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Durante los años 70 la política italiana
procesó una profunda crisis derivada de la poca
transparencia en los asuntos públicos. Las intenciones de
atacar resueltamente a la mafia siempre terminaban en el
infranqueable muro levantado por la falta de pruebas y, sobre
todo, por los intentos de acallar las investigaciones que
conducían inexorablemente a la corrupción y
tráfico de influencias en las altas esferas.
En un ambiente así el sentimiento de sospecha se
generalizó y todo análisis de la situación
que se preciara de serio debía hacer a un lado las causas
aparentes y buscar la explicación en intenciones ocultas.
Fue cuando la prensa de entonces acuñó el
neologismo «dietrología» (del italiano dietro,
tras, detrás) para referirse a los diversos intentos
hechos en esta dirección.
Como es de suponer, prácticamente todos los hechos
empezaron a ser explicados como parte de una enmarañada
red de complots y complotadores, y de tanto trajinársele
el término pronto adquirió connotaciones negativas.
Pero hubo, felizmente, voces autorizadas que reconociendo la
validez de este tipo de ejercicios se mostraron renuentes a poner
un signo de igualdad entre las investigaciones bien hechas y
aquellas que resultaban ofensivas a la inteligencia por su
evidente falta de rigor y sistema.
Hemos querido empezar con este pequeño rodeo por
considerarlo muy útil para dar cuenta de lo que
está sucediendo en el Perú a raíz de la
puesta en vigencia de un plan antidelictivo, cuyos aspectos
principales son la incorporación de los servicios de
Inteligencia, la penalización extendida a los menores de
edad, la tipificación de terrorismo para los
crímenes agravados y, por lógica consecuencia, la
participación del fuero militar en los casos
criminales.
Entre el discurso y la realidad
Desde la óptica gubernamental un denominado «crimen
organizado» es el que estaría generando la mayor parte del
problema delincuencial en nuestro país. Dado que se admite
a priori que la institución que debería
encargarse de estas tareas, es decir la policía, carece de
los recursos suficientes para combatirlo, se infiere que no
habría justificación alguna para que los servicios
de Inteligencia, tan exitosos en el enfrentamiento de la
subversión y el narcotráfico, no asumiesen un rol
preponderante en la lucha contra esta nueva amenaza a la
seguridad del país.
Este planteamiento tiene como premisa un mayúsculo error
de apreciación. Cuando la versión oficial dice
«delincuencia organizada» -de cuya presencia no hay indicios en
el Perú- se refiere sin duda a aquella delincuencia que
está en capacidad de realizar actos de envergadura.
Ahora bien, la delincuencia organizada se define como la
institucionalización de redes muy complejas de entidades
dedicadas a actividades ilegales, cuyos réditos son luego
reintroducidos en los mecanismos formales de la economía.
A escala mundial este es, sin duda, un problema serio y muy
ligado a la seguridad de los Estados; un buen ejemplo de ello es
el narcotráfico. Esta sería la actividad ilegal que
guarda la mayor correspondencia con lo afirmado por las
autoridades peruanas, pero, como se sabe, el combate
antinarcóticos tiene su propio esquema y está fuera
de la estrategia antidelincuencial del Ejecutivo.
Sin embargo, al sugerir la inexistencia de una delincuencia
organizada en nuestro país no queremos decir que la
seguridad pública goce de buena salud. Efectivamente, la
sociedad se siente cada vez más desprotegida y lo que se
impone es la necesidad de discernir con claridad las causas que
están provocando esta situación.
Si nos remitimos a los datos estadísticos disponibles,
vamos a encontrar que la delincuencia mayor es un componente
importante en la generación de inseguridad; pero el factor
principal es la multiplicación de actos ilícitos
menores que en la mayor parte de los casos, debido a su
relativamente escasa gravedad, no llegan a ser denunciados, ya
que las víctimas, o en su defecto la policía,
estiman que el agravio cometido no exhibe méritos para ser
registrado y proceder a su posterior investigación.
Hay un segundo aspecto cuestionable en la perspectiva oficial.
Aunque en forma velada, más implícita que
explícita, los voceros gubernamentales han tenido que
reconocer el mal estado en que se encuentra el cuerpo policial.
Cabía esperar, entonces, que expresaran la firme
determinación del gobierno de corregir ese estado de
cosas. No ha sido así y en su lugar han optado por avalar
la imagen de una policía que no forma parte de la
solución sino del problema.
