| He pasado un mes en Lima, a la que volvía después de
otra breve visita hace un par de años. El vertiginoso nudo de impresiones
que conservo de este viaje está lleno de imágenes contradictorias
difíciles de resolver. Quizá en eso consista la lección
de este viaje: el Perú (o por lo menos, Lima, que sigue siendo el
indiscutible centro de un país descoyuntado) es una realidad imposible
de abarcar y comprender del todo; a la vez fascinante e intolerable en
su torbellino de cosas, ambientes, costumbres y mitos, que juntos nos confunden
aunque los reconozcamos como propios. Confieso que no sé qué
puesto ocupa actualmente el Perú en términos económicos,
pero estoy seguro de que pocos países pueden ser más ricos
en novedades que él: no pasa día que no nos depare una sorpresa,
grande o pequeña; no hay tiempo de aburrirse en esta tierra.
Soy un peruano que vive más de veinte años en el extranjero
y eso me otorga una paradójica condición de observador que
viene «de fuera» pero es «de adentro». Por un lado,
ignoro detalles, no sé a qué corresponden ciertas siglas
y pregunto por cosas que todos saben; por otro, veo lo que otros no perciben,
precisamente porque están inmersos en esa realidad y la han convertido
en una vivencia cotidiana. Ese juego de distancia física e identificación
con algo que siento inevitablemente mío, ¿me da alguna autoridad
para hablar de un país en el que no vivo? Es peligroso sacar conclusiones
a partir de impresiones que son pasajeras, pero tal vez algunas tengan
la virtud de confirmar, iluminar o de contradecir las de otros. En el fondo,
quizá no sean más provisionales o recusables que las de los
observadores expertos en cifras y proyecciones; he llegado a pensar que
es la sensibilidad de los hombres la que, en última instancia, condiciona
las leyes históricas o económicas y las hace funcionar, no
al revés. Consciente de las limitaciones de una visión de
paso, presento aquí 10 reflexiones o cuestiones sobre este país
inexplicable para el que existen mil explicaciones.
1. Una mejora palpable
Comparada con la ciudad que visité dos años atrás,
la mejora de la situación general es notoria e innegable: estamos
un poco mejor que antes. La construcción de nuevos edificios, hoteles,
centros comerciales, vías urbanas es bastante impresionante, y lo
mejor es lo que eso revela en cuanto a confianza de los inversionistas
nacionales y extranjeros. Esa confianza genera más confianza en
el poblador promedio, cuyo ánimo ha variado radicalmente si se mide
con el de diez años atrás. Recuerdo otra visita que hice
en esas fechas y la sensación de apocalipsis que me produjo: una
sociedad aplastada por el terror y la miseria sin atenuantes ni esperanzas,
las miradas vacías de la gente y el deseo urgente de irse y buscar
otros horizontes. Lima es, sobre todo en invierno, sombría y en
esa época todo me parecía ceniciento, casi angustioso: un
país arrojado al fondo de un oscuro pozo de demencia, crueldad e
inapelable derrota.
Hoy se respira otro clima y hay una sensación de alivio, de que
ya pasó lo peor. Pero las mejoras materiales pueden ser un espejismo,
sobre todo si llevan a esas explosiones «triunfalistas» de
ciertos lemas publicitarios que tratan de seducirnos en 30 segundos. En
algunos casos, ese progreso físico parece ser un poco artificial,
como de algo que puede derrumbarse mientras trata de irse hacia arriba.
Por aquí y por allá se escucha el persistente rumor de que
este frenesí infraestructural es un modo de «sanear»
dinero mal habido y que estos palacios de acero y cristal serán,
otra vez, la tumba del verdadero desarrollo peruano. Por otro lado, estas
obras benefician principalmente a cierto estrato social y crea una riqueza
que apenas se filtra a estamentos más bajos: crecimiento sin justa
distribución es un viejo mal de las sociedades hispanoamericanas,
en las que la clase media aspira a ser clase alta y la baja se hunde inexorablemente
en una mayor pobreza. ¿Será esta vez distinto? Pienso en
la última línea de una novela famosa «las estirpes
condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad
sobre la tierra».
