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Los efectos de una visita del Papa que parece situarse
por encima y por fuera de las oposiciones reduccionistas habituales, en
el siguiente reportaje preparado para Quehacer por dos jóvenes
universitarios cubanos. |
«Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba»
fue la frase preferida de Juan Pablo II en su reciente visita pastoral
a la Isla. La idea encontró las más disímiles interpretaciones
en los medios de comunicación internacionales y entre los mismos
cubanos, los de afuera y los de adentro.
Para los críticos más recalcitrantes del régimen,
el Papa llegaba en su condición þconstruida intencionalmente
por fuerzas ajenas al Vaticano- de «sepulturero de comunismos».
Su Santidad daría el tiro de gracia, los santos óleos, a
la moribunda Revolución Cubana, «que tiene sus días
contados», aunque la cuenta regresiva comenzó hace más
de siete años. Para los partidarios más entusiastas de la
experiencia cubana, el Vicario de Cristo bautizaría uno de los procesos
más auténticos del socialismo real, un proceso de transformación
humana y social en el que Dios estuvo presente, aunque sin nombrarlo, siempre
que se hicieron esfuerzos por multiplicar los panes y los peces para repartirlos
equitativamente, siempre que se luchó porque nadie quedara abandonado.
El Arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega, advirtió que
el Sumo Pontífice viajaba a Cuba para animar y confrontar a los
cubanos y no para desestabilizar o validar un sistema político y,
mucho menos, para competir en protagonismo con el presidente Fidel Castro.
«Reducir la visita a una especie de encontronazo es vaciar de contenido
este acontecimiento. La Iglesia no es un poder alternativo que llega para
apoyar o destruir».
Sin embargo, la politización extrema que caracterizó
muchos análisis no disimula un hecho evidente para el sentido común:
quiérase o no, el viaje del Santo Padre a un país con una
historia reciente tan peculiar como Cuba no deja de tener hondas implicaciones
políticas. Eso lo sabe muy bien el propio Vaticano, para el cual
la conducta política de la Iglesia está íntimamente
vinculada con su condición pastoral. Lo pastoral no puede separarse
artificialmente de lo político, pues el hombre -centro de las homilías
cristianas- está inmerso en sociedades ordenadas gracias sobre todo
a relaciones políticas.
Después del derrumbe del muro de Berlín y de la Unión
Soviética, el mundo cambió su fisonomía. Para Cuba,
se abrió un período de penurias económicas, desigualdades
sociales más visibles, un creciente proceso de crisis de valores,
cuestionamientos sobre el socialismo que se había vivido hasta entonces,
incertidumbre sobre el futuro... A pesar de los pesares, el sistema mostró
capacidad para mantener algunos logros básicos como el acceso gratuito
a la salud y la educación.
En el plano espiritual, algunos estudios académicos y la más
palpable cotidianidad testimonian una recuperación de la religiosidad,
que se aprecia en el aumento de la cantidad de practicantes y en la expresión
pública de sus creencias. Muchos coinciden en identificar como «espontánea,
no organizada y sincrética» la forma de religiosidad más
extendida en la isla, y reconocen que el catolicismo tal cual no posee
una base popular considerable.
«Los cubanos somos así, no creemos en nada y creemos en
todo. Pedimos a Dios, pero tocamos madera por si acaso. Si alguien te hace
daño, escribes el nombre en un papel, y pa'l congelador»,
nos dice una mujer de 38 años. De otro lado, Monseñor Carlos
Manuel de Céspedes, Vicario General y Vicario Episcopal de Marianao-Oeste,
comentó a Quehacer que el pueblo cubano es «mayoritariamente
creyente pero, según mi discutible opinión personal, minoritariamente
católico».
Semejante realidad contribuyó a que el Partido Comunista permitiera
desde 1991 el ingreso de creyentes en sus filas. Fidel Castro reiteró
recientemente: «creo que no sería revolucionario ni político
provocar innecesariamente un conflicto entre revolución y sentimiento
religioso». En 1992, la Constitución cambió el carácter
ateo del Estado por el de laico. Al menos jurídicamente, se pondría
fin al ateísmo como ideología oficial.
