Para muchos, y razón no les falta, Eusebio Sirio, mejor
conocido como «Pititi», es el mejor cajoneador peruano. Y es que
entre él y la madera hay un comercio ancestral, que se
remonta al batir y retumbar de los tambores africanos. De sus
manos surge primero el ritmo, que luego irá aderezando con
velocísimos repiques, inesperadas síncopas,
tresillos perfectos en su barroquismo y un swing que
parece propio de alguien poseído por el mismo diablo (un
demonio bueno en este caso, valga la aclaración). «Pititi»
es maestro por partida doble. Es decir, no solamente porque
ejerce pleno dominio sobre su instrumento, sino también
porque imparte lecciones de cajón tanto en el Museo de
Arte de Lima como en la Escuela Nacional de Folklore José
María Arguedas. Hace unos años, «Pititi»
perdió la vista, pero en él la vida puede
más y esa desafortunada circunstancia no ha sido
óbice para que siga demostrando por qué, a la hora
de acariciar el cajón, es el mejor. Aquí, la voz
del maestro. Oído a la música, señores.
I
Yo nací en la avenida Francisco Pizarro cinco
veintiocho, interior número doce, en el Rímac. Ese
barrio se llamaba Malambo. Ahí nací, te digo,
posiblemente el veinte del ocho del cincuenta y uno, hermano. Mis
padres son Eusebio Sirio y Adela Castillo. Mi papá era
músico de los Barrios Altos, tocaba guitarra. Mi
mamá era una persona muy conocida, ya que era sobrina del
señor Manuel Quintana Aldón, a quien llamaban «El
Canario Negro». Oigame, yo vengo de una estirpe así,
callada. De mi infancia recuerdo sobre todo a la gente que se
reunía para jaranear y cosas por el estilo. Por la casa
caían, te voy a contar, hermano, el señor
Elías Ascues, el señor Augusto Ascues, el
señor Pancho Caliente, mi tío Francisco Flores, el
señor Arístides Ramírez, También
llegaban el señor Huambachano y el «Chino» Soto, hermano,
y qué te digo, un montón de gente más. Yo de
chico me apegaba mucho a las piernas de mi tío Augusto
Ascues; él cantaba y al mismo tiempo me tenía en
sus brazos. También recuerdo las sorpresas. La sorpresa
era la fiesta que se hacía sin que se enterara el
dueño de casa, pues. A veces venían temprano y
decían hoy es santo de Eusebio, vamos a hacer una
sorpresa. Bueno pues, decían, y se ponían de
acuerdo en qué traía cada uno, y cada uno llegaba
en la noche con su sorpresa, ¿me entiendes? Entonces el
señor Eusebio llegaba a su casa con la idea de acostarse y
en eso se prendía la luz y todo estaba listo para la
fiesta, con cadenetas y todo. Hasta el otro día era la
cosa.
II
Fui a un colegio, llamado Experimental Villacampa, y luego al
colegio España en la Alameda de los Descalzos.
Llegué a tercero de media y luego terminé en una
nocturna de Comas. Mi papá me decía que yo
tenía que seguir estudiando, que no tenía
inquietudes para tocar; pero yo seguía tocando, me
acuerdo. Ponía un disco de cuarenta y cinco en el pick
up, que así se llamaba antiguamente, y yo
acompañaba. Hasta que un día mi tío Ernesto
Soto me dice: «sobrino, acompáñame a la casa de
César Lévano, hoy es su cumpleaños». Yo le
dije bueno pues, vamos, ya que estamos acá... Acá
en La Florida fue el asunto. Yo tenía en ese tiempo,
hermano, catorce o quince años. Y bueno, llegamos a la
casa de César Lévano. Y en eso vimos que en la casa
estaban la señora Alicia Maguiña y don Carlos
Hayre. Entonces mi tío Ernesto me pidió que lo
acompañara en un tema. Mandaron sacar uno de los cajones
de un ropero, y me puse a tocar junto a él. ¿Y sabes
qué, hermano? Eso le cayó a la señora
Alicia Maguiña como pera en el agua. La señora se
quedó encantada y me pidió que le dejara mi
dirección, que ella viajaba y que a su regreso
quería que tocara con ellos. Para ese entonces, ya no
vivía en Malambo, sino en Limoncillo, por el mercado;
ahora se llama Prolongación Tacna, creo. Eso habrá
sido el año sesenta y ocho más o menos. Cuando
menos pensé, me fue a buscar don Carlos Hayre para que
fuera a su casa. Así comenzamos a trabajar, hicimos un
long play, se llamó «Alicia y Carlos». La
señora Alicia no me decía Pititi, me decía
Eusebio Sirio. Lo de Pititi fue una ocurrencia de mi
señora madre. Cuando yo estaba muy chico, había una
radionovela y uno de los personajes era Pititi. Entonces un
día yo pasaba por ahí y escucho que mi madre dice
Pititi y yo volteo y entonces me dice Pititi, Pititi, ven, ven,
Pititi. Ahí me quedé con lo de Pititi.
