|
¿Que relación existe entre la ética -
como fundamento de la acción- y la democracia? El
autor revisa crítica y propositivamente algunas
concepciones éticas liberales de la
democracia.
|
No hay democracia sin ética. Hay, sí,
ética sin democracia, pero no democracia sin
ética. La ética es una concepción
evaluativa de la vida, un sistema de creencias o una escala
de valores socialmente compartidos, que animan la
interpretación de la realidad y que subyacen a las
diferentes formas de organización institucional que
una sociedad decide darse.
Concepciones éticas en este sentido ha habido,
naturalmente, muchas, pues todos los seres humanos, en todas
las épocas y lugares, participamos de algún
sistema de creencias morales que da sentido y pone orden a
nuestra acción en el mundo.
Pero, como es también evidente, no todas las
concepciones éticas han sido democráticas: las
hay jerárquicas, aristocráticas,
fundamentalistas, patriarcales, colectivistas.
La democracia, por su parte, es una concepción
política sobre el gobierno de la sociedad que, como
todos los sistemas políticos, reposa sobre una
definición de lo que somos como individuos y de los
derechos y los deberes que nos corresponden como tales, es
decir, reposa sobre una concepción ética. La
democracia es un producto de la modernidad occidental y no
puede entenderse sin que se tomen en consideración las
transformaciones ocurridas en las concepciones éticas
que le sirven de fundamento. Puede haber pues éticas
no democráticas, pero no puede haber una democracia
sin ética. Sobre la base de esta reflexión
preguntémonos ahora cuál es esa ética
que necesariamente sirve de sustento a la democracia.
I
No es fácil responder a esta pregunta, porque, como
seguramente sabemos o intuimos, la democracia no reposa sobre
una ética unívoca, sino más bien sobre
un conflicto de concepciones éticas.
Concentraré por eso mi atención en buscar una
respuesta adecuada a la cuestión del sustento
ético de la democracia. Y lo haré en una
secuencia de tres pasos, o de tres tesis, la primera de las
cuales es que la ética de la democracia puede ser, y
lo es de hecho en muchos lugares, una ética del
individualismo y la desintegración social.
No me estoy refiriendo, por cierto, a uno que otro efecto
secundario de la organización democrática de la
sociedad, sino a lo que he llamado la concepción
ética, es decir, el sistema de referencias morales que
sostiene al régimen político de la democracia.
El núcleo de esta concepción ética de la
democracia es la idea de la libertad del individuo. Lo que
nos iguala a todos los seres humanos, lo que legitima la
simétrica distribución de deberes y de derechos
que este régimen político implica, es el hecho
de que somos concebidos como individuos autónomos,
independientes y aislados unos de otros, capaces, cada uno
por su propia cuenta, de decidir sobre los ideales o los
intereses que deseamos perseguir. Este es el valor moral
central sobre el que reposa la democracia o, al menos, esta
primera concepción de la democracia. La familia, la
sociedad, el Estado, más en general: todos los lazos
culturales o comunitarios que puedan formar parte de nuestra
vida, son secundarios, irrelevantes y hasta obstaculizadores
de nuestra libertad individual. Porque ser libres es
justamente ser libres de todo eso: de la tradición, de
las convenciones, de las instituciones, de los otros
individuos. Con razón ha llamado Isaías Berlin
a esta idea de libertad la «libertad negativa». Es «negativa»
en el sentido en que ella se define más por lo que
rechaza que por lo que afirma. Lo que afirma es tan
sólo la capacidad de decisión del individuo,
instancia última de definición de la realidad,
y lo que rechaza es la sujeción a cualquier
dependencia. La libertad negativa es una libertad
individualista, atomista, esencialmente desvinculada de las
representaciones colectivas que suelen caracterizar a las
identidades grupales o culturales.
Si el eje de esta concepción ética es la idea
de la libertad individual, entonces no es más que una
consecuencia sostener que el Estado debe estar al servicio
del individuo, o de la persona, lo que en buena cuenta
significa que debe garantizar el libre despliegue de los
intereses particulares en la sociedad. La libertad del
individuo se traduce por eso en el libre ejercicio de la
iniciativa privada, la sociedad en el juego de las fuerzas
del mercado, el Estado en el garante de los beneficios que
puedan obtener allí los individuos. El punto de vista
del individualismo establece una jerarquía entre los
intereses privados y las instituciones políticas, de
acuerdo a la cual le corresponde a éstas
últimas -a las instituciones políticas- la
función de regular y administrar la división
del trabajo que se genera espontáneamente por
acción de los intereses de los individuos en la
sociedad.