En conversación con esta revista, Gabriel Coderch, coordinador
del Grupo Católico de Reflexión y Solidaridad «Oscar
A. Romero», opina que fue un gran error que el gobierno adoptara
posiciones de ateísmo recalcitrante, un error no sólo frente
a la Iglesia sino frente a la sociedad.
En las pistas de una controversia
La polarización de intereses generada por la revolución
de 1959, ha tenido un peso apreciable en el diferendo entre la Iglesia
Católica y el Estado. Una investigación realizada en la Universidad
de La Habana afirma que «las bases ideológicas y clasistas
de la Iglesia no estaban preparadas para el cambio revolucionario, pero
debe reconocerse también que el pueblo no creyente y muchas estructuras
del gobierno tampoco tuvieron la capacidad y experiencia suficientes para
asimilar el fenómeno religioso en el nuevo proyecto socialista»1.
Coderch asegura que cuarenta años de revolución son un
pretexto sobrado para sentarse a dialogar y tratar de convivir, no para
identificarse ideológicamente sino para contribuir al desarrollo
integral de la nación.
Para los cubanos, quizás la mayor significación pastoral
y política que ha tenido la visita del Papa es que ha puesto sobre
el tapete la necesidad de un debate público y desprejuiciado sobre
dos problemas claves: qué Estado queremos y cuál debe ser
la misión de la Iglesia dentro de ese Estado.
En tal sentido, se distinguen tres posturas: considerar que la sociedad
se debe regir por la ética cristiana y que el Estado debe respetar
el espacio propio de la Iglesia; concebir a ésta como un modelo
alternativo y hasta «alterativo» frente a lo estatal; y una
tendencia más conciliadora, que defiende la inserción del
creyente cristiano þy específicamente el católico-
en el proyecto socialista amparado por el gobierno.
En esta última proyección se ubican las voluntades personales
de figuras históricas de la revolución y las reformas introducidas
por las autoridades para propiciar una participación de los creyentes
dentro de los marcos del Estado. También algunas organizaciones
y laicos cristianos han tratado de integrar en su quehacer práctico
la fe religiosa y la conciencia revolucionaria.
Para Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, prestigiosa
personalidad del catolicismo nacional, las discordancias entre Iglesia
y Estado son de fondo, y responden a concepciones muy distintas sobre el
papel de ambos en la sociedad. El mayor entendimiento se logra, entonces,
en «cuestiones concretas y coyunturales, mientras que las discrepancias
de fondo mantienen un ambiente de desconfianza y malentendidos recíprocos».
«El Estado cubano -afirma Monseñor- se ha estructurado
según la teoría marxista del Estado omnipresente; la religión
se transformaría en un asunto privado. La Doctrina de la Iglesia,
por el contrario, defiende la necesidad de su acción social y de
un espacio propio, lo que no quiere decir que se postule como un poder
hegemónico frente al Estado».
Sin embargo, para Aurelio Alonso, especialista del Centro de Investigaciones
Psicológicas y Sociológicas, el propósito fundamental
del Santo Padre fue reforzar a la Iglesia como institución de la
sociedad civil. «Sus misas contenían los elementos básicos
de una proyección hegemónica de la Iglesia. El Papa asegura
que sin fe no hay virtud; por lo tanto, una sociedad no puede ordenarse
si no es a partir de los presupuestos éticos cristianos».
El diferendo ideológico entre Estado e Iglesia se ha caracterizado
por una trayectoria escabrosa desde el mismo 1959. El Cardenal Ortega dijo
en una misa ofrecida tras la partida de Su Santidad que «la historia
a veces camina en zigzag y a veces en espiral, pero siempre camina hacia
arriba o hacia adelante, nunca hacia atrás». En declaraciones
a Quehacer, Alonso sostiene que Karol Wojtlyla llegó en un
momento de tensión con el Estado, porque «la Iglesia local
ha retrocedido a una postura opositora, dejando de lado la reflexión
que propuso en los ochenta».
