| A pesar de que la segunda etapa del proceso de
solución de la controversia peruano-ecuatoriana -
encausado por el Cronograma de Brasilia (noviembre
último)- se encuentra oficiosamente en su tramo final,
una nueva fase negociadora parece abrirse paso en el
horizonte.
Ella fue insinuada por el presidente Mahuad cuando
asumió el cargo, al anunciar su disposición a
seguir buscando, desde su perspectiva, «soluciones
apropiadas» y «fórmulas viables» para superar el
diferendo.
Las iniciativas consecuentes se han traducido en la
reactivación de la diplomacia presidencial. Hasta
ahora los presidentes Fujimori y Mahuad han realizado lo que
podría denominarse una reunión de
reconocimiento y reactivación -Asunción- y una
de trabajo y evaluación -Panamá-,
previéndose una tercera en Brasilia.
En al ámbito sustantivo la innovación se
refiere a la presentación al Perú y a los
garantes de una anunciada «contrapropuesta» ecuatoriana,
probablemente relativa al ámbito territorial y
fluvial. Esta, bajo un formato menos rígido
debió haber sido discutida en el extensísimo
encuentro entre los dos presidentes en los márgenes de
la reciente cumbre del Grupo de Río
En el ámbito estratégico la novedad consiste en
la formalización de una nueva zona desmilitarizada en
la oreja del Cenepa: la «zona de control y vigilancia»
solicitada conjuntamente por Perú y Ecuador a la MOMEP
luego de una infiltración de tropas ecuatorianas en la
vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor.
Al innovar el proceso como producto de la recuperación
de la iniciativa diplomática y el uso político
de la fuerza militar, el gobierno ecuatoriano no sólo
dilata la conclusión de las negociaciones (cuyo plazo
original -el 30 de mayo, considerado luego sólo como
referencial- se ha vencido con largueza), sino que lo hace
con un mejor sustento ciudadano.
En efecto, la elección del presidente Mahuad, dentro
de las precariedades de la vida política ecuatoriana,
cierra la sombra de ilegitimidad que se cernía sobre
su antecesor. En cambio en el Perú la inestabilidad
política se agudiza gracias a la decisión
gubernamental de forzar, contra el Derecho y la voluntad
popular, la posibilidad de una segunda reelección
presidencial, lo que resta legitimidad a la acción
futura del jefe de Estado e impacta directamente en la
calidad de la diplomacia presidencial.
A pesar de que estos hechos constituyen hoy ventajas
relativas de la parte ecuatoriana, según algunos
éstas resultarían sólo marginales si se
considera la situación actual del proceso.
En la medida en que sus dos capítulos
periféricos han culminado con éxito -reflejado
en sendos proyectos de acuerdo de integración
fronteriza y medidas de fomento de la confianza-, y de que de
los dos capítulos sustantivos, el principal -referido
a la «fijación en el terreno de la frontera
terrestre»- se percibe como orientado a concordar con la
posición peruana según los «pareceres» de los
grupos técnico-jurídicos, resulta
extremadamente difícil que la culminación de la
ejecución del Protocolo de Río y sus
instrumentos complementarios pueda ser seriamente cuestionada
por las mencionadas innovaciones ecuatorianas.
Esta certeza puede ser mellada tanto desde el punto de vista
procesal como de los márgenes de flexibilidad en que
puede fluctuar la posición peruana como efecto de la
condenable infiltración militar ecuatoriana.
En lo que respecta al ámbito demarcatorio, debe
recordarse que los «pareceres» emitidos por los grupos
técnico-jurídicos no son formalmente
vinculantes a pesar de su peso moral, político y
jurisprudencial. Por lo demás, esas opiniones deben
ser evaluadas por una comisión peruano-ecuatoriana (en
la que obviamente no existe consenso sobre los mismos), la
que a su vez debe presentar sus recomendaciones a los
gobiernos del Perú y el Ecuador.
En otras palabras, si nos atenemos a las propias normas del
proceso -que incluye la admisión de sugerencias
formales de parte de los garantes en caso de estancamiento-,
la dimensión consensual no puede ser obviada en
ninguna instancia.
Esta tarea, de por sí compleja, puede complicarse
aún más en tanto la parte ecuatoriana insista
en reclamar al más alto nivel lo que -en la
percepción del presidente Mahuad- «les pertenece», al
tiempo que ratifica la importancia formal de los «pareceres».