III
Te hago saber, para que sepas bien claro. Mira, yo he visto a
diferentes percusionistas, pero no llegué a ver a
Monserrate. Sí vi tocar al «Gancho» Arciniegas. Y
había un señor al que yo paraba viendo y
seguramente molestando, pidiéndole que me enseñara
algunas cosas, era el señor «Morocho» Contreras, que
tocaba con el conjunto Los Trovadores del Norte, donde estaba
también Rafael Otero López, el compositor de
«Odiame». Ellos tocaban en Radio Victoria y yo iba a cada rato,
pues, para ver al «Morocho» Contreras. Yo lo observaba
atentamente, cada movimiento, cada golpe, su misma presencia.
Esas tardes me enseñaron mucho, hermano, me ayudaron a
conocer un poco más a profundidad este maravilloso
instrumento de percusión.
IV
Un día la señora Alicia y don Carlos me dicen
para ir a Buenos Aires. Tenía ella que cantar una muliza.
Mira hermano, era la primera vez que iba a pisar un avión.
Acá no subo, me dije, acá retrocedo yo con esto.
Pero al final subí y fuimos en el avión,
además, con César Altamirano y Lucho Neves.
Llegamos a Buenos Aires y nos fuimos al City Hotel. Tenía
dieciséis años no más, hermano. Y andaba
solo, porque me levantaba temprano para buscar a la señora
Alicia y a don Carlos y no estaban, y César y Lucho
estaban como locos trabajando en unos arreglos. Al tercer
día me empecé a desesperar, porque ¿qué
hacía yo solito en esa ciudad inmensa? En eso, paseando
por el hotel, veo a un patita que pasa con una etiqueta en la
solapa que decía Perú. Me acerqué.
¿Tú eres peruano?, le dije. Sí, me
contestó. Yo también soy peruano, le dije otra
vez. ¿Con quién has venido? Yo he venido con un grupo
que está acá, el grupo Perú Negro. Oye, no
sabes el alivio. ¿Y dónde están?,
llévame por favor. Cuando entramos a la habitación
me encuentro con el grupo completo ahí. Dicho sea de paso,
yo no conocía a nadie del grupo, sólo a Rodolfo
Arteaga, el hijo de Valentina, que me reconoció de
inmediato y me presentó a todos. Estaban ahí
Ronaldo Campos, Caitro Soto, Lucila Campos, en fin. Así,
de casualidad nomás, encontré
compañía, y más trabajo, porque me hicieron
bailar en el Luna Park mientras Césear Calvo recitava unos
versos.
V
También tuve la suerte de conocer a la señora
Chabuca Granda, y es más, la suerte de trabajar con ella.
Recuerdo una vez que nos invitó a su casa para formar el
grupo Matalaché. En esa reunión estuvo
también Cecilia Barraza. De Chabuca aprendí mucho,
hermano. Lo más importante: convencerme de que las cosas
las tienes que hacer cada día mejor. Trabajé con
ella cerca de ocho años, junto con Alvaro Lagos y Caitro
Soto. Ensayábamos en su casa, allá en la esquina de
Veintiocho de Julio con La Paz, en Miraflores. En Buenos Aires
grabamos un disco precioso, titulado "Cada Canción con su
Razón". En ese disco participó también Lucho
Gonzales.