2. Un país sin instituciones
Si bien este gobierno ha producido esta aparente bonanza, ha acabado
con el paralizante estatismo de hace 20 años y ha tenido la suerte
de cortar varias cabezas de hidra terrorista (un caso también bastante
singular entre los países donde esa amenaza ha aparecido), ha incurrido
en el tremendo pecado de no crear nada sólido alrededor de esas
conquistas: ha producido un híbrido político a medias entre
la democracia intermitente y la dictadura militar subrepticia, para el
que no hay nombre preciso: ¿Fujimorada? Para ser justos hay que
reconocer que la verdadera democracia ha sido entre nosotros casi siempre
una fugaz ilusión, una excepción más que un hábito.
Pero este gobierno, con todo el poder a su alcance tras la derrota terrorista,
ha revertido a una especie de arbitrariedad tenuamente legalizada, que
resulta aceptable para los que piensan sobre todo en las ventajas del libre
juego económico que el sistema permite. La relación entre
el poder civil y el militar está viciada por un pacto de mutuos
intereses, duplicidades y prácticas corruptas. Gracias a la forma
habilísima como opera una camarilla de asesores, clientes, aliados
y cúpulas castrenses, se ha perdido casi por completo la necesidad
de adoptar formas algo decorosas para maniobrar: los procedimientos son
fríamente cínicos y los resultados seguros; nadie oculta
que está usando su poder al máximo posible precisamente para
que los demás tomen nota.
Un humorista dijo alguna vez que «en el Perú no se respeta
ni la ley de la gravedad». Antes los gobiernos pretendían
que ellos sí creían en la existencia de una norma y la imponían;
este gobierno no tiene norma alguna y medra en ese vacío de manera
amenazadora. Las consecuencias de eso son gravísimas, el escepticismo
peruano que cree en el principio de «hecha la ley, hecha la trampa»,
tiene ahora una justificación plena para no creer que haya ningún
concepto o estructura dignos de respetar. Desde el punto de vista de instituciones
políticas, este régimen ha creado una tierra baldía,
que heredarán generaciones futuras. El ejemplo más notorio
es el del Poder Judicial y su cruda manipulación desde Palacio de
Gobierno, mediante sanciones abiertamente anunciadas para intimidar a otros
que se atreven a disgustar al Ejecutivo. Este se defiende arguyendo que
los periódicos publican lo que quieren, lo que es básicamente
cierto, pero lo hace porque sabe que ninguno de ellos puede poner en peligro
su estabilidad: ese vocerío opositor le da un argumento más
en su certidumbre de que el Presidente y su camarilla son el país
y de que nuestro papel es aplaudir en público o rabiar en privado.
Dentro de ese marco, el debate democrático no pasa de tener una
función decorativa.
3. La barbarie urbana
Que las leyes no son indispensables y que podemos vivir mejor en la
anarquía, es una atroz experiencia diaria que ahora sólo
nota -para irritación de los demás- el que viene de fuera.
Nada lo muestra de modo más patente que el tránsito vehicular
en cualquier zona de Lima, a cualquier hora del día o la noche.
Otra vez, no estoy hablando de un fenómeno nuevo, sino de su explosión
a niveles de absoluta barbarie: la peor escuela para forjar espíritus
amantes de la ley. El que maneja en Lima sólo puede tener un código:
el de la supremacía absoluta. La meta es llegar lo más rápido
posible a su destino, lo que supone impedir que el otro lo consiga antes
que uno. Luces, zonas prohibidas, señales de velocidad o dirección
son siempre discrecionales y el arte está en violarlas sin perder
la vida. La vida ajena, en el Perú, es muy barata y en las pistas
nadie le presta atención: el pobre peatón es por esencia
un ser inferior y los que manejan aumentan la velocidad cuando los ven,
tratando no de evitarlos sino de embestirlos como feroces toros de lidia.
Para los taxistas o autobuseros parar es una humillación que
prefieren evitar a toda costa. Un amigo ha formulado los tres únicos
principios que rigen nuestro tránsito: «¿Luz amarilla?
Proceda con cuidado. ¿Luz verde? Proceda con cuidado. ¿Luz
roja? Proceda con cuidado». Hay esquinas que tienen algo de acto
surrealista: en ellas cada vehículo tiene la preferencia y no es
posible atravesarlas sin desconocer cada una de las leyes de tránsito.
Uno se pregunta por qué entonces alguien va a respetar la Constitución.
Aparte del inminente peligro que todos corren, están la contaminación,
la fealdad tristona de esos buses artríticos y humeantes que parecen
formar parte de una feria ambulante, la absoluta insensatez de un sistema
que permite a quien así lo desee dedicarse al negocio del transporte
público. Nadie piensa en la seguridad de nadie y los muertos se
apilan día a día. Debe haber por lo menos unos cinco mil
vehículos innecesarios en las vías. Pero allí van
raudos, rumbo a alguna parte.