El Encuentro Nacional Eclesial (ENEC) celebrado en 1986 produjo una
«pastoral de acompañamiento», que proclamó el
valor de una Iglesia «participada» y «encarnada»
en el proyecto social. «Tenemos que ser cristianos en una sociedad
desacralizada y secularizada, de inspiración marxista. Nuestra sociedad
ha hecho serios esfuerzos por promover los derechos sociales (...) El logro
pleno de ellos constituye no sólo la condición de la auténtica
libertad, sino un modo ya notable de ser libres»2.
Paralelamente, se mantuvo una visión crítica hacia la dirección
del país y el ejercicio pleno de los derechos humanos individuales.
En medio de la crisis de los noventa, los obispos redactaron El Amor
todo lo Espera, documento contestatario frente el sistema político
de la Isla. Se condenó «el deterioro del clima moral»,
«el carácter excluyente y omnipresente de la ideología
oficial», la «discriminación por razón de ideas
filosóficas, políticas o de credo religioso», y el
hecho de que «la única solución que parece ofrecerse
es la de resistir, sin que pueda vislumbrarse la duración de esa
resistencia».3
El «encarnizamiento» expresado en el ENEC dio paso así
a una oposición frontal que para algunos tuvo sabor apocalíptico.
Esta pastoral reflejó problemas sociales del momento, y significó
la toma de partido del clero ante una nueva realidad. Sin embargo, el oficialismo
la consideró una apuesta al derrumbe del sistema; además,
si se toma en cuenta la coyuntura crítica en que apareció
y el lenguaje radical de que se valió, se puede calificar de inoportuna
para el desenvolvimiento de las relaciones con el Estado.
Si bien muchos analistas consideran que la actual voluntad de la Iglesia
de cara al socialismo cubano sigue siendo la misma que la expresada en
El Amor..., ello no impidió un entendimiento coyuntural con
el Estado durante los preparativos para la visita de Juan Pablo II. Monseñor
Céspedes manifiesta que nunca como ahora se había alcanzado
un grado tan alto de acercamiento.
Con todo, el nivel de diálogo que rodeó los preparativos
del viaje no se traduce necesariamente en el fin de las contradicciones.
Ni la Iglesia abandonará su doctrina social, ni el Estado cubano
pondrá en peligro su hegemonía política permitiendo
que la institución católica recupere los espacios sociales
que ocupó antes de la Revolución.
«Las posiciones respectivas en este equilibrio de tensiones hace
que se concentre en la Iglesia un papel proactivo (la puja por maximizar
los beneficios en torno a la visita del Papa), a la vez que deja al gobierno
un rol básicamente reactivo (la puja por minimizar lo que se puede
considerar como riesgos)», considera Alonso.
«¿Y ahora qué? Es una pregunta para un profeta
y yo sólo soy el arzobispo de La Habana. El futuro está en
manos de Dios, pero ahora podemos mirar al futuro con esperanza. Ahora
tenemos esperanzas y fuerzas renovadas en nuestros corazones», expresó
recientemente el Cardenal Ortega.
A modo de balance
Han quedado atrás los días de efervescencia cristiana,
las muestras espontáneas de apoyo o curiosidad hacia la prédica
papal, la emotividad que durante una semana recorrió la Isla y que
alguien llamó «carnaval religioso». Es hora, pues, de
reflexionar más sosegadamente sobre la significación que
puede tener la visita, no tanto porque hayamos visto por primera vez a
un Papa, sino por el mensaje que deja y las voluntades de comunicación
que anima.
En un país donde la Constitución postula la propiedad
estatal sobre los medios de comunicación y donde la enseñanza
a todos los niveles es responsabilidad exclusiva del Estado, parece difícil
pronosticar cambios sensacionales a mediano plazo. Sin embargo, cada vez
hay menos argumentos para negarle a los creyentes la expresión pública
de su religiosidad y su derecho a escoger el tipo de educación que
prefieren para sus hijos.
