| Tras el enfrentamiento armado en 1995, las relaciones entre
Perú y Ecuador dejaron de ser lo que habían sido
desde la década de los cincuenta, cuando nuestro vecino
del norte decidió desconocer el Protocolo de Río de
Janeiro.
El Perú había sostenido durante más de
cincuenta años que con el Ecuador no existía
problema alguno y que lo único que cabía hacer era
cumplir con el Protocolo, es decir, terminar con la
demarcación de la frontera terrestre. Por su parte el
Ecuador, también por más de cuarenta años,
optó por el camino de la rebeldía. Primero
argumentó que el Protocolo de Río era inejecutable
en una parte, luego en todo, para concluir que era ilegal. Fue,
se dijo en ese país, un tratado firmado con una pistola en
el pecho, una herida abierta que cada cierto tiempo sangraba y
que recordaba a los ecuatorianos una historia de
frustración.
La rebeldía ecuatoriana frente al Protocolo venía
así a justificar y legalizar las visiones más
antiperuanas en ese país que modelaron lo que algunos han
llamado la «ecuatorianidad». Visiones que se remontan a las
«invasiones imperialistas incaicas» que frustran el reino de
Quito, luego a la gran frustración del «inca
quiteño» Atahualpa que es asesinado por los
españoles cuando, justamente, tras «derrotar a los
cusqueños», marchaba victorioso a «quiteñizar» el
imperio incaico. Historia de frustraciones que, según esta
visión, alcanza su ápice en el Protocolo de
Río, al perder ese país -según autores
ecuatorianos- la mitad de su territorio.
Al Ecuador y a los ecuatorianos sólo les quedó
refugiarse en una línea imaginaria limítrofe de un
también imaginario Protocolo Pedamonte y Mosquera de 1829.
Si bien la historia del mapa con los dos límites
protocolares (el primero que llega hasta Iquitos, consecuencia
del Pedamonte y Mosquera; y el segundo fruto del Protocolo de
Río, que es la línea actual) comienza antes de los
cincuenta, en esos años se refuerza esa prédica y
pasa así a convertirse en una política de Estado
que, en cierta manera, unificaba las conciencias y el alma
nacional de los ecuatorianos.
En 1995, como hemos dicho, esas historias llegaron a su fin o,
cuando menos, así lo suponemos. Ecuador terminó por
reconocer la legalidad y la validez del Protocolo y el
Perú por aceptar la existencia de los llamados «impases»
en su relación con el Ecuador. Todo 1996 fue dedicado a
definir cómo discutir lo que se iba a discutir. En 1997 se
realizaron cinco rondas de conversación y una adicional
para llegar a la conclusión de que no había
acuerdo, puesto que la reivindicación amazónica
ecuatoriana era contradictoria con la naturaleza misma del
Protocolo.
Sin embargo, antes de terminar el año, el 26 de noviembre
de 1997, Perú y Ecuador lograban acordar una nueva agenda,
«de conformidad -como dice la declaración de esa fecha-
con el Protocolo de Río de Janeiro y sus instrumentos
complementarios, y con base en la declaración de Paz de
Itamaraty de 1995».
Los puntos de esta nueva agenda eran: a) la posibilidad de
establecer un Tratado de Comercio y Navegación; b) un
acuerdo amplio de integración fronteriza; c) la
fijación en el terreno de la frontera terrestre
común y; d) el establecimiento de Medidas de Confianza
Mutua y de Seguridad. Esos cuatro puntos fueron trabajados a su
vez por cuatro comisiones, que iniciaron sus labores en febrero
de 1998 y debían concluir el 30 de mayo de este
año. Como sabemos esto no fue así y el acuerdo de
paz global (o, mejor dicho, la solución de la totalidad de
los puntos de la agenda) no ha sido posible. Si bien se han
logrado acuerdos en los puntos b) y d), no ha ocurrido lo mismo
con los otros dos: a) y c).
El primero (punto a) tiene que ver con la naturaleza de la
presencia ecuatoriana en el Marañón-Amazonas y
guarda relación con el artículo sexto del
Protocolo. Sobre el particular cabe hacer las siguientes
precisiones: 1) el artículo sexto concede al Ecuador, sin
necesidad de un Tratado de Comercio y Navegación, «las
mismas concesiones (de navegación) de las que gozan el
Brasil y Colombia...». 2) Abre la posibilidad de un Tratado de
Comercio y Navegación para otorgarle al Ecuador «mayores»
concesiones de las que tienen los países mencionados. Al
respecto el Protocolo es claro, ya que a la frase anterior
añade: «...más aquéllas (se refiere a las
concesiones) que fueran convenidas en un Tratado de Comercio y
Navegación destinado a facilitar la navegación
libre y gratuita en los referidos ríos». El Tratado de
Comercio y Navegación es, en este contexto, la
condición indispensable para otorgarle al Ecuador estas
nuevas concesiones que menciona el Protocolo.
