A contrapelo de la dificultad cada vez mayor para establecer delimitaciones
claras entre indígenas y no- indígenas, algunos organismos
multilaterales y organizaciones de cooperación del Norte parecen
estar «en busca del indio perdido». Pero, los problemas de
la diversidad cultural y la heterogeneidad son más complejos que
la dimensión étnica.
1. El presente
Con el fin de la Guerra Fría, se multiplicaron en diferentes
partes del mundo conflictos religiosos, lingüísticos o raciales,
cuya agudización y generalización ha llevado a uno de los
decanos de la ciencia política, Samuel Huntington, a pronosticar
que el conflicto central en el S. XXI será el «choque de las
civilizaciones».
Comparado con otros continentes, América Latina aparece
como un islote relativamente pacífico en medio de un mar bastante
agitado. Luego de la derrota de Sendero Luminoso y la firma de los Acuerdos
de Paz en Guatemala, el único conflicto armado en el cual la bandera
étnica aparece enarbolada es el del EZLN en México. Pero
es una entre varias banderas y el conflicto, en su dimensión violenta,
parece encapsulado en Chiapas.
Nicaragua otorgó autonomía a su costa atlántica
en la década de 1980. En Colombia, la Constitución de 1991
creó circunscripciones especiales para la elección de congresistas
indígenas y afrocolombianos. Once Constituciones de la región
reconocen ahora el carácter pluricultural de sus países.
Entre 1993 y 1997, uno de los líderes históricos del movimiento
aymara, Víctor Hugo Cárdenas, ejerció la vicepresidencia
de Bolivia. Varios de los más importantes dirigentes indígenas
ecuatorianos son congresistas y el principal, Luis Macas, postula a la
presidencia en las elecciones del próximo mayo. En Guatemala ha
florecido en la última década un vibrante movimiento intelectual
pan-maya, que comienza a extender su influencia entre la población
indígena. Incluso en México, al momento de escribir este
artículo, el gobierno acaba de firmar un acuerdo sobre derechos
de pueblos indígenas. Y en el Perú se prepara un borrador
de ley indígena.
2. El pasado
Pareciera que esta positiva evolución empieza con el derrumbe
de los socialismos reales, el triunfo de la economía de mercado
y el auge del multiculturalismo en el Norte, que influye en los organismos
multilaterales, las ONG's y los gobiernos donatarios, arrinconando a una
élite blanca con ciertos toques mestizos, atrincherada en el poder
desde la independencia e incluso desde la Colonia o la Conquista.
No ha sucedido exactamente así. El modelo populista está
agotado, pero si ubicamos su surgimiento en el contexto histórico,
veremos que jugó en muchos campos un papel progresista, tanto por
su oposición a la aristocracia terrateniente que ostentaba el poder
en buena parte de la región, como por su contraposición a
las teorías en boga (como el racismo científico), para no
mencionar las prácticas.
Por cierto que detrás del paradigma de la «integración
nacional», y la tesis del mestizaje, había un proyecto de
dominación y aculturación de los pueblos indígenas
que, expuesto burdamente, decia: «te doy derechos si te vuelves como
yo». Un «yo», por lo general, blanco o mestizo, varón,
urbano, de clase media. Pero en países como México o Bolivia,
el populismo significó también para los pueblos indígenas
voto universal, tierra obtenida a través de las reformas agrarias,
derecho a la sindicalización, a la escolarización, para mencionar
sólo algunos puntos.
Cuando los Estados populistas y el paradigma de la integración
nacional decayeron, en las décadas de 1970 y 1980, surgieron movimientos
que elaboraban discursos étnicos, rechazaban la aculturación,
reivindicaban el derecho a la diferencia y cuestionaban el carácter
homogeneizador de los Estados nacionales, proponiendo Estados pluriculturales
o plurinacionales. Esos movimientos surgieron como superación del
populismo y sólo pueden ser entendidos en ese contexto.
Sin embargo, a pesar del radicalismo de algunos discursos y a diferencia
de otras regiones del mundo, el fundamentalismo y sus secuelas de intolerancia
y/o separatismo, no juegan siquiera un papel marginal en los movimientos
de la región, centrados en la profundización y la ampliación
de la democracia. Los Estados nacionales, por su parte, no se han mostrado
del todo cerrados a los reclamos indígenas y comienzan a incorporar
la diversidad. En ello influyen el ocaso de las teorías de seguridad
nacional, convertidas en algún momento, por ejemplo en Guatemala,
en represión ciega, genocida y etnocida.
