| Yo andaba aún por los nueve años, o sea que mi tierna
edad tan sólo me permitió asistir en calidad de espectador
a la tan fría como entretenida aunque algo cruel guerra que se desató
en mi familia cuando el cincuentenario del 98, o sea en 1948, un año
en que mi hermana Cristi, adolescentísima y realmente torturada
porque, en cada mirada al espejo -un millón al día- no le
quedaba más remedio que darle toda la razón a las envidiosas
enemigas de su pelo rubio platino como un tesoro, esto sí que sí,
pero en cambio cuánta razón tenían en eso de encontrarla
exacta, pero lo que se dice detestablemente exacta, a la odiosa y empalagosa
y melosa June Allyson; en fin, un año en que la pobre Cristi, además
de todo, se debatía entre una fidelidad casi bíblica a Clark
Gable y la debutante pero qué dulce y acariciadora voz de Frank
Sinatra, un esqueleto sin el menor atractivo físico, y sin embargo...
Y sin embargo, desde que por primera vez lo vio en el mejor cine de Lima,
el Metro, que además de todo había construido nuestro tío
Rudecindo Galindo, el del nombrecito, pobrecito, como solían decir,
casi en coro, y por más lejos que vivieran unos de otros, todos
los miembros de mi familia, ante la sola mención de su nombre y
apellido...
- Lo demás en él está bastante bien - comentaba
siempre la tía Carmela, y además ha hecho muy feliz en matrimonio
a nuestra prima Raquel, pero, con ese nombrecito, pobrecito, es como si
de pronto todo en él y en Lima se viniera abajo.
O sea pues que nada más ajeno a la familia que el asunto aquel
de España y la trágica pérdida de Cuba y el fin de
un imperio colonial y el nacimiento de otro. Además, según
el cine en tecnicolor del imperio americano, ya súper establecido
en el Perú por aquellos años de dictadura de Odría
-la que a todos nos convenía, como afirmaba una y otra vez mi padre-,
La Habana era la ciudad de los fines de semana felices y el amor a flor
de piel entre palmeras y hamacas y brisa y Caribe. Sus cantantes dominaban
los micrófonos de todas las radios de América Latina y sus
orquestas y bailarinas sexy los escenarios de tantos teatros en
los que el pueblo coreaba alegremente un sueño popular:
Yo me voy pa' l'Habana y no vuelvo más
El amor de Carmela me va a matar...
Para qué pues la tristeza con que llegó un día
viernes mi hermano Bobby del colegio usamericano donde cursaba el cuarto
de secundaria, casi todo en inglés de Norteamérica, por supuesto
-hasta la natación, diría yo-, salvo un poquito de geografía,
historia, y literatura, en castellano, y como quien dice sólo para
que cuando crezcan y hereden las fortunas de sus padres, sepan al menos
que nacieron en un país llamado Perú. Para qué pues
la tristeza con que llegó Bobby esa tarde, un día viernes
de habitual reunión familiar.
- ¿Por qué viene tan cabizbajo mi hijito? -le preguntó
mi mamá, con esa dulzura, con esa suavidad, con esa ternura, incluso,
que le aplicaba a todas las cosas y situaciones de esta vida, y que no
significaban absolutamente nada, creo yo, salvo tal vez una manera de distanciarse
al máximo de las cosas de este mundo, de desaparecer casi en el
corazón mismo de la realidad, de la realidad peruana, en todo caso,
y de seguir metida cuerpo y alma en ese estado de ensoñación
que le permitía continuar viviendo como una reina, en París,
los interminables meses limeños durante los cuales iba convenciendo
a mi padre para que le financiara un nuevo viaje a Europa.
- El curso de literatura me tiene triste, mamá. El profesor
es español y...
- Los españoles son todos tristísimos, Bobby, pero
eso no debe preocuparte en lo más mínimo. Ten paciencia y
ya verás: algún día serás un hombre hecho y
derecho y leerás a Proust.
- ¿Proust es alegre?
- Ni alegre ni triste, mi amor. Simplemente grandioso, como todo
en Francia.
- ¿Y Cervantes, mamá?
- Vulgarón, mi amor.
- ¿Vulgarón?
- Chabacano, en todo caso, pero esta noche viene tu abuelito y te
ruego que no le vayas a decir que yo he dicho nada de esto. él adora
a Cervantes, tú sabes. Y es que, en el fondo, también al
pobrecito se le secó un poco el cerebro en aquel viaje a Madrid
con mi mamacita...
- ¿De qué te ríes, mamá?
