| El libro de Viviane Forrester El horror económico ha
alcanzado, con justicia, una fulminante celebridad en pocos meses. Su denuncia
de las terribles consecuencias sociales de los cambios que estamos viviendo,
donde la ensayista francesa traza el escenario de un destino dantesco para
los trabajadores, y especialmente para los jóvenes, dentro del orden
social que estamos viviendo, ha tocado fibras muy sensibles en Europa,
un continente donde la generalización del desempleo se ha constituido
en uno de los problemas sociales fundamentales del fin del siglo. Quiero
discutir sus proposiciones no desde la pertinencia de su denuncia, sin
duda muy oportuna, ni de su voluntad de responder al «pensamiento
único» neoliberal que se ha impuesto como sentido común,
sino desde lo que me parece la mayor debilidad de su sugerente ensayo:
la interpretación que propone de las causas de la situación
que denuncia.
Economía y sociedad virtual
A lo largo de El horror económico aparecen señaladas,
como las causas del estado de cosas inhumano al que nos enfrentamos, dos
fenómenos profundamente interrelacionados: la globalización
y la virtualización de los intercambios económicos. La combinación
de ambos, en la visión de V. Forrester, crea una especie de fantasmagoría
de la economía; un reino de la especulación donde la razón
ha sido abolida y todo lo que queda son apariencias de la realidad, desdobladas
especularmente en imágenes que se reproducen unas a otras al infinito,
y sobre las cuales se eleva todo el edificio ilusorio de la economía
mundial: «esta nueva forma de economía þdice la autora-
no produce: apuesta. Corresponde al orden de las apuestas, pero en las
cuales no hay nada verdadero en juego. En ellas no se apuesta a valores
materiales o siquiera a transacciones financieras simbólicas (...)
sino a valores virtuales inventados con el solo fin de alimentar sus propios
juegos. Consiste en apuestas sobre los avatares de negocios que aún
no existen y tal vez nunca existirán (...). Son transacciones de
compra y venta de lo que no existe, en las que no se intercambian activos
reales, sino, por ejemplo, los riesgos asumidos por los contratos a mediano
o largo plazo que aún no han sido firmados o sólo existen
en la imaginación de alguien; se ceden deudas que a su vez serán
negociadas, revendidas y recompradas sin límite; se celebran contratos
en el aire, a menudo de común acuerdo, sobre valores virtuales aún
no creados pero ya garantizados, que suscitarán otros contratos,
siempre de común acuerdo, referidos a la negociación de aquéllos».
Bajo esta visión de la naturaleza de la economía actual
subyace un equívoco, por lo demás muy difundido, consistente
en confundir lo virtual (en este caso las transacciones económicas
virtuales) con lo imaginario, entendido como lo «no existente»:
«Son -afirma la autora- otros tantos negocios imaginarios, especulaciones
sin otro objeto ni sujeto que sí mismas y que constituyen un colosal
mercado artificial, acrobático, basado en nada o sólo en
sí mismo, alejado de toda realidad que no sea la suya, en círculo
cerrado, ficticio, imaginado y embrollado sin cesar con hipótesis
desenfrenadas que sirven de base a otras extrapolaciones. Se especula hasta
el infinito sobre la especulación. Un mercado inconstante, ilusorio,
basado en simulacros pero arraigado en ellos, delirante, rayano en la poesía
de tan alucinado».
En un texto reciente he sostenido que las diferencias entre lo virtual
y lo real son, desde siempre, pero aun más claramente hoy, más
de grado que de naturaleza. Por una parte, hasta la ciencia, la forma de
conocimiento más prestigiosa de nuestra época, en buena cuenta
trabaja no con «lo real» sino con representaciones de lo «real».
Lo real tendría para nosotros otra forma, por ejemplo, si nuestros
sentidos estuvieran configurados de otra manera, como acontece con la luz,
según la captan las mariposas, cuyos ojos son de naturaleza distinta
de los nuestros, o con el sonido, en el caso de los murciélagos,
o los olores, en el de los perros. Por otra parte, gracias a los descubrimientos
realizados a lo largo de este siglo por la física moderna se conoce
que el universo está poblado de fenómenos y partículas
virtuales, cuya existencia es tan efímera que no hay instrumentos
capaces de registrarlos, y que sólo son conocidos por las interacciones
que establecen con los fenómenos y las partículas «reales».
