Full talk show

José Luis Vargas Gutiérrez*


«El chisme es literatura»
Truman Capote

Una nueva fiebre de producción viene afectando a la televisión nacional. A la vieja fórmula del programa informativo propio más el cómico y, de vez en cuando, una telenovela (aunque sea un remake), se ha sumado un tipo de programa que se caracteriza por hacer de la miseria humana y del tradicional chisme de comadres un espectáculo: los talk shows.

Intimidades, Laura en América, Maritere, Entre nos y Pecado Original son, hasta el momento, los talk shows hechos en casa que nos oferta la pantalla seductora.1 Los dos primeros se transmiten diariamente en lo que antes era considerado un horario familiar por excelencia (el mediodía). También todos los días, pero a media tarde, va Pecado original, y en la noche Entre nos. Pero son los sábados cuando prácticamente se encuentran todos, en horario estelar.

El éxito de estos programas se refleja más allá de los horarios de transmisión, pues ya es habitual leer en la mayoría de los diarios titulares dando cuenta de lo que hacen y no hacen sus actuales conductores. Justamente, a finales de 1997 la prensa escrita informó, por varios días, de la lucha interna de los canales de televisión por contratar a una de las conductoras de esos talk shows, Laura Bozzo. El asunto no llamaría la atención si no fuera porque no sólo la prensa de espectáculo abordó el tema sino también los diarios «serios». Incluso, uno de los programas políticos de mayor sintonía en ese entonces, En Persona, hizo la entrevista estelar a la conductora cuando ésta decidió retirarse de Canal 5. Al día siguiente, el director de dicho programa, César Hildebrant, confesaría que con esa entrevista obtuvo uno de los más altos rating de audiencias.2

Pero, ¿de dónde viene esta fiebre de los talk shows? ¿Por qué la televisión cumple ahora su papel de entretenimiento con el drama de las personas? ¿Qué está pasando para que la tragedia humana sea ahora vista como espectáculo? En las siguientes líneas, esbozaremos algunas interpretaciones.

Del reality al talk show

Los talk shows en nuestro país son prácticamente de reciente data, no más de una década. Estos programas aparecieron en calidad de «enlatados»; es decir, nuestra televisión empezó transmitiendo los famosos talk shows norteamericanos, empezando por los lights tipo Cristina o María Laria hasta los hard tipo Geraldo.3 Luego alternarían con los hechos en casa (Fuego Cruzado, 1900 y Tal cual), logrando buena acogida, más no el impacto que sí se ha obtenido ahora.

Los talk shows de factura nacional no escapan, pues, del estilo imitador que caracteriza a nuestra televisión. Con el debido «toque criollo», estos programas calcan un viejo formato de la televisión americana que es conocida como reality show. Este es un tipo de producción televisiva que en Estados Unidos ya tiene cerca de cinco décadas. Con varios productos lanzados exitosamente al mercado, su denominador común es que tiene como protagonistas ya no a la estrella o celebridad de la pantalla, chica o grande, menos aún al notable personaje del mundo académico, político o social, sino al tipo de la calle, al anónimo «que busca hacerse célebre por un cuarto de hora».4

Las primeras experiencias en que la gente común es usada como carne de televisión se dan, pues, en los Estados Unidos por los años cuarenta con los candid camera (la cámara indiscreta, que también se hizo aquí con resultados negativos). En ese tipo de programas, la gente de la calle hace los programas sin saberlo, usualmente en situaciones ridículas pues el objetivo es causar la hilaridad del espectador. Luego, el reality show se convierte en una especie de servicio público, pues busca llegar a todos los rincones del país para mostrar su cultura o problemas. En ese nuevo formato, el público sigue siendo el protagonista pero de una manera pasiva, pues su participación es prefabricada ya sea en concursos o decoraciones en vivo. La gran transformación se produce en los años ochenta, pues la gente va a la televisión para contar su propio drama, sin ningún guión escrito por profesionales. Por su parte, las compañías de televisión se dan cuenta de que una historia cotidiana puede ser más espectacular que cualquier costosa inversión; de esa manera se impulsa este tipo de programas con una decorosa justificación: «son de servicio a la sociedad».5

El reality show tiene una serie de variantes. Mejor dicho, de él se desprenden varios productos que van desde los programas donde se resalta los actos heroicos o dolosos de la gente común, el seguimiento morboso de los problemas o líos de algunas celebridades,6 hasta la transmisión en directo de las discusiones políticas o parlamentarias. El talk show, por tanto, se inscribe dentro de este tipo de producto televisivo. Por basarse en temas de la realidad, desde los más sórdidos hasta los de amplio interés político, con los actores «reales» y transmitirse «en vivo», algunos prefieren llamar a este genero el reality programming, reality life o reality TV; es decir, «programas o televisión de la realidad».

