| ¿Qué hay detrás de la noche? Una fauna nocturna
que se agazapa en ciertos rincones de la ciudad. Cada especie (humana,
de la familia de los limenses habitans) tiene sus guariques.
Las razones de preferir un lugar y no otro pueden ser muchas y variadas.
La música es un factor importante, pero también hay otros
elementos, que en su conjunto están relacionados con un perfil de
público: edad, poder adquisitivo, modo de vestir, bailar, etc. Este
artículo intenta una aproximación a los distintos públicos
que asisten los fines de semana a los locales de música peruana
o latina. Hemos excluido intencionalmente al género chicha, pues
constituye un mundo un poco más estudiado últimamente (ver,
por ejemplo, Quehacer Nº 87). Los locales que presentamos no pretenden
agotar todas las variedades ni mucho menos (cada barrio tiene su propia
identidad nocturna); son sólo algunos "huecos" representativos
de esta ciudad cuando se cree que duerme.
La misa criolla1
Peña es un nombre de lugar que alude a jarana, a palmas, a botellas
de cerveza, valses, marineras, festejos y otros sones peruanocosteños.
Sin embargo, entre las peñas los públicos varían.
Obviamente, la ubicación y el costo son dos factores, pero no los
únicos.
En primer lugar, las hay peñas abiertas y cerradas. A estas últimas,
rincón de los puristas, no se las llama peñas, sino Asociaciones
o Centros Culturales, pues en ellos existe -literalmente- un culto a la
música criolla. El Centro Cultural Breña es uno de esos lugares2.
Tradicional punto de encuentro de cantantes como Augusto Azcuez y Abelardo
Vásquez, el Breña mantiene su perfil entre popular y clase
media baja, pues su público de siempre han sido basicamente empleados,
obreros, trabajadores subempleados en general (aunque de hecho hay visitantes
con mayor nivel adquisitivo). En el primer ambiente de la casa están
las sillas y mesitas para el público, rodeados de innumerables fotos
de los ídolos de siempre abranzando a sus fieles guitarras; en otra
habitación está la barra, donde se puede pedir cerveza o,
como es lo habitual, jarras de ron con gaseosa.
El Centro Cultural tiene la organización de un club, con autoridades
y reglas disciplinarias. Incluso un Comisario para hacer cumplir sus normas
todas las amanecidas, curioso honor que lo obliga a no beber en el local
mientras ejerce. Quien entra sabe a qué mesa ir, qué grupo
integrar. Y cada grupo sabe quién es su intérprete, pues
son comunes los desafíos musicales entre mesas. Entonces se impone
el silencio entre los iguales. Y se produce algo que hoy podríamos
llamar "música interactiva".
quí el vals no es solo un cortejo, expresión simple del
amor (por cierto, añejo y desdentado), sino expresión de
sí mismo; acaso, el amor sea incluso un pre-texto para el arte criollo.
Y es que el Breña no es una peña; es un templo del criollismo,
donde el vals es el culto y el trago entre amigos la comunión.
La noche es negra, negro son
La Valentina, el lugar tan famoso de otros tiempos, hoy abandonada a
su poca suerte, representa el capricho de las tendencias del público.
Probablemente condicionado por una Lima cada vez más inabarcable,
más segmentada. Como nos comentó una bailarina de otro local:
el público "selecto" de La Valentina se había pasado
a Barranco, pues allí se le ofrecía seguridad y cercanía
a sus propios hogares y a otros espectáculos. Tal vez puedan volver
a La Victoria, pero por el momento el Cristo parado sobre una tarima, en
un esquina de la famosa peña, se ha quedado con pocos rezos.
Por diversas circunstancias, la música mal llamada "negroide"
(¿hay música peruanoide, andinoide..?) cada vez goza de una
mayor aceptación en diversos sectores sociales, incluso entre los
mismos jóvenes que también concurren a las más exclusivas
discotecas de moda. Sus ingredientes de sensualidad y movimiento ágil
y contoneante probablemente le dan esa posibilidad. Logicamente, su difusión
también ha tenido que ver con apoyos publicitarios, como el jale
de Micky Gonzales y el éxito de estrellas como Eva Ayllón
y Susana Baca.
En fin, no sorprende que las peñas más famosas estén
en Barranco (que siempre fue criolla). De los balcones del Parque Municipal
salen sus acordes distorsionados, haciendo vibrar las paredes de quincha
y los oídos de paso. En el área no turística de este
distrito, al otro lado del óvalo Balta, están ubicadas dos
peñas gemelas y muy mentadas: Poggi I y Poggi II. El primero, un
viejo reducto de jaraneros cerveceros y salerosos abrió sus puertas
hace poco más de treinta años. Pero de un tiempo a esta parte,
aquella peña ubicada en una calle oscura y con un farolito en la
entrada, empezó a caerle ese público joven del Barranco de
la Plaza Municipal. Entonces los hermanos Poggi decidieron abrir otro local
para sus nuevos clientes.
