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A la celebrada inauguración y auspicioso inicio de
la Bienal de Arte de Lima, siguió un claro malestar entre
los organizadores del evento. El debate previsto en la agenda
sobre si existe o no un arte que pueda ser llamado
«latinoamericano», cedió el paso a una muy enconada
polémica que puso en entredicho los criterios en base a
los cuales se seleccionó y distribuyó a los
artistas nacionales en las 16 antiguas casonas del centro de Lima
acondicionadas como sedes. Aquí un recuento del fuego
cruzado, y de las lecciones que debemos extraer a
futuro.
Un inesperado accidente interrumpió el desarrollo de la
tercera -y última- fecha de conversaciones entre
autoridades de la plástica latinoamericana, en el marco de
la I Bienal de Arte de Lima, cuando Luis Lama, su principal
responsable, se fue de bruces contra el suelo helado del patio
del Museo de Arte de Lima. Hospitalizado y atendido de inmediato,
Lama quedó impedido temporalmente de usar uno de sus
brazos. Sin embargo, aquél no fue el único golpe
recibido por el tenaz promotor del encuentro internacional de
arte. La tarde anterior, y sin pelos en la lengua, la
crítica de arte mexicana Raquel Tibol, durante su
intervención en la segunda mesa de conversaciones,
lanzó una crítica furibunda, y no por ello falta de
fundamento, a los criterios de selección y
presentación de los artistas peruanos en el evento.
La Tibol, sin duda, puso el dedo en la llaga. Hasta ese
día -la Bienal llevaba tres de inaugurada- todo era
elogios para Lama y sus colaboradores. Y no injustificados, por
cierto: se trataba de un macroevento con una inversión
impresionante -se estima que bordeó el millón de
dólares-, con una ingente cantidad de expositores -
más de 150-, un número inusitado de visitantes -
cerca de un millón quinientas mil personas- y un marco -el
remozado centro histórico- inmejorable. Pese a ello, o
justamente por ello, las palabras de la Tibol sonaron a algo
así como un torpedo tierra-aire. Con voz potente
había señalado, sin rodeos, que el evento
adolecía de «falta de reflexión y rigor».
Su crítica se basó en la abrumadora presencia de
artistas peruanos, algunos de dudosa calidad, que poblaron todos
los salones de la Bienal. En la base de tan desproporcionada
distribución de artistas -129 peruanos contra 33
extranjeros- hubo tal vez aquello de «quedar bien con todo el
mundo», bastante frecuente en eventos aún no consolidados,
en el empeño de conciliar los intereses de
múltiples sectores involucrados en el circuito del arte.
Las buenas bienales, en cambio, aseguró la Tibol esa
tarde: «se elaboran en contra de las críticas duras y
severas y en contra del enojo de consagrados y de jóvenes
que ejercen presión antes de haber conseguido un nivel
suficiente como para entrar en la Bienal. No cualquiera puede
entrar. A las confrontaciones entran quienes lo merecen».
El origen de los problemas radica en la composición y
tamaño del grupo que seleccionó a los
representantes peruanos. Fue demasiado numeroso y diverso.
Intervinieron representantes de cuatro escuelas de arte: Bellas
Artes, Universidad Católica, Corriente Alterna y
Gaudí; 13 galerías: Wiese, Camino Brent, Cecilia
González, Extramuros, Forum, Icpna, Británico, La
Galería, Lucía de la Puente, Obsidiana, Praxis,
Trapecio y 2 V's; y ocho críticos de arte: Jorge Bernuy,
Alfonso Castrillón, Mirko Lauer, Natalia Majluf, Francisco
Tola, Jorge Villacorta, Luis Eduardo Wuffarden y el propio Luis
Lama. Esta composición, basada en un criterio
democrático -representantes de todos los agentes
artísticos de Lima-, tenía sus bemoles. El mismo
Lama, en entrevista que sostuvimos días antes de la
inauguración del evento, me los graficó: a la hora
de emitir su voto, los galeristas, sobre todo, habían
tenido marcada proclividad por los creadores que exponen
regularmente en sus galerías, cuestión que
había desdibujado un criterio basado plenamente en el
mérito de los candidatos. Asimismo, se había
marginado, sin intención, a artistas que se habían
mantenido inactivos durante las últimas temporadas.