4. Un lenguaje degradado
Creo no exagerar si afirmo que hoy se habla (y con frecuencia se escribe)
peor que 20 años atrás. No estoy defendiendo un reseco purismo
académico porque bien sé que la lengua es algo vivo, que
la gente que la habla transforma cada día y que las variantes dialectales
tienen su propia riqueza y gracia. Lo que observo es otra cosa: una inseguridad
verbal, una incapacidad para comunicarse eficazmente sin violar la lógica
y el sentido común. El lenguaje peruano, el de la calle, el del
gabinete ministerial y el de los periódicos, se ha llenado de excrecencias,
de muletillas y fealdades expresivas que todos consentimos y tomamos como
lenguaje «coloquial». Las palabras parecen haber perdido su
sentido, ser ambivalentes o significar lo contrario de lo que se supone
significan; usamos el lenguaje para enmascarar, para hablar sin decir nada.
Reproduzco al pie de la letra, un breve diálogo con un taxista:
- ¿Conoce usted esta dirección?
- No, pero si usted me guía...
- ¿Entonces no la conoce bien?
- Por eso...
- ¿Por eso qué?
- Que no la conozco, pero debe estar cerca...
El hábito del «o sea» al comienzo de una frase se
ha generalizado tanto que ahora se ha consolidado en la escritura y funciona
como un adverbio fraudulento: «O sea me gusta» equivale a «De
todos modos me gusta». Y la plaga del «dequeísmo»
ha aumentado incluso entre gentes de cultura superior. En televisión
vi una sesión parlamentaria y comprobé que la barbarie retórica
que antes impedía el ingreso a la educación superior, hoy
forma parte de debates y textos legales. Estas formas no son ya accidentes
de nuestro lenguaje: son su norma y tienen su propia autoridad. El presidente
Fujimori es uno de sus grandes difusores; le he oido decir: «Debemos
reafirmar nuestra fe en el Perú en cada Fiestas Patrias».
Hablar bien puede resultar enojoso, porque exige un esfuerzo adicional.
La sencilla palabra «subsiguiente» deja ahora perplejos a algunos:
¿quiere decir antes o después? Estos problemas no son siempre
producto de la simple ignorancia, sino precisamente el resultado de una
abundancia de información mal asimilada: en nuestro mundo tecnológico
hay palabras clave («globalización«, «realidad
virtual», «postmodernidad») que no faltan en boca de
«oseístas» y «dequeístas» con resultados
grotescos: la cuestión es «estar al día» y ganar
prestigio a cualquier precio. ¿Es esta preocupación lingüística
una forma de vanidad intelectual en un país con los graves problemas
del nuestro? De ninguna manera: la lengua es de todos y si la degradamos,
nos degradamos a nosotros mismos. Nuestra realidad multicultural no debe
dar paso a una Babel en la que nos entendamos con medias palabras o retazos
de conceptos, con una jerigonza que nos aparta del resto de nuestra comunidad
lingüística.
5. El milagro de la creación
Contradictoriamente, el alto nivel de la creación artística
se mantiene en el Perú. Aunque minoritariamente, la poesía,
la narrativa, la crítica, la música y el arte siguen cultivándose
con rigor y verdadero talento. Hay que alegrarse de este milagro: es una
defensa contra la ola de barbarie que trata de sepultarnos. Sin estímulos,
sin grandes expectativas editoriales y menos centros de cultura que antes,
la creación, tercamente, continúa viva en manos de gente
mayor y de jóvenes que no temen dedicarse a tareas que otros pueden
considerar peregrinas, como la traducción de poesía oriental
(como hace Javier Sologuren) o nórdica (como hace Renato Sandoval).
Ricardo Silva-Santisteban ha realizado una nueva edición de Vallejo
y está traduciendo también la correspondencia de Mallarmé.
Con un poco de esfuerzo, uno encuentra, aquí y allá, revistas
interesantes como La casa de cartón, de intención mecanográfica;
Fin de siglo, de buena presentación gráfica; La gran ilusión,
especializada en cine; o el anuario Lienzo, de la Universidad de Lima.
