A casi cuatro años de la entrada en vigor del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN) entre México, Estados
Unidos y Canadá, y treinta y cinco meses después de la maxi-devaluación del peso mexicano, el gobierno del Dr. Ernesto Zedillo
proclama una y otra vez, en distintos foros internacionales, que la
economía del país azteca ha podido sortear la más
reciente crisis financiera sin mayores problemas. Se declara de manera
reiterativa que, gracias al draconiano programa de «ajuste dentro del
ajuste» iniciado en febrero de 1995, México puede resistir los
embates de la inestabilidad bursátil y cambiaria -ahora provenientes
del sudeste de Asia- y continuar lo que desde el gobierno priísta se
denomina la «recuperación» económica.
La realidad, sin embargo, es muy distinta. Para infortunio de la mayor
parte de los mexicanos, la economía del país sigue mostrando
características de alta vulnerabilidad en al menos cuatro aspectos:
1. La elevada volatilidad de los capitales especulativos que han financiado
la cuenta corriente. Hasta ahora, tanto las autoridades financieras como
los banqueros se han mostrado reacios a adoptar cualquier tipo de control o
imponer tributo alguno a dichos flujos.
2. La dependencia de las importaciones en el momento en que la actividad
económica comienza a cobrar vigor. El superávit comercial
propio de la etapa de contracción económica ha disminuido, y
empieza a perfilarse un nuevo déficit en la balanza comercial, el
mismo que también deberá ser financiado con capital
externo.
3. Los desequilibrios en la recuperación, que sólo alcanzan
al llamado «sector moderno», que comprende las actividades de
exportación y aquellas vinculadas a los circuitos financieros
internacionales, dejando fuera al mercado interno, que continúa
deprimido.
4. La exclusión de la mayor parte de la población mexicana de
la recuperación económica. A partir de 1982 se ha perdido
más de 66% del poder de compra del salario, y el ingreso per
cápita en 1997 es inferior al registrado quince años
antes.
Estos cuatro factores obviamente están interrelacionados. No son
efectos aislados, ni variables fuera de control, sino que constituyen
síntomas que se han observado en la economa mexicana a partir de la
introducción de las medidas de ajuste estructural preconizadas por
el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
El espejismo esbozado por el ex-presidente Carlos Salinas de Gortari, en el
sentido de que México entraría al Primer Mundo con su acceso
al TLC, se ha convertido en una quimera para los gobernantes y en una
profunda frustración para la población que abrigó
expectativas de movilidad social ascendente. Se ha acentuado el dualismo
entre, por una parte, el llamado «sector moderno», que comprende a las
trescientas compañías exportadoras y a los grupos
financieros, y por otra parte, las empresas orientadas hacia el mercado
interno.
Mientras tanto, las complicidades entre el poder político y el poder
económico -que tantos episodios de corrupción han propiciado-
son ahora el blanco de recomendaciones incluso por parte del propio Banco
Mundial. En una declaración que a las autoridades mexicanas les
pareció inusitada, pero con la que se identificó el grueso de
los mexicanos, Olivier Lafourcade, Director del Departamento de
México de dicha institución multilateral, declaró, a
propósito del rescate de los bancos mexicanos que: «...la verdad es
que los accionistas de los bancos asumieron proporcionalmente una parte
reducida de las pérdidas en las instituciones de crédito y la
mayor parte del costo acabará siendo pagada por los contribuyentes».
Ello, de acuerdo con Lafourcade, «refleja la influencia política que
los dueños de los bancos pueden ejercer en el gobierno» (La Jornada,
México, D.F., 22 de noviembre de 1997, pág. 64). El rescate
de los dueños de los bancos ascenderá a 379 mil millones de
pesos, o $46 mil millones de dólares, equivalentes a 13% del
Producto Interno Bruto.
La crisis bancaria echa luz sobre las limitaciones de la
reprivatización de la banca mexicana entre 1991 y 1993, en el
gobierno de Carlos Salinas de Gortari. De acuerdo con el credo salinista,
la privatización se presentaba como condición suficiente para
una operación eficiente del sistema bancario. Los críticos
del proceso sospechaban que las cosas podían ir mal, pero sus
pronósticos más pesimistas se quedaron cortos respecto a los
muy negativos resultados alcanzados. Entre las causas de naturaleza
microeconómica de la insolvencia bancaria podemos citar la mala
supervisión y regulación del sistema, una
administración bancaria deficiente, la interferencia
política, préstamos atados, fraudes, corridas bancarias y un
sistema judicial débil. Por lo que toca a los factores
macroeconómicos, el Banco Mundial cita, en orden de importancia
decreciente, a la caída en los términos de intercambio, la
recesión, la sobrevaluación de la moneda y la salida de
capitales.
