| Una nueva fiebre de producción viene afectando a la televisión
nacional. A la vieja fórmula del programa informativo propio más
el cómico y, de vez en cuando, una telenovela (aunque sea un remake),
se ha sumado un tipo de programa que se caracteriza por hacer de la miseria
humana y del tradicional chisme de comadres un espectáculo: los
talk shows.
Intimidades, Laura en América, Maritere,
Entre nos y Pecado Original son, hasta el momento, los talk
shows hechos en casa que nos oferta la pantalla seductora.1
Los dos primeros se transmiten diariamente en lo que antes
era considerado un horario familiar por excelencia (el mediodía).
También todos los días, pero a media tarde, va Pecado
original, y en la noche Entre nos. Pero son los sábados
cuando prácticamente se encuentran todos, en horario estelar.
El éxito de estos programas se refleja más allá
de los horarios de transmisión, pues ya es habitual leer en la mayoría
de los diarios titulares dando cuenta de lo que hacen y no hacen sus actuales
conductores. Justamente, a finales de 1997 la prensa escrita informó,
por varios días, de la lucha interna de los canales de televisión
por contratar a una de las conductoras de esos talk shows, Laura
Bozzo. El asunto no llamaría la atención si no fuera porque
no sólo la prensa de espectáculo abordó el tema sino
también los diarios «serios». Incluso, uno de los programas
políticos de mayor sintonía en ese entonces, En Persona,
hizo la entrevista estelar a la conductora cuando ésta decidió
retirarse de Canal 5. Al día siguiente, el director de dicho programa,
César Hildebrant, confesaría que con esa entrevista obtuvo
uno de los más altos rating de audiencias.2
Pero, ¿de dónde viene esta fiebre de los talk shows?
¿Por qué la televisión cumple ahora su papel de entretenimiento
con el drama de las personas? ¿Qué está pasando para
que la tragedia humana sea ahora vista como espectáculo? En las
siguientes líneas, esbozaremos algunas interpretaciones.
Del reality al talk show
Los talk shows en nuestro país son prácticamente
de reciente data, no más de una década. Estos programas aparecieron
en calidad de «enlatados»; es decir, nuestra televisión
empezó transmitiendo los famosos talk shows norteamericanos,
empezando por los lights tipo Cristina o María
Laria hasta los hard tipo Geraldo.3
Luego alternarían con los hechos en casa (Fuego Cruzado,
1900 y Tal cual), logrando buena acogida, más no el
impacto que sí se ha obtenido ahora.
Los talk shows de factura nacional no escapan, pues, del estilo
imitador que caracteriza a nuestra televisión. Con el debido «toque
criollo», estos programas calcan un viejo formato de la televisión
americana que es conocida como reality show. Este es un tipo de
producción televisiva que en Estados Unidos ya tiene cerca de cinco
décadas. Con varios productos lanzados exitosamente al mercado,
su denominador común es que tiene como protagonistas ya no a la
estrella o celebridad de la pantalla, chica o grande, menos aún
al notable personaje del mundo académico, político o social,
sino al tipo de la calle, al anónimo «que busca hacerse célebre
por un cuarto de hora».4
Las primeras experiencias en que la gente común es usada como
carne de televisión se dan, pues, en los Estados Unidos por los
años cuarenta con los candid camera (la cámara indiscreta,
que también se hizo aquí con resultados negativos). En ese
tipo de programas, la gente de la calle hace los programas sin saberlo,
usualmente en situaciones ridículas pues el objetivo es causar la
hilaridad del espectador. Luego, el reality show se convierte en
una especie de servicio público, pues busca llegar a todos los rincones
del país para mostrar su cultura o problemas. En ese nuevo formato,
el público sigue siendo el protagonista pero de una manera pasiva,
pues su participación es prefabricada ya sea en concursos o decoraciones
en vivo. La gran transformación se produce en los años ochenta,
pues la gente va a la televisión para contar su propio drama, sin
ningún guión escrito por profesionales. Por su parte, las
compañías de televisión se dan cuenta de que una historia
cotidiana puede ser más espectacular que cualquier costosa inversión;
de esa manera se impulsa este tipo de programas con una decorosa justificación:
«son de servicio a la sociedad».5
El reality show tiene una serie de variantes. Mejor dicho, de
él se desprenden varios productos que van desde los programas donde
se resalta los actos heroicos o dolosos de la gente común, el seguimiento
morboso de los problemas o líos de algunas celebridades,6
hasta la transmisión en directo de las discusiones políticas
o parlamentarias. El talk show, por tanto, se inscribe dentro de
este tipo de producto televisivo. Por basarse en temas de la realidad,
desde los más sórdidos hasta los de amplio interés
político, con los actores «reales» y transmitirse «en
vivo», algunos prefieren llamar a este genero el reality programming,
reality life o reality TV; es decir, «programas o televisión
de la realidad».
