| Los efectos del fenómeno El Niño en el país son
múltiples, y no se circunscriben a las esferas de la vida humana,
la economía y la sociedad. En un escenario sobrepolitizado por el
estilo mismo de hacer política que ha caracterizado a este régimen,
la esfera de la política tampoco ha podido sustraerse a ellos. El
comportamiento gubernamental frente a este fenómeno de la naturaleza
ha determinado algunos cambios en el sentir de la opinión pública
respecto al gobierno y, en particular, al presidente Fujimori, como veremos
más adelante.
Tampoco, por cierto, parecen escapar a la política las estimaciones
sobre el impacto de El Niño sobre la economía.
En efecto, los cálculos hechos a ese respeto por los técnicos
del Banco Central de Reserva y por los asesores del Ministerio de Economía
y Finanzas quieren ser tranquilizadores y estiman que el PBI para 1998
ya no crecerá en 5% como estaba previsto, sino sólo en 4%.
Aunque no es posible aún hacer estimaciones definitivas sobre las
pérdidas que el fenómeno causará al país -estimaciones
conservadoras, antes de las inundaciones que afectaron severamente la central
eléctrica de Machu Picchu, se acercaban a los 2,000 millones de
dólares- es claro que el optimismo oficial, que incluye también
en su estimación el efecto de la crisis asiática, no se condice
con lo que vemos diariamente a través de los medios de comunicación.
Ese optimismo se basaría en una prevista recuperación
de la economía en el segundo semestre del año en el que,
endeudamiento mediante, el país invertiría en la recuperación
de lo perdido con el consiguiente beneficio para algunos sectores como
el de la construcción, que permitirían arrastrar algún
crecimiento económico.
El gran protagonista de El Niño
En este escenario, marcado por la tragedia cotidiana que resulta de
la naturaleza, el gran protagonista -y desde el primer momento- es el presidente
de la República. Viajero incansable, desplazándose por todo
el territorio nacional, apareció dirigiendo todas y cada una de
las acciones estatales de ayuda y asistencia a los damnificados. Protagonismo
que ciertamente no sorprende y que es parte central del modelo político
que vivimos y que, una vez más, muestra sus límites en esta
situación.
El mérito inicial de dar la cara en una situación extremadamente
difícil fue rápidamente superado por el afán de protagonismo
personal del ingeniero Fujimori y por su confianza exagerada en las obras
de prevención desarrolladas por el gobierno en los meses anteriores.
El colapso de muchas de ellas -el sistema de evacuación de aguas
de El Chilcal e Ignacio Escudero en Piura es sólo un ejemplo-, la
descoordinación con los municipios acompañada por el desdén
por las autoridades locales, así como la inexistencia de mecanismos
de concertación entre el Estado y la sociedad civil se hicieron
evidentes y se expresaron en la protesta creciente de los damnificados.
El ingreso en escena de los Ministros y el consiguiente control de
la exposición presidencial a los medios de comunicación,
fue el primer movimiento en una estrategia que va más allá
de la búsqueda de eficiencia para hacer frente a los embates de
la naturaleza y que apunta a mejorar las condiciones para posibilitar una
nueva reelección del ingeniero Fujimori.
Hasta ahora, a juzgar por las encuestas -que son exclusivamente limeñas
y que están marcadas por lo tanto por las imágenes de los
medios de comunicación- la hiperactividad presidencial alrededor
de El Niño le estaría permitiendo remontar, lentamente, tanto
los niveles de desaprobación de su gestión cuanto la disposición
favorable de la población a una nueva reelección.
Que ésta no sea la mejor manera de enfrentar los embates de
la naturaleza, que se desperdicien conocimientos, potencialidades y capacidad
de movilización de las instituciones locales, de los municipios
y de las organizaciones de base, parece interesarle poco al gobierno, convencido
del capital político que puede suponer El Niño.