«Soy una burra»: los talk shows por dentro

Un escenario para un promedio de cuarenta personas, cuatro o cinco invitados que contarán sus historias, el talk master y los temas que pueden ser «Madre de día, prostituta de noche», «Mi padrastro me violó» o «Hijas que desprecian a sus madres»;7 todos esos elementos, en forma y contenido, caracterizan a los talk shows que hemos enumerado. La mayoría, ponen énfasis en que son transmitidos «en vivo»; es decir, que no hay nada trucado y mucho menos arreglo posible con los que relatan sus dramas; por tanto, son más creíbles.8

Cuando estos programas empezaron a transmitirse, los invitados podían presentarse con algún disfraz, pero ahora ni lentes oscuros pueden usar, ya que se trata de competir por quién exhibe la historia más cruenta o el relato más auténtico; es decir, ya no se permite ni un mínimo de vergüenza. También en sus inicios, los talk shows sustentaban la importancia del tema a tratar, presentando un reportaje en donde se ponía énfasis en el problema social que encerraba cada historia individual. Ahora, de frente se pasa al espectáculo constituido por las historias de los invitados, la participación del público y la intervención del talk master.

La combinación de esos tres elementos funciona así: luego de una breve presentación, los invitados empiezan con el strip tease anímico; es decir, cuentan sus «dramas». El talk master se encargará de «subir el nivel» pidiéndole o insistiéndole al invitado que sea más preciso, más explícito. Para ello, le asegura que si lo hace no sólo se curará o liberará más rápido de sus traumas sino que, además, el público, la sociedad entera que lo está viendo, lo entenderá mejor. De esa manera, cuando el protagonista (si es una adolescente, mejor) cuenta que la violaron, el talk master va a pedirle que diga dónde, cómo y qué sintió. El público no sólo cumplirá el papel de asistente sino también de juez implacable e intervendrá, desde el set o desde la calle, pidiendo más detalles o emitiendo contundentes juicios de valor. Por ejemplo, si el tema es la prostitución de menores, del público se levantará otra adolescente y acusará a la protagonista de débil e irresponsable puesto que hay otras formas de ganarse la vida; o si no será una madre quien al borde de un llanto desgarrador le exhortará «que deje ese camino y piense en sus padres». Sintiéndose ofendida por las sentencias, la protagonista confesará que en realidad le gusta encamarse con todos y que incluso lo hace gratis o, caso contrario, terminará prometiendo «dejar ese mal camino después de reunir un capital para poner una tiendecita en Gamarra».

Otras veces serán los propios protagonistas quienes se disputen el papel de jueces. Cuando ello ocurre, la discusión será de quién es más pandillero(a) si el programa es sobre bandas juveniles; quién es más maricón si el tema aborda la homosexualidad; o quien es más puta si el tema es sobre prostitución de adolescentes. El programa termina con reflexiones del talk master invocando a Dios, a la sociedad, a las autoridades, padres, maestros, etc., a que solucionen el problema. Luego, con amplia sonrisa, invitará al televidente para tratar, al día siguiente, otro «caso íntimo de la vida real».

Todo esto, que es visto por el público a través de sus televisores y que dura entre 60 y 90 minutos, es en realidad el producto final de un trabajo que demanda el esfuerzo de un verdadero ejército de personas que forman los «equipos de investigación» de cada talk show. Como auténticos sabuesos, su tarea es ubicar a los protagonistas, investigar si el relato es verídico o tiene toda la sazón del caso, convencerlos y finalmente llevarlos al set de televisión. Cada investigador maneja una cartera de temas así como de distritos (usualmente populares). En cada uno de ellos hay «contactos», que son los que dan el primer aviso acerca de un «roche» ocurrido en el barrio. El investigador va y verifica. Si se ajusta a los intereses del programa, su labor será persuadir a los protagonistas para que asistan al talk show, previo acuerdo sobre la fecha. Llegado el día, en las primeras horas de la mañana el investigador los recoge de sus casas y los lleva al canal. El público está por los alrededores también desde tempranas horas, pero ingresa al set dos horas antes de la presentación. Otro sector de seguidores del programa prefiere quedarse en casa puesto que la televisón toca sus puertas y los invita a participar desde el parque del barrio. A los que optan por ir al canal los espera un «coordinador del público», que los motiva y les esboza el tema a tratar. Con ojo de lince, digno de un especialista en dinámica de grupos, selecciona a aquellos que harán las preguntas más punzantes o emitirán los juicios más liquidadores. Así que, cuando llega el talk master, todo está listo para encender las luces, afinar el sonido y empezar con el espectáculo.