«Ocurre que si yo pongo a los artistas que me gustan -me dijo- la
gente va a decir: !Ah! son los amigos y el círculo de
Lama». Actitud comprensible si se piensa en las acusaciones que
le han hecho de un tiempo a esta parte sus detractores.
Los resultados no se harían esperar. El mismo curador
general se los imaginaba. El día de la conferencia de
prensa inaugural, aclaró: «No estoy todavía muy
convencido de que nombrar a personas vinculadas a galerías
y museos como jurado haya sido lo mejor. Siento que hay artistas
que faltan y que deberían estar. Pero fue un procedimiento
democrático y respetamos la decisión del jurado».
Sus temores se justificaron plenamente días
después.
Ahora bien, hay que andarse con cuidado. El fondo de las
críticas no estuvo dirigido a los nueve seleccionados que
representaron al país anfitrión -de alguna u otra
forma no hubo quejas puntuales en torno a la designación
de Luz María Bedoya, Mariella Agois, Johanna Hamann,
Rocío Rodrigo, Carlos Runcie Tanaka, Emilio Santisteban,
Eduardo Tokeshi, Ricardo Wiese o Moico Yaker- sino a la desmedida
comparsa que los acompañó. En las bases del evento,
según un grueso documento que el Centro de Artes Visuales
de Lima hizo llegar a los medios, todo aquél que sumase
aunque fuera sólo un punto tenía derecho a
participar, conformando el «Salón de la Bienal». A ello se
sumó la aparición de dos salones especiales: un
«Salón de Invitados Especiales», con espacio para 44
pintores locales experimentados -muchos de los cuales no estaban
necesariamente vigentes- y un «Salón de Apertura», con 22
artistas jóvenes.
En un artículo aparecido en la revista mexicana
Procesos, Nº 1098 del 18 de noviembre, titulado «La
primera Bienal Iberoamericana de Lima», Raquel Tibol
sentenció: «El desbalance resultó absoluto y hasta
podría decirse grotesco: 129 peruanos contra 33 de otros
países. El resultado, en consecuencia, no fue una Bienal
Iberoamericana, sino un festival de artes plásticas
peruanas con un agregado de pinturas, instalaciones, objetos,
fotografías y esculturas de muy variada calidad, llegados
de Argentina, Bolivia, Brasil y Colombia». Aun cuando la
autoridad mexicana ve en el trasfondo del desbalance la voluntad
de ciertos sectores políticos de «no malquistar a nadie
con el alcalde que aspira a la presidencia del Perú» (de
alguna manera ella considera que la responsabilidad mayor del
encuentro la cargó Alberto Andrade, cosa bastante
discutible), no se puede dudar de la contundencia de sus
argumentos.
¿Bajo qué supuestos, entonces, se permitió que
todo aquél que consiguiera un voto ganase el derecho a
mostrarse en la Bienal? «Para ser democráticos»
habría dicho Lama, y eso mismo trató de responder a
la Tibol, tras la categórica intervención de
ésta. Sin embargo, la propia experta mexicana, en franca
conversación telefónica con nosotros desde su
residencia en Ciudad de México, desenfunda sus armas y la
emprende contra la manera en que se ha empleado ese criterio
democrático: «En una situación democrática
las votaciones deben hacerse públicas y eso no se ha dado
en el caso peruano. Si no se dice quién votó por
quién, la votación es inválida. Ahora bien,
en democracia, señor, ganan los que obtienen mayor
votación, no todos aquéllos que consiguen
votos».
¿Pero qué sucede en otras Bienales?
¿Según qué procedimientos se escoge a los
participantes? ¿Cuál es la proporción entre
artistas locales y extranjeros? «En otras versiones el
número de representantes del país anfitrión
es similar e incluso, en ocasiones, menor al otros países
invitados -señala la Tibol-. Hasta en los eventos
paralelos se respeta esta proporción; si se hacen dos
retrospectivas homenajes -cosa muy usual-, una se dedica a un
maestro local y la otra a un foráneo».