- De tu pobre abuelito entrando al hotel Ritz, en Madrid, y descubriendo
que medio mundo, ahí en el amplio vestíbulo, lo había
tomado por Alfonso XIII. Fue tan feliz con la confusión que desde
aquel día no ha hecho más que buscar la manera de acentuar
ese parecido, y, cada mañana, me cuenta tu abuelita, se afina y
recorta el bigote mirando un millón de veces la foto que les tomaron
al rey y a él juntos. Se está horas en el baño con
lo de la foto y el espejo y otra vez la foto y Alfonso XIII. Y todo se
debió simplemente a una confusión y a la suerte que tuvo
de que el rey se enterase de la que se había armado en el Ritz,
con el caballero peruano exacto a él como dos gotas de agua, y lo
invitara llevado por la curiosidad que sintió de conocer a su gemelo
ultramarino.
- ¿Y por eso sólo lee a Cervantes?
- Tanta foto y tanto espejo, mi amor, y además sus ochenta
años, ya. Se le ha secado el cerebro como a Don Quijote. Yo, en
todo caso, he fracasado totalmente en mi intento de hacerlo leer a Proust,
a Gide, a Mauriac; en fin, Bobby, a todos los escritores del mundo.
- ¿Y Unamuno, mamá, tú has leído a Unamuno?
- Si no es francés no lo he leído, mi amor. Ni tengo
por qué leerlo, tampoco, porque sencillamente no se es escritor
si no se es francés. Pero bueno, ¿es ese tonto de Unamuno
el que ha hecho que mi adorado hijo regrese tan cabizbajo del colegio?
A ver, ¿cuéntame por qué?
- El profesor García, que es español, dice que a Unamuno
le dolía España, desde la tragedia del 98. Y como que lo
ha probado. dice que tenía el alma triste hasta la muerte.
- A los escritores españoles les duele siempre todo, mi amor,
por eso es que son tan pesadotes.
- Pero, mamá...
- Mira, mi amor: como hoy llegan Alfonso XIII y tu abuelita, que
sólo lee a un tal Azorín, me parece, esta noche debes aprovechar
la oportunidad para preguntarles por qué a Unamuno y al profesor
García les duele tanto España y el alma.
Observé como loco, aquella noche, y la verdad es que mucho
más aprendí sobre mi familia que sobre ningún 98.
La fecha y su significado no existían para unos, y, para los que
sí existían, o eran algo absolutamente positivo para la historia
de la humanidad, o eran unos momentos sin la más mínima importancia,
en todo caso en el Perú este del diablo en el que nos ha tocado
vivir.
- Entonces para qué discutir sobre cosas sin importancia -
dijo el tío Otto Burmester, esposo de tía Carmela, la hermana
menor de mamá.
- Bueno, Ottito -intervino tía Carmela-: Discutamos siquiera
un poquito porque el tema de Unamuno y el 98 trágico lo tienen tan
interesado como triste al pobre Bobby.
- De acuerdo, mujer -le dijo su esposo a tía Carmela-, pero
pongámosle un límite de tiempo a la discusión.
- De acuerdo -dijo mamá-, no bien Bobby se alegre un poco
y nos diga que se ha enterado de algo, terminamos la discusión.
- Fue una guerra triste y trágica -dijo el padre español
Marcelino Serrador, que por nada de este mundo se perdía las copitas
de los viernes, en casa de mis padres. Luego, dirigiéndose al abuelo,
le preguntó-: ¿Qué piensa usted, don Atanasio?
- Lo de siempre, padre Marcelino. Lo de siempre. Más vale
honra sin barcos que barcos sin honra.
Se hizo un silencio profundo, como cada vez que hablaba el viejo
patriarca destronado que era el abuelo. Y es que, sin ser ninguno de los
dos, ni mucho menos el autor de la frase - de esto me enteré siglos
después-, como que acabara de hablar Cervantes y también
como que acabara de hablar Alfonso XIII, por cariño, por respeto,
por el amor que todos le teníamos al abuelito materno.
- Tiene usted la razón, y no, don Atanasio - matizó,
o al menos quiso matizar, el padre Marcelino Serrador. Sin embargo, el
dolor que produjo esa fatídica pérdida de Cuba, Filipinas,
y hasta el islote ese que cedimos como precio de la derrota...
- ¿Islote? -preguntó mi abuelita. ¿Cuál?
- Tú siempre en las nubes, María Cristina - intervino
mi abuelito-, el padre Marcelino se refiere a Puerto Rico.
- Puerto Rico, sí, doña María Cristina. Con
su bello San Juan y todo.
- Las guerras nunca han servido para nada -quiso pontificar, o sabe
Dios qué, desde su eterna y absoluta distracción, la adorable
abuelita María Cristina.
-Sirven para ganar, querida suegra -la interrumpió, casi,
el alemanote del tío Otto Burmester.
Y por ahí iban las cosas cuando llegó mi hermana Cristi,
comiéndose las uñas como loca porque, como nunca, esa tarde
y ante ese mismo maldito espejo de su dormitorio, se había encontrado
exacta a June Allyson, detestablemente.
