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Jaime Bayly es el último gran fenómeno
literario peruano. PEISA, la única editora nacional en plena actividad,
tiene entre sus escritores más vendidos a Mario Vargas Llosa, a
Alfredo Bryce Echenique y a Jaime Bayly. Después, recién
viene el resto. Los tres tienen, además, el raro prestigio de ser
«pirateados» al toque.
En cuatro años Jaime Bayly ha publicado el mismo número
de novelas -al ritmo de una por año - y se ha asegurado un lugar
de privilegio en el competitivo mercado narrativo de habla hispana. No
se lo digas a nadie fue la primera obra de esta saga y ya lleva en
España más de doce rediciones. Después vinieron Fue
ayer y no me acuerdo, Los últimos días de La Prensa
y La noche es virgen.
A pesar de ser un indiscutido éxito de ventas, Bayly no tiene
el mismo trato entre los críticos literarios. ¿Gusta tanto
como vende? ¿Por qué la gente compra sus libros si no piensa
que es un buen novelista?
Para algunas personas, Jaime Bayly ha trivializado temas profundos.
El homosexualismo, una de sus vetas abordada en tres de sus novelas, tiene,
sin embargo, un vaho desgarrador. La franqueza, el uso constante del diálogo,
la capacidad para crear situaciones serían sus virtudes más
notorias. Nadie duda que sus novelas son hijas legítimas del cine,
y eso ayuda a ampliar su lectoría.
A Jaime Bayly se le critica de «facilismo», pero todos
sabemos que escribir una novela de éxito comercial no es necesariamente
fácil. En todo caso, no basta con proponérselo. Y, mas aún,
podría ser un buen ejercicio intentarlo: vayamos a escribir una
novela que venda, que entretenga, que no se caiga de las manos, y la lea
una mancha muchísima más amplia de los 2,000 ejemplares clásicos.
Jaime Bayly no solamente vende en el Perú. La tesis de que
es un chismoso y muchas personas desean verificar la relación entre
la realidad y la ficción no es suficiente. Más bien, parecería
ser que el mercado internacional de Bayly lo constituye la comunidad gay,
los jóvenes y la señoras entre los 40 y 50 años de
edad. Actualmente el cineasta Francisco Lombardi se encuentra rodando la
película No se lo digas a nadie, la primera de sus novelas,
con guión de la poeta Giovanna Polarollo.
Los escritores Iván Thays, Enrique Planas y Gustavo Faverón
vierten sus opiniones.
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Por favor, díselo a todos
Gustavo Faverón Patriau
Jaime Bayly tiene el mérito de la oralidad, una facilidad enorme
para yuxtaponer sucesos llamativos y una considerable puntualidad en la
sencillez de su lenguaje. Carece, sin embargo, de cualquier idea de composición
que no sea la de las escenas casi inconexas, rasgo que la novela picaresca
-desde Quevedo hasta Thackeray- prestigió como un calculado dispositivo
de tensiones y distensiones, pero que, en más de una variante de
la narrativa contemporánea -un segmento de la última generación
hispanoamericana, por ejemplo- se ha convertido en un ejercicio ocioso
y autocomplaciente. El resultado de esa escasa preocupación por
las estructuras narrativas, por la organicidad global del texto, es una
fragmentación dolosa de las historias contadas y una frustración
de los personajes en su posibilidad de aparecer como caracteres coherentes:
cada uno se vuelve un títere inverosímil, unidimensional,
irreflexivo y, todos en conjunto, lucen como una comparsa de guiñol
destinada sólo a resaltar la figura del protagonista, único
personaje que -más por acumulación y omnipresencia que por
elaboración- alcanza a rozar alguna solidez.
Desde No se lo digas a nadie hasta Fue ayer y no me acuerdo
y Los últimos días de La Prensa, hay una total ausencia
de búsquedas lingüísticas: la norma es la medianía;
la rapidez que ofrece la lectura parece directamente proporcional al apresuramiento
de la escritura misma. La noche es virgen, en cambio, muestra una
moderada preocupación formal, que traslada el texto del coloquialismo
de primera mano de los libros anteriores a un cierto afán de reelaboración,
enfocado crucialmente en los ritmos narrativos y en los discursos monológicos.
