Diez reflexiones sobre un extraño país propio

José Miguel Oviedo*


He pasado un mes en Lima, a la que volvía después de otra breve visita hace un par de años. El vertiginoso nudo de impresiones que conservo de este viaje está lleno de imágenes contradictorias difíciles de resolver. Quizá en eso consista la lección de este viaje: el Perú (o por lo menos, Lima, que sigue siendo el indiscutible centro de un país descoyuntado) es una realidad imposible de abarcar y comprender del todo; a la vez fascinante e intolerable en su torbellino de cosas, ambientes, costumbres y mitos, que juntos nos confunden aunque los reconozcamos como propios. Confieso que no sé qué puesto ocupa actualmente el Perú en términos económicos, pero estoy seguro de que pocos países pueden ser más ricos en novedades que él: no pasa día que no nos depare una sorpresa, grande o pequeña; no hay tiempo de aburrirse en esta tierra.

Soy un peruano que vive más de veinte años en el extranjero y eso me otorga una paradójica condición de observador que viene «de fuera» pero es «de adentro». Por un lado, ignoro detalles, no sé a qué corresponden ciertas siglas y pregunto por cosas que todos saben; por otro, veo lo que otros no perciben, precisamente porque están inmersos en esa realidad y la han convertido en una vivencia cotidiana. Ese juego de distancia física e identificación con algo que siento inevitablemente mío, ¿me da alguna autoridad para hablar de un país en el que no vivo? Es peligroso sacar conclusiones a partir de impresiones que son pasajeras, pero tal vez algunas tengan la virtud de confirmar, iluminar o de contradecir las de otros. En el fondo, quizá no sean más provisionales o recusables que las de los observadores expertos en cifras y proyecciones; he llegado a pensar que es la sensibilidad de los hombres la que, en última instancia, condiciona las leyes históricas o económicas y las hace funcionar, no al revés. Consciente de las limitaciones de una visión de paso, presento aquí 10 reflexiones o cuestiones sobre este país inexplicable para el que existen mil explicaciones.

1. Una mejora palpable

Comparada con la ciudad que visité dos años atrás, la mejora de la situación general es notoria e innegable: estamos un poco mejor que antes. La construcción de nuevos edificios, hoteles, centros comerciales, vías urbanas es bastante impresionante, y lo mejor es lo que eso revela en cuanto a confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros. Esa confianza genera más confianza en el poblador promedio, cuyo ánimo ha variado radicalmente si se mide con el de diez años atrás. Recuerdo otra visita que hice en esas fechas y la sensación de apocalipsis que me produjo: una sociedad aplastada por el terror y la miseria sin atenuantes ni esperanzas, las miradas vacías de la gente y el deseo urgente de irse y buscar otros horizontes. Lima es, sobre todo en invierno, sombría y en esa época todo me parecía ceniciento, casi angustioso: un país arrojado al fondo de un oscuro pozo de demencia, crueldad e inapelable derrota.

Hoy se respira otro clima y hay una sensación de alivio, de que ya pasó lo peor. Pero las mejoras materiales pueden ser un espejismo, sobre todo si llevan a esas explosiones «triunfalistas» de ciertos lemas publicitarios que tratan de seducirnos en 30 segundos. En algunos casos, ese progreso físico parece ser un poco artificial, como de algo que puede derrumbarse mientras trata de irse hacia arriba. Por aquí y por allá se escucha el persistente rumor de que este frenesí infraestructural es un modo de «sanear» dinero mal habido y que estos palacios de acero y cristal serán, otra vez, la tumba del verdadero desarrollo peruano. Por otro lado, estas obras benefician principalmente a cierto estrato social y crea una riqueza que apenas se filtra a estamentos más bajos: crecimiento sin justa distribución es un viejo mal de las sociedades hispanoamericanas, en las que la clase media aspira a ser clase alta y la baja se hunde inexorablemente en una mayor pobreza. ¿Será esta vez distinto? Pienso en la última línea de una novela famosa «las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra».