En la Bienal de La Habana, según Llilian Llanés -su
curadora- en conversación telefónica con nosotros,
la labor de depuración de los artistas corre a cargo de
sólo ocho personas miembros de un comité de
investigación del Centro Wilfredo Lam, que tiene a su
cargo la responsabilidad conceptual de la Bienal. «Tenemos la
idea de la Bienal, primero; de allí visitamos los talleres
de los artistas buscando qué propuestas se ajustan a
nuestra idea de Bienal. Si se trata de otros países
visitamos los talleres de esos países. Ahora bien, Cuba
entra como un país más, con un número
similar de artistas al de los países visitantes. Para
escoger los expositores observamos los expedientes y hacemos una
selección. No nos ponemos un tope de artistas. Eso
sí, hemos ido reduciendo su número con el tiempo;
pero Argentina, Colombia y Brasil suelen tener un número
mayor porque el desarrollo del arte en esos países es
superior».
Trabajar, en esas instancias, con un grupo tan reducido asegura
ciertas facilidades técnicas. La más clara es la
preeminencia de un saludable consenso a la hora de la
selección de los artistas. Esa homogeneidad está
determinada, además, por el área de
reflexión propuesta como tópico de la Bienal. Es el
elemento ordenador que permite apreciar el potencial conjunto
artístico de un evento. Durante la pasada Bienal de La
Habana el principio ordenador fue la «Memoria».
De ahí deriva otra de las críticas hechas a nuestra
Bienal. A primera vista falta un concepto eficaz integrador de la
oferta visual que se presenta, vasta y variopinta, en los
numerosos salones. El público se siente desubicado ante la
heterogeneidad de las propuestas plásticas. Pero lo cierto
es que sí existe ese concepto integrador, que figura en
las bases de la Bienal: «la pluralidad cultural». Pero son pocos,
al parecer, los que han advertido su presencia «ordenadora» en el
evento. Uno de ellos, Néstor García Canclini. De
paso por nuestra capital como ponente del IX Encuentro
Latinoamericano de Facultades de Comunicación organizado
por la Universidad de Lima, el autor de Culturas
híbridas captó esa esencia de la Bienal:
«Me parece que un acierto de esta Bienal -me dijo en la casa
Rímac- es haber reconocido que hay una corriente fuerte de
artistas, a su vez plural en sí misma, que está
dando una imagen diversificada de otras búsquedas en que
se recupera con sobriedad, con sentido metafórico muy
sutil, un modo de nombrar la relación de los hombres con
el tiempo, con la memoria, con la sociedad, que puede ser
transmisible a otras culturas también».
Tal vez el concepto de «pluralidad cultural» resulte, para
algunos, demasiado amplio y «justificador» de una muestra tan
heterogénea de trabajos. Puede ser cierto. Pero, y valga
la comparación, en la próxima versión de la
reconocida Bienal de Sao Paulo el concepto distintivo será
el de «antropofagia» cultural, esa característica por la
que una cultura es capaz de beber y alimentarse de otras sin
discriminación; y no se puede decir que sea precisamente
conciso.
El desorden observado en el encuentro de Lima se debió
más bien a una deficiente correlación entre sedes
materiales y los llamados «salones». El llamado «Salón de
la Bienal», por ejemplo, no fue tal, al menos físicamente;
sus integrantes se diseminaron invadiendo los diversos salones
del evento de manera aleatoria, mezclándose con
internacionales calificados. Citamos el artículo aparecido
en Proceso: «La confusión fue mayor porque en
varios recintos de exhibición aparecían
internacionales y peruanos mezclados sin advertencia que
explicara por qué estos últimos estaban ahí.
En la casa Rímac, precioso edificio monumental
deshabitado, que se adecuó atinadamente para la
ocasión, se situaron 16 internacionales contra 43
peruanos. Una inundación que se prestaba a todo tipo de
confusiones».
A falta de un filtro preciso, es difícil juzgar la
posición del arte peruano en el contexto iberoamericano.