Además de la libertad individual y de la
subordinación del Estado a los intereses privados,
esta concepción ética de la democracia promueve
también la desarticulación o la
desvalorización de las formas premodernas de
organización social, familiar, religiosa o
cultural.
Este rasgo, expresado aquí en términos
negativos, se formula naturalmente también en
términos éticos positivos cuando se elogia la
movilidad social derivada de la división del trabajo,
cuando se defiende la autonomía del individuo en
contra de los lastres de su tradición y cuando se
considera como un ideal el que cada campesino pueda
convertirse en consumidor, empresario o accionista. Si de
esta manera, por la introducción indiscriminada del
mercado, se llega a producir la desintegración de las
comunidades culturales nativas, o si se pierden algunas de
sus tradiciones, ello habrá de ser considerado como el
costo inevitable del progreso y de la inserción en las
redes económicas de la modernidad
democrática.
A este rasgo peculiar de desarticulación indirecta de
la cohesión cultural por obra del mercado se le ha
dado en llamar el «carácter transgresor de la
democracia moderna» (Albrecht Wellmer).
Finalmente, un último rasgo de esta concepción
ética de la democracia que estoy comentando es su
defensa consecuente de la neutralidad valorativa o del
relativismo moral. Se trata, también en este caso, de
un rasgo complementario de los anteriores. Porque, si el
valor central de esta concepción es la libertad
individual, y si las instituciones políticas son
concebidas como medios al servicio de los intereses del
individuo, entonces corresponderá al individuo solo
decidir cuál ha de ser su propia escala de valores
morales -bajo el supuesto, naturalmente, de que ésta
no interfiera en la escala de valores de los otros
individuos. La privacidad no es pues sólo una
característica de las iniciativas y de los intereses,
sino lo es también de la elección de los
valores morales.
En este modelo de democracia se promueve y se cultiva el
relativismo moral, el cual debe ser a su vez garantizado por
la deliberada neutralidad valorativa del Estado. El
relativismo moral de la sociedad democrática no es
pues en modo alguno un desarrollo defectuoso o una
patología del sistema, sino, muy por el contrario, una
forma moralmente genuina de defender el derecho de todos los
individuos a ejercer su libertad, cada cual como mejor le
parezca.
Por la peculiar exaltación del relativismo que ello
implica, Christopher Lasch ha caracterizado a este modelo de
democracia con el nombre de «la cultura del narcisismo». Lo
ha hecho, naturalmente, con una intención
polémica, pero apoyándose sobre la
reflexión que venimos haciendo, a saber: que el
relativismo moral implícito en la democracia es la
expresión consecuente del ideal personalista y
egocéntrico que convierte a la autorrealización
del individuo en el valor principal de la vida y que
prescinde, por definición, de todos los
vínculos comunitarios o solidarios con los otros
individuos.
Este narcisismo, que posee un carácter no sólo
moral sino igualmente estético, ha llegado a
fusionarse de tal modo con nuestros hábitos de
comportamiento, que ya podemos hablar de él como un
hecho cultural. Es la cultura del narcisismo,
levantada sobre las bases del ideal de la libertad
negativa.
Hasta aquí llega mi primer punto, o mi primera tesis,
que ha consistido en sostener que la ética de la
democracia puede ser una ética del individualismo y la
desintegración social. No es, naturalmente, la
única concepción ética posible como
sostén de la democracia. Pero es, sí, la
más difundida y la que se pretende difundir
también en nuestro país. Entre los
especialistas en filosofía política, ella se
conoce hoy en día como el modelo normativo liberal
de la democracia. Es un modelo normativo,
ético, porque establece una jerarquía de
valores que prefigura la orientación que deben tomar
las reglas del juego político. Es un modelo
liberal porque concibe a la concertación
política en función de los mecanismos
económicos del mercado, y éstos a su vez en
función de los intereses privados de los
individuos.
La democracia puede basarse pues sobre la concepción
ética del liberalismo, y la defensa de la democracia
puede también identificarse indirectamente con la
defensa de este sistema económico. De esto han querido
convencernos los intelectuales orgánicos del
liberalismo, como Francis Fukuyama, y esto nos lo han
impuesto además en la práctica los
administradores del sistema económico liberal
afincados en las grandes financieras internacionales. La
implantación del liberalismo en nuestro continente ha
influido notoriamente sobre el modelo de democracia que
finalmente ha llegado a instaurarse. Con él, nos ha
sido transmitida igualmente la ética del
individualismo y la cultura del narcisismo.