Ahora bien, cuando hablamos de públicos, nos referimos a tendencias,
no a tipos de asistentes fijos y excluyentes. Por el contrario, los grupos
migran, se cruzan en sus peregrinaciones traviesas. Así un viernes
caímos en Poggi I. Un viernes de poca animación, por cierto.
De pronto, apareció la "mancha" del otro local: grupos
de quinceañeros empezaron a inquietar el ambiente con sus figuras
más afinadas que la de los criollos de treinta y más. Chicas
con body y celulares penúltima generación en mano, muchachos
de colegios y universidades privadas con zapatillas y polos importados
auténticos: el "maldito" se abría paso en el ambiente.
Se mezclaba sin problemas.
Movidos por la curiosidad, la semana siguiente fuimos al Poggi II. El
lugar mantiene una estética muy similar a su antecesor, pero desde
la entrada algo distinto llama la atención. Su público son
esas "manchas" del Newton, Roosevelt, Villa María y otros
colegios privados, así como universitarios de primeros ciclos. Los
novatos de las noches criollas. Sus antecesores desconocían estos
lugares. Pero ahora, en el último lustro, este público joven
(al menos el femenino) se afana en saber bailar aquellos bailes negros,
incluso toma clases para aprender el festejo, el alcatraz, el landó.
Y lo bailan sabiendo, quizás con un toque de danza de los mil velos.
Pero el vals no. Una teenager dirá quizás "para qué".
Por supuesto, en Poggi II también hay muchachos de otros barrios,
pero, si les pregunta el animador (de los concursos), mentirán un
poquito.
Noches de turismo empresarial
La variedad, la diversificación estética y de uso están
de moda. Los salones de espectáculo son un espacio al multiuso:
restaurantes espectáculos (Sachún, Bertolotto, Manos Morenas)
o asociaciones culturales (Brisas del Titicaca), estos lugares dan servicio
de mesa, espectáculos variados y casi todos tienen espacio para
el baile. Los matices están en cuál es el énfasis
musical, el precio, la ubicación del local, el nivel socioeconómico.
Así, Bertolotto admite casi de todo: sus gustos son tan diversos
como la decoración del local. En los tiempos de las cevicherías-pollerías,
no es tan buen negocio el purismo.
Manos Morenas y Sachún son tal vez los más turísticos.
El primero con un público de nivel socioeconómico más
alto. Los turistas se mezclan con vecinos de San Isidro, Monterrico, Miraflores,
etc. Un elegante ranchito barranquino sirve de marco señorial al
baile de los antiguos esclavos, para deleite de un grupo medido de comensales.
En el Sachún el público no se compone principalmente de
parejas ni amigos de barrio, sino de compañeros de empresas, con
ocasión de un ascenso, un cumpleaños, o lo que fuera; o familiares
que se juntan para celebrar a la madre o a la abuela y hacerla escuchar
ese valsecito que tanto le gusta. La otra mitad de la sala lo llenan las
mesas de turistas casuales o los nuevos residentes que han venido al país
por razones de negocios. Este tipo de grupos hace que las mesas sean necesariamente
largas.
Tanto el público extranjero como el de empresas -que, aunque
amigos, son compañeros de trabajo, a veces con jerarquías
distintas- han condicionado un cierto "suavizamiento" de lo que
se exhibe. Por ello el Ballet Perú Negro (que también se
presenta en Manos Morenas) cae perfecto, pues se trata de un grupo que
cultiva el baile de salón, de movimientos por momentos excesivamente
estilizados. También por las mismas razones, el bar es sólo
para los mozos, quienes recogen las bebidas que deben llevar a las mesas.
El espectáculo es variado: desde huaylas -terminando en una canción
achichada, bailada por el público-, hasta marinera (limeña
y norteña), festejos y landós, con estrellas del criollismo
al final de la noche: los hermanos Zañartu, Zambo Cavero, etc.,
a la hora en que los turistas se van marchando y los decibeles aumentan
sin respeto a ningun oído.
Noche andina bajo el cielo limeño
Las cuadras dos y tres del Jirón Trujillo, una vieja callecita
del Rímac entre el Puente de Piedra y la iglesia de San Lázaro,
con balcones limeños y vivanderas, hacen recordar las noches populares
en las calles de la vieja Lima, cuando la Navidad y Fiestas Patrias se
celebraban en la Plaza de Armas e inmediaciones. Quizás por que
no se escuchan los sonidos de las discotecas del Centro3,
quizás por que es una calle pequeña y maltratada, o porque
el público provinciano que allí se reúne es menos
escandaloso que los de otros lados.