Sin embargo, entre los artistas locales hubo algunos que
agradaron a los críticos internacionales. Todos los
consultados para fines de este artículo se ratificaron en
torno al trabajo de Luz María Bedoya, elogiada junto a
Natalia Iguíñiz por la crítica
brasileña Aracy Amaral durante los conversatorios de Lima,
así como por Lillian Llanés y Néstor
García Canclini -quien advirtió en ella un buen
manejo del horizonte en su instalación-. La Tibol -que
gustó además del trabajo de Yáker y del
juvenil Miguel Aguirre, así como de la censurada Cristina
Planas- se ratificó en esa intuición.
Pese a los aspectos positivos que ha traído consigo la
Bienal -la inserción en el circuito artístico
internacional y la ebullición de un clima cultural digno
del remozado centro histórico, entre otros-, el
señalamiento objetivo y constructivo de los errores
servirá para el desquite de los organizadores -de Lama, en
particular- de aquí a dos años, con motivo de la II
Bienal de Lima, ya que, como me confesó él mismo:
«Hacer sólo una no tendría sentido; sería
como echar la plata a la basura».
¿ES POSIBLE HABLAR DE UN ARTE LATINOAMERICANO?
Por las declaraciones picantes de la Tibol, la polémica
pactada como central para la ronda de conversaciones entre los
curadores y críticos de arte durante el desarrollo de la
Bienal de Lima pasó inadvertida. Desde el principio se
daba por descontado que la pregunta: ¿existe un arte que
pueda ser llamado latinoamericano y, de ser así, en
qué consistiría?, estaba llamada a ser fundamental.
Es obvio que Lama se había planteado la disyuntiva, desde
un tiempo antes. Lo afirmó como punto de reflexión
vital de la Bienal, asumiendo una posición desde el
inicio: existe la latinoamericaneidad. En una entrevista me
señaló: «Yo creo que sí puede haber una
visión andina del arte y una visión
latinoamericana. Lo que no creo es que haya una visión
exclusivamente peruana o chilena. Yo he tenido experiencias en
eventos internacionales y te diré que cuando he visto
latinoamericanos exponiendo junto a europeos o norteamericanos
sí pude distinguir cuáles eran los nuestros. Hay
algo en América Latina, a nivel intuitivo, subconsciente,
sobre todo en el color, que hace que se refleje la identidad en
la obra de arte. Quizá nos une la pobreza, quizá la
magia». Una postura similar fue defendida, durante el evento, por
la estudiosa venezolana Bélgica Rodríguez. En una
entrevista publicada en El Comercio, a la pregunta acerca de
qué era eso que nos identificaba como latinoamericanos,
manifestó: «No quiero decir que somos homogéneos, y
que tenemos un sello encima. Pero creo que hay ciertas
características que nos asemejan. Hay sensibilidades
diferentes en la presencia de ciertos elementos formales, como el
color, frente a lo producido en otras partes del mundo».
A esa razonable postura se opone la de Edward Sullivan, rector de
la facultad de Arte de la Universidad de Nueva York, para quien
resulta insostenible hablar de un arte latinoamericano cuando el
concepto geográfico se halla en crisis. Un posición
similar fue sostenida por Néstor García Canclini en
conversación personal: «Yo me niego a buscar esencias
latinoamericanas o rasgos que sean exclusivos de América
Latina en el arte. A veces lo latinoamericano tiene que ver
más con la precariedad de la realización, la
rehabilitación de materiales cotidianos propios de los
países latinoamericanos, pero no necesariamente con
imágenes exclusivas. Ahora, esta Bienal está
mostrando que muchos artistas latinoamericanos tienen un trato
muy familiar con la historia del arte europeo y, en algunos
casos, del norteamericano. Son artistas que pueden citar y
reelaborar esas citas, a la vez que citar mucho el arte, la
iconografía y las tradiciones de América Latina.
Hay afinidades, ciertamente, porque vivir en Lima, Bogotá
o México implica interactuar con elementos de la historia
latinoamericana que tienen analogías».
El debate, por lo visto, sigue abierto.
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