cierta facilidad. Se podía perder
una cosecha o varias viviendas en un pueblo, pero el año siguiente
podía ser benéfico para la agricultura y la ganadería.
Hoy, cuando la mayoría de la población vive en las
ciudades, el panorama se ha complicado. A mayor urbanización, mayor
riesgo, pues las grandes concentraciones humanas necesitan de una compleja
infraestructura (desagües, puentes, caminos) cuya construcción
debería tener en cuenta estos fenómenos, cosa que no ocurre.
Por lo demás, existe ya la tecnología capaz de enfrentar
estas situaciones. El problema es que los responsables de usarla no lo
hacen».
El riesgo de ser vulnerables
Así, en vez de asumir culturalmente ese movimiento pendular
entre seco y mojado, creció en nuestra costa norte una especie de
psicología del desastre. ¿Estamos a tiempo para reciclar
el saber perdido?
Eduardo Franco, antropólogo del ITDG, prefiere hablar de
«gestión del riesgo», antes que de «prevención
de desastres». Y sobre el «Niño» afirma: «no
se trata de prepararnos para un mal inexorable, sino para el comportamiento
del clima dentro de determinados rangos».
Distingue, asimismo, «amenaza» de «vulnerabilidad».
La primera es un peligro que la Naturaleza genera, sin saberlo, para el
hombre. Las consecuencias que ésta tenga dependen justamente de
qué tan vulnerables seamos.
Las vulnerabilidades pueden ser físicas (construir en el
cauce de un río, verbigracia) o institucionales (ser desorganizados
por vocación). ¿No es la combinación de ambas lo que
hace que los «desastres» naturales en el Perú sean tan
desastrosos?
Se maneja, por añadidura, la lógica de la emergencia.
Para el Estado y para la gente, «El Niño», los terremotos,
o lo que fuere, son situaciones «impredecibles», cuando no
«castigos de Dios».
La hebra más débil
El ministro Hokama habló también de la reubicación
de 10 mil quinientas familias y del almacenamiento de 25 mil toneladas
de alimentos. Y de la limpieza de 90 kilómetros de desagües
y 2,060 kilómetros de cauces de ríos. Asimismo, de la protección
de 137 centros de salud, 170 líneas de conducción eléctrica
y 341 locales escolares.
En conversación con el sociólogo Pedro Ferradas, de PREDES
(Prevención de Desastres), surge una cuestión. Hay dos lógicas
de protección: una destinada a cuidar los recursos de valor productivo
(refinerías, represas, puentes, etc.) y otra destinada a proteger
a los sectores más vulnerables de la población.
Hay que preguntarse, a pesar de los datos de Hokama, cuál
es la tendencia que está vigente. ¿Ha habido cierta «focalización
de la pobreza» antes de proceder a las obras? ¿Se apoya la
organización de los sectores más vulnerables, se les convoca?
¿Importan más las carreteras, refinerías o industrias
que las poblaciones desparramadas en la serranía?
Todos vamos a ser afectados y resulta imposible que una persona
leáse AFF pueda llevar sobre sus hombros todo el peso
de la responsabilidad. No coordinar y no «repartir pelota»
(el alcalde de Piura se queja constantemente de los desplantes del presidente)
puede fomentar una cultura del pedigueño entre la gente y lo
que es peor un clientelismo que, de por sí, ya es otro desastre.
Lo urgente y lo posible
La ciencia, como dijimos, aún no ha logrado determinar
con claridad meridiana todas las variables del fenómeno y cómo
interactúan entre sí, pero sí es capaz de avizorar
síntomas a tiempo. Eso puede servir.
En el caso de la agricultura, advertir a los agricultores sobre
la inconveniencia de ciertos cultivos era y es posible. Hace poco se dijo
que vendrían técnicos hindúes para enseñarnos
a trabajar con semillas resistentes al calor, cosa que debió hacerse
hace varios meses.
El problema es que la política agraria del gobierno no
es precisamente vigorosa. En zonas tan vulnerables como Cañete no
hay estaciones experimentales u oficinas fuertes que brinden asesoría.
Imaginemos lo que ocurrirá en el agro serrano si se cumplen los
sombríos pronósticos sobre la sequía.
En el caso del bosque seco el panorama es más alentador.
El «Proyecto Algarrobo» de Lambayeque, en coordinación
con el INRENA y con la colaboración de la Embajada de Holanda y
otras entidades, ha esparcido miles de semillas en las zonas donde probablemente
llueva abundantemente.
Con ellas (y sumando las hectáreas que quedan) se podría
repotenciar ¡un millón de hectáreas de bosque seco!
Se requiere, sin embargo, una gran estrategia destinada a evitar que el
ganado o la depredación estropeen el proyecto. ¿Apoyará
eso el gobierno?
Pescar en caliente
En el caso de la pesca, el margen de juego también existe.
Pero medidas desatinadas como el tardío levantamiento de
la veda en el sur achican la cancha.
Con todo, Juan Tarazona, el biólogo de la UNMSM, informa
que ya se ha constituido una red encargada de estudiar el ecosistema marino.
Las integrantes son cinco universidades: la de Piura, la Jorge Basadre
de Tacna, la Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque, la San Agustín de Arequipa
y la propia San Marcos.
«Necesitamos un monitoreo constante del mar», señala
Tarazona, sabedor de que los efectos de «El Niño» son
manejables. Los beneficiados pueden ser los grandes pesqueros y también
los pescadores artesanales, quienes tendrían que volverse más
versátiles.
Tienen poca adaptación a los cambios climáticos, carecen
de recursos y se han dedicado a hacer sus faenas como mejor saben. En su
caso no podría ser más oportuna aquella máxima oriental
que dice: «Cuando un pobre te pida algo no le des pescado; enséñale
a pescar».
Las conchas de abanico, los pericos y otras especies pueden estarlos
esperando. No es que no haya pesca de ninguna manera; lo que sí
se necesita son embarcaciones más fuertes, otro tipo de adminículos.
Recursos que obviamente San Pedro no les dará.
Epílogo: cambiar o morir
«El Niño» desnuda nuestros errores consuetudinarios
y pone en cuestión ideas más contemporáneas, como
aquella que anuncia la obsolescencia inexorable del Estado. En todo este
cuadro, la escasa o ineficaz presencia del mismo es la piedra angular de
la tragedia.
Se evidencia la necesidad de planificar, de no dejar todo al garete
de las transacciones comerciales (muchos empresarios han sido los primeros
en pedir ayuda). La lógica de la naturaleza tiene que estar incorporada
en los planes de desarrollo, en la educación, en los presupuestos
públicos, ¡en el tuétano de los gobernantes!
Debe hacerse, sobre todo, de manera permanente, porque esa es nuestra
condición. Y, asimismo, haciendo que las venas de nuestra sociedad
participen activamente. En un «desastre» todo empieza cayéndose
por abajo; lo mismo pasará con la organización preventiva
si se persiste en la lógica del «salvador» que actúa
desde arriba.
De lo contrario, lo que contaba el corresponsal de El Comercio
allá por 1891 reclamaba «con la cabeza aturdida»
la atención del «Supremo Gobierno» se repetirá
ahora. Y volverá a repetirse a fines del siglo XXI, cuando probablemente
venga otro «Niño» igual de díscolo.
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