2. Un país sin instituciones

Si bien este gobierno ha producido esta aparente bonanza, ha acabado con el paralizante estatismo de hace 20 años y ha tenido la suerte de cortar varias cabezas de hidra terrorista (un caso también bastante singular entre los países donde esa amenaza ha aparecido), ha incurrido en el tremendo pecado de no crear nada sólido alrededor de esas conquistas: ha producido un híbrido político a medias entre la democracia intermitente y la dictadura militar subrepticia, para el que no hay nombre preciso: ¿Fujimorada? Para ser justos hay que reconocer que la verdadera democracia ha sido entre nosotros casi siempre una fugaz ilusión, una excepción más que un hábito. Pero este gobierno, con todo el poder a su alcance tras la derrota terrorista, ha revertido a una especie de arbitrariedad tenuamente legalizada, que resulta aceptable para los que piensan sobre todo en las ventajas del libre juego económico que el sistema permite. La relación entre el poder civil y el militar está viciada por un pacto de mutuos intereses, duplicidades y prácticas corruptas. Gracias a la forma habilísima como opera una camarilla de asesores, clientes, aliados y cúpulas castrenses, se ha perdido casi por completo la necesidad de adoptar formas algo decorosas para maniobrar: los procedimientos son fríamente cínicos y los resultados seguros; nadie oculta que está usando su poder al máximo posible precisamente para que los demás tomen nota.

Un humorista dijo alguna vez que «en el Perú no se respeta ni la ley de la gravedad». Antes los gobiernos pretendían que ellos sí creían en la existencia de una norma y la imponían; este gobierno no tiene norma alguna y medra en ese vacío de manera amenazadora. Las consecuencias de eso son gravísimas, el escepticismo peruano que cree en el principio de «hecha la ley, hecha la trampa», tiene ahora una justificación plena para no creer que haya ningún concepto o estructura dignos de respetar. Desde el punto de vista de instituciones políticas, este régimen ha creado una tierra baldía, que heredarán generaciones futuras. El ejemplo más notorio es el del Poder Judicial y su cruda manipulación desde Palacio de Gobierno, mediante sanciones abiertamente anunciadas para intimidar a otros que se atreven a disgustar al Ejecutivo. Este se defiende arguyendo que los periódicos publican lo que quieren, lo que es básicamente cierto, pero lo hace porque sabe que ninguno de ellos puede poner en peligro su estabilidad: ese vocerío opositor le da un argumento más en su certidumbre de que el Presidente y su camarilla son el país y de que nuestro papel es aplaudir en público o rabiar en privado. Dentro de ese marco, el debate democrático no pasa de tener una función decorativa.

3. La barbarie urbana

Que las leyes no son indispensables y que podemos vivir mejor en la anarquía, es una atroz experiencia diaria que ahora sólo nota -para irritación de los demás- el que viene de fuera. Nada lo muestra de modo más patente que el tránsito vehicular en cualquier zona de Lima, a cualquier hora del día o la noche. Otra vez, no estoy hablando de un fenómeno nuevo, sino de su explosión a niveles de absoluta barbarie: la peor escuela para forjar espíritus amantes de la ley. El que maneja en Lima sólo puede tener un código: el de la supremacía absoluta. La meta es llegar lo más rápido posible a su destino, lo que supone impedir que el otro lo consiga antes que uno. Luces, zonas prohibidas, señales de velocidad o dirección son siempre discrecionales y el arte está en violarlas sin perder la vida. La vida ajena, en el Perú, es muy barata y en las pistas nadie le presta atención: el pobre peatón es por esencia un ser inferior y los que manejan aumentan la velocidad cuando los ven, tratando no de evitarlos sino de embestirlos como feroces toros de lidia.

Para los taxistas o autobuseros parar es una humillación que prefieren evitar a toda costa. Un amigo ha formulado los tres únicos principios que rigen nuestro tránsito: «¿Luz amarilla? Proceda con cuidado. ¿Luz verde? Proceda con cuidado. ¿Luz roja? Proceda con cuidado». Hay esquinas que tienen algo de acto surrealista: en ellas cada vehículo tiene la preferencia y no es posible atravesarlas sin desconocer cada una de las leyes de tránsito. Uno se pregunta por qué entonces alguien va a respetar la Constitución. Aparte del inminente peligro que todos corren, están la contaminación, la fealdad tristona de esos buses artríticos y humeantes que parecen formar parte de una feria ambulante, la absoluta insensatez de un sistema que permite a quien así lo desee dedicarse al negocio del transporte público. Nadie piensa en la seguridad de nadie y los muertos se apilan día a día. Debe haber por lo menos unos cinco mil vehículos innecesarios en las vías. Pero allí van raudos, rumbo a alguna parte.