«Soy una burra»: los talk shows por dentro
Un escenario para un promedio de cuarenta personas, cuatro o cinco invitados
que contarán sus historias, el talk master y los temas que
pueden ser «Madre de día, prostituta de noche», «Mi
padrastro me violó» o «Hijas que desprecian a sus madres»;7
todos esos elementos, en forma y contenido, caracterizan a los talk
shows que hemos enumerado. La mayoría, ponen énfasis
en que son transmitidos «en vivo»; es decir, que no hay nada
trucado y mucho menos arreglo posible con los que relatan sus dramas; por
tanto, son más creíbles.8
Cuando estos programas empezaron a transmitirse, los invitados podían
presentarse con algún disfraz, pero ahora ni lentes oscuros pueden
usar, ya que se trata de competir por quién exhibe la historia más
cruenta o el relato más auténtico; es decir, ya no se permite
ni un mínimo de vergüenza. También en sus inicios, los
talk shows sustentaban la importancia del tema a tratar, presentando
un reportaje en donde se ponía énfasis en el problema social
que encerraba cada historia individual. Ahora, de frente se pasa al espectáculo
constituido por las historias de los invitados, la participación
del público y la intervención del talk master.
La combinación de esos tres elementos funciona así: luego
de una breve presentación, los invitados empiezan con el strip
tease anímico; es decir, cuentan sus «dramas». El
talk master se encargará de «subir el nivel»
pidiéndole o insistiéndole al invitado que sea más
preciso, más explícito. Para ello, le asegura que si lo hace
no sólo se curará o liberará más rápido
de sus traumas sino que, además, el público, la sociedad
entera que lo está viendo, lo entenderá mejor. De esa manera,
cuando el protagonista (si es una adolescente, mejor) cuenta que la violaron,
el talk master va a pedirle que diga dónde, cómo y
qué sintió. El público no sólo cumplirá
el papel de asistente sino también de juez implacable e intervendrá,
desde el set o desde la calle, pidiendo más detalles o emitiendo
contundentes juicios de valor. Por ejemplo, si el tema es la prostitución
de menores, del público se levantará otra adolescente y acusará
a la protagonista de débil e irresponsable puesto que hay otras
formas de ganarse la vida; o si no será una madre quien al borde
de un llanto desgarrador le exhortará «que deje ese camino
y piense en sus padres». Sintiéndose ofendida por las sentencias,
la protagonista confesará que en realidad le gusta encamarse con
todos y que incluso lo hace gratis o, caso contrario, terminará
prometiendo «dejar ese mal camino después de reunir un capital
para poner una tiendecita en Gamarra».
Otras veces serán los propios protagonistas quienes se disputen
el papel de jueces. Cuando ello ocurre, la discusión será
de quién es más pandillero(a) si el programa es sobre bandas
juveniles; quién es más maricón si el tema aborda
la homosexualidad; o quien es más puta si el tema es sobre prostitución
de adolescentes. El programa termina con reflexiones del talk master
invocando a Dios, a la sociedad, a las autoridades, padres, maestros, etc.,
a que solucionen el problema. Luego, con amplia sonrisa, invitará
al televidente para tratar, al día siguiente, otro «caso íntimo
de la vida real».
Todo esto, que es visto por el público a través de sus
televisores y que dura entre 60 y 90 minutos, es en realidad el producto
final de un trabajo que demanda el esfuerzo de un verdadero ejército
de personas que forman los «equipos de investigación»
de cada talk show. Como auténticos sabuesos, su tarea es
ubicar a los protagonistas, investigar si el relato es verídico
o tiene toda la sazón del caso, convencerlos y finalmente llevarlos
al set de televisión. Cada investigador maneja una cartera
de temas así como de distritos (usualmente populares). En cada uno
de ellos hay «contactos», que son los que dan el primer aviso
acerca de un «roche» ocurrido en el barrio. El investigador
va y verifica. Si se ajusta a los intereses del programa, su labor será
persuadir a los protagonistas para que asistan al talk show, previo
acuerdo sobre la fecha. Llegado el día, en las primeras horas de
la mañana el investigador los recoge de sus casas y los lleva al
canal. El público está por los alrededores también
desde tempranas horas, pero ingresa al set dos horas antes de la
presentación. Otro sector de seguidores del programa prefiere quedarse
en casa puesto que la televisón toca sus puertas y los invita a
participar desde el parque del barrio. A los que optan por ir al canal
los espera un «coordinador del público», que los motiva
y les esboza el tema a tratar. Con ojo de lince, digno de un especialista
en dinámica de grupos, selecciona a aquellos que harán las
preguntas más punzantes o emitirán los juicios más
liquidadores. Así que, cuando llega el talk master, todo
está listo para encender las luces, afinar el sonido y empezar con
el espectáculo.
