El Niño y la política

Eduardo Ballón


Los efectos del fenómeno El Niño en el país son múltiples, y no se circunscriben a las esferas de la vida humana, la economía y la sociedad. En un escenario sobrepolitizado por el estilo mismo de hacer política que ha caracterizado a este régimen, la esfera de la política tampoco ha podido sustraerse a ellos. El comportamiento gubernamental frente a este fenómeno de la naturaleza ha determinado algunos cambios en el sentir de la opinión pública respecto al gobierno y, en particular, al presidente Fujimori, como veremos más adelante.

Tampoco, por cierto, parecen escapar a la política las estimaciones sobre el impacto de El Niño sobre la economía.

En efecto, los cálculos hechos a ese respeto por los técnicos del Banco Central de Reserva y por los asesores del Ministerio de Economía y Finanzas quieren ser tranquilizadores y estiman que el PBI para 1998 ya no crecerá en 5% como estaba previsto, sino sólo en 4%. Aunque no es posible aún hacer estimaciones definitivas sobre las pérdidas que el fenómeno causará al país -estimaciones conservadoras, antes de las inundaciones que afectaron severamente la central eléctrica de Machu Picchu, se acercaban a los 2,000 millones de dólares- es claro que el optimismo oficial, que incluye también en su estimación el efecto de la crisis asiática, no se condice con lo que vemos diariamente a través de los medios de comunicación.

Ese optimismo se basaría en una prevista recuperación de la economía en el segundo semestre del año en el que, endeudamiento mediante, el país invertiría en la recuperación de lo perdido con el consiguiente beneficio para algunos sectores como el de la construcción, que permitirían arrastrar algún crecimiento económico.

El gran protagonista de El Niño

En este escenario, marcado por la tragedia cotidiana que resulta de la naturaleza, el gran protagonista -y desde el primer momento- es el presidente de la República. Viajero incansable, desplazándose por todo el territorio nacional, apareció dirigiendo todas y cada una de las acciones estatales de ayuda y asistencia a los damnificados. Protagonismo que ciertamente no sorprende y que es parte central del modelo político que vivimos y que, una vez más, muestra sus límites en esta situación.

El mérito inicial de dar la cara en una situación extremadamente difícil fue rápidamente superado por el afán de protagonismo personal del ingeniero Fujimori y por su confianza exagerada en las obras de prevención desarrolladas por el gobierno en los meses anteriores. El colapso de muchas de ellas -el sistema de evacuación de aguas de El Chilcal e Ignacio Escudero en Piura es sólo un ejemplo-, la descoordinación con los municipios acompañada por el desdén por las autoridades locales, así como la inexistencia de mecanismos de concertación entre el Estado y la sociedad civil se hicieron evidentes y se expresaron en la protesta creciente de los damnificados.

El ingreso en escena de los Ministros y el consiguiente control de la exposición presidencial a los medios de comunicación, fue el primer movimiento en una estrategia que va más allá de la búsqueda de eficiencia para hacer frente a los embates de la naturaleza y que apunta a mejorar las condiciones para posibilitar una nueva reelección del ingeniero Fujimori.

Hasta ahora, a juzgar por las encuestas -que son exclusivamente limeñas y que están marcadas por lo tanto por las imágenes de los medios de comunicación- la hiperactividad presidencial alrededor de El Niño le estaría permitiendo remontar, lentamente, tanto los niveles de desaprobación de su gestión cuanto la disposición favorable de la población a una nueva reelección.

Que ésta no sea la mejor manera de enfrentar los embates de la naturaleza, que se desperdicien conocimientos, potencialidades y capacidad de movilización de las instituciones locales, de los municipios y de las organizaciones de base, parece interesarle poco al gobierno, convencido del capital político que puede suponer El Niño.

Opositores o aliados

En este panorama, en el que según la última encuesta de Datum el ingeniero Fujimori ya estaría encabezando la intención de voto, superando por dos puntos a Alberto Andrade, además de su protagonismo frente a los embates de la naturaleza, juega papel importante la situación de la oposición que, una vez más y como viene ocurriendo desde el inicio de su primer mandato, no se muestra a la altura de las circunstancias.

En medio de inundaciones, huaicos y aludes, los ciudadanos hemos espectado las disputas intestinas de la Unión por el Perú, dividida hoy por las elecciones municipales y el apoyo a la candidatura de Andrade en Lima, más profundamente dividida por su visión del país y de la política económica. La renuncia de Richard Amiel al Partido Popular Cristiano y el cambio de camiseta del parlamentario del FIM Efrén Vidarte, novísimo miembro del oficialismo, son parte de la misma crisis que explica por qué el 85% de la población considera que los políticos no tienen credibilidad (Apoyo S.A., encuesta de febrero de 1998).

La incapacidad -pese al tiempo transcurrido- para reunir el millón 400 mil firmas que se requieren para convocar al referéndum sobre la posibilidad de reelección presidencial, revela las dificultades que enfrentan los promotores de esta iniciativa -Foro Democrático y los distintos partidos de la oposición- para traducir en acto el respaldo de los ciudadanos (más del 50%, según todas las encuestas) descontentos con el gobierno, y resulta, a todas luces, dramática.

Así, por sus debilidades, agravadas por sus disputas intestinas, los opositores al gobierno contribuyen a la recuperación de la imagen presidencial y al escepticismo de la volátil opinión pública.

Lo que El Niño no deja ver

Ello es más grave si tomamos conciencia que más allá del fenómeno de El Niño y su devastador impacto, la vida sigue su curso. El Poder Judicial, una vez más, muestra los resultados del proceso de desinstitucionalización que vivimos: la sustitución de una sentencia por otra fraguada (caso Novotec-BCR) que involucra a seis vocales supremos; el intento inconstitucional de la mayoría en la Comisión de Justicia del Congreso de recortar las atribuciones y la capacidad fiscalizadora del Consejo Nacional de la Magistratura; así como la aceptación del recurso de amparo presentado por Martha Chávez resolviendo a su favor la inexistencia de impedimentos para una nueva reelección de Alberto Fujimori -a todas luces inconstitucional-, son sólo algunos botones de muestra.

El espinoso asunto de las esterilizaciones, la renovada hostilización contra Baruch Ivcher y la condena a un periodista provinciano por ejercer sin estar colegiado, son algunos de los hechos que, ante la opinión pública, permanecen en un discreto segundo plano. Son parte de aquello que, por el momento, ha perdido visibilidad ante la fuerza de El Niño.

La pregunta de fondo

En este panorama, la pregunta de fondo es hasta dónde llega la recuperación de la aprobación de la imagen presidencial -a lo que, sin duda, ha contribuido la estrategia desplegada frente al fenómeno de El Niño-. Es, ciertamente, difícil adelantar por el momento una respuesta.

1998 es un año crucial para la pretensión reeleccionista del gobierno. En efecto, es el plazo final para hacer posible, referéndum mediante, un escenario de «todos» contra el ingeniero Fujimori; mientras que, de aceptarse su postulación a la presidencia, la competencia previsible sería con varios candidatos, beneficiándose indudablemente de la dispersión de los votos.

El descontento que muestran las distintas encuestas con la política económica y la ausencia de empleo (según la encuesta de Apoyo S.A. ya citada, el 46% de la población de Lima considera que su situación está peor que la del año pasado), las críticas al autoritarismo y al centralismo gubernamental no desaparecen con el Niño. Pero tampoco desaparece el rechazo de la opinión pública a los políticos.

En este escenario, y más allá de El Niño, las posibilidades electorales del Presidente parecen depender, paradójicamente, de la oposición antes que de él mismo.


Regrese al índice del Nº 111