4. Un lenguaje degradado

Creo no exagerar si afirmo que hoy se habla (y con frecuencia se escribe) peor que 20 años atrás. No estoy defendiendo un reseco purismo académico porque bien sé que la lengua es algo vivo, que la gente que la habla transforma cada día y que las variantes dialectales tienen su propia riqueza y gracia. Lo que observo es otra cosa: una inseguridad verbal, una incapacidad para comunicarse eficazmente sin violar la lógica y el sentido común. El lenguaje peruano, el de la calle, el del gabinete ministerial y el de los periódicos, se ha llenado de excrecencias, de muletillas y fealdades expresivas que todos consentimos y tomamos como lenguaje «coloquial». Las palabras parecen haber perdido su sentido, ser ambivalentes o significar lo contrario de lo que se supone significan; usamos el lenguaje para enmascarar, para hablar sin decir nada. Reproduzco al pie de la letra, un breve diálogo con un taxista:

- ¿Conoce usted esta dirección?

- No, pero si usted me guía...

- ¿Entonces no la conoce bien?

- Por eso...

- ¿Por eso qué?

- Que no la conozco, pero debe estar cerca...

El hábito del «o sea» al comienzo de una frase se ha generalizado tanto que ahora se ha consolidado en la escritura y funciona como un adverbio fraudulento: «O sea me gusta» equivale a «De todos modos me gusta». Y la plaga del «dequeísmo» ha aumentado incluso entre gentes de cultura superior. En televisión vi una sesión parlamentaria y comprobé que la barbarie retórica que antes impedía el ingreso a la educación superior, hoy forma parte de debates y textos legales. Estas formas no son ya accidentes de nuestro lenguaje: son su norma y tienen su propia autoridad. El presidente Fujimori es uno de sus grandes difusores; le he oido decir: «Debemos reafirmar nuestra fe en el Perú en cada Fiestas Patrias». Hablar bien puede resultar enojoso, porque exige un esfuerzo adicional. La sencilla palabra «subsiguiente» deja ahora perplejos a algunos: ¿quiere decir antes o después? Estos problemas no son siempre producto de la simple ignorancia, sino precisamente el resultado de una abundancia de información mal asimilada: en nuestro mundo tecnológico hay palabras clave («globalización«, «realidad virtual», «postmodernidad») que no faltan en boca de «oseístas» y «dequeístas» con resultados grotescos: la cuestión es «estar al día» y ganar prestigio a cualquier precio. ¿Es esta preocupación lingüística una forma de vanidad intelectual en un país con los graves problemas del nuestro? De ninguna manera: la lengua es de todos y si la degradamos, nos degradamos a nosotros mismos. Nuestra realidad multicultural no debe dar paso a una Babel en la que nos entendamos con medias palabras o retazos de conceptos, con una jerigonza que nos aparta del resto de nuestra comunidad lingüística.

5. El milagro de la creación

Contradictoriamente, el alto nivel de la creación artística se mantiene en el Perú. Aunque minoritariamente, la poesía, la narrativa, la crítica, la música y el arte siguen cultivándose con rigor y verdadero talento. Hay que alegrarse de este milagro: es una defensa contra la ola de barbarie que trata de sepultarnos. Sin estímulos, sin grandes expectativas editoriales y menos centros de cultura que antes, la creación, tercamente, continúa viva en manos de gente mayor y de jóvenes que no temen dedicarse a tareas que otros pueden considerar peregrinas, como la traducción de poesía oriental (como hace Javier Sologuren) o nórdica (como hace Renato Sandoval). Ricardo Silva-Santisteban ha realizado una nueva edición de Vallejo y está traduciendo también la correspondencia de Mallarmé. Con un poco de esfuerzo, uno encuentra, aquí y allá, revistas interesantes como La casa de cartón, de intención mecanográfica; Fin de siglo, de buena presentación gráfica; La gran ilusión, especializada en cine; o el anuario Lienzo, de la Universidad de Lima.