Ray Loriga, Bret Easton Ellis y Alberto Fuguet, escritores de talentos
muy distintos, son las fuentes más obvias de Bayly en cuanto a esta
leve mejoría estilística. Pero son fuentes que terminan abaratadas
por la imitación y allanadas hasta el extremo de lo esquemático.
Y habría que notar aun que ellos mismos son, en buena parte, reediciones
afeitadas de Kerouac, Salinger y Bukowski. Nada sorprende en el descenso
de esta escalera: es el mismo mecanismo de reducción que conduce
del drama al melodrama, de Dumas a Flemming, de la novela al folletín,
de la literatura al marketing. No hay nada extraño, pues, en el
éxito de Bayly, salvo el hecho de que, en la literatura peruana,
nunca se habían conjugado los factores que propiciaran la aparición
de un típico best seller: escándalo, controversia superficial,
apropiación de usos artísticos para la confección
de productos no artísticos, facilidad de consumo, identificación
con un conjunto limitado de referentes próximos. A lo que cabría
añadir, en este caso particular, el aprovechamiento de una celebridad
previa, conseguida con mejores armas, en otro campo.
Las novelas de Jaime Bayly tienen, ciertamente, una favorable acogida
pública, pero carecen en sí mismas þme aventuro a pensar
que también en la intención de su autorþ de cualquier
ansia de perdurabilidad: no ostentan la inevitable audacia estética
que es requisito de cualquier intento creativo, y que resulta muy diferente
de la falaz audacia social de desnudar chismes y exponer pecaminosas trastiendas.
Esto es explicable porque jamás han existido best sellers experimentales,
de vanguardia, ya que no hay nada que fuerce más a un escritor al
conservadurismo que las ganas de éxito inmediato: es imposible pensar
en los libros de Bayly como factores de debate acerca de cualquier asunto
trascendente, y con esto no supongo que toda la literatura deba ser intelectual,
densa o meditabunda, pero sí sospecho que, al arte en general y
a lo que quiere presentarse como tal, no está prohibido reclamarle
de vez en cuando alguna idea detrás de la apariencia, algún
poder de sugestión, cierta inteligencia.
Lo actual antes que lo moderno
Iván Thais
El éxito de las novelas de Jaime Bayly puede deberse a que es,
indudablemente, una persona carismática, inteligente, con un singular
sentido del humor y muy hábil para colocarse en la «cresta
de la ola»; las mismas virtudes, por cierto, que explicarían
el éxito de sus programas de TV. Ahora bien, no creo que sea una
mezquindad decir que el éxito de sus novelas pasa antes por el terreno
comercial que por el literario. Su primera novela se ha convertido en una
obra «de culto» entre algunos jóvenes españoles
y ha llegado a diecinueve ediciones. La crítica española
que lo ha comentado con admiración es una crítica desdeñable
que valora primero el entretenimiento que la propuesta literaria, y que
comete impertinencias como considerar la densidad de Faulkner como algo
«pasado de moda». Y se entiende que el premio Herralde -como
todo premio que entrega una editorial y no una institución o una
municipalidad- debió privilegiar, acorde con sus intereses, el valor
comercial antes que el valor literario de las obras presentadas (una pregunta
bizantina: ¿actualmente podría ganar Paradiso el premio
de novela de alguna editorial?).
Pero el éxito comercial no está reñido, necesariamente,
con una buena literatura. Las obras de Bayly tienen ciertas virtudes que
se reconocen de inmediato. En primer lugar, un gran oído y disposición
para los diálogos. En segundo lugar, la capacidad de perfilar la
psicología de sus personajes con pocas palabras y de manera inequívoca.
En tercer lugar, la «fluidez» del relato (aunque siempre he
dudado del valor de ese término para calificar a la prosa) que hace
de sus novelas una lectura entretenida. Todas estas virtudes se concentran,
sobre todo, en su tercera obra Los últimos días de La
Prensa, una novela donde ha logrado construir una serie de personajes
entrañables como el editor de internacionales o el abuelo del protagonista,
además de retratar de manera verosímil el mundo interior,
los ires y venires, de un diario en picada. Curioso, y muy significativo,
que un autor que ha escrito tres novelas sobre el mismo tema (novelas que
son variantes de una misma, en realidad) tenga en la única que se
aparta de la adolescencia y los conflictos gays de la «pituquería»
limeña su mejor logro.