- Parece que vinieras de la guerra, darling Cristi -intervino mi
padre, que también en ese instante llegaba de la fábrica
y se disponía a ordenar un bourbon para él y después
que llamen al mayordomo menos idiota y que cada uno pida lo que le dé
la gana.
- Coñac para todos, menos para los chicos -dijo, como cada
viernes, exactamente a la misma hora, el abuelito materno.
- En esta casa mandas tú, querido suegro cervantino - agregó
mi padre, pero de tal manera que, una vez más, como cada viernes,
desde hace varios años, todos ahí notáramos que en
esa casa, en esa familia, en esa ciudad, y, de ser posible, en ese país,
hacía ya un buen rato que él había desplazado cien
por ciento al abuelo en todos y cada uno de los negocios y asuntos familiares.
Luego, falsamente condescendiente, y mientras besaba a mi madre con su
eterno Hi, darling, logrando expulsarla casi hasta Francia, de purita
desesperación e incompatibilidad de caracteres, agregó un
Hi general, para la familia completa, al menos la íntima,
la más cercana, y preguntó si su llegada había interrumpido
alguna conversación.
- Estábamos hablando de la guerra de Cuba y del 98, Robert
-lo informó el tío Otto Burmester.
- John Wayne se voló un barquito o dos, de su propia armada,
como quien no quiere la cosa, y los españoles le llamaron a eso
guerra -quiso ponerle punto final al asunto, mi padre.
- Pero Azorín dice -intentó decir mi abuelita, pobrecita,
que sólo leía a Azorín, como mi mamá sólo
releía a Proust-, Azorín dice..
- Muy querida María Cristina -la interrumpió mi abuelito,
un poco desde su trono perdido y otro desde su flaquísimo Rocinante-,
Azorín nunca dijo nada, por la sencilla razón de que nunca
pasó de ser un filósofo de lo pequeño.
- De acuerdo, don Atanasio, de acuerdo -intervino el padre Marcelino
Serrador, obligado como estaba a saber un poquito más sobre el tema,
en su calidad de español-. Sin embargo, algo nos dice también
Azorín, desde el corazón mismo de la generación del
98. Y algo nos dice también un Unamuno, un Baroja, un Antonio Machado.
Algo nos dicen todos ellos del fatídico 98...
- Ese año nació Federico y a esa generación
perteneció también Antoñito -reapareció, como
quien llega desde lejísimos, la eternamente distraidísima
tía Carmela, que todo lo había heredado de su madre, en lo
que a carácter se refiere.
- Mujer -carraspeó el tío Otto Burmester- llevo quince
años casado contigo y francamente me encantaría saber de
donde me has sacado tú a unos amigos llamados Antoñito y
Federico. Y francamente me encantaría...
- Antoñito se apellidaba Machado y murió pobre, triste,
y exiliado, en un bellísimo lugar de Francia llamado Colliure. Y
Federico se apellidaba García Lorca y lo asesinaron en la guerra
civil de España.
- Prohibido hablar de guerras delante de los mayordomos - ordenó
mi padre, al ver que Ramón, el primer mayordomo, se acercaba con
dos azafates, vasos, copas, hielo y bebidas-. Un mayordomo debe ignorarlo
todo acerca de las guerras. Y bueno, pensándolo bien, debe ignorarlo
todo de casi todo, mejor.
- ¿Y por qué, Robert? -le preguntó el tío
Otto Burmester, bastante bruto el pobre, puesto que Ramón ya estaba
entre nosotros y podía oirlo todo-. Finalmente, cualquier hombre
en este mundo tiene derecho a la instrucción.
- Pues entonces cuéntale tú a Ramón qué
tal le fue a tu país en su última guerra, esa que llaman
Mundial y todo. Y cuéntale también de tu llegada al Perú,
si te atreves.
- Darling papi -intervino, encantadora y vacía como
siempre, mi mamá. Probablemente lo único que temía
era que se alzara demasiado la voz en esa sala en discusión familiar
y que ello le impidiera concentrarse en el maravilloso uso que Proust hacía
del subjuntivo. En francés, claro está. A quién se
le iba a ocurrir que a ella se le antojara, siquiera, leer a Proust en
un idioma que no fuera el francés.
Ofendidísimo, el tío Otto Burmester abandonó
la discusión y la guerra de Cuba, el 98, o lo que fuera, mientras
yo observaba que el pobre Bobby rogaba con los ojos que alguien dijera
algo acerca de Unamuno y su dolor por España. Y Cristi, que odiaba
a la humanidad entera, empezando por sí misma, pero que con Bobby
había hecho la excepción amorosa a tan ruda ley, intervino:
-¿Y por qué no dejan que Bobby haga un par de preguntas
siquiera? A él le toca estudiar a la generación del 98, este
año, y lo que es ustedes hablan de cualquier cosa menos de lo que
a él le interesa.