Entre la realidad y la fantasía

Científicos sociales, periodistas y los propios talk master han empezado a ensayar algunas respuestas para explicar el éxito de los talk shows, tanto en nuestro país como en otros.9 «El público está perdiendo el pudor», «la pacatería social está desapareciendo», «los talk shows son la expresión televisada de la prensa amarilla», «especialmente en el Perú la gente quiere hablar después de un largo período de silencio», etc., son algunas de esas explicaciones y, como puede verse, de alguna manera todas apuntan a señalar la serie de cambios políticos y culturales que venimos experimentando, aquí y en cualquier punto del planeta. Por ejemplo, hoy se habla de sociedades mediatizadas o sociedades de la comunicación, donde, por lo visto, se está trastocando el concepto de lo público y lo privado. Es decir, con ese tipo de programas y otros que están basados en el viejo placer humano del chisme, cada vez es más difícil distinguir la frontera entre el espacio privado y el público. Tradicionalmente ese límite estaba bien demarcado, pues el primero lo constituye el espacio doméstico u hogareño (oikos), mientras que el segundo, el espacio público, está dado por las polis, es decir el conjunto de actividades sociales, las redes de intereses regidos por un pacto que se constituyen en la sociedad civil. Pareciera que hoy nada de eso existe, pues lo que antes considerábamos temas estrictamente privados o personales, hoy se exhiben a todas luces, con toda la sazón del caso.10

Estos cambios también han tocado las puertas de los medios y en particular de la televisión, transformando su tradicional papel conservador de las relaciones sociales. Es decir, anteriormente nadie dudaba de que los personajes públicos no debían ser vistos en espacios ni situaciones privadas, y que los sujetos privados nunca deberían acceder al protagonismo de la palabra o la imagen reservada al personaje público. Como puede verse, hoy nada de eso existe; la televisión y concretamente programas como los talk shows han cancelado los límites entre lo uno y lo otro.

La sociedad peruana no es ajena al cambio de época, a unas transformaciones veloces y violentas, particularmente en el ámbito cultural y mediático. Cuando éstas se mezclan con nuestras particularidades, fundamentalmente con el actual desprestigio de la política, la ausencia de las instituciones y un ejercicio del poder cada vez más desvergonzado, entonces el resultado final es algo que, incluso, liquida la frontera entre lo real y lo imaginario. Entonces, ¿por qué asombrarnos del reinado del chisme y la ruptura del espacio privado del que hacen gala esos programas, si sabemos que nuestras íntimas conversaciones telefónicas están siendo escuchadas por efectivos del SIN? ¿Qué diferencia puede existir entre los dramas privados que se ventilan día a día en los talk shows y la mezcla de circo y miseria en que se ha convertido la vida política nacional?

Dicho de otro modo: ¿qué es más vergonzoso, el tema «Mi marido es un sinvergüenza» o «Vocales de la Corte Suprema firman sentencias sin leerlas»? ¿Qué es más escandaloso: «Niñas violadas por el padrastro» o «Gobierno recorta facultades al Consejo Nacional de la Magistratura y liquida el Estado de Derecho?» ¿Qué es más ridículo: «Mujeres insaciables» o «Congresista Susy Díaz confiesa que no tuvo orgasmos con Percy, su esposo»? Cada vez es más difícil determinar si los talk shows se parecen a la política nacional o si ésta se parece a aquella.

No hay duda, pues, de que lo que vemos por televisión es un mero reflejo de la realidad, y de que ésta sigue siendo más rica que los sorprendentes casos puestos en pantalla. Ahora, como mero producto televisivo, y siguiendo la insuperable tendencia al calco, es probable que los talk shows de factura nacional corran el mismo riesgo que algunos de sus hermanos mayores: es decir, volverse cada vez más desvergonzados, escandalosos y violentos, haciendo un culto de la indiferencia, el moralismo barato y la crítica hipócrita. En resumen, se conviertan en los pilares de la trash TV (televisión basura). Con un poco de esfuerzo e imaginación, la otra posibilidad es que los talk shows puedan transformarse en la semilla de los nuevos espacios públicos; es decir, aprovechando su éxito y la predisposición de las personas a dialogar, puedan ser espacios donde se aborden temas que motiven la discusión y posterior consenso para la acción política.

