| Quizá uno de los síntomas más evidentes de la
precaria situación de los Derechos Humanos en el Perú sea
el habernos acostumbrado a medir su vigencia a través del recuento
de las violaciones: torturas, muertes, desapariciones. En esta óptica,
tener derechos es equivalente a contar con un precario salvoconducto para
atravesar un letal campo de batalla.
Frente a esta visión reduccionista es posible imaginar otra.
En ella los derechos, antes que meros salvoconductos, son valores que animan
la convivencia social. Son expresión del mutuo reconocimiento de
la dignidad e igualdad intrínsecas a los seres humanos. Su vigencia
se mediría antes que por el número de violaciones o de sanciones
a los violadores, por la cultura de una sociedad, es decir por hábitos,
símbolos, relaciones y valores que se expresan en la vida cotidiana.
De allí la creciente referencia a la «cultura de derechos»
como una suerte de imagen-objetivo de lo deseable en relación con
los Derechos Humanos.
Ahora bien, esta «cultura de derechos» se construye en
el contexto de las tradiciones y desafíos de una sociedad dada.
Y si en las sociedades liberales de tradición individualista la
puerta de entrada a la construcción de tal «cultura de derechos»
es el generalizado reconocimiento del individuo autónomo, en sociedades
como la nuestra, marcada por la heterogeneidad cultural, el proceso deberá
encontrar sus fundamentos en las diversas experiencias históricas
y formas de vida cuya precaria articulación define al Perú.
El reciente trabajo de Sinesio López, Ciudadanos reales e
imaginarios (IDS, 1997), resume bastante bien este proceso relacionando
las estrategias de construcción ciudadana con las matrices culturales
presentes en el país. La conclusión es clara: en nuestra
experiencia, la ciudadanía social ha precedido a la ciudadanía
política. La vivencia de los «derechos» ha estado vinculada
antes que al voto y a las libertades individuales, a la conquista de condiciones
de trabajo y vida dignas.
Es por ello que la saludable disminución de las gravísimas
violaciones que sacudieron al país no debe significar abandonar
la preocupación por la situación de los Derechos Humanos
en el país. Por el contrario, se trata de ampliar la mirada, preguntarnos
en torno a la presencia o ausencia de una real cultura de derechos en el
país. Dado el peso decisivo que lo social ha tenido en el desarrollo
de la noción y la vivencia de los derechos, la situación
de los derechos económicos, sociales y culturales puede ser un buen
termómetro de la situación global.
En mayo de 1997, tras analizar un informe presentado por el gobierno,
el Comité de Naciones Unidas sobre Derechos Económicos, Sociales
y Culturales aprobó un conjunto de observaciones sobre el Perú,
así como un informe alternativo elaborado en la Mesa de Trabajo
sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales promovida por la
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Se trata de uno de los documentos
más duros, en términos de críticas, emitido por ese
organismo en los últimos años.
Asumiendo una perspectiva de conjunto antes que casuística,
el Comité expresó su preocupación por el agravamiento
de la exclusión social y cultural, por el incremento de la desigualdad
económica, por la supresión en el texto constitucional de
una serie de derechos que estaban presentes en la Constitución de
1979, por el mantenimiento de diversos mecanismos de discriminación
por razones étnicas o de género, por la destrucción
de los derechos laborales, por el deterioro de la calidad educativa y las
amenazas sobre los sistemas públicos de salud. Más allá
de la enumeración de estos graves problemas, el documento trasluce
la preocupación por el desencuentro entre políticas sociales
-orientadas a «aliviar la pobreza extrema»- y derechos sociales.
Probablemente haya sido la intervención oral del entonces ministro
de justicia Carlos Hermoza Moya, la que hizo tomar conciencia de este anacrónico
desencuentro. Para el vocero de la delegación peruana ante el Comité,
no es posible garantizar derechos si «antes» no se erradica
la pobreza. Y obviamente para esto basta con programas «focalizados»
de «inversión social».
El consenso contemporáneo -al que no escapa el Banco Mundial-
apunta en la dirección opuesta. Tras la idea de «erradicar
la pobreza» prescindiendo de derechos, se oculta una visión
reduccionista, meramente cuantitativa de la pobreza. Todas las aproximaciones
medianamente serias al tema insisten en que la pobreza es un fenómeno
de múltiples dimensiones, estructural y subjetivo a la vez. Estructural,
en tanto hay condiciones ajenas a los individuos que la reproducen; subjetivo
en tanto se interioriza como anulación de capacidades y debilitamiento
de la autoestima.