Asumir que las transacciones económicas son menos reales porque
se realizan a través de pulsos digitales intangibles en lugar de
los valores fiduciarios clásicos, es una simple expresión
del fetichismo de la mercancía. La especulación sobre valores
económicos cuya materialidad es controvertible, era posible bastante
antes de que se inventaran las redes digitales, y de la virtualización
de la realidad, que es su premisa técnica. Las condiciones para
que la especulación financiera sobre los valores virtuales sea posible
(con la consecuente posibilidad de que ésta provoque una crisis
económica), se basan en la separación entre el valor de las
mercancías y su precio, que es la expresión monetaria de
ese valor. El precio no es el valor sino una representación del
mismo, que inicialmente se expresaba en una determinada proporción
de ciertas mercancías históricamente seleccionadas (oro y
plata). Estas tenían un valor propio, pues las monedas se podían
fundir para producir objetos útiles. Pero después fueron
reemplazadas por distintas formas de dinero fiduciario que sólo
tenían valor como representación del valor de otras mercancías:
el papel moneda, bonos, certificados de valores o acciones, títulos
de la deuda, letras de cambio, pagarés, etc., o pulsos digitales,
como sucede ahora y sucederá cada vez más en el futuro. Es
evidente que el valor del papel y la tinta utilizados para imprimir los
títulos tradicionales no equivale rigurosamente al valor de las
mercancías que ellos expresan (una cantidad de dinero, determinada
participación en la propiedad de una empresa, etc.), puesto que,
como lo hemos señalado, no son el valor sino su representación.
Los billetes de diez y cien soles son hechos con materiales básicamente
similares, y sin embargo, representan valores que guardan entre sí
una proporción de uno a diez. De ahí que una crisis tan grave
como el crash de 1929 tuviera su origen en una especulación financiera
de características notablemente parecidas a las que Viviane Forrester
describe cuando habla de la sociedad globalizada.
Aunque, comparados con la materialidad del papel moneda, los pulsos
digitales muestren una apariencia de inmaterialidad que provoca vértigo,
ni uno ni otro tienen valor por sí mismos; de ahí que establecer
una diferencia de naturaleza entre ambos equivaldría a permanecer
aprisionados en la apariencia de las cosas.
La perversa virtualización
V. Forrester ve en el despliegue de las nuevas tecnologías el
fundamento del orden delirantemente onírico que describe. Según
ella, éstas han escindido el mundo que conocimos en un antes y un
después, donde el trabajo, que era la fuente de la riqueza y la
condición del reconocimiento social, es erradicado, desapareciendo
con él la función de los trabajadores: «El mundo que
se instala bajo el signo de la cibernética, la automatización
y las tecnologías revolucionarias, y que desde ahora ejerce el poder,
parece zafarse, parapetarse en zonas herméticas, casi esotéricas.
Ha dejado de ser sincrónico con nosotros. Y desde luego, no tiene
vínculos con el "mundo del trabajo" que ha dejado de serle
útil y que, cuando alcanza a vislumbrarlo, le parece un parásito
irritante, caracterizado por su presencia molesta, sus desastres embarazosos,
su obstinación irracional en querer existir. Su escasa utilidad».
Estas tecnologías, para la autora, son ajenas y amenazantes;
el patrimonio de una casta dominante, extraña a la vida, la racionalidad
y las pasiones de la gran mayoría de la humanidad: «En nuestro
tiempo, los que toman las decisiones son aquellos que Robert Reich llama
"manipuladores de símbolos" o, si se quiere, "analistas
de símbolos" que se comunican poco o nada con el antiguo mundo
de los patronos. ¿Qué valor pueden tener esos "empleados"
costosos, inscritos en el seguro social, inconstantes y pesados, en comparación
con esas máquinas sólidas y constantes, marginadas de la
protección social, manipulables por su esencia, económicas
por añadidura, despojadas de emociones dudosas, quejas agresivas,
deseos peligrosos? Ellas operan en otra época, que tal vez es la
nuestra pero a la cual no tenemos acceso». La división entre
el ejército de los marginados, en permanente crecimiento, y el de
los integrantes de esta nueva casta se basa, para la autora, en la entronización
de una tecnología extraña y alienante, fundada en nuevos
códigos, ajenos e incomprensibles, que escinde irremediablemente
a la humanidad, deshumanizando a quienes ejercen el poder: «Se trata
de un mundo que vive gracias a la cibernética, las tecnologías
de punta, el vértigo de lo inmediato; un mundo en el cual la velocidad
se confunde con lo inmediato en espacios sin intersticios. Allí
reinan la ubicuidad y la simultaneidad. Los que operan en él no
comparten con nosotros el espacio, la velocidad ni el tiempo. Sus proyectos,
su idioma y sus pensamientos; sus cifras y números; sus necesidades
y su moneda: todos ellos nos son ajenos.
»No son feroces, ni siquiera indiferentes. Son inasequibles y
nos recuerdan vagamente, como a parientes pobres abandonados en el pasado,
en el mundo penoso del trabajo, ese mundo de los "empleos". ¿Se
cruzan con nosotros? Desganados, nos hacen una señal desde su mundo
de signos y vuelven a jugar entre ellos esos juegos apasionantes que condicionan
este planeta cuya existencia desconocen por fuera de sus redes. Gobiernan
la economía mundializada por encima de las fronteras y los gobiernos.
Para ellos, los países son municipios.
»Y en ese imperio -¡uno cree estar soñando!- los
trabajadores, pobres diablos, aún creen poder colocar su "mercancía
de trabajo". Es para llorar de la risa».