Afirmar la existencia de una policía-problema no
debería ser motivo de sorpresa, dadas las constantes y
reiteradas críticas a que se ha hecho acreedora esta
institución. Lo que sí llama a sorpresa es que
datando de muchos años las señales de la grave
crisis institucional que padece la policía, las
autoridades hayan esperado que ésta llegue a los extremos
preocupantes que muestra hoy para recién tomar cartas en
el asunto.
Sin embargo, todo lo dicho y hecho por el gobierno hasta el
momento abona la presunción de que su propósito no
es resolver la crisis policial sino usarla como
justificación para limitar las funciones de la
Policía Nacional y derivar parte de sus tareas a los
servicios de Inteligencia militar. Es decir, salirse por la
tangente y manipular las demandas policiales en función de
sus propios objetivos.
Cabe entonces preguntarse por qué decidió tomar
este atajo. La respuesta pudiera tener relación, de una
manera u otra, con las implicaciones que traería consigo
una verdadera reforma policial y la aplicación de una
decidida política de seguridad ciudadana.
En efecto, no parecen figurar en la agenda del gobierno asuntos
tan delicados como el de la pertinencia de una policía
militarizada, el de la conveniencia de trasladar ciertas
funciones de la seguridad pública a organismos civiles o
el de preocuparse por los alcances de la doctrina de «seguridad
interna», que al superponerse a la de «seguridad pública»,
hace de la policía una fuerza auxiliar y dependiente de
las fuerzas armadas (de las que, dicho sea de paso, no ha dejado
de depender en todos estos años a través del
Ministerio del Interior, a cargo invariablemente de un general de
ejército).
La seguridad pública, o ciudadana, no involucra solamente
a la policía, sino a otras instituciones del Estado y
organismos públicos, como son el Poder Judicial y el
sistema penitenciario, aquejados también de graves
problemas.
Nada grafica mejor las dificultades de estas instituciones que la
situación de la población penal: actualmente
triplica la capacidad de albergue de las cárceles y una
inmensa mayoría de ésta se encuentra en calidad de
inculpada.
Sin embargo, en las medidas dictadas por el Ejecutivo ha sido
notoria la ausencia de toda referencia a la problemática
judicial y penitenciaria del país, salvo de manera
indirecta, con la cuestionable incorporación del fuero
militar en los asuntos criminales que, de hecho, daña
irremediablemente el ordenamiento establecido.
Se ha dicho a modo de justificación que el sistema
procesal del fuero común no puede garantizar un juicio
rápido y sentencias severas para aquellos delincuentes que
han cometido actos graves. Pero, sintomáticamente, se ha
evitado que la atención recaiga sobre algunos aspectos
cruciales del proceso penal, como por ejemplo la formación
de pruebas, que dejarían al descubierto una serie de
graves deficiencias, tanto de la función policial como de
la judicial.
No debería sorprendernos esta manera de presentar las
cosas por parte del gobierno. Lo contrario habría
equivalido a reconocer el fracaso de las reformas judicial y
penitenciaria llevadas a cabo bajo su auspicio.
La excepción como regla
No habiendo pues conexión clara entre las medidas
adoptadas, la ocasión en que éstas han sido
formuladas y la dimensión y naturaleza del problema que
desea atacarse, sólo resta presumir que la decisión
del gobierno se explica por causas diferentes a las expuestas. La
opacidad de los asuntos públicos -una
característica muy marcada del Perú de los 90-
atiza nuevamente los sentimientos de sospecha y, con ello, la
necesidad de análisis «dietrológicos» para dar
cuenta de los actos gubernamentales.
El punto de partida del planteamiento oficial es la existencia de
un problema «pernicioso» que no puede enfrentarse con los
mecanismos ordinarios sino mediante medidas «radicales». Esto nos
remite directamente al carácter de «inevitabilidad» que
asumen las cosas en una situación y un clima de
emergencia.
Estamos así ante un esquema de gobierno que se repite y
renueva constantemente. A lo largo de esta década los
estados de excepción se han convertido en la regla y los
pretextos para justificar la alteración de la normalidad
han venido sucediéndose uno tras otro: empezó con
la subversión, siguió el narcotráfico,
después la confrontación bélica con Ecuador,
vinieron a continuación los estragos causados por El
Niño y ahora la delincuencia.