II
Pero el liberalismo es, como todos sabemos,
éticamente incestuoso. Esta es mi segunda
tesis, que paso enseguida a desarrollar. El liberalismo es
éticamente incestuoso porque se ha acostumbrado a
vivir violando los principios que le sirven de fundamento y
que le dan legitimidad. Los transgrede de diversas maneras, a
nivel nacional y a nivel internacional; los viola por exceso
y los viola también por defecto de sus reformas
liberales.
Como acabamos de ver, la concepción ética de la
democracia liberal presupone como uno de sus principios
fundamentales la igualdad de los individuos. Los miembros
ideales de una sociedad liberal son justamente sólo
eso: «individuos», no peones ni terratenientes, no blancos ni
cholos, no católicos ni judíos, ni siquiera
hombres o mujeres, sino sólo «individuos», es decir,
sujetos racionales con intereses propios y capacidad de deci-
sión. Esta igualdad es la fuente de
legitimación del liberalismo, pues es sólo
gracias a ella que puede justificarse el conjunto de leyes
que ordena la estructura económica, el régimen
de propiedad o el sistema educativo de una sociedad compuesta
de individuos.
En la práctica, sin embargo, el liberalismo suele
violar el principio que le otorga legitimidad. Ello se debe a
que el liberalismo no necesariamente crea las condi-
ciones que él mismo presupone. Ocurre más bien
que, cuando se implanta sobre una base social de
discriminaciones ancestrales, el modelo liberal puede
perpetuar las injusticias de la sociedad e impedir incluso
una redistribución de la riqueza más acorde con
sus propios principios igualitarios. En una sociedad
tradicionalmente racista y desintegrada, el sistema liberal
puede tener el efecto contraproducente de acentuar las
desigualdades.
A nivel internacional, el carácter incestuoso de la
ética liberal se expresa al menos de dos maneras. De
un lado, la sociedad democrática contemporánea
transgrede el principio según el cual la legitimidad
de las decisiones políticas debe reposar sobre la
participación y el asentimiento de todos los
involucrados, en la medida en que prescinde de la
opinión de las grandes mayorías de los
países de la periferia respecto de las grandes
decisiones políticas, económicas o
jurídicas que regulan en buena cuenta la vida
internacional.
Es obvio, hoy más que nunca, que las decisiones
tomadas en los centros financieros, o en las grandes
potencias, o en el seno de los nuevos organismos de
integración regional, tienen repercusiones decisivas
sobre la vida económica, social o política de
muchos pueblos de la tierra.
En sentido estricto, desde el punto de vista de la
legitimación democrática del sistema
político internacional, esas decisiones
deberían contar con el asentimiento de los
involucrados.
Como éste no es, naturalmente, el caso, el sistema
político internacional vive incumpliendo uno de sus
principios fundamentales. Esta situación se agrava
aún más cuando se tienen en cuenta las
transformaciones políticas a las que ha conducido el
proceso de globalización. Porque uno de los efectos
principales de este proceso es justamente el desplazamiento,
o quizás incluso la desaparición, de las
instancias de decisión política a nivel
internacional.
La globalización es un proceso principalmente
económico que ha ido imponiendo relaciones
sistémicas en el mundo entero, al mismo tiempo que ha
ido restándole atribuciones políticas a los
estados nacionales. En este contexto, resulta cada vez
más problemático el principio o el derecho de
la participación democrática en las decisiones
políticas, que es, sin embargo, uno de los principios
de legitimación del propio orden internacional.
De otro lado, es fácil constatar que también a
nivel internacional se viola el principio de la igualdad que
sirve de fundamento al propio sistema democrático
liberal. Es más, la injusticia de facto del
orden económico y el orden político
internacionales se suele encubrir por medio de un discurso
moral que legitima de iure la posición de
dominio de algunos países.
Por el carácter formal que poseen, los principios del
liberalismo sólo tienen vigencia plena en condiciones
ideales de igualdad y bajo el supuesto de que las reglas de
juego sean compartidas por todos. Pero ésa es
naturalmente sólo una proyección ilusoria. En
el mundo real, las condiciones de partida han sido y siguen
siendo de desigualdad, de asimetría. La
distribución de los bienes, de la riqueza, de las
oportunidades y, sobre todo, de las decisiones
económicas y políticas, es asímismo
notoriamente desigual, y las reglas de juego vigentes no
parecen sino perpetuar este orden, o este desorden,
internacional.