Sin embargo, debemos reconocer que todos esos méritos pertenecen
al terreno de la intuición y del talento. No hay en él trabajo
literario, ni esfuerzo, ni conciencia de sus recursos. Todas sus novelas,
sin excepción, fallan donde el autor tuvo que dar el salto cualitativo:
darle sentido a lo contado. Bayly no cierra sus obras sino que las deja
extinguirse. O desinflarse. Elimina sin compasión a los personajes
que se le escapan de las manos (la secretaria de Los últimos
días de La Prensa es el caso más clamoroso) o los olvida
con desidia. Cuenta una aventura tras otra, algunas muy divertidas, pero
como ninguna representa un avance en la trama o en la psicología
del personaje, estamos en el terreno de lo trivial antes que de lo cotidiano.
Al final, tal como empezaron, se acaban las aventuras y terminan las novelas:
por aburrimiento o flojera. Por otra parte, Bayly parece preferir lo actual
antes que lo moderno; incapaz de hacer un esfuerzo y bucear en el significado
profundo del momento opta por hacer un retrato cómico, un costumbrismo
fácil y ligero, de algo que podría tener un sentido distinto.
Y cuando debe tomar el toro por las astas y enfrentar la tragedia la esquiva,
convirtiéndola en un pueril melodrama que deja pasar la oportunidad
de aprovechar el diseño trazado con los diálogos y el acertado
perfil de sus personajes (el proceso inverso a Puig, con quien se le ha
comparado, capaz de convertir el melodrama en tragedia). Quizá algunos
de sus defensores califiquen de «minimalismo» a esta desidia
literaria. Olvidan que el «minimalismo», aunque parezca contradictorio,
está tan lleno de tantos trucos y recursos literarios como, por
ejemplo, el barroco. Sólo a través de éstos sus autores
son capaces de contar los devenires y la cotidianidad de un individuo y
conseguir que los lectores sientan que se les está contando La
Odisea. Jaime Bayly tiene, con su hábil manejo de diálogo
y personajes, los recursos necesarios para hacer de su literatura una obra
auténticamente minimalista, pero carece de los trucos, el
coraje para correr riesgos literarios, y la vocación por el trabajo
constante con que se logra transformar la roca arisca en joya.
Sin dolor ni memoria
Enrique Planas
Leo La noche es virgen para escribir este artículo. No
ha faltado quien descubra mi lectura y me regale una mirada desconfiada,
me haga un comentario descalificador o me suelte simplemente bromas muy
directas y tan peruanas como la palabra mariconada.
Y no es el momento de decir que Bayly no es mi escritor preferido. La
idea no es claudicar para quedar bien con todos los que me hayan mirado,
censurado o bromeado. La intención es pensar cuál es el secreto
del éxito del escritor Jaime Bayly. Esa es la pregunta del millón
a resolver en cincuenta líneas que me hacen los amigos de Quehacer.
Obviamente, si lo supiera a ciencia cierta, no estaría escribiendo
este texto sino gozando del sol de Miami mientras mis productores preparan
a diario mi programa televisivo.
La verdad es que el murmullo de esta pregunta me ha acompañado
el oído todo el fin de semana. Conversé con quien tuviera
delante sobre este fenómeno para procesar una respuesta, pero fue
inútil: todos tienen una réplica distinta. Tan distinta como
nuestros prejuicios privados, personales, característicos de quien
los formula. Primero, ¿de cuál éxito hablamos? ¿el
de Lima? ¿el de Madrid?, Aquí, por más libros que
publique, Bayly siempre será el chico de la tele. Allá, tras
el Atlántico, será el escritor peruano que viene a suceder
a los mayores conocidos, Vargas Llosa y Bryce. Digamos que para ambos hay
respuestas fáciles: Los triunfos en España se deberían
a una calculada y hábil ubicación en el muy rentable gayboom
literario europeo, y en Lima, donde leer parece cosa de dinosaurios, el
público seguidor del astro televisivo anota en un papel todas las
pistas que vincularían a los personajes literarios con sus pares
de piel y carne gay que se esconden en esta Lima La Horrible.