El segundo punto guarda relación con la demarcación
de la frontera en la Cordillera del Cóndor, que es,
justamente, la zona donde el Ecuador sostiene, equivocadamente -
como lo habrían demostrado las conclusiones recientes de
los peritos independientes miembros de los países
garantes-, que el Protocolo es inejecutable.
Respecto a este punto, una de las soluciones propuestas para
superar este desacuerdo es la creación de un Parque
Binacional que, en honor a la verdad, fue planteada en primer
lugar por el propio presidente Fujimori hace poco más de
cinco años y ahora por los países garantes. El
problema es que la creación de dicho Parque Binacional,
como lo acaba de precisar el canciller Ferrero, supondría
previamente la demarcación de la frontera, que es una
obligación jurídica ecuatoriana. Es decir,
significaría la constitución, en realidad, de dos
parques nacionales colindantes que más adelante, al estar
separados por una frontera, conformarían un Parque
Binacional.
Enemigo íntimo
Estos son, en resumen, los grandes puntos de divergencia en el
proceso de negociación. Sin embargo, pese a los avances
logrados que ratifican centralmente los puntos de vista peruanos,
en el Perú dichos desacuerdos han generado una gran
polémica que, curiosamente, ha dado la impresión de
que los principales opositores a un acuerdo global son los
propios peruanos. En esta polémica se han hecho varias
propuestas, algunas de las cuales consideramos absurdas, como
aquélla de negarle al Ecuador la libre navegación
por el río Amazonas, cuando incluso una lectura
superficial del Protocolo de Río muestra que esa
concesión es parte de dicho instrumento
jurídico.
Pero más allá de estos argumentos que expresan,
creemos, posiciones chauvinistas y militaristas, hay otros que se
explican por razones diversas. Veamos algunos de
éstos.
Una primera oposición ha venido del departamento de Loreto
y, concretamente, del Frente Patriótico que tiene como una
de sus consignas principales: «Ni un solo ladrillo ecuatoriano a
orillas del Amazonas» (Pronunciamiento 02/02/98). En esta
postura opositora es posible identificar tres tipos de razones:
a) históricas; b) desconfianza hacia el Ecuador; y c)
demandas descentralistas.
Las razones históricas tienen un origen obvio: el famoso
Tratado Salomón-Lozano, en virtud del cual el Perú
cedió Leticia a Colombia en 1922. La desconfianza loretana
se basa, pues, en el temor de que una solución con el
Ecuador repita la lógica de dicho Tratado: ceder
territorios. Para los loretanos la pérdida de Leticia fue
un hecho fundamental: «El Frente Patriótico de Loreto no
viene a ser sino el reflejo de una vieja herida aún
abierta por el entreguismo y el baldón que
significó el Tratado Salomón-Lozano en 1922 y la
traición de la tiranía que devolvió Leticia
a Colombia después de que la Junta Patriótica de
Loreto recuperó ese suelo peruano con lucha y
decisión» (Pronunciamiento 02/02/98).
La desconfianza hacia el Ecuador, justificada si se observa el
comportamiento ecuatoriano durante todos estos años, se
basa en que para el Frente «Ecuador jamás ha renunciado a
su pretendida soberanía en los ríos
Marañón y Amazonas. Más bien se propone
conseguir concesiones mayores ...».
Finalmente están las demandas descentralistas. En un
comunicado del Frente, de enero de este año, se afirma:
«Los pueblos amazónicas no somos tenidos en cuenta por el
centralismo limeño». Para los loretanos, y no les falta
razón, «a través de la historia, los gobiernos de
Lima han llegado a acuerdos con los países vecinos sin
habernos consultado. Más aún, han llevado a la
práctica acuerdos internacionales a pesar de que nuestros
mayores expresaron su oposición».
Si se observa bien, los puntos de vista loretanos son una mezcla
de desconfianza hacia el Ecuador, de viejas reivindicaciones
descentralistas, de la existencia de heridas -como el asunto de
Leticia- abiertas por los propios peruanos y de una desconfianza
hacia el propio Estado peruano, más allá de los
gobiernos de turno, y que se expresan en las viejas propuestas
federalistas que los loretanos levantan cada cierto tiempo.