3. El futuro: perspectivas
Asumir, reconocer y convertir en un activo social la enorme heterogeneidad
cultural de la región, de cada país y también de los
pueblos indígenas se convierten hoy en metas importantes.
Las demandas, y las políticas que traten de responder a
éstas, deben ser por lo tanto diferenciadas. En regiones como la
Amazonía, las demandas indígenas se entrelazan estrechamente
con la problemática del medio ambiente. El eje es la defensa del
territorio -como ámbito de supervivencia y reproduccíon cultural,
y como repositorio de ingentes riquezas y conocimientos- contra la presión
de colonos y empresas nacionales y transnacionales.
Otros pueblos, como los de tierras altas de Mesoamérica
y los Andes centrales, son demográficamente más densos, pero
más «desterritorializados» que los anteriores. Si bien
la autonomía es una de sus demandas centrales, la experiencia boliviana
con la Ley de Participación Popular mostraría que una descentralización
administrativa y económica del país, que al mismo tiempo
reconoce a las organizaciones sociales y a sus autoridades, sean «étnicas»
o no, puede ser un camino alternativo para responder a las demandas de
participación y autogobierno.
Aunque el énfasis se centra hasta hoy en el ámbito
rural, y ello tiene que ver con la condición mayormente campesina
de los pueblos indígenas, hay que tener en cuenta el acelerado proceso
de urbanización de la región y, al mismo tiempo, el intenso
proceso de interconexión rural-urbana. Estos procesos se acentuarán
aún más en los próximos años. Los pueblos indígenas
no son más los «otros» lejanos y exóticos (si
es que alguna vez lo fueron), sino que son cada vez más componente
importante de un «nosotros» plural.
Consecuentemente, es cada vez más difícil trazar
fronteras definidas y buscar identidades nítidamente delimitadas
entre indígenas y no- indígenas, en un contexto en el cual
las fronteras se vuelven más porosas, las influencias mutuas más
intensas y se desarrollan «culturas híbridas», «identidades
fronterizas», tránsitos complejos entre una diversidad de
identidades posibles.
Es curioso que, a contracorriente de esta tendencia, organismos
multilaterales, ONG's y académicos del Norte parezcan con frecuencia
andar «en busca del indio perdido», tratando de encontrar,
o construir, identidades nítidas, liderazgos sólidos y demandas
concretas indígenas allí donde a veces simplemente no las
hay. Provenientes de una cultura y un momento en que la dimensión
étnica aparece clara y omnipresente, no comprenden que la problemática
de la heterogeneidad y el pluralismo cultural no se agota en la dimensión
étnica, que hay otros modos de agruparse y de clasificar la realidad:
identidades regionales, clasistas, ciudadanas, que se vuelven prominentes
y en las cuales los rasgos étnicos aparecen con más o menos
intensidad, más o menos subordinados.
El problema es que las posiciones aquí criticadas tienen
influencia importante en la formulación de políticas públicas,
cuyo repaso en detalle escapa a los marcos del presente trabajo. Pero afirmar
que las fronteras son porosas y que el pluralismo cultural va más
allá de la etnicidad, no pretende negar la vigencia e importancia
de las demandas indígenas. Estas demandas se vinculan a cuatro ejes
importantes:
(1) Pobreza / Inequidad
Considero que la lucha contra la pobreza y la inequidad tiene
que ver directamente con los pueblos indígenas, pues siguen siendo
los más pobres entre los pobres de la región. Una reducción
de la pobreza, que por lo demás lleva al empobrecimiento y extinción
de muchas manifestaciones culturales (tecnologías agropecuarias,
fiestas, culinaria), redundará directamente en beneficio de los
pueblos indígenas. Es una demanda, además, que les permite
hacer alianzas con sectores no indígenas igualmente afectados por
la pobreza. Por otro lado, si limitan sus demandas al plano de la cultura,
los movimientos indígenas pueden resultar funcionales a un modelo
económico donde el Estado se repliega de sus responsabilidades del
período anterior, sin ofrecer otra cosa que un eventual «chorreo»
del mercado.
(2) Descentralización
Los movimientos indígenas se encuentran en varios países
a la vanguardia de quienes luchan por una reestructuración nacional
sobre las bases de una mayor descentralización, la existencia de
gobiernos regionales y/o municipales con recursos suficientes, y en algunos
casos con autonomía. Insistimos en que el caso boliviano y las recientes
leyes de tierras (Ley INRA) y de Participación Popular, deben ser
apreciados como una alternativa tal vez más realista, y en todo
caso interesante, en un debate que tiende a ideologizarse en exceso.