Las editoriales son escasas y siguen enfrentando el problema de tener
sólo una distribución doméstica, lo que en la práctica
significa que circulan sólo en Lima. Y tal vez ninguna se haya animado
a publicar autores hispanoamericanos vivos, ni siquiera los que tendrían
un público lector asegurado. El Fondo Editorial de la Católica
cumple muy buena labor, difundiendo frutos de investigación literaria
y lingüística de gente relativamente joven, además de
haberse especializado en la antigua y moderna literatura coreana, lo que
puede resultar insólito. Aunque me pareció que el número
de galerías había disminuido (paradójicamente había
más en la época negra de la crisis), las artes plásticas
ofrecen variedad y a veces calidad. Tuve ocasión de visitar las
casas-estudios de Fernando de Szyszlo y Lika Mutal y de los fotógrafos
Ana María McCarthy y Javier Silva, donde pude observar unas notables
muestras de su producción nueva.
Es lamentable que el acceso del público a estas manifestaciones
no esté facilitado por una adecuada información cultural
en los diarios; adecuada en el sentido de ser organizada y coherente, salvo
esfuerzos aislados como el de Elida Román en la crítica de
arte. Hay diarios que anuncian la presentación de un artista y hasta
lo entrevistan, pero no nos dan el nombre de la respectiva galería
o museo.
6. Un arte que se consume y perdura
No creo que sea una frivolidad ocuparse también de una clase
peruanísima de arte: el de la comida. Como vivo en un país
cuyo puritanismo culinario (al que Octavio Paz dedicó una páginas
memorables) ha sufrido felizmente el asalto de otras costumbres de la mesa
europea, árabe y oriental (algunas desconocidas entre nosotros,
como la marroquí o la tailandesa), puedo colocar la cocina peruana
en un contexto bastante amplio y compararla con otras. No quiero presentarme
como un gourmet, ni sonar ultranacionalista, pero creo que la contribución
peruana en este campo es sustancial -o sustanciosa- y posiblemente lo más
universal que ha dado su cultura, junto con su arte precolombino o la poesía
de Vallejo (que, no olvidemos, celebraba «el facundo ofertorio de
los choclos» y «aquellos mis bizcochos pura yema infantil innumerable»).
Prudentemente y sin exagerar, sólo quiero afirmar que es la mejor
cocina del continente americano desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Inexplicable
fenómeno: una tierra de hambrientos que produce esta comida exquisita
y deliciosos productos naturales como la papa amarilla o la chirimoya.
La teoría de que eso se debe a que es un pueblo históricamente
antiguo y con muchas mezclas no me convence del todo: el área mesoamericana
es tan vieja y multicultural y su cocina, siendo de calidad, es menos variada
que la nuestra. La peruana es más que sabrosa: es refinada y sutil,
fraganciosa a tierra y a mar, tradicional e innovadora. La generosa cordialidad
de amigos y conocidos me permitió explorar lugares, platos y sabores
que no conocía o que había casi olvidado. Lo interesante
es descubrir que en restaurantes caros o en sitios más humildes,
hay una calidad básica. Una poderosa imaginación, para usar
e interpretar fórmulas que aprovechan al máximo cada sabor,
cada textura. Eso, en el caso del pescado, puede tener resultados asombrosos.
Por lo general, la culinaria no es un arte que se coloque a la altura de
los otros, tal vez porque es perecible y fugaz; no puede haber museos de
la comida. Pero, precisamente por estar hecho para ser consumido con placer
y provecho, es, como la arquitectura, un arte con el que vivimos, un arte
humanístico cuya modestia es sólo aparente. Una pregunta:
ahora que estamos tan preocupados por «mejorar la imagen del Perú
en el extranjero» (aunque no precisamente para los propios peruanos),
¿se le habrá ocurrido a alguien un lema del tipo «Perú,
capital de la buena comida» (que no sería nada mentiroso)
y estimular el turismo gastronómico?
7. La recuperación del centro
Estuve una vez en el viejo centro de Lima y casi no podía creerlo:
era algo digno de verse, y aunque siempre pobretón, tras la destrucción
de sus casas coloniales, estaba muy adecentado, sin ambulantes, pintado
en agradables tonos pastel, más seguro que antes. No sé mucho
más de la labor del alcalde Andrade, pero esto hay que agradecérselo:
nos ha devuelto una parte de la ciudad que se había convertido en
un baratillo mugriento e impresentable. No sólo es bueno que la
autoridad haya tomado esta iniciativa y la haya llevado a cabo, según
lo anunció; es bueno que esa acción haya mostrado que el
abandono urbano genera escepticismo y decrece la calidad de la vida; que
la típica actitud peruana de «Así son las cosas aquí»
puede vencerse y que se obtienen resultados concretos si hay voluntad para
que «las cosas no sean así». En un país donde
falta el sentido comunitario, ésta es una lección trascendente.