Precisamente en la cuadra dos está la peña Hatuchay. Nada
más trasponer el umbral, la estética rimense se convierte
en dibujos de piedras incas y una se ve transportada de pronto al patio
de una casa cusqueña. Con huellas del tiempo sobre sus paredes.
El público es andino: pobladores de El Agustino, comerciantes del
Mercado Central, empresarios de Gamarra, mezclados con eventuales turistas.
La quena, la zampoña, a veces el arpa, animan a los concurrentes
con los acordes de huaynos, tuntunas, yaravíes, huaylas. Las mujeres
bailan, en su mayoría, con blusas largas o chompas hasta la cadera.
Algo que, a primera vista, podría ser interpretado como un acto
de pudor. Pero, según nos pareció, más bien se debía
a la estética del baile (acaso condicionado por el físico
recio de los hombres y mujeres de las alturas): a diferencia del afro o
la salsa, la cadera no es lo que más luce, sino las piernas y los
hombros. Aunque entre las jóvenes fans de la saya boliviana esta
constante empieza a romperse. En las mesas, todas largas, los grupos toman
cerveza sola o con coca-cola. Después saldrán, animados por
sus canciones, a comerse un pollito broster en la carretilla de la esquina
o jugar el último billete en las máquinas tragamonedas de
la misma calle.
La noche es joven y aprovechada
En Lima, el Kímbara es uno de los pocos locales donde todavía
se puede escuchar un conjunto salsero en vivo, toda la noche. Pero, como
la noche es cada vez más pobre en esta ciudad, sólo abre
los viernes y sábados (los jueves "negros" lo hacía
el salón pequeño del Kimbara, pero no tuvo suficiente acogida,
quizás por la identificación salsera del lugar). Los grupos
llegan de distintos lugares de la ciudad, con un perfil clase media media/alta,
variando de acuerdo a los intérpretes. Según nos contaba
un admnistrador del Kímbara, Camagey tiene un público más
popular. Esas noches, bajan al suelo las cervezas, en torno a los círculos
de amigos en las esquinas, como en el barrio, nos dice el administrador.
En cambio, Cartagena reúne gente con más poder adquisitivo
y el comportamiento es más moderado.
De todos modos, en los intermedios hay una concesión a la variedad:
en la pantalla del local aparecen rockeros y "poperos", aquellos
que rompen los ranking no siempre a fuerza calidad ni de mejor voz.
Septiembre de 1997
Réquiem por Marcantonio o el encanto de lo huachafo
Marcantanio cerró sus puertas. Más bien fue cerrado y
derrumbado, para tristeza de los amantes de base cuatro y los melódicos
«adulto-contemporáneos» de trasnoches. Un local a mitad
de todo -a mitad de la Avenida Arequipa, en un barrio a mitad de la escala
social, con un público más bien a mitad, o sea «maduro»:
profesionales de nivel medio, secretarias de uñas largas y pestañas
postizas, amantes de ïticinco y señoras solas de cuarenta,
ese era el Marcantonio de noche. Ubicado en el Centro Comercial Risso,
su apariencia de snack bar lo emparentaría con locales como el Tip
Top, en una versión nocturna. Pero el Marcantonio era algo más
que eso. En primer lugar, por la música en vivo. Allí se
reunían nostálgicos de la nueva ola y de todo tipo de melodías
que pueda recordar la orquesta. Cansados o románticos, los músicos
adoptaban una cara de transportados. Guitarra, batería y una Yamaha
preprogramada eran todos los instrumentos.
De lejos, eran los bailadores de cincuenta para adelante los que daban
un mejor trato al vals, al bolero y a todo pegadito que les pusieran, a
pesar de las buenas barrigas y las cinturas anchas. Imágenes de
una película del realismo italiano que por momentos se torna fellinesca:
un hombre con terno, sentado exhibiendo la mitad de su inmenso trasero,
parecía no inmutar a sus amigos; otro, pequeñito, bailaba
los boleros con cierto donaire, dando un efecto nostálgico con su
traje apretado a lo Agustín Lara, cigarrillo incluido. Afuera, hienas
humanas esperaban el colapso de una víctima, para tentarlas en el
amor travesti. Era el lugar donde podía ir un alma solitaria, no
precisamente joven, para pasar un buen rato, tal vez en busca de una tardía
historia de amor o simplemente del penúltimo ligue. Comiendo el
mejor taco de Lima, mientras escuchaba la estridente versión Yamaha
de Secretos o Contigo a la distancia. Híbrido, kitch y por qué
no, con un encantador toque huachafo: ese era el Marcantonio.
Notas
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