Entre la realidad y la fantasía
Científicos sociales, periodistas y los propios talk master
han empezado a ensayar algunas respuestas para explicar el éxito
de los talk shows, tanto en nuestro país como en otros.9
«El público está perdiendo el pudor», «la
pacatería social está desapareciendo», «los talk
shows son la expresión televisada de la prensa amarilla»,
«especialmente en el Perú la gente quiere hablar después
de un largo período de silencio», etc., son algunas de esas
explicaciones y, como puede verse, de alguna manera todas apuntan a señalar
la serie de cambios políticos y culturales que venimos experimentando,
aquí y en cualquier punto del planeta. Por ejemplo, hoy se habla
de sociedades mediatizadas o sociedades de la comunicación, donde,
por lo visto, se está trastocando el concepto de lo público
y lo privado. Es decir, con ese tipo de programas y otros que están
basados en el viejo placer humano del chisme, cada vez es más difícil
distinguir la frontera entre el espacio privado y el público. Tradicionalmente
ese límite estaba bien demarcado, pues el primero lo constituye
el espacio doméstico u hogareño (oikos), mientras
que el segundo, el espacio público, está dado por las polis,
es decir el conjunto de actividades sociales, las redes de intereses regidos
por un pacto que se constituyen en la sociedad civil. Pareciera que hoy
nada de eso existe, pues lo que antes considerábamos temas estrictamente
privados o personales, hoy se exhiben a todas luces, con toda la sazón
del caso.10
Estos cambios también han tocado las puertas de los medios y
en particular de la televisión, transformando su tradicional papel
conservador de las relaciones sociales. Es decir, anteriormente nadie dudaba
de que los personajes públicos no debían ser vistos en espacios
ni situaciones privadas, y que los sujetos privados nunca deberían
acceder al protagonismo de la palabra o la imagen reservada al personaje
público. Como puede verse, hoy nada de eso existe; la televisión
y concretamente programas como los talk shows han cancelado los
límites entre lo uno y lo otro.
La sociedad peruana no es ajena al cambio de época, a unas transformaciones
veloces y violentas, particularmente en el ámbito cultural y mediático.
Cuando éstas se mezclan con nuestras particularidades, fundamentalmente
con el actual desprestigio de la política, la ausencia de las instituciones
y un ejercicio del poder cada vez más desvergonzado, entonces el
resultado final es algo que, incluso, liquida la frontera entre lo real
y lo imaginario. Entonces, ¿por qué asombrarnos del reinado
del chisme y la ruptura del espacio privado del que hacen gala esos programas,
si sabemos que nuestras íntimas conversaciones telefónicas
están siendo escuchadas por efectivos del SIN? ¿Qué
diferencia puede existir entre los dramas privados que se ventilan día
a día en los talk shows y la mezcla de circo y miseria en
que se ha convertido la vida política nacional?
Dicho de otro modo: ¿qué es más vergonzoso, el
tema «Mi marido es un sinvergüenza» o «Vocales de
la Corte Suprema firman sentencias sin leerlas»? ¿Qué
es más escandaloso: «Niñas violadas por el padrastro»
o «Gobierno recorta facultades al Consejo Nacional de la Magistratura
y liquida el Estado de Derecho?» ¿Qué es más
ridículo: «Mujeres insaciables» o «Congresista
Susy Díaz confiesa que no tuvo orgasmos con Percy, su esposo»?
Cada vez es más difícil determinar si los talk shows
se parecen a la política nacional o si ésta se parece a aquella.
No hay duda, pues, de que lo que vemos por televisión es un mero
reflejo de la realidad, y de que ésta sigue siendo más rica
que los sorprendentes casos puestos en pantalla. Ahora, como mero producto
televisivo, y siguiendo la insuperable tendencia al calco, es probable
que los talk shows de factura nacional corran el mismo riesgo que
algunos de sus hermanos mayores: es decir, volverse cada vez más
desvergonzados, escandalosos y violentos, haciendo un culto de la indiferencia,
el moralismo barato y la crítica hipócrita. En resumen, se
conviertan en los pilares de la trash TV (televisión basura).
Con un poco de esfuerzo e imaginación, la otra posibilidad es que
los talk shows puedan transformarse en la semilla de los nuevos
espacios públicos; es decir, aprovechando su éxito y la predisposición
de las personas a dialogar, puedan ser espacios donde se aborden temas
que motiven la discusión y posterior consenso para la acción
política.
Esa última posibilidad es remota, dado el caracter de nuestra
televisión, más sujeta a los intereses de los anunciantes
o al temor de despertar las iras del gobierno, pero en un país donde
ya no nos sorprende nada, que no nos extrañe que ello ocurra,11
mucho más cuando nos damos cuenta de que estamos ad portas
de nuevos procesos electivos. A menos que tentáculos más
poderosos, y usando una vieja estrategia política, manipulen o presionen
a la televisión para que continúe preocupada en «Me
pesan las tetas» o «Muero por las piernonas». Todo ello,
por supuesto, con la colaboración, más voluntaria que involuntaria,
de nuestros políticos, mayormente preocupados en obtener un papel
para la próxima telenovela de Iguana, o asistir a «Risas y
Salsas», para lograr su propio rating de popularidad, ya que,
pareciera, es más efectivo que el tradicional «trabajo de
bases» que se hacía antes, al interior de los añorados
partidos políticos.
| * Sociólogo, docente de la Universidad
Nacional de San Agustín |
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Notas
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