Esa última posibilidad es remota, dado el caracter de nuestra televisión, más sujeta a los intereses de los anunciantes o al temor de despertar las iras del gobierno, pero en un país donde ya no nos sorprende nada, que no nos extrañe que ello ocurra,11 mucho más cuando nos damos cuenta de que estamos ad portas de nuevos procesos electivos. A menos que tentáculos más poderosos, y usando una vieja estrategia política, manipulen o presionen a la televisión para que continúe preocupada en «Me pesan las tetas» o «Muero por las piernonas». Todo ello, por supuesto, con la colaboración, más voluntaria que involuntaria, de nuestros políticos, mayormente preocupados en obtener un papel para la próxima telenovela de Iguana, o asistir a «Risas y Salsas», para lograr su propio rating de popularidad, ya que, pareciera, es más efectivo que el tradicional «trabajo de bases» que se hacía antes, al interior de los añorados partidos políticos.

* Sociólogo, docente de la Universidad Nacional de San Agustín

Notas

1 En directo, con Jaime Bayly es otro de los talk shows que transmite la televisión presentándola como producción nacional, pero no lo consideramos en este trabajo puesto que nuestra atención se concentra en el boom de los talk shows nacionales ocurrido en los últimos meses. Por esa razón tampoco nos interesa Maité, talk show de factura venezolana que se transmite por canal 13.
2 Semana del 15 al 19 de diciembre de 1997.
3 Los dos primeros son producciones orientadas al mercado latino, mientras que el otro es básicamente para el americano, incluso en nuestro país se transmitía doblado al español. La calificación de light o hard está dada por el tipo de temas en que se basan, pues mientras Cristina y María Laria tocan o tocaban la temática hogareña, artística o personal, el otro, Geraldo, abordaba principalmente temas de alcoba y de orden sexual.
4 VILCHES, Lorenzo. «La televerdad, nuevas estrategias de mediación», en: TELOS 43, Madrid,1993.
5 En la entrevista que mencionamos, Hildebrant le pregunta a Bozzo: «¿Por qué haces un programa en donde el tema es "me pesan las tetas"?» Ella responde: «¿Te imaginas el trauma que tienen las mujeres a las que les pesan las tetas? !Es un trauma social que yo ayudo a resolver!» También puede verse la entrevista donde Bozzo confiesa que se siente más humana haciendo este programa en lugar del espacio político que conducía antes (Teleguía 567, mayo, 1997).
6 En junio de 1994, el que fuera ídolo del fútbol americano, O.J. Simpson, fue detenido y acusado del asesinato de su ex mujer, Nicole Brown, y de un amigo de ésta. Su juicio se convirtió en el proceso más mediatizado del siglo. La detención de O.J. Simpson tras una espectacular huida y persecución en Los Angeles, fue transmitida en directo por la TV y seguida por 95 millones de norteamericanos. Después de la guerra del Golfo, éste fue el caso que alcanzó mayor audiencia, superado tal vez por el entierro de la princesa Diana en agosto del año pasado.
7 A la crítica de que esos temas son escabrosos o «sacados de la basura», la conductora Laura Bozzo ha respondido «... no me gustan las medias tintas, yo hablo a lo bruto, soy una burra para hablar. Sobre los temas, no se puede decir que todo es lindo. Esos temas incomodan a la sociedad, pero yo ayudo a la sociedad mostrándolos en lugar de esconderlos...». Ver entrevista en TV SOL, 73, Suplemento del diario El Sol, diciembre de 1997.
8 Cada vez aparecen más testimonios de gente que asegura haber asistido a esos programas para contar historias totalmente falsas a cambio de una cantidad de dinero. Los propios conductores se acusan mutuamente de que pagan a los invitados y los productores lo justifican «por las horas de trabajo que pierden al asistir al programa». Al respecto, puede verse La República, 29-3-98.
9 El boom de los talk shows se ha extendido en casi todos los países del orbe.
10 Algunas veces hay temas privados que están ligados al interés público, como el de niños extraviados, mujeres maltratadas, el SIDA, etc. Pero, en general, los temas pertenecen a la esfera privada, sobre todo a la vida íntima de las personas. Pareciera que la razón de ser de los talk shows es la exposición espectacular de temas escabrosos que enganchen a la audiencia, ya que lo que está en juego en la TV es el rating.
11 Es interesante observar cómo el nuevo programa de César Hildebrant, actualmente símbolo de la oposición al gobierno, está aprovechando la fiebre de los talk shows y los programas basados en el chisme para, a su estilo, acercarse a los sectores poblacionales C y D, que antes no lo veían.