Varios siglos de luchas sociales y debates teóricos, llevaron
a las sociedades modernas de las «Leyes de Pobres» (propias
del siglo XVIII) a los Derechos Sociales contemporáneos. La tesis
subyacente a este proceso afirma que de lo que se trata no es de «segregar»
-en beneficiencias, casas de pobres o programas «focalizados»-
sino de integrar a través del trabajo, la educación, la vida
ciudadana a los que se encuentran en situación de pobreza.
Cuando la compensación de la injusticia reemplaza el reconocimiento
de derechos estamos lejos de la modernidad en cualquiera de sus variantes.
No es casual entonces la particular empatía en el caso peruano,
entre autoritarismo y «gasto social» pasando por encima de
la retórica ultraliberal que se predica para un público más
restringido. Basta ver cualquiera de los noticieros televisivos para encontrarnos
con la imagen del presidente providencial que personalmente atiende las
necesidades de los pobres damnificados.
Para justificar el desmantelamiento se ha dicho que en nuestro país
los fragmentarios sistemas de derechos existentes eran una traba a la modernización,
un freno al incremento de la productividad. Que, en realidad ocultaban
la pervivencia de rasgos gremiales corporativos y creaban privilegios estamentales
orientados a bloquear el progreso y el ascenso social. Más aún,
la previsión de estos derechos desde el Estado, además de
gravar innecesariamente a la economía, estaba signada por la ineficiencia
y el burocratismo.
Una década de experimento neoliberal es suficiente para comenzar
a verificar las afirmaciones antes señaladas. Si los derechos laborales
eran la principal traba al incremento de la productividad, hoy, cuando
éstos han sido prácticamente arrasados, deberíamos
estar viviendo el boom de una economía altamente competitiva, cuya
inserción internacional tendría como rasgo central un geométrico
crecimiento exportador. Si tales derechos eran en realidad privilegios
estamentales, hoy deberíamos tener un mundo laboral crecientemente
diferenciado a partir de la productividad y con ingresos percápita
acordes con la calificación. La calidad de nuestros servicios educativos
y de salud debería haber mejorado al ritmo del crecimiento del mercado,
en tanto y en cuanto el incremento de los ingresos de la mayoría
permitiría cubrir con fuentes propias lo que antes regalaba el Estado.
Esto, evidentemente, no es así, y no hay el menor asomo de que
tal sea el horizonte para los próximos años. Lo que se está
haciendo al liquidar derechos sociales es justamente reforzar el clientelismo.
La desprotección extrema no incentiva el riesgo y la innovación:
castra las potencialidades creativas, lleva a replegarse en lo atávico
como lo único seguro. Una vez más, la pseudo- modernización
que arcaíza la sociedad. Las ilusiones de algunos discursos recientes
no soportan el menor análisis. Menos aún, miradas más
profundas, como la que lleva a César Rodríguez Rabanal a
afirmar: «La propaganda política celebra la emergencia de
un supuesto nuevo peruano, moderno, que destaca por su versatilidad y rapidez
mientras en realidad se trata del agotamiento de sus energías físicas
y psíquicas en el desarrollo de estrategias de supervivencia.»
(La violencia de las horas. Caracas: Nueva Sociedad, 1995, p.15)
Hace ya buen tiempo Amartya Sen demostró que la principal explicación
en relación al diferente impacto, en términos de mortandad
humana, de grandes hambrunas en Asia y Africa es el nivel de capacidades
y «derechos» (entitlements) de los que disponían las
poblaciones afectadas. Lo que nosotros traducimos por «derechos»
Sen lo explica como «dominios sobre bienes y servicios». Si
el razonamiento de Sen puede extenderse a todo tipo de desastre natural
que afecte a una población, es indudable que los efectos de la Corriente
del Niño se verán incrementados por una política centralista
que veta la participación de los gobiernos locales y la población
organizada, y que pretende hacer de la desgracia ajena ocasión para
el ejercicio de la beneficencia. Frente a ello, insistir en una lógica
distinta de desarrollar la vida social, a partir de derechos que generan
responsabilidades, no sólo es importante, es también urgente.
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