VI
En la vida uno nunca sabe, ¿no?, ¿qué me iba
a imaginar yo que me iba a quedar ciego? Pero perdí la
vista. Yo no sabía qué me pasaba, todo
comenzó con unos dolores de cabeza terribles, pero nadie
sabía qué tenía yo dentro del cuerpo. Ya
vivía en Comas con mi madre. Ibamos a un médico y a
otro, y nada, nadie daba con lo que tenía. Hasta que
descubrieron que tenía un tumor en el cerebro que me
estaba afectando la vista. Y un día, en mi propia casa,
perdí la visión. Me deprimí terriblemente,
me alejé de la música cerca de un año,
paraba recluido en mi casa. Me había quedado completamente
solo. Una persona que me ayudó mucho fue Enriqueta
Rotalde, que es ahora directora de la Escuela Nacional de
Folclore. Ella me fue a ver al Hospital de Collique. De
ahí me pasaron al Hospital Obrero. El doctor Esteban Roca
y el doctor Polo Sabogal me operaron. De ahí me fui a
neoplásicas para un tratamiento de baños de cobalto
y para que me hicieran un par de tomografías de las que
salí limpiecito, hermano. Después de haber pasado
por eso, me di cuenta de que había perdido a Dios,
así que me apegué a Nuestro Señor
Jesucristo, y con él camino. Lo que tengo ahora es lo
más bello que puede tener un hombre: paz, por la gracia de
Dios.
«Pititi» vive ahora en olor de serenidad. Recién casado
hace ocho meses con Elizabeth Urquiza, profesora de arte, la vida
en él ha vuelto a florecer. La ceguera ya no es problema
ni carga para nadie. El propio «Pititi» baja los cinco pisos que
lo separan de la calle 6 de Agosto, en Jesús María,
para hacer sus compras en la bodega o en la farmacia, o para
abordar algún taxi en las noches de trabajo. De hecho, hay
algunos taxistas que lo conocen y lo esperan en la puerta. Lo
demás es accesorio. Cuando dicta sus clases de
cajón, ningún detalle se le escapa y conoce
perfectamente el sonido de cada uno de sus alumnos. Y cada vez
que toca, según nos confesó, es tal el
éxtasis que se apodera de él, que ve pasar su vida
como una película y recuerda esas jaranas aurorales, los
tiempos en que era acólito en las iglesias de San Lorenzo
y San Alfonso, las tardes en que miraba extasiado al «Morocho»
Contreras o al «Gancho» Arciniegas. A golpe de cajón, para
suerte de todos, «Pititi» ha vuelto de las tinieblas.
Apuntes históricos sobre el cajón
peruano
SONORA MADERA
El origen del cajón peruano aún no ha sido
explicado con suficiente claridad. Sin embargo, a pesar de ese
clamoroso vacío en nuestra historiografía musical,
existen muchas hipótesis sobre su nacimiento y desarrollo.
Según Nicomedes Santa Cruz1, «la utilización del cajón como
instrumento folclórico escasamente data de un siglo
atrás». En cuanto a sus antecedentes, menciona versiones
orales recogidas de los morenos del valle de Chancay,
según las cuales, «para dar ritmo a la zamacueca, se
utilizaban dos botijas de barro desfondadas, cubierta la boca con
un cuero de panza de burro a manera de parche. La botija de mayor
tamaño era nombrada "llamador" y llevaba el ritmo de base.
La más pequeña se llamaba "repicador" y floreaba
sobre el ritmo de la primera (...) Otro instrumento usado entre
nosotros antes que el cajón fue el ya desaparecido
tamborete. Consistente en una simple hoja de madera cepillada de
unos 25 por 30 centímetros, colocada sobre cuatro patas,
como una mesita. Otro tipo de tamborete era aquel que en vez de
la tabla o tablero llevaba una caja de resonancia sobre la que se
clavaban tapas de botella -"chapas"-, las mismas que eran
cubiertas por finas varillas de madera». Siguiendo las pesquisas
de Santa Cruz, los cronistas del siglo pasado que fueron testigos
de las danzas de los bozales sólo describen tambores
membranófonos abiertos. Por otro lado, Pancho Fierro,
notable acuarelista del XIX que registró en detalle las
costumbres de Lima, dejó algunas versiones acuareladas de
la zamacueca, pero en ellas no aparecen ni el cajón ni el
cajonero, sino más bien la ya mencionada botija. Lo mismo
sucede con dos cuadros de Ignacio Merino, «La jarana» y «Jarana
de Amancaes». De manera que el cajón, según lo
expuesto, sería un producto nacido en los albores de
nuestro siglo, tiempo en el que ya podía
escuchárselo en la marinera. Sin embargo, sería
más preciso situarlo a fines del siglo XIX. En efecto, una
pequeña nota informativa aparecida en El Comercio
el 9 de octubre de 1889 dice a la letra: «Ya en otra
ocasión llamamos la atención de la policía
respecto a las jaranas que continuamente se "arman" en una casa
de la Acequia Alta, pero mucho tememos que nuestra
indicación ha sido desatendida pues, nuevamente, se quejan
los vecinos de dicha calle que el "cajón"
funciona sin descanso mañana y noche». Lo que sí
podría afirmarse, en todo caso, es que el cajón es
el resultado de un largo proceso de hibridación de algunos
instrumentos traídos por los primeros negros que llegaron
al Perú. En ese sentido, por ejemplo, el propio Eusebio
Sirio nos refirió la existencia de un instrumento llamado
enka kua, que significa «tambor de madera».