En nuestro propio país, el liberalismo está
violando también sus principios constitutivos, y lo
está haciendo, por así decir, tanto por exceso
como por defecto de las reformas que implementa. Los viola
por exceso de liberalismo cuando somete
indiscriminadamente una sociedad desigual y pluricultural
como la nuestra a las reglas de funcionamiento del mercado,
pues de esa manera produce, como ya dijimos, un efecto
contrario al que supuestamente desea obtener, es decir,
contribuye a perpetuar las desigualdades y a desarticular la
ya precaria cohesión de las diferentes comunidades
culturales.
Pero viola también sus propios principios
constitutivos por defecto de liberalismo, es decir
porque se colude con tradiciones antidemocráticas que
nos son prácticamente atávicas, como el
caudillismo y el militarismo. Manipula entonces a su antojo
el sistema de reglas democráticas, se vale de
prebendas para someter los poderes del Estado a la voluntad
del caudillo, cambia arbitrariamente las reglas de juego que
él mismo ha establecido. Ambos tipos de incesto moral
se vienen practicando sistemáticamente en el
Perú en los últimos años.
III
Ante una situación como ésta, es decir, ante la
propagación de la ética del individualismo y la
desintegración social, y ante el carácter
moralmente contradictorio del modelo neoliberal de la
democracia, es preciso que recuperemos los valores y los
principios democráticos que estamos viendo sometidos a
una continua transgresión, y que aprendamos a
distinguir más claramente entre la democracia y el
liberalismo, es decir, que no nos sintamos obligados a
defender al liberalismo cuando defendemos la democracia. Nos
hace falta una concepción ética alternativa que
sirva de sustento al proyecto democrático y que haga
posible la preservación de los ideales que el
liberalismo no es capaz de asegurar. Paso así a mi
tercera y última tesis, que quisiera formular
afirmando que necesitamos una ética de la
solidaridad y de la participación ciudadana.
Algunos de los rasgos de esta ética alternativa para
la democracia han sido descritos también en los
debates de la filosofía moral contemporánea,
principalmente entre los autores llamados «comunitaristas»,
como Michael Walzer o Charles Taylor.
También en este caso se trata de un modelo
ético, normativo, que prefigura la orientación
que han de tomar las reglas del juego político. Pero
por contraste con el anterior, se le conoce como el modelo
republicano de democracia.
El término «republicano» contiene una alusión a
la concepción política de Rousseau, y es
utilizado con el propósito de destacar el
carácter participatorio de la democracia que el modelo
coloca en el primer plano. No voy a exponer aquí las
tesis de los autores comunitaristas defensores de este
modelo, sino voy a servirme libremente de ellas para proponer
algunas características de la ética de la
solidaridad que, me parece, debería servir de sustento
al proyecto democrático en nuestro país.
Para ello, retomemos los cuatro rasgos con los que
caracterizamos la concepción ética del
individualismo liberal y veamos, por contraste, qué
debemos esperar de una ética de la solidaridad.
En primer lugar, en oposición al paradigma del
individualismo, que considera como valor central a la
libertad egoísta del ser humano, esta nueva
ética debería proponer un paradigma de la
solidaridad y considerar como su valor central el cultivo
de los múltiples vínculos comunitarios entre
los seres humanos.
Hay muchas razones, teóricas, morales y
prácticas, que justifican este cambio de paradigma
ético, a las que aquí sólo puedo aludir
someramente.
Desde el punto de vista teórico, hay buenas razones
para cuestionar la artificialidad de la definición
liberal del individuo como sujeto egoísta y aislado, y
para proponer en su reemplazo una definición del
individuo como miembro de diferentes tipos de comunidades de
creencias.
Desde el punto de vista moral, hay diferentes clases de
motivación que concuerdan, todas, en solicitar nuestro
compromiso ético en favor de quienes sufren
injusticia: podemos pensar que debemos ser solidarios porque
somos simplemente seres humanos, o porque somos cristianos, o
porque somos racionales, o porque somos filántropos,
pero lo importante es que busquemos en la solidaridad el
punto de encuentro de nuestras concepciones morales.