La diplomacia presidencial debería contribuir a
desatar estos nudos y apurar el proceso, aunque
últimamente ha confirmado la subsistencia de
diferencias de carácter sustantivo que reclaman tanto
soluciones «imaginativas» como su impacto en los respectivos
frentes internos.
A mejorar la fundamentación de este punto ha
contribuido la reciente infiltración militar
ecuatoriana en la oreja del Cenepa, así como el
implícito aval otorgado a la misma por las autoridades
de ese país que consideraron que estando, según
su perspectiva, el área en cuestión el
posicionamiento de sus tropas no podía ser considerado
como intrusivo.
Ese modus operandi, por no hablar de una estrategia,
ha sido convalidado sin demasiada resistencia peruana con la
institucionalización de la «zona de control y
vigilancia» que, aunque «temporal» y «excepcional», desmerece
el ejercicio de la soberanía nacional en la periferia
de la oreja del Cenepa. La «zona» amplía en los
hechos, aunque bajo otros términos, la
neutralización de la zona desmilitarizada que en 1995
se convino tras un conflicto militar efectivo y de su
término bajo una ambigua correlación de fuerzas
en el área.
En consecuencia, podría esperarse que la
«contrapropuesta» -o su formato alternativo- que el
presidente Mahuad anunció en el campo
diplomático, insista de alguna manera en cuestionar el
estatus de la zona, aunque no pueda cuestionar los
«pareceres». Asimismo, en reclamar mayores facilidades para
el acceso fluvial.
La única razón que podría avalar la
tolerancia peruana sería la mutua convicción
sobre la determinación de las partes para arribar a
una solución en el corto plazo y que ésta se
encuentre, objetivamente, al alcance de la mano. De no ser
así, el Ecuador -y el proceso- corre el riesgo de que
nuestras autoridades no se muestren tan flexibles como
reclaman las circunstancias en la concertación del
tratado de comercio y navegación (sobre el cual nada
se ha comunicado a la opinión pública).
Si la llave de la negociación consiste en demarcar la
frontera en el ámbito del Protocolo y de sus
instrumentos complementarios (lo que, según el
artículo 9, implica la facultad de mutuo otorgamiento
de pequeñas compensaciones territoriales con fines
operativos) a cambio de las mejores facilidades de acceso
ecuatoriano al Amazonas, la irritación que produce el
fondo y la manera del cuestionamiento territorial ecuatoriano
podría ser más funcional a una
interpretación restrictiva del ejercicio de la
soberanía y la jurisdicción nacionales. Ello
minimizaría las posibilidades de negociar, por
ejemplo, alguna zona franca fluvial u otras facilidades
parecidas en beneficio ecuatoriano.
Teniendo en cuenta que las negociaciones podían
rigidizarse, la infiltración de tropa ecuatoriana
debió ser militar y diplomáticamente resistida
con mayor energía. De haber reaccionado de esta
manera, nuestras fuerzas armadas -posicionándose en la
zona sin llegar necesariamente a un conflicto- habrían
cumplido mejor y más visiblemente con su objetivo y
nuestra diplomacia habría ganado margen de
acción para negociar con mayor flexibilidad en el
ámbito fluvial.
En lugar de ello se ha permitido que la fuerza armada
ecuatoriana fortalezca su rol nacional a costa de debilitar
el proceso internacional, y de que pueda concluir que
vulnerar territorio peruano sin costo alguno, obteniendo
además el premio de la neutralización de parte
del área materia del diferendo, puede ser rentable en
el futuro.
Por su lado, la autoridad política ecuatoriana puede
ilusionarse con el hecho de que, en un escenario
diplomático-militar, el Perú sólo
reaccionará diplomáticamente influenciado por
la esperanza de concluir un acuerdo a la brevedad. De
allí que resulte necesario, ahora que ha concluido la
separación de fuerzas, corregir ese error cancelando
la zona de control y vigilancia, que ya cumplió sus
fines, y sustituyéndola por un área de trabajo
coordinado para el desminado de la zona.
Pero si la autoridad ecuatoriana ha podido innovar el proceso
negociador recurriendo al uso limitado y focalizado de la
fuerza como paso previo a la acción diplomática
-prefigurando así un patrón que tiende a
reproducir, en menor escala, los hechos y consecuencias de
1995-, la autoridad peruana lo ha hecho también,
aunque exclusivamente por la vía
diplomática.
