PERU-ECUADOR: UNA NUEVA RUTA DE SOLUCION

Alejandro Deustua C.*


A pesar del peligro de una eventual ruptura, el proceso de solución definitiva del diferendo peruano-ecuatoriano continúa su marcha. Y no obstante sus clamorosas imprecisiones presentes y pasadas, éste se orienta en la dirección correcta. Luego de dos años y nueves meses de interacción diplomática entre el Perú, el Ecuador y los garantes del Protocolo de Río, esto es lo mejor que puede decirse de lo que formalmente constituyó la «sexta ronda de conversaciones sustantivas» entre las partes y que, según la Declaración de Brasilia, dio inicio a la segunda fase del proceso en cuestión a fines del último noviembre.

Esta descripción minimalista se encuentra entre tres corrientes de opinión. Para los que ven el vaso de agua a medio llenar, el hecho de que se haya superado el peligro de la anulación de todo lo actuado por la indisposición peruana (expresada fuera del proceso) a tratar uno de los impases subsistentes (el imposible planteamiento ecuatoriano de un acceso soberano al Marañón-Amazonas), es suficiente para calificar la reunión como un éxito. Especialmente si se la refiere al Acuerdo de Santiago, según el cual el arreglo definitivo estaba supeditado a la solución de todos y cada uno de los desacuerdos sin excepción.

Los que, en el extremo radical del triunfalismo, ven el vaso totalmente lleno, consideran que el proceso ya es irreversible en el estricto marco del Protocolo de Río y sus instrumentos complementarios. Respaldan su posición en el compromiso explícito del estudio conjunto para la ejecución del artículo VI del Protocolo (que permite la libre navegación del Amazonas y sus afluentes en condiciones preferenciales para el Ecuador) y la ejecución de la demarcación fronteriza aplicando el artículo IX (la «fijación» técnica de la frontera en el terreno, otorgándose las partes las concesiones recíprocas pertinentes).

En cambio, los que ven el vaso medio o totalmente vacío opinan que el Perú no gana nada con los vagos compromisos de Brasilia. Por lo demás, nuestros negociadores no sólo no han logrado establecer un cronograma completo para la ejecución de los acuerdos sino que han puesto en tela de juicio, por falta de precisión, la totalidad de la frontera ya establecida cuando sólo quedaba pendiente de demarcación -y no de delimitación- algo más de un centenar de kilómetros.

Si todos estos argumentos tienen un cierto grado de sustento, se puede decir que el consenso en el Perú en torno a la solución definitiva del diferendo con el Ecuador, no será fácil. Para lograr puntos mínimos de encuentro el gobierno podría empezar por explicar que en realidad nos encontramos ante un nuevo proceso de carácter sustantivo en el que del atrincheramiento «cuasi-científico» y gradual de las conversaciones «técnico-jurídicas» sobre los diferendos específicos, se ha pasado a un intercambio negociador más fluido y de ámbito más amplio y político. Esta evolución, que pudiera deberse a razones tan triviales como el cambio del canciller, incluye, sin prioridades, facetas contextuales en los ámbitos militar -las medidas de fomento de la confianza- y económico-social -la integración fronteriza-.

En la búsqueda del consenso, el gobierno debiera hacer notar que el foco de atención principal parece haberse trasladado del tema del acceso fluvial (que ya parece encajado en el artículo VI del Protocolo) al tema de la demarcación territorial. Al respecto, sin embargo, deberá esmerarse en precisar por qué no se especificó en la Declaración de Brasilia los puntos pendientes de efectiva demarcación, aceptándose, en su lugar, una referencia a la frontera en general. Si, al respecto, hubiera prevalecido la comprensible necesidad de facilitar al Ecuador una forma de legitimar el eventual acuerdo ante su opinión pública, ésta no podía pasar por ambigüedades que admitiesen interpretaciones que compliquen el conjunto de la frontera establecida. La generalización en que incurre la Declaración de Brasilia es aquí por lo menos equivalente al error que se cometió anteriormente al admitir como impase la pretensión ecuatoriana de obtener un acceso soberano en el «Marañón-Amazonas» y no hacer nada al respecto en su momento, dando oportunidad a que un nuevo canciller alterara el proceso. Esta situación debe ser corregida explícitamente.

Por lo demás, el gobierno debería dar a conocer el nuevo rol de los garantes que, al plantear inicialmente los nuevos términos de la negociación, parecen haber adelantado, por necesidad, una fase del proceso. De otro lado, al haberse incorporado las medidas de confianza entre las fuerzas armadas en el proceso político, no sólo sería necesario asegurar su real cumplimiento sino su extensión al ámbito social. Además, el proceso tendría que ser explicado no sólo en términos internos (mayores posibilidades de desarrollo, de ahorro fiscal y disminucuón del riesgo-país) sino en lo que implica para el Estado como generador de estabilidad regional y como promotor de una nueva inserción redefinidora de nuestras prioridades políticas y de seguridad externas. Finalmente, teniendo en cuenta la fragilidad de la institucionalidad política reinante en ambos países, el proceso no debería ser objeto de propósitos partidaristas o electorales. En base a esta condiciones mínimas, el consenso nacional podría tener una posibilidad de consolidarse.

* Magíster en Relaciones Internacionales.


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