Las editoriales son escasas y siguen enfrentando el problema de tener sólo una distribución doméstica, lo que en la práctica significa que circulan sólo en Lima. Y tal vez ninguna se haya animado a publicar autores hispanoamericanos vivos, ni siquiera los que tendrían un público lector asegurado. El Fondo Editorial de la Católica cumple muy buena labor, difundiendo frutos de investigación literaria y lingüística de gente relativamente joven, además de haberse especializado en la antigua y moderna literatura coreana, lo que puede resultar insólito. Aunque me pareció que el número de galerías había disminuido (paradójicamente había más en la época negra de la crisis), las artes plásticas ofrecen variedad y a veces calidad. Tuve ocasión de visitar las casas-estudios de Fernando de Szyszlo y Lika Mutal y de los fotógrafos Ana María McCarthy y Javier Silva, donde pude observar unas notables muestras de su producción nueva.

Es lamentable que el acceso del público a estas manifestaciones no esté facilitado por una adecuada información cultural en los diarios; adecuada en el sentido de ser organizada y coherente, salvo esfuerzos aislados como el de Elida Román en la crítica de arte. Hay diarios que anuncian la presentación de un artista y hasta lo entrevistan, pero no nos dan el nombre de la respectiva galería o museo.

6. Un arte que se consume y perdura

No creo que sea una frivolidad ocuparse también de una clase peruanísima de arte: el de la comida. Como vivo en un país cuyo puritanismo culinario (al que Octavio Paz dedicó una páginas memorables) ha sufrido felizmente el asalto de otras costumbres de la mesa europea, árabe y oriental (algunas desconocidas entre nosotros, como la marroquí o la tailandesa), puedo colocar la cocina peruana en un contexto bastante amplio y compararla con otras. No quiero presentarme como un gourmet, ni sonar ultranacionalista, pero creo que la contribución peruana en este campo es sustancial -o sustanciosa- y posiblemente lo más universal que ha dado su cultura, junto con su arte precolombino o la poesía de Vallejo (que, no olvidemos, celebraba «el facundo ofertorio de los choclos» y «aquellos mis bizcochos pura yema infantil innumerable»). Prudentemente y sin exagerar, sólo quiero afirmar que es la mejor cocina del continente americano desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Inexplicable fenómeno: una tierra de hambrientos que produce esta comida exquisita y deliciosos productos naturales como la papa amarilla o la chirimoya.

La teoría de que eso se debe a que es un pueblo históricamente antiguo y con muchas mezclas no me convence del todo: el área mesoamericana es tan vieja y multicultural y su cocina, siendo de calidad, es menos variada que la nuestra. La peruana es más que sabrosa: es refinada y sutil, fraganciosa a tierra y a mar, tradicional e innovadora. La generosa cordialidad de amigos y conocidos me permitió explorar lugares, platos y sabores que no conocía o que había casi olvidado. Lo interesante es descubrir que en restaurantes caros o en sitios más humildes, hay una calidad básica. Una poderosa imaginación, para usar e interpretar fórmulas que aprovechan al máximo cada sabor, cada textura. Eso, en el caso del pescado, puede tener resultados asombrosos. Por lo general, la culinaria no es un arte que se coloque a la altura de los otros, tal vez porque es perecible y fugaz; no puede haber museos de la comida. Pero, precisamente por estar hecho para ser consumido con placer y provecho, es, como la arquitectura, un arte con el que vivimos, un arte humanístico cuya modestia es sólo aparente. Una pregunta: ahora que estamos tan preocupados por «mejorar la imagen del Perú en el extranjero» (aunque no precisamente para los propios peruanos), ¿se le habrá ocurrido a alguien un lema del tipo «Perú, capital de la buena comida» (que no sería nada mentiroso) y estimular el turismo gastronómico?

7. La recuperación del centro

Estuve una vez en el viejo centro de Lima y casi no podía creerlo: era algo digno de verse, y aunque siempre pobretón, tras la destrucción de sus casas coloniales, estaba muy adecentado, sin ambulantes, pintado en agradables tonos pastel, más seguro que antes. No sé mucho más de la labor del alcalde Andrade, pero esto hay que agradecérselo: nos ha devuelto una parte de la ciudad que se había convertido en un baratillo mugriento e impresentable. No sólo es bueno que la autoridad haya tomado esta iniciativa y la haya llevado a cabo, según lo anunció; es bueno que esa acción haya mostrado que el abandono urbano genera escepticismo y decrece la calidad de la vida; que la típica actitud peruana de «Así son las cosas aquí» puede vencerse y que se obtienen resultados concretos si hay voluntad para que «las cosas no sean así». En un país donde falta el sentido comunitario, ésta es una lección trascendente.