Para Viviane Forrester, en la raíz de la instauración
de este escenario de pesadilla se encuentra el fracaso de la sociedad en
prevenir las consecuencias de la revolución desencadenada por la
cibernética: «Descuidada por la política, la cibernética
se introdujo casi subrepticiamente en la economía, sin reflexión
ni segundas intenciones estratégicas o maquiavélicas, de
manera "inocente", con miras prácticas y sin teorías,
como una simple herramienta en principio útil y rápidamente
indispensable. Demostró ser un factor de alcance inconmensurable,
preponderante, responsable -como era previsible, pero nadie previó-
de una revolución de magnitud planetaria».
La política en el ciberespacio
En la visión de la nueva sociedad que está en proceso
de gestación que ofrece Viviane Forrester se condensan un conjunto
de tópicos que revelan una profunda incomprensión de algunas
cuestiones claves. La más evidente es la creencia de que la separación
entre quienes están conectados a las redes y quienes no lo están
(que en buena cuenta remite a quienes están integrados y quienes
están excluidos) se mantendrá en el futuro tal como existe
hoy. Esto es errado: la velocidad con que se viene incorporando la población
mundial a las redes, y sobre todo a Internet, es extraordinaria. Es más,
los avances tecnológicos que se siguen desarrollando en este mismo
momento permiten asegurar que en el futuro inmediato la cantidad de personas
enlazadas a través de las redes rebasará a corto plazo la
magnitud de los mil millones de usuarios.
Este fenómeno, visto desde Europa, puede pasar inadvertido debido
a la lentitud con que se opera en el viejo continente la incorporación
de la gente al uso de las nuevas tecnologías, entre otras razones
por sus características demográficas: el peso de la población
mayor es muy grande con relación al de los jóvenes, e históricamente
éstos son la punta de lanza en la adopción de las innovaciones.
Un segundo factor problemático de la visión de Viviane
Forrester es su declaratoria, sin más, del mundo de los «manipuladores
de signos» como territorio enemigo. A la fecha existen demasiados
análisis dedicados a la contracultura que se ha desarrollado paralelamente
a la expansión de las redes, desde la publicación de la novela
Neuromancer de William Gibson (quien inventó el término
ciberespace) hasta la expansión del movimiento cyberpunk,
como para suscribir su visión. Esta manera de plantear las cosas
cierra una de las perspectivas políticas más sugerentes,
que consiste en entender este nuevo territorio como otro escenario de lucha
política, que a medida que pase el tiempo se irá haciendo
cada vez más importante. Así lo han entendido las organizaciones
cívicas que batallan por la vigencia de los derechos civiles, y
más genéricamente de los derechos humanos, en el ciberespacio.
Se trata de un tema novedoso que ya ha suscitado algunas célebres
causas legales, de importancia crucial para definir asuntos tan graves
como cuáles deben ser las atribuciones del Estado y cuáles
las garantías a que podrán aspirar los ciudadanos en la nueva
sociedad que está emergiendo.
Dicho en otros términos, es errado identificar a todos los «manipuladores
de signos» como funcionarios del capital. Y en la medida en que quienes
rechazan el orden injusto fundado por el capitalismo tardío no disputen
este espacio, permitirán, con su abstención, que termine,
ahora sí, completamente copado por los administradores del orden
económico que la Forrester denuncia.
En esta forma de razonar asoma un temor a las nuevas tecnologías
basado en su desconocimiento. Guardando las distancias, esta manera de
encarar las cosas no es muy diferente a la de los críticos que,
al comienzo de la sociedad industrial, culpaban a las máquinas del
desempleo. El corolario político de esta visión fue la acción
de los ludittas, que se pusieron a destruir las máquinas, en la
creencia de que de esa manera podrían restaurar la sociedad patriarcal
agraria que iba quedando atrás. Se trata de un razonamiento que
desvía la atención de las cuestiones de fondo, al atribuir
a la innovación tecnológica la responsabilidad de lo que,
en rigor, son las consecuencias sociales de la expansión de su uso
en el contexto de una forma particular de organización social de
la producción. Sin embargo, y pese a todos los cambios que se están
viviendo, el rasgo fundamental que caracteriza al capitalismo -la contradicción
creciente entre una forma de producción crecientemente social, y
la forma de apropiación, cada vez más privada-, no se ha
modificado. Pero las consecuencias de esta escisión primaria, a
la que nos hemos referido, cambian radicalmente, en la medida en que el
sistema capitalista entra en una nueva fase de características inéditas.
La incomprensión en torno al papel de las nuevas tecnologías
no es exclusiva de Viviane Forrester; es más bien compartida por
la intelectualidad francesa y, aún más genéricamente,
por la europea. Los intelectuales conscientes de lo que está en
juego para el porvenir de Europa respecto a este tema, son hoy una minoría.
Es de esperar, sin embargo, que esto cambie a muy corto plazo, dada la
velocidad de los acontecimientos y a que son cada vez más los líderes
políticos que empiezan a darse cuenta de que la política
que han seguido en este campo hasta ahora es suicida. En otra oportunidad
podremos analizar algunas de las iniciativas políticas claves que
en este mismo momento se están desplegando en el ciberespacio, a
las que no se les está prestando la atención debida.
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