- Tu pregunta, y se te responderá, hijo -se burló mi
padre, pero sólo un poco, porque la verdad es que en este mundo
se le caía la baba por tan sólo dos temas: los Estados Unidos
de Norteamérica y su hijo Bobby. En este orden-. Anda, tú
pregunta, hijo mío, y se te responderá.
- ¿Por qué a Unamuno le dolía España
y además decía que su alma estaba triste hasta la muerte?
-le tembló la voz al pobre Bobby.
- En realidad, Bobby -le respondió el padre Marcelino Serrador,
cumpliendo con su obligación de español y de religioso, y
luciéndose ante esta posibilidad-, en realidad esas palabras sobre
el alma dolida hasta la muerte no son de Unamuno sino del apóstol
San Pablo. Lo que pasa es que...
- Lo que pasa es que el tal Unamuno este tan achacoso que todo le
dolía y le entristecía, le pegó tremenda plagiada
al apóstol San Pablo... Ja ja ja...
- Papá, por favor, deja que mi hermano Bobby se entere de
algo -lo intentó callar Cristi.
- A callar tú, June Allyson -la mató mi padre, como
antes al pobre tío Otto Burmester, y como si de golpe la famosa
guerra de Cuba y el 98 empezaran a instalarse en la sala de la casa, a
pesar de su inexistencia, al menos hasta el momento.
Y el tercer muerto fue el pobre abuelito y sólo por repetir
aquello de los barcos sin honra y viceversa.
- Molinos de viento, mi querido don Quijote. John Wayne, una buena
cantidad de barcos, muchísima suciedad, y ya verás qué
victoria tan sabrosa y qué botín cubano y filipino y puertorriqueño
te tocan saborear al final. Después, si quieres perder tiempo en
tonterías, la honra te la fabricas tú mismo comprándote
un buen par de historiadores y poniéndolos a cumplir con su buen
sueldo.
- Eso no está bien y yo no lo admito -se indignó el
abuelo, como en los viejos tiempos, cuando mandaba en el clan.
- ¿Y entonces cómo te admito yo en esta casa, querido
suegro y rey de España en el exilio?
Otro muerto más en el clan familiar. Y así, al final
de la batalla, ya no sobrevivió más que mi padre, cada vez
más duro con todos, cada vez más yanqui, cada vez más
dueño y jefe del clan de los Richards, por parte suya, y de la Torre,
por parte de madre. Mi abuelito y el padre Serrano ya no se atrevieron
a abrir más la boca, ni mi abuelita María Cristina volvió
a hablar del filósofo de lo pequeño, ése llamado Azorín,
ni mi pobre tía Carmela se atrevió a mencionar a ese par
de perdedores natos, según mi padre, llamados por ella Federico
y Antoñito, de lo puro cariñosa que fue siempre. España
estaba, pues, derrotadísima, y mi tío Otto Burmester ni qué
decir, había que verlo cabizbajo y ensimismado y avergonzado como
toda una Alemania derrotada y que aún tardaría años
en renacer de sus culpables cenizas. Hasta Cristi había muerto,
desde que mi padre, en vez de besarla cariñosamente, la comparó
con su odiada imagen ante el espejo de una difícil adolescencia.
Y yo ahí con mis nueve años, me limitaba a observar a mi
padre y a Bobby. Finalmente, Bobby era el gran favorito de mi padre y aquello
del 98 y la guerra de Cuba tenía que terminar sin que entre ellos
hubiera roce alguno. Y la tensión crecía minuto a minuto,
a medida que mi padre sorbía lentamente su tercer bourbon de la
noche.
- A ver, hijo mío -dijo, por fin-, vamos a preguntarle a tu
madre qué opina ella de todo esto del 98.
Francamente, creo que ésta fue una de las pocas veces en su
vida que mi madre descendió de su nube francesa y dijo algo realmente
auténtico, sincero, y absolutamente parisino:
- ¿El 98? Connais pas, mon amour... Connais pas. ¿Y
qué más quieres que te diga, hijito mío? Hasta esta
tarde, jamás había oído hablar del tal 98.
-Ya ves Bobby. Tu madre tiene la razón. Por una vez en la
vida, tu madre tiene toda la razón del mundo.
- ¿Estás seguro, papá?
- ¿Quieres que te lo pruebe, Bobby?
- Sí, papá. - Pues Hemingway, que tanto anduvo por
España y Cuba, jamás participó en ninguna guerra de
Cuba ni 98 ni nada. Y mira tú que le gustaban las guerras al gringo
borrachoso ese.
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