8. La gran apuesta

El Perú ha sobrevivido la peor de sus crisis del siglo y todavía anda maltrecho. ¿Podremos recuperar el tiempo perdido? ¿Cuál es nuestro papel en el contexto latinoamericano? Gran dilema: desarrollarnos como nación sin perder de vista nuestro compromiso continental y nuestra sujeción a las normas de una economía mundial. ¿Qué significa nuestro país en ese contexto? Ni se me ocurre intervenir en el debate sobre modelos económicos y sistemas políticos: no soy experto en nada que me permita tomar una opción de modo racional y no tengo más que seguir mis propias intuiciones, valgan ellas lo que valgan. Los recelos internacionales con nuestros vecinos no son un buen criterio para orientar nuestra política de defensa nacional y sólo sirven para estimular la compra de chatarra tecnológica, sacrificar otras áreas que requieren atención inmediata (salud, educación, etc.) y enriquecer a los altos mandos con jugosas comisiones, como el reciente caso de los aviones rusos ha demostrado. Hay que romper ese círculo vicioso por el cual nos armamos porque los otros se arman; hay que hacer un esfuerzo supremo por reducir las tensiones con el Ecuador. (Tratar de resolverlas quizá sea mucho pedir, porque una concesión ecuatoriana en la disputa fronteriza traería abajo su gobierno; pero al menos hay que mantener abierto el diálogo e ir estrechando el número de cuestiones en litigio). La libertad del mercado es indispensable, pero también lo es moralizar y humanizar su dinámica. No creo en el absolutismo de las reglas del mercado: libradas a sí mismas, suelen caer en la cruda puja de intereses de los que pueden más porque tienen más y quieren tener más. La riqueza en el sector que ahora prospera en el Perú hace más odioso el abismo que lo separa del resto, que poco a poco nada tiene salvo la esperanza de algún día mejorar. La justicia del mercado libre es social, no mercantil; el lucro no debe estar reñido con el principio de la equidad. Me doy cuenta de que es difícil conciliarlos, pero en nuestro país es una tarea impostergable: fue la terrible desigualdad la que estimuló la violencia terrorista y no debemos crear una sociedad tan dispar que cree más exasperados y les dé nuevos argumentos. Al mismo tiempo, tenemos que comerciar más con los otros países del continente y crear los acuerdos y mecanismos que nos defiendan de una competencia desproporcionada, sin irritar sus legítimas expectativas. Nuestra exportación de minerales sigue siendo fuerte, pero eso fomenta el error de que la agricultura es menos importante o merecedora de apoyo. No he estado esta vez en el interior, pero he escuchado una queja constante sobre el abandono del campo tras la desastrosa reforma agraria de Velasco Alvarado. Si hay una política agraria, es ineficaz y hay que cambiarla. En el Perú todo es urgente, pero esto es urgentísimo.

9. La cuestión del poder

Una gran pregunta inquieta a los peruanos: ¿habrá efectiva sucesión presidencial o reelección? Desde donde se la mire, la última opción es indeseable y, sobre todo, anticonstitucional. No es cuestión de que nos guste o no su gobierno: es que no tiene títulos legales para seguir gobernando pasado el año 2000.

Como en todo régimen autoritario, hay una intensa actividad entre bambalinas y silencio fuera de ellas. Pese a tensiones ocasionales, el triunvirato Fujimori-Montesinos- Hermoza ha funcionado tan bien y lavado tanta ropa sucia, que la tentación de permanecer parece irresistible: es un reflejo en defensa propia, que trata de evitar el escrutinio de un nuevo régimen o el exilio forzoso. Además está la sombra de la duda sobre el lugar de nacimiento de Fujimori, que pondría en cuestión el presente período. Debo confesar que los argumentos que he escuchado y leído sobre el caso sólo tienden a parecerme razonables, pero el silencio del mandatario (que sólo habla a través de abogados) me resulta sospechoso: quien no la debe no la teme. Esa incertidumbre mina el principio de autoridad, que no consiste meramente en mandar, sino en producir convicción y legitimidad. Eso falta clamorosamente ahora. Como el régimen ejerce un control estricto y clandestino sobre la oposición, no es fácil imaginar cómo un líder salido de sus filas puede crecer hasta convertirse en verdadero rival del presunto candidato Fujimori. ¿Andrade? ¿Pérez de Cuellar? ¿Alguien ahora desconocido? Si la presente estructura del poder no cambia, me temo que las elecciones no serán ni limpias ni renovadoras.

