El horror económico y el mundo del mañana

Nelson Manrique


El libro de Viviane Forrester El horror económico ha alcanzado, con justicia, una fulminante celebridad en pocos meses. Su denuncia de las terribles consecuencias sociales de los cambios que estamos viviendo, donde la ensayista francesa traza el escenario de un destino dantesco para los trabajadores, y especialmente para los jóvenes, dentro del orden social que estamos viviendo, ha tocado fibras muy sensibles en Europa, un continente donde la generalización del desempleo se ha constituido en uno de los problemas sociales fundamentales del fin del siglo. Quiero discutir sus proposiciones no desde la pertinencia de su denuncia, sin duda muy oportuna, ni de su voluntad de responder al «pensamiento único» neoliberal que se ha impuesto como sentido común, sino desde lo que me parece la mayor debilidad de su sugerente ensayo: la interpretación que propone de las causas de la situación que denuncia.

Economía y sociedad virtual

A lo largo de El horror económico aparecen señaladas, como las causas del estado de cosas inhumano al que nos enfrentamos, dos fenómenos profundamente interrelacionados: la globalización y la virtualización de los intercambios económicos. La combinación de ambos, en la visión de V. Forrester, crea una especie de fantasmagoría de la economía; un reino de la especulación donde la razón ha sido abolida y todo lo que queda son apariencias de la realidad, desdobladas especularmente en imágenes que se reproducen unas a otras al infinito, y sobre las cuales se eleva todo el edificio ilusorio de la economía mundial: «esta nueva forma de economía þdice la autora- no produce: apuesta. Corresponde al orden de las apuestas, pero en las cuales no hay nada verdadero en juego. En ellas no se apuesta a valores materiales o siquiera a transacciones financieras simbólicas (...) sino a valores virtuales inventados con el solo fin de alimentar sus propios juegos. Consiste en apuestas sobre los avatares de negocios que aún no existen y tal vez nunca existirán (...). Son transacciones de compra y venta de lo que no existe, en las que no se intercambian activos reales, sino, por ejemplo, los riesgos asumidos por los contratos a mediano o largo plazo que aún no han sido firmados o sólo existen en la imaginación de alguien; se ceden deudas que a su vez serán negociadas, revendidas y recompradas sin límite; se celebran contratos en el aire, a menudo de común acuerdo, sobre valores virtuales aún no creados pero ya garantizados, que suscitarán otros contratos, siempre de común acuerdo, referidos a la negociación de aquéllos».

Bajo esta visión de la naturaleza de la economía actual subyace un equívoco, por lo demás muy difundido, consistente en confundir lo virtual (en este caso las transacciones económicas virtuales) con lo imaginario, entendido como lo «no existente»: «Son -afirma la autora- otros tantos negocios imaginarios, especulaciones sin otro objeto ni sujeto que sí mismas y que constituyen un colosal mercado artificial, acrobático, basado en nada o sólo en sí mismo, alejado de toda realidad que no sea la suya, en círculo cerrado, ficticio, imaginado y embrollado sin cesar con hipótesis desenfrenadas que sirven de base a otras extrapolaciones. Se especula hasta el infinito sobre la especulación. Un mercado inconstante, ilusorio, basado en simulacros pero arraigado en ellos, delirante, rayano en la poesía de tan alucinado».

En un texto reciente he sostenido que las diferencias entre lo virtual y lo real son, desde siempre, pero aun más claramente hoy, más de grado que de naturaleza. Por una parte, hasta la ciencia, la forma de conocimiento más prestigiosa de nuestra época, en buena cuenta trabaja no con «lo real» sino con representaciones de lo «real». Lo real tendría para nosotros otra forma, por ejemplo, si nuestros sentidos estuvieran configurados de otra manera, como acontece con la luz, según la captan las mariposas, cuyos ojos son de naturaleza distinta de los nuestros, o con el sonido, en el caso de los murciélagos, o los olores, en el de los perros. Por otra parte, gracias a los descubrimientos realizados a lo largo de este siglo por la física moderna se conoce que el universo está poblado de fenómenos y partículas virtuales, cuya existencia es tan efímera que no hay instrumentos capaces de registrarlos, y que sólo son conocidos por las interacciones que establecen con los fenómenos y las partículas «reales».

