La misteriosa volatilización del piloto Gurk
fue un suicidio. él me amaba. Ahora ya no se usa el concepto, pero
hasta la era del Soma el amor era una tara potencial congénita de
la especie humana y, según informes biológicos del sistema
Brenthar, también de algunas otras formas de vida. Los afectados
llegaron muchísimas veces a los límites de la conducta anormal
arrastrados por una extraña fuerza visceral, una energía
producida a nivel neurosimpático que producía desajustes
neuronales, alteraciones de la percepción y secreciones hormonales
más altas de lo común.
Gurk estaba impregnado de esa fuerza a causa mía.
Lo sé porque los resultados de los análisis que yo le hacía
mostraban aceleraciones del pulso y emulsión cerebral de tipos de
morfina que se creían desaparecidos de la especie desde la primera
evolución postnuclear. Nada grave ni detectable a primera impresión,
pero suficiente para llamar la atención del biorrastreador. Cuando
busqué confirmación en los otros análisis, descubrí
que dichas alteraciones no aparecían en las pruebas tomadas por
el resto del personal médico de Wark. Se trataba de irregularidades
producidas por situaciones de alta excitación, y la única
diferencia relevante entre las situaciones de cada análisis era
el personal que lo tomaba. En la mayoría de las muestras no se registraba
ninguna anomalía. En las mías, lo averigüé tras
largas noches de investigación y especulación en el Archivo
de Arqueología Médica, había lo que algunos diccionarios
(y ningún manual de ciencia) aún registran con un nombre
arcaico: pasión.
Mi respuesta fue la que cabría esperar.
El amor es una enfermedad epidémica que se creía extinta.
Su propagación en épocas pasadas llegó al punto de
convertirlo en un elemento calculado, casi esperado, de la vida cotidiana.
Su redescubrimiento era una oportunidad única para mi carrera, y
así se lo hice saber a Gurk y hasta le solicité formalmente,
como consta en varios documentos de la Red, que ampliáramos nuestras
entrevistas con fines de estudio.
Al principio pareció interesado y nuestras
primeras sesiones fueron un éxito. En mi presencia aumentaba su
producción de hormonas suprarrenales y se detectaban cambios de
presión sanguínea y resistencia en la respuesta galvánica
de la piel. Paralelamente, el paciente alternaba periodos de locuacidad
y buen ánimo con momentos de distracción, casi la llamaría
ensoñación, que lo mantenían en hermético silencio.
Sin embargo no apartaba su atención de mí. Empezó
a narrarme su vida poniendo énfasis en algunas experiencias de separación
de otros seres: un compañero muerto en combate durante el incidente
del cinturón de asteroides, un tarktoo que no pudo resistir la atmósfera
terrestre y un androide doméstico cuya garantía se venció.
A pesar de lo desagradables que pueden resultar estas historias en circunstancias
sociales, no lo detuve ni condicioné su conducta. Yo misma, debo
admitirlo, conté experiencias similares con el único fin
de observar sus reacciones y reducir al mínimo los periodos de ensoñación.
Cada detalle de mis proyecciones se confirmaba con cada respuesta, las
conjeturas se convertían en hechos confirmados a cada muestra de
tejidos y los síntomas iban en aumento. En efecto, Gurk padecía
amor y su cerebro sufría verdaderas regresiones evolutivas y descubría
potencialidades sin parangón en la historia clínica de los
últimos ciclos solares. Sin embargo, la enfermedad avanzaba y la
oscuridad de su naturaleza dificultaba la elaboración de una cura.
Tal vez lo más característico de esta
disfunción neuronal es que es la única contagiosa y, según
la información de archivo, se transmite del modo más extraño:
con exclusividad y reciprocidad. Mediante este enigmático proceso,
el objeto que causa su aparición, en este caso mi persona, puede
ser contagiado una vez que el foco infeccioso presenta los primeros síntomas
o inclusive antes. En un principio fue tentador experimentar en mi propio
cerebro, pero a las primeras señales de contagio decidí cortar
todo contacto físico con el objeto de estudio. Las enfermedades
neuronales alteran, como dije hace un momento, la percepción, y
eso podría haber atentado contra la objetividad que se espera de
un estudio riguroso. Por su parte, el paciente empezó a desarrollar
una necesidad patológica de contacto táctil, lo cual aumentaba
el riesgo de contagio.
Fue así que nuestras sesiones empezaron a
realizarse en ambientes separados y por medio del holograma pues, como
ya he dicho, su cerebro necesitaba alguna imagen mía para responder
positivamente. Eso lo disgustó. Sus pulsiones empezaron a cambiar.
El efecto fue interesante para los fines del estudio: el hipotálamo
aumentó la secreción de dopamina y disminuyeron las de serotonina
y noradrenalina. Lamentablemente, el mal estaba demasiado arraigado ya
en su cerebro, y empezaba a afectar su conducta a niveles alarmantes. Sus
respuestas empezaron a hacerse más cortantes y directas, dejó
de narrar las primeras historias para concentrarse en las carencias del
Servicio Médico de Wark y por extensión de toda la Fuerza
a la que pertenece. Posteriormente, y sin cambios químicos sensibles,
se empezó a comportar con insólita docilidad. Su objetivo
era persuadirme de reanudar las sesiones sin holograma, lo cual demostraba
que el mal estaba afectando su comprensión de razones, aun de las
que le habían sido explícitamente sustentadas. En la etapa
final se volvió irritable y agresivo, y su indisciplina lo llevó
a abandonar las sesiones. Preferí no llamarlo, tal vez la falta
de contacto resultase un paliativo eficiente. Sin embargo di aviso al comando
para que se le mantuviera bajo observación. Tras un ciclo lunar
de ausencia supe por la Red de información de la explosión
de su nave tras abandonar la ruta durante una misión de reconocimiento.
Yo sabía que podría entrar a fases autodestructivas a ciertos
niveles de dopamina, pero me faltaba información para calcular el
nivel de sus respuestas. Si Gurk no hubiera abandonado las investigaciones
tan violentamente podríamos haber encontrado una salida. Desafortunadamente,
enfermedades neuronales como ésta, sobre las que tenemos tan pocos
datos, ponen de manifiesto los límites de nuestra capacidad de acción.
Para quien esté interesado, he introducido
en la Red informativa un casillero con toda la historia clínica
de Gurk, al que científicos y aficionados pueden acceder al precio
de sólo doce schpecks. La recaudación se está usando
para financiar una investigación que mida la propagación
de la enfermedad y la posibilidad de un rebrote. Hasta ahora, parece que
el de Gurk es un caso aislado y que no hay nada que temer al menos en un
futuro cercano. Mientras las investigaciones continúan, he descubierto
extrañas reacciones químicas en mi propio cuerpo. Nada grave,
por supuesto. Pero otras señales me han hecho temer que hayamos
encontrado el foco de riesgo. Desde hace un ciclo lunar padezco un trastorno
en las horas de transposición que me obliga a permanecer despierta.
La causa aparente es que mi cubículo de sueño me parece demasiado
grande. Nunca me había parecido tan inmenso. En varias de esas noches
he notado la humedad en mis ojos. Ahora, registro este mensaje desde una
cápsula en camino a la estrella muerta de Endoria en el sistema
de Gondar, donde esperaré que termine el síndrome de abstinencia
que la información disponible clasifica bajo el difuso término
de «soledad». Lamento que mi abandono pueda defraudar a mi
comunidad científica, y espero que no interrumpa ni entorpezca las
investigaciones. Gracias.
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