En efecto, recurriendo a esa vía se inició en
noviembre último, con la Declaración de
Brasilia, la denominada segunda etapa negociadora. Esta
fijó los cuatro «nuevos» acápites de la
negociación integral -que no son otros que los
contenidos en las propuestas del presidente Fujimori
realizadas en 1991-1992- luego de que nuestra
Cancillería declarase, fuera del proceso formal, que
el planteamiento ecuatoriano -originalmente aceptado como
«impasse»- de discutir un «acceso libre y soberano» era
«improcedente» e «inaceptable».
Aunque el contenido de ese pronunciamiento era
jurídicamente incuestionable y políticamente
imprescindible (nunca debió ser admitido como
«impasse», su planteamiento en un ámbito externo al
proceso negociador strictu senso no sólo
cambió la estructura de las negociaciones sino que,
probablemente, arriesgó su continuidad.
Pero al innovarse el proceso -en cuyo ámbito se han
producido ahora los «pareceres»-, la Cancillería
asumió la iniciativa y ganó un margen de
negociación ahora disminuido por las consecuencias
diplomáticas de la infiltración
ecuatoriana.
Lo extraordinario de este proceso de marchas, contramarchas e
innovaciones unilateralmente inducidas es que, a lo largo de
tres años y medio, hemos avanzado sustantivamente
hacia una solución definitiva luego de un conflicto
limitado que pudo, más bien, producir la
consagración de una «paz armada» como
alternativa.
En ello el compromiso de las partes y de los garantes no ha
tenido parangón desde los años 40. Sin embargo,
asumiendo que nos encontramos en el tramo final del proceso,
debe tenerse presente que ésta suele ser la etapa
más delicada de la solución de conflictos de
fuerte arraigo histórico. En esta suelen reflotar las
fuerzas que, con más vehemencia, no desean el
compromiso, que se manifiestan irracionalmente elevando a
último momento el precio político del
compromiso diplomático, induciendo abiertamente al uso
de la fuerza o amenazando con el empleo de la misma.
En el ámbito interno, los sectores ultranacionalistas
civiles y militares o parte de los sectores de
oposición seria y sistemáticamente agraviados
por un gobierno autocrático encuentran en este tramo
un momento adecuado para actuar o incrementar su influencia.
En el caso peruano-ecuatoriano estas fuerzas irracionales no
se originan sin embargo en la mayoría de la
población. En el Perú la mayor parte de la
ciudadanía desea culminar con esta
confrontación, mientras en Ecuador resulta
sintomático que la mayoría que antes del
conflicto de 1995 deseaba un arreglo con el Perú hoy
parece haberse expandido.
En consecuencia, para no atizar el ánimo de las
minorías belicistas y de ciertos sectores de la fuerza
armada -especialmente de la ecuatoriana que está a
punto de perder su único enemigo y, por tanto, parte
de su razón de ser- es necesario valorar
equilibradamente las virtudes de la prudencia al momento de
actuar.
En el Perú esta reclama de un lado una mayor
democratización interna y, de otro, una diplomacia
adecuadamente respaldada por la fuerza antes que la
diplomacia pura -cuya capacidad de compromiso
verosímil es, en estos casos, menor- y que la misma
diplomacia presidencial, cuyos buenos resultados dependen de
una alta legitimidad del Jefe de Estado, en estos momentos
inexistente.
La diplomacia adecuadamente respaldada por la fuerza es hoy
nacionalmente más fiable a la hora de mantener el
rumbo y de fortalecer la voluntad de una solución
internacionalmente realista, internamente viable y sostenible
en el tiempo a través de la cooperación.
Y si a pesar de ello la voluntad política de las
partes se debilitara, debe recordarse que la vulnerabilidad
de nuestras economías (especialmente la ecuatoriana),
las necesidades de convergencia regional, la actual
inestabilidad política y económica
internacional y el prolongado compromiso de los garantes no
admite realistamente otro resultado que la solución
definitiva en un plazo relativamente corto. La alternativa de
una paz armada puede ser real pero sería ominosamente
cargada al pasivo de nuestra política exterior
prolongando su «hipoteca», de las generaciones futuras, de la
relación con los garantes, de la viabilidad de la
integración y de la estabilidad regional.
| * Abogado, maestría en Relaciones Internacionales. |
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