Según sus fuentes, el enka kua tenía
un tamaño considerable y se tocaba tanto con los pies como
con las manos. Como se sabe, los españoles,
valiéndose de la extirpación de idolatrías,
pretendieron avasallar toda forma cultural y religiosa de indios
y negros, razón que nos permite sospechar que el
enka kua podría haber ido reduciendo su
tamaño al paso del tiempo, dando origen al cajón
que hoy todos conocemos. Por otra parte, es interesante mencionar
que en la costa norte del Perú se desarrolló el
llamado Checo, «instrumento musical de Zaña, elaborado con
madera del árbol del mismo nombre. Empleado en las danzas
y cantos de origen africano, como acompañamiento de percusión».2 De otro lado,
Alonso Carrió de la Vandera, Concolocorvo, describe en su
Lazarillo de ciegos caminantes un instrumento llamado
«Tambor de tronco» o «Tambor de parche». Dice: «los negros usan
un tronco hueco y a los dos extremos le ciñen un pellejo
tosco. Este tambor lo carga un negro, tendido sobre su cabeza, y
otro va por atrás con dos palitos en las manos, golpeando
el cuero con sus puntas».3 Como se
ve, hay una variedad de instrumentos de percusión
anteriores al cajón que merecerían un estudio
etnomusicológico más profundo y detallado. A
primera vista, empero, la hipótesis de las «botijas» como
origen directo del cajón que menciona Nicomedes Santa Cruz
parece ser la más sólida. En un testimonio que
recoge Luis Rocca en Zaña, la informante Rosa
Campaña apunta: «Antes bailaban el tondero, pero dicen que
antes tenían una botija. Eran botijas grandes, y les
templaban cueros. Con esa música bailaban las
señoras antiguas. Sabían bailar el tondero. La
botija era antes como tambor, después vino el
cajón, tocaban el cajón».4 Carlos «Caitro» Soto, un destacado cultor del
folclore negro peruano, refuerza, en cambio, la tesis del «Tambor
de tronco». En un testimonio personal revela: «Antes el tambor
se hacía con un tronco que vaciaban, le ponían su
cuero de res y lo templaban con fuego (...) El tambor fue
totalmente reemplazado por el cajón».5 Este instrumento es ya, qué duda cabe, todo
un símbolo nacional. En sus comienzos, era utilizado
estrictamente en la música negra (landó, festejo,
zamacueca, marinera) y poco a poco fue insertándose en los
géneros denominados «criollos». Así, a mediados de
los cincuenta, excelentes instrumentistas como Monserrate, el
«Gancho» Arciniegas o Reynaldo «Canano» Barrenechea lo introducen
en la polca y el valse, siendo hoy prácticamente
insustituible. Hay que hacer notar, además, la enorme
cantidad de estupendos cajoneadores con que cuenta nuestro
país. Entre algunos nombres, mencionaremos a Juan «Cotito»
Medrano, los hermanos Ronnie y Marcos Campos, Coqui Leturia,
Makario, los hermanos José Francisco y Félix
Valdelomar, José de la Cruz, Julio Vásquez y Juan
Carlos Vásquez, hijo éste último de Abelardo
Vásquez y nieto de Porfirio Vásquez, dos de los
hombres que más han aportado a la música
costeña en el presente siglo. Tampoco debe pasar
inadvertido el hecho de que el cajón peruano haya
traspuesto nuestras fronteras. El gran guitarrista flamenco Paco
de Lucía se lo llevó a España, donde hoy no
sólo reemplaza a los palmeadores, sino aparece
también en el marco musical de grupos de rock y de
fusión. En los Estados Unidos, por ejemplo, hay varias
fábricas de instrumentos de percusión que incluyen
al cajón peruano en sus catálogos, con la
denominación «Peruvian box». Honor al instrumento. Pero
ojalá no nos suceda lo que al pisco, que ahora resulta
chileno por peruanísima desidia, y ojo, que allá en
la madre patria ya empiezan a llamar a nuestro cajón «caja
española». Razón de más para celar con
más vigor lo nuestro.
Notas |