Todas efectivamente, unas más que otras, emergencias que
debían ser enfrentadas con arreglo a un marco adecuado de
disposiciones con carácter de excepcionalidad.
Sin embargo, por extremas que hayan sido las distintas
situaciones no queda claramente fundamentada la permamente
excepcionalidad que hemos venido experimentando durante los
últimos años. El supuesto lógico es que ante
una emergencia se actúa en función a una pronta
vuelta a la normalidad, pero, en el caso peruano, parece que se
impone un razonamiento inverso: debe evitarse un ambiente de
normalidad mediante una sucesión de emergencias.
Desde esta perspectiva podría conjeturarse que el
régimen político imperante en el Perú no
puede desenvolverse sino en un clima de excepcionalidad. Apoya
esta suposición su génesis misma, pues fue
diseñado para poner fin al sistema democrático que,
a juicio de sus mentores, se encontraba rebasado por la
subversión; y también los diversos ajustes a que ha
sido sometido a fin de proporcionarle una fisonomía
más «democrática», pero dentro de límites
tales que el efecto buscado de «normalidad institucional» no haga
mella en la férrea centralización de las decisiones
y en el manejo, fuera del escrutinio público, de los
verdaderos resortes del poder. Así, los mecanismos de
control y fiscalización de los actos de gobierno -pilares
de la democracia- han terminado absolutamente mediatizados.
En el tema puntual de la delincuencia es evidente que las
soluciones pasan por mejorar sustantivamente las condiciones de
trabajo y desempeño, tanto de la policía como del
Poder Judicial, promover la participación ciudadana,
incentivar las iniciativas que se formen a nivel municipal, y
otras medidas que en una u otra forma fortalezcan a las
instituciones y animen las pulsiones democráticas de la
población.
Pero este es un rumbo que no puede transitar el régimen
sin negar su esencia. En efecto, ha preferido construir una
analogía entre delincuente común y terrorista para
destacar de esta manera la continuidad de roles entre ambos. Con
dicha operación discursiva el problema subversivo y el
problema delincuencial se resumen en uno solo, de donde resulta
la aplicación de una misma estrategia para
combatirlos.
Queda establecido así un clima de «emergencia» ante el
cual la población no tiene opción alguna salvo
aceptarlo.
Los recursos del método
Para el logro de sus objetivos el oficialismo hace a un lado el
delicado problema institucional que conlleva su estilo
político, apelando a una supuesta eficacia. En esta
línea se impone nuevamente la primacía del sentido
común. Ahí están, para avalarlo, las
encuestas de opinión en las que la ciudadanía
muestra su consentimiento a una política de «mano
dura».
El cultivo de una imagen inflexible cuando de enfrentar los
problemas del país se trata tiene la indudable virtud de
generar una sensación de efectividad. Sin embargo, debe
ocultar un vicio mayor: puesto que se busca sobre todo impactar a
la opinión pública, su foco de atención debe
dirigirse hacia los síntomas y no hacia las verdaderas
causas de los problemas.
Ningún modelo serio de seguridad ciudadana deja de
reconocer que la delincuencia es la expresión de un
contexto social atravesado por graves dificultades. La
propagación del delito no es pues un fenómeno
repentino y espontáneo, susceptible de ser afectado por
fórmulas represivas que se caracterizan por su inmediatez.
Por ese camino el resultado será una mayor cantidad de
delincuentes en las cárceles sin que disminuya
sensiblemente la frecuencia de robos y crímenes en las
calles.
Esto no parece importar al gobierno, que ha preferido dar un
sesgo político a su concepto de seguridad ciudadana.
Primero, porque un control social que descansa significativamente
en la capacidad represiva del Estado, si bien no garantiza una
solución estable y permanente, sí está en
capacidad de ofrecer resultados coyunturales que
fortalecerán la imagen del régimen. Segundo, porque
al plantearse la figura de una «guerra» -en este caso, contra la
delincuencia- la necesidad de un líder se hace patente y,
con ello, la figura presidencial adquirirá nuevos brillos
ante la población.
En este escenario, no podemos sustraernos a la preocupante
posibilidad de que las medidas adoptadas para combatir a la
delincuencia sean finalmente contraproducentes.
Las prerrogativas conferidas a los servicios de Inteligencia y a
la justicia militar, mientras se deja a la población y sus
organismos representativos como sujetos pasivos en este problema,
acrecentarán, sin duda, el temor y la desconfianza.
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