8. La gran apuesta
El Perú ha sobrevivido la peor de sus crisis del siglo y todavía
anda maltrecho. ¿Podremos recuperar el tiempo perdido? ¿Cuál
es nuestro papel en el contexto latinoamericano? Gran dilema: desarrollarnos
como nación sin perder de vista nuestro compromiso continental y
nuestra sujeción a las normas de una economía mundial. ¿Qué
significa nuestro país en ese contexto? Ni se me ocurre intervenir
en el debate sobre modelos económicos y sistemas políticos:
no soy experto en nada que me permita tomar una opción de modo racional
y no tengo más que seguir mis propias intuiciones, valgan ellas
lo que valgan. Los recelos internacionales con nuestros vecinos no son
un buen criterio para orientar nuestra política de defensa nacional
y sólo sirven para estimular la compra de chatarra tecnológica,
sacrificar otras áreas que requieren atención inmediata (salud,
educación, etc.) y enriquecer a los altos mandos con jugosas comisiones,
como el reciente caso de los aviones rusos ha demostrado. Hay que romper
ese círculo vicioso por el cual nos armamos porque los otros se
arman; hay que hacer un esfuerzo supremo por reducir las tensiones con
el Ecuador. (Tratar de resolverlas quizá sea mucho pedir, porque
una concesión ecuatoriana en la disputa fronteriza traería
abajo su gobierno; pero al menos hay que mantener abierto el diálogo
e ir estrechando el número de cuestiones en litigio). La libertad
del mercado es indispensable, pero también lo es moralizar y humanizar
su dinámica. No creo en el absolutismo de las reglas del mercado:
libradas a sí mismas, suelen caer en la cruda puja de intereses
de los que pueden más porque tienen más y quieren tener más.
La riqueza en el sector que ahora prospera en el Perú hace más
odioso el abismo que lo separa del resto, que poco a poco nada tiene salvo
la esperanza de algún día mejorar. La justicia del mercado
libre es social, no mercantil; el lucro no debe estar reñido con
el principio de la equidad. Me doy cuenta de que es difícil conciliarlos,
pero en nuestro país es una tarea impostergable: fue la terrible
desigualdad la que estimuló la violencia terrorista y no debemos
crear una sociedad tan dispar que cree más exasperados y les dé
nuevos argumentos. Al mismo tiempo, tenemos que comerciar más con
los otros países del continente y crear los acuerdos y mecanismos
que nos defiendan de una competencia desproporcionada, sin irritar sus
legítimas expectativas. Nuestra exportación de minerales
sigue siendo fuerte, pero eso fomenta el error de que la agricultura es
menos importante o merecedora de apoyo. No he estado esta vez en el interior,
pero he escuchado una queja constante sobre el abandono del campo tras
la desastrosa reforma agraria de Velasco Alvarado. Si hay una política
agraria, es ineficaz y hay que cambiarla. En el Perú todo es urgente,
pero esto es urgentísimo.
9. La cuestión del poder
Una gran pregunta inquieta a los peruanos: ¿habrá efectiva
sucesión presidencial o reelección? Desde donde se la mire,
la última opción es indeseable y, sobre todo, anticonstitucional.
No es cuestión de que nos guste o no su gobierno: es que no tiene
títulos legales para seguir gobernando pasado el año 2000.
Como en todo régimen autoritario, hay una intensa actividad entre
bambalinas y silencio fuera de ellas. Pese a tensiones ocasionales, el
triunvirato Fujimori-Montesinos- Hermoza ha funcionado tan bien y lavado
tanta ropa sucia, que la tentación de permanecer parece irresistible:
es un reflejo en defensa propia, que trata de evitar el escrutinio de un
nuevo régimen o el exilio forzoso. Además está la
sombra de la duda sobre el lugar de nacimiento de Fujimori, que pondría
en cuestión el presente período. Debo confesar que los argumentos
que he escuchado y leído sobre el caso sólo tienden a parecerme
razonables, pero el silencio del mandatario (que sólo habla a través
de abogados) me resulta sospechoso: quien no la debe no la teme. Esa incertidumbre
mina el principio de autoridad, que no consiste meramente en mandar, sino
en producir convicción y legitimidad. Eso falta clamorosamente ahora.