Y, desde el punto de vista práctico, es preciso que
pensemos en las repercusiones políticas que debiera
tener un cambio de paradigma como éste. En particular,
debemos pensar en la forma de compensar el desequilibrio
social que genera la implantación de políticas
económicas de corte liberal, a fin de impedir que
éstas acentúen o perpetúen los
privilegios de unas clases sobre otras. Un Estado
democrático solidario debería, por ejemplo,
ofrecer incentivos para favorecer el desarrrollo regional, o
para compensar las desigualdades estructurales que
caracterizan a nuestra sociedad, y debería garantizar
el acceso de todos a una educación escolar y superior
de calidad, a sabiendas de que el mercado sólo
contribuye en este caso específico a ahondar la brecha
entre los peruanos ricos y los peruanos pobres. Más en
general, un Estado democrático solidario
debería contribuir a crear las condiciones de
igualdad que el modelo liberal sólo presupone, y sin
las cuales el discurso democrático termina por ser
éticamente incestuoso.
En segundo lugar, en oposición a la definición
del Estado en función de los intereses
económicos de la sociedad y el mercado, en este nuevo
paradigma republicano es preciso invertir esa
jerarquía y definir a la sociedad en función de
la voluntad política de los ciudadanos.
Debemos defender una ética de la efectiva
participación ciudadana en los asuntos
públicos, participación que debe referirse
también, por supuesto, a las formas en que tengamos
que corregir y orientar las leyes del mercado a fin de que
garanticen el cumplimiento del valor de la solidaridad.
Este cambio de perspectiva tiene, en general, una importancia
conceptual y real muy grande, pero adquiere además, en
el Perú, una especial urgencia. Si el Estado no es
más que el órgano administrativo de los
intereses económicos nacionales o internacionales, y
si la burocracia política enquistada en el poder se
vale de todo tipo de maniobras para impedir la
expresión de la voluntad ciudadana, entonces es un
deber ético denunciar esa concepción incestuosa
de la política y reinvidicar una interpretación
republicana que coloque a la ciudadanía en el rol
protagónico que debería corresponderle.
En tercer lugar, en oposición al carácter
transgresor de la democracia moderna, que hace intervenir
indiscriminadamente la acción del mercado en todos los
territorios posibles pasando por encima de las diferencias
regionales, étnicas y culturales, sería
necesario incorporar una dimensión
pluricultural a la ética de la democracia
solidaria.
Tenemos en el Perú una amplia gama de comunidades
culturales y de tradiciones locales que no tienen por
qué ser obligadas a desintegrarse en función de
los intereses del mercado y de la movilidad de la fuerza de
trabajo. No se trata, por supuesto, de aislarlas de los
procesos sistémicos de la economía o la
tecnología que se nos imponen a nivel internacional
-aunque también estos procesos debieran ser sometidos
a revisión por la participación ciudadana-,
pero se trata, sí, de permitirles preservar su propia
identidad cultural y el cultivo voluntario de sus
tradiciones.
Por eso, finalmente, en lugar de una cultura del narcisismo,
lo que debemos promover es una cultura del
reconocimiento. No porque querramos impedir que los
individuos busquen su propia forma de autorrealización
personal en el contexto de una sociedad democrática,
sino porque esa misma forma de autorrealización
debería ser entendida en vinculación con las
posibilidades y las oportunidades de que gozan todos
los miembros de la misma sociedad.
Una cultura del reconocimiento es una cultura de
relaciones entre personas, no de individuos aislados
de toda relación ni, menos aún, de individuos
que instrumentalizan sus relaciones con los otros. Esas
relaciones pueden ser interpersonales, sociales o
políticas; pueden demandar nuestro compromiso
emocional, nuestra actividad profesional o nuestra
participación en los asuntos públicos. Pero, en
todos los casos, sólo serán relaciones de
reconocimiento si reposan sobre acuerdos consensuales
acerca de las reglas que han de regir la vida social y si nos
permiten vincular entre sí las diferentes dimensiones
-interpersonal, social y política- en que se
desenvuelve nuestra relación con los otros.
La cultura del reconocimiento necesita pues como base una
ética de la solidaridad. Podrá pensarse
quizás que una cultura como ésta, y una
ética como la que le sirve de fundamento, no son en
realidad más que expresiones utópicas. Pero,
¿no es acaso la destrucción de las utopías
una de las más grandes falacias éticas que ha
querido imponernos el triunfo del liberalismo?
|
1 Versión reducida de la conferencia
presentada en la III CONADES (Conferencia Nacional sobre
Desarrollo Social), Lima, agosto de 1998. |
 |
|
* Doctor en Filosofía por la Universidad
de Tubinga. Profesor de la Facultad de Filosofía de la
Pontificia Universidad Católica del Perú. |
 |
|