Asumir que las transacciones económicas son menos reales porque se realizan a través de pulsos digitales intangibles en lugar de los valores fiduciarios clásicos, es una simple expresión del fetichismo de la mercancía. La especulación sobre valores económicos cuya materialidad es controvertible, era posible bastante antes de que se inventaran las redes digitales, y de la virtualización de la realidad, que es su premisa técnica. Las condiciones para que la especulación financiera sobre los valores virtuales sea posible (con la consecuente posibilidad de que ésta provoque una crisis económica), se basan en la separación entre el valor de las mercancías y su precio, que es la expresión monetaria de ese valor. El precio no es el valor sino una representación del mismo, que inicialmente se expresaba en una determinada proporción de ciertas mercancías históricamente seleccionadas (oro y plata). Estas tenían un valor propio, pues las monedas se podían fundir para producir objetos útiles. Pero después fueron reemplazadas por distintas formas de dinero fiduciario que sólo tenían valor como representación del valor de otras mercancías: el papel moneda, bonos, certificados de valores o acciones, títulos de la deuda, letras de cambio, pagarés, etc., o pulsos digitales, como sucede ahora y sucederá cada vez más en el futuro. Es evidente que el valor del papel y la tinta utilizados para imprimir los títulos tradicionales no equivale rigurosamente al valor de las mercancías que ellos expresan (una cantidad de dinero, determinada participación en la propiedad de una empresa, etc.), puesto que, como lo hemos señalado, no son el valor sino su representación. Los billetes de diez y cien soles son hechos con materiales básicamente similares, y sin embargo, representan valores que guardan entre sí una proporción de uno a diez. De ahí que una crisis tan grave como el crash de 1929 tuviera su origen en una especulación financiera de características notablemente parecidas a las que Viviane Forrester describe cuando habla de la sociedad globalizada.

Aunque, comparados con la materialidad del papel moneda, los pulsos digitales muestren una apariencia de inmaterialidad que provoca vértigo, ni uno ni otro tienen valor por sí mismos; de ahí que establecer una diferencia de naturaleza entre ambos equivaldría a permanecer aprisionados en la apariencia de las cosas.

La perversa virtualización

V. Forrester ve en el despliegue de las nuevas tecnologías el fundamento del orden delirantemente onírico que describe. Según ella, éstas han escindido el mundo que conocimos en un antes y un después, donde el trabajo, que era la fuente de la riqueza y la condición del reconocimiento social, es erradicado, desapareciendo con él la función de los trabajadores: «El mundo que se instala bajo el signo de la cibernética, la automatización y las tecnologías revolucionarias, y que desde ahora ejerce el poder, parece zafarse, parapetarse en zonas herméticas, casi esotéricas. Ha dejado de ser sincrónico con nosotros. Y desde luego, no tiene vínculos con el "mundo del trabajo" que ha dejado de serle útil y que, cuando alcanza a vislumbrarlo, le parece un parásito irritante, caracterizado por su presencia molesta, sus desastres embarazosos, su obstinación irracional en querer existir. Su escasa utilidad».

Estas tecnologías, para la autora, son ajenas y amenazantes; el patrimonio de una casta dominante, extraña a la vida, la racionalidad y las pasiones de la gran mayoría de la humanidad: «En nuestro tiempo, los que toman las decisiones son aquellos que Robert Reich llama "manipuladores de símbolos" o, si se quiere, "analistas de símbolos" que se comunican poco o nada con el antiguo mundo de los patronos. ¿Qué valor pueden tener esos "empleados" costosos, inscritos en el seguro social, inconstantes y pesados, en comparación con esas máquinas sólidas y constantes, marginadas de la protección social, manipulables por su esencia, económicas por añadidura, despojadas de emociones dudosas, quejas agresivas, deseos peligrosos? Ellas operan en otra época, que tal vez es la nuestra pero a la cual no tenemos acceso». La división entre el ejército de los marginados, en permanente crecimiento, y el de los integrantes de esta nueva casta se basa, para la autora, en la entronización de una tecnología extraña y alienante, fundada en nuevos códigos, ajenos e incomprensibles, que escinde irremediablemente a la humanidad, deshumanizando a quienes ejercen el poder: «Se trata de un mundo que vive gracias a la cibernética, las tecnologías de punta, el vértigo de lo inmediato; un mundo en el cual la velocidad se confunde con lo inmediato en espacios sin intersticios. Allí reinan la ubicuidad y la simultaneidad. Los que operan en él no comparten con nosotros el espacio, la velocidad ni el tiempo. Sus proyectos, su idioma y sus pensamientos; sus cifras y números; sus necesidades y su moneda: todos ellos nos son ajenos.

»No son feroces, ni siquiera indiferentes. Son inasequibles y nos recuerdan vagamente, como a parientes pobres abandonados en el pasado, en el mundo penoso del trabajo, ese mundo de los "empleos". ¿Se cruzan con nosotros? Desganados, nos hacen una señal desde su mundo de signos y vuelven a jugar entre ellos esos juegos apasionantes que condicionan este planeta cuya existencia desconocen por fuera de sus redes. Gobiernan la economía mundializada por encima de las fronteras y los gobiernos. Para ellos, los países son municipios.

»Y en ese imperio -¡uno cree estar soñando!- los trabajadores, pobres diablos, aún creen poder colocar su "mercancía de trabajo". Es para llorar de la risa».