Opositores o aliados
En este panorama, en el que según la última encuesta
de Datum el ingeniero Fujimori ya estaría encabezando la intención
de voto, superando por dos puntos a Alberto Andrade, además de su
protagonismo frente a los embates de la naturaleza, juega papel importante
la situación de la oposición que, una vez más y como
viene ocurriendo desde el inicio de su primer mandato, no se muestra a
la altura de las circunstancias.
En medio de inundaciones, huaicos y aludes, los ciudadanos hemos espectado
las disputas intestinas de la Unión por el Perú, dividida
hoy por las elecciones municipales y el apoyo a la candidatura de Andrade
en Lima, más profundamente dividida por su visión del país
y de la política económica. La renuncia de Richard Amiel
al Partido Popular Cristiano y el cambio de camiseta del parlamentario
del FIM Efrén Vidarte, novísimo miembro del oficialismo,
son parte de la misma crisis que explica por qué el 85% de la población
considera que los políticos no tienen credibilidad (Apoyo S.A.,
encuesta de febrero de 1998).
La incapacidad -pese al tiempo transcurrido- para reunir el millón
400 mil firmas que se requieren para convocar al referéndum sobre
la posibilidad de reelección presidencial, revela las dificultades
que enfrentan los promotores de esta iniciativa -Foro Democrático
y los distintos partidos de la oposición- para traducir en acto
el respaldo de los ciudadanos (más del 50%, según todas las
encuestas) descontentos con el gobierno, y resulta, a todas luces, dramática.
Así, por sus debilidades, agravadas por sus disputas intestinas,
los opositores al gobierno contribuyen a la recuperación de la imagen
presidencial y al escepticismo de la volátil opinión pública.
Lo que El Niño no deja ver
Ello es más grave si tomamos conciencia que más allá
del fenómeno de El Niño y su devastador impacto, la vida
sigue su curso. El Poder Judicial, una vez más, muestra los resultados
del proceso de desinstitucionalización que vivimos: la sustitución
de una sentencia por otra fraguada (caso Novotec-BCR) que involucra a seis
vocales supremos; el intento inconstitucional de la mayoría en la
Comisión de Justicia del Congreso de recortar las atribuciones y
la capacidad fiscalizadora del Consejo Nacional de la Magistratura; así
como la aceptación del recurso de amparo presentado por Martha Chávez
resolviendo a su favor la inexistencia de impedimentos para una nueva reelección
de Alberto Fujimori -a todas luces inconstitucional-, son sólo algunos
botones de muestra.
El espinoso asunto de las esterilizaciones, la renovada hostilización
contra Baruch Ivcher y la condena a un periodista provinciano por ejercer
sin estar colegiado, son algunos de los hechos que, ante la opinión
pública, permanecen en un discreto segundo plano. Son parte de aquello
que, por el momento, ha perdido visibilidad ante la fuerza de El Niño.
La pregunta de fondo
En este panorama, la pregunta de fondo es hasta dónde llega
la recuperación de la aprobación de la imagen presidencial
-a lo que, sin duda, ha contribuido la estrategia desplegada frente al
fenómeno de El Niño-. Es, ciertamente, difícil adelantar
por el momento una respuesta.
1998 es un año crucial para la pretensión reeleccionista
del gobierno. En efecto, es el plazo final para hacer posible, referéndum
mediante, un escenario de «todos» contra el ingeniero Fujimori;
mientras que, de aceptarse su postulación a la presidencia, la competencia
previsible sería con varios candidatos, beneficiándose indudablemente
de la dispersión de los votos.
El descontento que muestran las distintas encuestas con la política
económica y la ausencia de empleo (según la encuesta de Apoyo
S.A. ya citada, el 46% de la población de Lima considera que su
situación está peor que la del año pasado), las críticas
al autoritarismo y al centralismo gubernamental no desaparecen con el Niño.
Pero tampoco desaparece el rechazo de la opinión pública
a los políticos.
En este escenario, y más allá de El Niño, las
posibilidades electorales del Presidente parecen depender, paradójicamente,
de la oposición antes que de él mismo.
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