Durante la reunión del Foro de Cooperación Asia-
Pacífico (APEC), celebrada en Vancouver, Canadá, del 22 al 25
de noviembre de 1997, el presidente Ernesto Zedillo presentó su
«receta» para que los gobiernos puedan enfrentar exitosamente las crisis
financieras. Sugirió entonces «no ir contra el mercado» y actuar con
celeridad, incluso de manera excesiva, para sofocar rápidamente las
crisis. Apuntó que se debía defender al sistema financiero a
cualquier precio. La paradoja es que precisamente para defender y preservar
las políticas supuestamente guiadas por el mercado, Zedillo
recomienda ir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener ayuda
financiera de emergencia.
En el caso de la crisis financiera de 1994, que colocó al borde de
la quiebra a los bancos mexicanos, en vez de aplicar una solución de
mercado (que habría provocado el cierre de un buen número de
ellos), se optó por obtener financiamiento de emergencia, mediante
el paquete de rescate de $38 mil millones de dólares diseñado
por Larry Summers, Subsecretario del Departamento del Tesoro del Gobierno
de Estados Unidos. Cuando Zedillo argumentó en Vancouver que la
estrategia «mexicana» había sido muy exitosa y aconsejó a los
países asiáticos apegarse a ella, el primer ministro
japonés, Ryutaro Hashimoto, simplemente dijo: «está mal que
Zedillo haya olvidado dar las gracias al gobierno de Estados Unidos».
Así, el paquete de salvamento del gobierno de Estados Unidos
rescató al gobierno mexicano, pero no a la economía mexicana.
El precio de este paquete fue, simple y sencillamente, atar la
política económica mexicana al dictado de Washington, el cual
favorece aquellas políticas que benefician a Wall Street y a sus
aliados mexicanos. La supuesta recuperación no es más que un
espejismo, porque sobreviene después de la brutal caída de
más de 6% del PIB en 1995, sin haber logrado superar el ciclo de
sobrevaluación-sobreendeudamiento-déficit en cuenta
corriente-devaluación-crisis-nuevo paquete recesivo de ajuste. En
las postrimerías de 1997, es falso que la economía mexicana
haya superado el Efecto Dragón. Las condiciones de vulnerabilidad y
de fragilidad observadas en 1994 siguen presentes tres años
después, por más que los funcionarios hacendarios declaren
que los fundamentos de la economía mexicana están sanos. Los
bancos están virtualmente quebrados, y sólo se sostienen por
las inyecciones periódicas de dinero fresco por parte del gobierno
mexicano, el cual no ha comprendido que apostar a dichas inyecciones de
capital, sin propiciar la recuperación del mercado interno,
sólo propiciará que a la vuelta de seis meses los bancos
vuelvan a caer en números rojos.
Finalmente, la recuperación mexicana se dificulta por el incierto
entorno internacional, que augura una crisis de dimensiones aún no
calculadas. La quiebra de las instituciones financieras japonesas, la
contracción del crédito internacional que sobrevendrá
por la estratosférica demanda de recursos para los «rescates»
financieros en Tailandia, Corea, Japón, y eventualmente Brasil,
hará muy difícil dar continuidad a un modelo cuya viabilidad
depende del financiamiento externo. Cuando la crisis llegue a Estados
Unidos, una caída sostenida en el Indice Dow Jones, o nuevas alzas
en la tasa de interés de referencia de Nueva York, seguramente
provocarían una nueva crisis en México. Cuando Zedillo
salió rumbo a Vancouver, un diputado de oposición lo
despidió con la frase «que Dios lo bendiga, Señor
Presidente». Si, como es previsible, la inestabilidad financiera se
prolonga, la comparación de la nueva crisis ya no será con la
registrada en 1994, sino con la gran depresión de 1929. Entonces
habrá que decir: «que Dios nos agarre confesados».
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