Como el régimen ejerce un control estricto y clandestino sobre la
oposición, no es fácil imaginar cómo un líder
salido de sus filas puede crecer hasta convertirse en verdadero rival del
presunto candidato Fujimori. ¿Andrade? ¿Pérez de Cuellar?
¿Alguien ahora desconocido? Si la presente estructura del poder
no cambia, me temo que las elecciones no serán ni limpias ni renovadoras.
10. El tercer milenio
Estamos no sólo al borde del fin de nuestro siglo de extraordinarios
acontecimientos, descubrimientos y tragedias, sino del milenio. Embargan
nuestro espíritu sentimientos de desasosiego, inquietud apocalíptica
y grandiosas esperanzas: un tiempo termina y otro comienza, envejecemos
y somos jóvenes otra vez. Razón de más para sacar
cuentas y hacer planes. La historia se mueve por ciclos y avanzamos yendo
para atrás. Esto, en una cultura tan antigua y compleja como la
peruana, es todavía más vigente y nos plantea la gran cuestión
de ser fieles a lo mejor de nuestra tradición mientras nos modernizamos.
¿Cómo encontrar el justo equilibrio? ¿Cómo
evitar caer ante la ilusión de que todo lo nuevo es nuevo?
No pocos suelen tener un concepto simplista y mimético de lo
moderno: algunos jóvenes creen que ser «modernos» consiste
en comer hamburguesas en McDonald's y frecuentar casinos. No: ser modernos
consiste en ser críticos de nosotros mismos, para saber qué
debo conservar y qué debo innovar. De otro modo, seremos parecidos
a cualquiera; es decir, seremos nadie: una pieza en el rompecabezas tecnológico,
una figura en el gran tablero en el que juegan los grandes poderes de la
tierra. Detesto el nacionalismo del tipo «Tengo orgullo de ser peruano
y soy feliz»; pero creo que sociedades como la nuestra, que suelen
mirar embobadas hacia las rutilantes fachadas del cambio irracional, desdeñan
tesoros cuya carencia empobrece a sociedades avanzadas. Yo vivo en una
de ellas y sé de qué carencias hablo: cohesión familiar,
sentido de pertenencia a una experiencia histórica, cierta forma
de discrepar entre amigos, etc. Un encuentro casual con Beatriz Boza, directora
del organismo PromPerú, me hizo saber de un ambicioso proyecto:
la organización para abril de 1998 de un gran encuentro internacional
o multidisciplinario titulado «En el umbral del milenio». Quizá
sea una ironía que la figura central del cartel de anuncio sea un
mono, pero en todo caso me parece interesante que seamos la sede de una
reunión de ese tipo: nuestro futuro no está del todo asegurado
en el mundo si seguimos desperdiciando nuestras genuinas facultades para
adoptar ciegamente otras ajenas. La tecnología es una forma de liberación
de ciertas ataduras del espacio y el tiempo, pero puede ser una esclavitud
si la trivializamos y la convertimos en un fin en sí misma. Lo que
necesitamos es un mundo cada vez más humano, racional y capaz de
absorber sus propias diferencias. Perdimos la oportunidad en el siglo XX,
con los males del estalinismo, el totalitarismo, los campos de exterminio
y la proliferación nuclear. ¿La alcanzaremos al fin en el
tercer milenio?
| * José Miguel Oviedo se alejó
del Perú hace muchísimos años para enrolarse en la
vida universitaria estadounidense. En 1998 fue designado Trustee Professor
en la Universidad de Pennsylvania, cargo que desempeña actualmente.
Su actividad intelectual tiene varias vetas y expresiones. Durante años
fue el famoso, implacable y reconocido crítico literario del suplemento
dominical del diario El Comercio. Actualmente Oviedo es colaborador
de los diarios El Comercio de Lima, El País y ABC
de Madrid y la Jornada Semanal de México. Ha sido director
del Instituto Nacional de Cultura (1970-1972). Es autor del reconocido
estudio Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad,
así como de otros, entre los que podemos mencionar La niña
de Nueva York: una revisión de la vida erótica de José
Martí (México, 1989) y Breve historia del ensayo latinoamericano(Madrid,
1990). José Miguel Oviedo también ha publicado libros de
ficción: Soledad y Compañía (New Hampshire,
1987), La vida maravillosa (Barcelona, 1988) y Cuaderno imaginario
(México, 1996, Lima, 1997). Y, por supuesto, este artículo
sobre su reciente visita al Perú, en exclusiva para Quehacer,
gesto que agradecemos. |
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