10. El tercer milenio

Estamos no sólo al borde del fin de nuestro siglo de extraordinarios acontecimientos, descubrimientos y tragedias, sino del milenio. Embargan nuestro espíritu sentimientos de desasosiego, inquietud apocalíptica y grandiosas esperanzas: un tiempo termina y otro comienza, envejecemos y somos jóvenes otra vez. Razón de más para sacar cuentas y hacer planes. La historia se mueve por ciclos y avanzamos yendo para atrás. Esto, en una cultura tan antigua y compleja como la peruana, es todavía más vigente y nos plantea la gran cuestión de ser fieles a lo mejor de nuestra tradición mientras nos modernizamos. ¿Cómo encontrar el justo equilibrio? ¿Cómo evitar caer ante la ilusión de que todo lo nuevo es nuevo?

No pocos suelen tener un concepto simplista y mimético de lo moderno: algunos jóvenes creen que ser «modernos» consiste en comer hamburguesas en McDonald's y frecuentar casinos. No: ser modernos consiste en ser críticos de nosotros mismos, para saber qué debo conservar y qué debo innovar. De otro modo, seremos parecidos a cualquiera; es decir, seremos nadie: una pieza en el rompecabezas tecnológico, una figura en el gran tablero en el que juegan los grandes poderes de la tierra. Detesto el nacionalismo del tipo «Tengo orgullo de ser peruano y soy feliz»; pero creo que sociedades como la nuestra, que suelen mirar embobadas hacia las rutilantes fachadas del cambio irracional, desdeñan tesoros cuya carencia empobrece a sociedades avanzadas. Yo vivo en una de ellas y sé de qué carencias hablo: cohesión familiar, sentido de pertenencia a una experiencia histórica, cierta forma de discrepar entre amigos, etc. Un encuentro casual con Beatriz Boza, directora del organismo PromPerú, me hizo saber de un ambicioso proyecto: la organización para abril de 1998 de un gran encuentro internacional o multidisciplinario titulado «En el umbral del milenio». Quizá sea una ironía que la figura central del cartel de anuncio sea un mono, pero en todo caso me parece interesante que seamos la sede de una reunión de ese tipo: nuestro futuro no está del todo asegurado en el mundo si seguimos desperdiciando nuestras genuinas facultades para adoptar ciegamente otras ajenas. La tecnología es una forma de liberación de ciertas ataduras del espacio y el tiempo, pero puede ser una esclavitud si la trivializamos y la convertimos en un fin en sí misma. Lo que necesitamos es un mundo cada vez más humano, racional y capaz de absorber sus propias diferencias. Perdimos la oportunidad en el siglo XX, con los males del estalinismo, el totalitarismo, los campos de exterminio y la proliferación nuclear. ¿La alcanzaremos al fin en el tercer milenio?

* José Miguel Oviedo se alejó del Perú hace muchísimos años para enrolarse en la vida universitaria estadounidense. En 1998 fue designado Trustee Professor en la Universidad de Pennsylvania, cargo que desempeña actualmente. Su actividad intelectual tiene varias vetas y expresiones. Durante años fue el famoso, implacable y reconocido crítico literario del suplemento dominical del diario El Comercio. Actualmente Oviedo es colaborador de los diarios El Comercio de Lima, El País y ABC de Madrid y la Jornada Semanal de México. Ha sido director del Instituto Nacional de Cultura (1970-1972). Es autor del reconocido estudio Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad, así como de otros, entre los que podemos mencionar La niña de Nueva York: una revisión de la vida erótica de José Martí (México, 1989) y Breve historia del ensayo latinoamericano(Madrid, 1990). José Miguel Oviedo también ha publicado libros de ficción: Soledad y Compañía (New Hampshire, 1987), La vida maravillosa (Barcelona, 1988) y Cuaderno imaginario (México, 1996, Lima, 1997). Y, por supuesto, este artículo sobre su reciente visita al Perú, en exclusiva para Quehacer, gesto que agradecemos.


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