Otros argumentos apuntan a denunciar que la posible presencia
ecuatoriana en nuestra Amazonía -sea como consecuencia del
Tratado de Comercio y Navegación o de los acuerdos de
integración binacional- configura una poderosa amenaza
expansionista de ese país en el Perú. Estas
posiciones, antes incluso que temor al Ecuador, justificable o
no, lo que en realidad expresan es la total ausencia de una
política de fronteras y de un plan de desarrollo de
nuestra Amazonía. Son estas carencias nacionales, creemos,
los factores más importantes que desencadenan los temores
hacia el Ecuador.
En realidad, una política moderna y progresista hacia el
Ecuador, que tenga como uno de sus objetivos básicos no
sólo demarcar definitivamente nuestra frontera sino
establecer, además, una relación de Paz y Amistad,
como dice el propio Protocolo, presupone reconocer que los
problemas con nuestro vecino son también problemas
nacionales no resueltos entre nosotros mismos. Ignorarlo implica
abrir espacio para el chauvinismo y el militarismo revanchista.
El mejor ejemplo de ello, como hemos visto, son las demandas de
Loreto, departamento olvidado durante décadas por el
centralismo limeño y ahora castigado por una
política económica neoliberal que no entiende que
la tarea principal es integrar a los peruanos, descentralizar el
país y desarrollar, en este caso, nuestra Amazonía.
Enfocar así nuestra relación con el Ecuador nos
permitirá, sin duda, unir política exterior y
política interna; es decir, tener un proyecto externo que
sea parte de un plan de desarrollo nacional, del que carece hoy
el actual gobierno.
Es esta desconexión entre lo externo y lo interno lo que
explica el carácter contradictorio del proceso de
negociación. Mientras que la Cancillería peruana
avanza en ese proceso, el gobierno siembra la duda y la
desconfianza. Un buen ejemplo de esto fue la aprobación de
la Ley Ceticos-Loreto en el Congreso. Este acto no sólo
fue ilegal sino irresponsable, puesto que se dio en una misma
sesión en que también se aprobó otra ley
fraude que modifica el sistema de votación del JNE.
Así, más de uno se pregunta con razón si el
objetivo fue aprobar la ley Ceticos-Loreto o, simplemente,
emplearla como cortina de humo para sacar adelante la otra ley
que asegura la reelección del presidente. Tampoco se puede
descartar, en este contexto, que el presidente Fujimori, por
efecto de un simple cálculo político, -ante la
disminución de su popularidad- retroceda, frustrando
así una solución global con el Ecuador.
Se dice en el Perú que lo esencial de nuestra
política exterior frente al Ecuador no ha cambiado, puesto
que lo que siempre se ha buscado es que se ejecute de una vez la
demarcación fronteriza conforme a Derecho para tener
así una frontera totalmente demarcada y no cuestionada.
Esto es cierto, pero no basta. Una solución integral no es
sólo demarcar, es decir, «cerrar» la frontera. Porque lo
que se ha de cerrar, en verdad, no es sólo una frontera;
es más bien una etapa de mutua desconfianza, de odios y de
comportamientos parroquiales, como diría
Mariátegui, de visiones que entienden que las fronteras
son líneas que separan y que justifican una suerte de
nacionalismo claustrofóbico y pasadista.
Una solución global de los llamados impases con el Ecuador
de acuerdo a Derecho, es una posibilidad para que ecuatorianos y
peruanos se reconozcan. Ambos tendrán que dejar el viejo
nacionalismo que dio origen a nuestros países en el siglo
pasado y aceptar que las identidades se construyen sobre la base
de la integración nacional de todos sus ciudadanos. El
camino, con seguridad, será más difícil en
el Ecuador puesto que convirtió la prédica
antiperuana en un discurso estatal integrador nacional que hoy
tiene (y tendrá en el futuro) un peso importante en el
proceso de negociación.
Pero tampoco será fácil el camino para los
peruanos. Nosotros tenemos la obligación de integrarnos y
reconocernos como parte de un país que requiere con
urgencia ser otro, distinto al actual, para así poner fin
a los viejos fantasmas que aún rondan: el centralismo, la
«colonización» de la selva, la ausencia de desarrollo de
las provincias y de nuestras zonas fronterizas, la falta de
reconocimiento de que todos tenemos derecho a una vida digna por
ser igualmente peruanos.
Sólo así se abrirá la posibilidad de dejar
de ser, en última instancia, esos «enemigos
íntimos» que somos peruanos y ecuatorianos.
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