El grueso de las alocuciones del Sumo Pontífice se enfocó
hacia temas controversiales dentro de la sociedad cubana, como son los
derechos individuales, la libertad de conciencia, el acceso de la Iglesia
a los medios masivos, a la enseñanza religiosa y la posibilidad
de construcción de templos. En semejantes tópicos, no había
razón para que el Vaticano discrepara de la jerarquía católica
local.
Reunido con los obispos poco antes de su partida, Juan Pablo II dejó
claro su punto de vista: «un Estado laico no debe temer, sino más
bien apreciar, el aporte moral y formativo de la Iglesia». En este
juego de tensiones, Aurelio Alonso cree que la Iglesia «ganará
espacios, aunque no todos los que ella quisiera, y el Estado tendrá
que asumirlos en la medida que piense que no significan un gran costo».
Es oportuno notar cómo, a pesar de que la visita se realizó
en un ambiente de tirantez entre la Jerarquía católica y
el gobierno, la prédica del Papa coincide con el discurso global
de la Revolución Cubana a la hora de criticar el capitalismo neoliberal.
En un mundo donde el comunismo ya no representa una amenaza a la globalización
capitalista y mucho menos a la fe cristiana, la Iglesia Católica
Universal denuncia que el neoliberalismo «subordina la persona humana
y condiciona el desarrollo de los pueblos a la fuerza ciega del mercado
(...) De este modo se asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento
exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos,
de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada
vez más pobres», según palabras del Santo Padre durante
la misa celebrada en la Plaza de la Revolución de La Habana.
Por otro lado, es significativa su condena al bloqueo norteamericano
contra Cuba, lo que aísla aun más la política anticubana
del gobierno de Estados Unidos y afianza de manera indirecta el «espíritu
antimperialista» del gobierno y pueblo cubanos.
La Iglesia local cuenta hoy con la bendición del Papa para reclamar,
con más vehemencia, «el lugar que por derecho le corresponde
en el entramado social donde se desarrolla la vida del pueblo (...), procurar
la sana cooperación de las demás confesiones cristianas y
mantener, incrementando su extensión y profundidad, un diálogo
franco con las instituciones del Estado y las organizaciones autónomas
de la sociedad civil».4
No obstante, el propio Juan Pablo II previno a los obispos cubanos advirtiéndoles
que sus demandas históricas frente al gobierno no deben orientarse
hacia el logro de una posición hegemónica o excluyente de
la Iglesia, «lo cual es ajeno a su misión, sino para acrecentar
su capacidad de servicio».
Sería poco serio interpretar el discurso del Sumo Pontífice
como el pie forzado que hacía falta para el desplome del proyecto
socialista cubano, o convertirlo en una bandera a favor de la política
oficial apoyándose únicamente en ciertas prédicas
contrarias al bloqueo norteamericano y al neoliberalismo. Quizás
el reto esté en desarrollar desde el propio país, con el
protagonismo de su propia gente, espacios más amplios de expresión
de la diversidad social dentro y fuera de la Iglesia. Falta por ver si
el Estado y la sociedad civil cubana han madurado lo suficiente como para,
sin renunciar a las ideas de justicia social, soberanía e independencia
nacional, promover la participación activa de diferentes grupos
sociales en la vida pública.
| * Naghim Vásquez y Miguel Lara, estudiantes
de 5to año de Comunicación Social. Universidad de La Habana. |
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Notas
| 1 Luzardo Milián, Hirania: Relación
Iglesia Católica-Revolución después de 1986. Repercusión
en la participación social del creyente cubano. Universidad
de La Habana. Facultad de Comunicación. 1992. p.35 |
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| 2 Encuentro Nacional Eclesial Cubano: Documento
Final. p.60 |
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| 3 El Amor todo lo Espera. En La Voz de la
Iglesia en Cuba (100 documentos episcopales). Obra Nacional de la Buena
Prensa. México D.F., marzo de 1995. p.406-411 |
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| 4 Palabras de Juan Pablo II en el Encuentro con los
miembros de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba en el Arzobispado
de La Habana. 25 de enero de 1998. |
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