Para Viviane Forrester, en la raíz de la instauración de este escenario de pesadilla se encuentra el fracaso de la sociedad en prevenir las consecuencias de la revolución desencadenada por la cibernética: «Descuidada por la política, la cibernética se introdujo casi subrepticiamente en la economía, sin reflexión ni segundas intenciones estratégicas o maquiavélicas, de manera "inocente", con miras prácticas y sin teorías, como una simple herramienta en principio útil y rápidamente indispensable. Demostró ser un factor de alcance inconmensurable, preponderante, responsable -como era previsible, pero nadie previó- de una revolución de magnitud planetaria».

La política en el ciberespacio

En la visión de la nueva sociedad que está en proceso de gestación que ofrece Viviane Forrester se condensan un conjunto de tópicos que revelan una profunda incomprensión de algunas cuestiones claves. La más evidente es la creencia de que la separación entre quienes están conectados a las redes y quienes no lo están (que en buena cuenta remite a quienes están integrados y quienes están excluidos) se mantendrá en el futuro tal como existe hoy. Esto es errado: la velocidad con que se viene incorporando la población mundial a las redes, y sobre todo a Internet, es extraordinaria. Es más, los avances tecnológicos que se siguen desarrollando en este mismo momento permiten asegurar que en el futuro inmediato la cantidad de personas enlazadas a través de las redes rebasará a corto plazo la magnitud de los mil millones de usuarios.

Este fenómeno, visto desde Europa, puede pasar inadvertido debido a la lentitud con que se opera en el viejo continente la incorporación de la gente al uso de las nuevas tecnologías, entre otras razones por sus características demográficas: el peso de la población mayor es muy grande con relación al de los jóvenes, e históricamente éstos son la punta de lanza en la adopción de las innovaciones.

Un segundo factor problemático de la visión de Viviane Forrester es su declaratoria, sin más, del mundo de los «manipuladores de signos» como territorio enemigo. A la fecha existen demasiados análisis dedicados a la contracultura que se ha desarrollado paralelamente a la expansión de las redes, desde la publicación de la novela Neuromancer de William Gibson (quien inventó el término ciberespace) hasta la expansión del movimiento cyberpunk, como para suscribir su visión. Esta manera de plantear las cosas cierra una de las perspectivas políticas más sugerentes, que consiste en entender este nuevo territorio como otro escenario de lucha política, que a medida que pase el tiempo se irá haciendo cada vez más importante. Así lo han entendido las organizaciones cívicas que batallan por la vigencia de los derechos civiles, y más genéricamente de los derechos humanos, en el ciberespacio. Se trata de un tema novedoso que ya ha suscitado algunas célebres causas legales, de importancia crucial para definir asuntos tan graves como cuáles deben ser las atribuciones del Estado y cuáles las garantías a que podrán aspirar los ciudadanos en la nueva sociedad que está emergiendo.

Dicho en otros términos, es errado identificar a todos los «manipuladores de signos» como funcionarios del capital. Y en la medida en que quienes rechazan el orden injusto fundado por el capitalismo tardío no disputen este espacio, permitirán, con su abstención, que termine, ahora sí, completamente copado por los administradores del orden económico que la Forrester denuncia.

En esta forma de razonar asoma un temor a las nuevas tecnologías basado en su desconocimiento. Guardando las distancias, esta manera de encarar las cosas no es muy diferente a la de los críticos que, al comienzo de la sociedad industrial, culpaban a las máquinas del desempleo. El corolario político de esta visión fue la acción de los ludittas, que se pusieron a destruir las máquinas, en la creencia de que de esa manera podrían restaurar la sociedad patriarcal agraria que iba quedando atrás. Se trata de un razonamiento que desvía la atención de las cuestiones de fondo, al atribuir a la innovación tecnológica la responsabilidad de lo que, en rigor, son las consecuencias sociales de la expansión de su uso en el contexto de una forma particular de organización social de la producción. Sin embargo, y pese a todos los cambios que se están viviendo, el rasgo fundamental que caracteriza al capitalismo -la contradicción creciente entre una forma de producción crecientemente social, y la forma de apropiación, cada vez más privada-, no se ha modificado. Pero las consecuencias de esta escisión primaria, a la que nos hemos referido, cambian radicalmente, en la medida en que el sistema capitalista entra en una nueva fase de características inéditas.

La incomprensión en torno al papel de las nuevas tecnologías no es exclusiva de Viviane Forrester; es más bien compartida por la intelectualidad francesa y, aún más genéricamente, por la europea. Los intelectuales conscientes de lo que está en juego para el porvenir de Europa respecto a este tema, son hoy una minoría. Es de esperar, sin embargo, que esto cambie a muy corto plazo, dada la velocidad de los acontecimientos y a que son cada vez más los líderes políticos que empiezan a darse cuenta de que la política que han seguido en este campo hasta ahora es suicida. En otra oportunidad podremos analizar algunas de las iniciativas políticas claves que en este mismo momento se están desplegando en el ciberespacio, a las que no se les está prestando la atención debida.


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