Entonces habrá que escoger otro camino. ¿Puedo dejar a
un lado mi lastre de prejuicios y pensar con mayor seriedad en los méritos
literarios que presenta el reciente ganador del premio Herralde? Aquí
uno puede desempolvar el pequeño crítico que todos llevamos
dentro y anotar para la posteridad el sostenido desarrollo en el oficio
de contar del autor de No se lo digas a nadie, Los últimos
días de La Prensa y La noche es virgen (olvidando con
trampa su flojona Fue ayer y no me acuerdo). Mencionar por ejemplo
su notable capacidad para reproducir el castellano con la poesía
de la jerga limeña, el fresco cinismo de sus soliloquios, el estilo
basado en una lograda acumulación de frases hechas, su talento cada
vez mayor para registrar las poses y actitudes de sus tan limeños
personajes detrás de sus diálogos. Pienso todas sus virtudes
pero termino por desilusionarme al creer que es imposible establecer una
relación de causa-efecto entre el éxito editorial y la calidad
literaria.
Sigo leyendo, retomo la página 14, donde dice: «entramos
al cielo. yo voy con la cabeza agachada, como escondiéndome. no
quiero que me reconozcan que me pasen la voz... yo no soy el payaso que
sale en televisión. yo soy medio gay y bien fumón y no tan
disforzado como me ven en la pequeña pantalla: si no lo saben, la
tele esta hecha para los grandes mentirosos (como yo)...» Dejo
el libro por un momento y pienso ¿A quien leo? ¿es Bayly
realmente, u otro personaje, tan falso como el que se aloja en la señal
de Univisión? Un juego de realidades y fantasías yuxtapuestas
que sobrepasan por muchas veces cualquier cuento de Cortázar o Maupassant.
Que difícil para los peruanos es leer a Bayly prescindiendo de
la compañía de todos estos personajes que ha sabido fabricar
con tanta audacia. Pase caserito, compre, llévese este Bayly ganador,
con vestidito de Armani, mírelo que es full pilas y jamás
pierde la sonrisa, pase y vea, sin compromiso, siéntese delante
suyo y sostenga con él una entretenidísima conversación,
póngale nomás su disco de talk-show. Reviso este juguete,
el muñeco Bayly, busco detrás de la caja, detrás de
su tremendo rating, de sus envidiables ventas editoriales, del increíble
pirateo de su obra. ¿Se trata de otro modelo, sólo que con
otro vestido, desvestido o travestido?. Tremenda paradoja, saber si el
escritor es tan inventado como lo son sus personajes.
Vuelvo a la lectura, a pesar de los ácidos lectores que me desaprueban.
Me entretiene, me hace reír, a veces me excito, pero jamás
me duele el alma. Es literatura sin dolor ni memoria (pero que bien escrita
está). Si es que existe un «escándalo» inventado
por Bayly, un escozor curioso que le gusta tanto a la gente, es producto
de la trampa de hacer creer que vas soltando prendas para aquellos que
siguen las coincidencias literarias con el mundo real. ¿Es un cálculo
premeditado?. Espero que no. La buena literatura es demasiado demandante
y chupasangre para ser fruto del cálculo, de la planificación
matemática. El personaje literario de Bayly, más que un cínico
impenitente, es un inocente irresponsable. Valiente hasta para venderse
a si mismo.
Cuando llega el momento de apagar el televisor y sentarse a contar historias,
Jaime Bayly ha sabido construir el personaje más difícil,
el que le demanda mayor desgaste, vísceras sólidas y valor
para revelar. Aquí nos presenta su copia más parecida, situada
algunos pasos adelante de él mismo frente al abismo, lo suficiente
cerca del borde para sentir el vértigo y lo necesariamente distante
para no caer en la temida sinceridad. Un personaje con el cual el exitoso
novelista puede vomitar los excesos de todas sus otras criaturas tramposas,
de sus otros yo televisivos.
La tele está hecha para los grandes mentirosos, es cierto. Pero
la literatura (ya lo dijo tantas veces Vargas Llosa) también. ¿Porqué
tanto éxito para Bayly? Porque sabe mentir bien pues, chochera,
suave nomás, sin roche. Provecho compadre.
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