(3) Protección ecológica y tecnológica
La amenaza no son sólo los colonos y las grandes empresas
que, presionadas por la opinión pública mundial y los acuerdos
internacionales, comienzan a tomar en cuenta la protección del medio
ambiente y la relación con los pueblos indígenas. En algunos
casos la constituyen también los acuerdos sobre libre comercio y
patentes de la OMC, que permiten la expropiación sin miramientos
de conocimientos desarrollados a lo largo de milenios por pueblos que,
a diferencia de China o Japón, carecen de la palanca política
para hacer respetar sus derechos en el mundo global. Sólo un ejemplo:
la pretensión de patentar el ayahuasca, que no es sólo una
planta psicotrópica sino uno de los componentes centrales alrededor
del cual giran muchas culturas amazónicas.
(4) Lucha contra la discriminación cultural, el
no reconocimiento y la exclusión
Como último punto ubicamos adrede éste, que tiende
a aparecer en primer plano. Constituye indudablemente el meollo del problema
y el más difícil de resolver porque se enraiza en la vida
cotidiana y en una historia de siglos de desprecio y humillación.
Para enfrentar este problema, cualquier diseño de políticas
a largo plazo debe incluir necesariamente cuatro elementos cruciales:
(a) Educación bilingüe intercultural
Se hacen necesarias reformas educativas basadas en esta perspectiva.
El término clave aquí es «intercultural». Puede
la educación no ser necesariamente bilingüe, pero la interculturalidad
implica una educación al mismo tiempo respetuosa de las diferencias
y que pone énfasis en los intercambios culturales, las fertilizaciones
mutuas, las influencias, las hibrideces. Sus objetivos centrales son entonces:
i. Acabar con la educación homogeneizadora / aculturadora,
abrirse a la pluralidad, reconocer que las otras culturas «no hegemónicas»
tienen los mismos derechos, son parte y enriquecen el patrimonio cultural
de los países y de la región;
ii. Evitar al mismo tiempo las polarizaciones inútiles,
recalcando los contactos y las interrelaciones.
(b) «Ceguera al color» y a las diferencias
culturales en el mercado laboral
Tienen que promoverse mecanismos que eviten la discriminación
por rasgos culturales como el acento/dialecto al hablar castellano (o portugués),
la región de origen, el apellido y muchos otros. Considero que en
el caso de América Latina, el sistema de discriminación positivo
a través de las cuotas sería demasiado complicado, muy difícil
de aplicar y potencialmente polarizante. A diferencia de EE.UU., los censos
no incluyen la variable raza o etnía, que tendrían que ser
construidas a través de las cuotas en países donde «el
que no tiene de inga tiene de mandinga».
(c) Lucha contra la discriminación en los medios
de comunicación
Ni en los United Colors of Benetton aparecen indios, cholos o
hispanos (sólo blancos, negros y orientales). Peor aún, cuando
aparecen indios, cholos, negros o habitantes rurales, es casi siempre para
burlarse de ellos en los programas cómicos (junto a mujeres y homosexuales),
o como víctimas en los reality shows (víctimas de El Niño
por ejemplo), o en propagandas de productos «para los estratos C
y D» (en detergentes aparecen cholos/as y negros/as, en café
negros/as). En los programas culturales, siguen siendo con frecuencia el
«otro exótico», mistificado y desvirtuado, encasillado
como producto turístico. Si bien hay programas, especialmente de
radio, producidos para (y a veces por) sectores indígenas o cholos,
la realidad es abrumadoramente discriminadora, y no hay respuesta vigorosa
en ninguna parte.
(d) Promoción del respeto a las culturas indígenas
y una imagen positiva
Relacionada íntimamente con los puntos anteriores, está
la tarea titánica de sacar del ghetto «inferior» y/o
exótico/turístico a las culturas indígenas y sus diferentes
manifestaciones, que continúan vigentes y son además un recurso
para los países de la región en un mundo global: desde conocimientos
tecnológicos, hasta formas de organización y manifestaciones
de espiritualidad que, para regresar a la ayahuasca, reflejan una sofisticación
y un pedigree que en nada ceden ante sus similares occidentales.
| * Investigador del Instituto de Estudios
Peruanos. |
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