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¿Qué hacer con el agua? No hace falta
«importar» soluciones. Tenemos modelo y tecnología
propios que se remontan a los tiempos prehispánicos,
como demuestra fehacientemente el antropólogo Paul
Trawick, cuya propuesta, como consultor del Banco Mundial y
del Banco Interamericano de Desarrollo, espera «tiempos
mejores» para un imprescindible debate
público. |
No llama a sorpresa que una de las iniciativas menos
populares del gobierno del presidente Fujimori, como es el
intento de privatizar el derecho al agua y permitir que este
recurso vital sea comprado y vendido, haya
prácticamente desaparecido de la agenda legislativa.
En un momento en que los niveles de aprobación de la
gestión del Presidente se habían venido abajo -
y todavía no se han podido recuperar- no
parecía sensato seguir presionando a favor de una
propuesta que generó una tormenta de controversias
desde el momento en que se anunció, hace varios
años, bajo el auspicio del Banco Mundial (BM) y el
Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
No obstante, aunque el tema de la reforma del agua ha
desaparecido momentáneamente del panorama, podemos
estar seguros, debido al fervor con que el BM y el BID han
promovido esa nueva ley -norma elaborada básicamente
por ellos para el gobierno- de que el proyecto está
solamente en suspenso, esperando el momento en que el
presidente recupere su popularidad para resucitarlo.
Para la mentalidad burocrática, la idea de los
mercados de agua ofrece un gran atractivo: la creencia en que
el hecho de tener el agua un precio habrá de
constituir un incentivo suficiente para que los usuarios se
esfuercen por conservarla y utilizarla con mayor eficiencia,
cualquiera sea su ubicación geográfica y
ambiental. La propuesta de crear tales mercados, según
las políticas aplicadas en Chile y en algunos lugares
en EEUU, se inscribe como parte del esfuerzo -muy laudable y
bastante necesario por sí mismo- por transferir la
responsabilidad de la operación y mantenimiento de los
sistemas de irrigación del país a los mismos
usuarios. De esa manera, tras décadas de fracasados
intentos de manejo por el Estado, el gobierno quedaría
fuera de la tarea de administrar el recurso y
devolvería el control al nivel de la comunidad local.
Con el nuevo proyecto de ley en suspenso, estimo que ha
llegado el momento de hacer pública una crítica
minuciosa de la norma, que desarrollé en un informe
elaborado para el BM que ha permanecido encarpetado por
varios años, y que fue publicado en parte en 19951.
Este análisis, basado en una larga
investigación antropológica sobre la
irrigación en la sierra andina 2, se elaboró
a petición de ambos bancos, con la finalidad de
evaluar el impacto que la ley tendría sobre las
comunidades de la región, y de modificar el proyecto
para proteger los derechos de dichas comunidades tomando en
cuenta sus intereses. No obstante, lo que comenzó como
un esfuerzo de mi parte orientado simplemente a minimizar el
daño que la privatización podría
ocasionar en la sierra, se convirtió finalmente en una
crítica rigurosa, en una propuesta alternativa que
mostró que, en los sistemas de canales andinos, que
son de pequeña escala, el interés monetario y
las fuerzas del mercado jamás proporcionarán a
los agricultores el incentivo crucial para ahorrar el agua,
cuya falta también se deja sentir en la mayoría
de sistemas administrados por el Estado. E igualmente se
demostró que ese incentivo podría crearse y
fortalecerse, pero sólo a condición de valerse
de los principios básicos en que se sustenta un modelo
diferente de irrigación, un modelo indígena y
andino, de origen preincaico o incaico, y no importado de
afuera.
Por esta razón, mi informe recomendó que se
creara un sistema dual, con componentes para tierras bajas y
para tierras altas (costa y sierra, respectivamente)
basándose en el argumento de que cada región
tiene sus propias características físicas e
históricas, y su propia política de aguas
adecuada a aquéllas. En un esfuerzo por ser
pragmático, acepté la idea de que un mercado de
aguas pudiese funcionar bien en algunos ambientes, pero
demostré que era posible crear dos zonas distintas de
propiedad y administración del recurso -una en las
tierras bajas, privada y orientada hacia el mercado; la otra
en las tierras altas, comunal y dedicada mayormente a la
subsistencia -. Demostré también que las dos
zonas podían coexistir bajo una misma ley, incluso con
una similar a la versión propuesta. Aunque ya no
participo de esa creencia -habiéndome convencido de
que la privatización provocará graves problemas
incluso en los sistemas de producción a gran escala de
la costa y amenazará los derechos de los
pequeños agricultores en todas partes- es importante
que los contenidos de este informe, que ha quedado excluido
del debate sobre el asunto, se den a conocer al
público. El BM y el gobierno han tenido a su
disposición por algún tiempo un programa
alternativo, que les hubiera permitido hacer muchas de las
cosas que se habían propuesto con la creación
de mercados de agua, junto con un esfuerzo serio no
sólo para proteger los derechos de las comunidades
andinas, sino también para fortalecer la capacidad de
esas comunidades para administrar el recurso con
eficiencia.
Este programa sería la solución de los graves
problemas que ahora afligen a muchas comunidades de la
sierra, especialmente en los sistemas que han sido
administrados históricamente por el Estado; por
ejemplo: el desperdicio del agua por los mismos usuarios; la
falta de control por hora (a cargo de los distribuidores
oficiales) sobre el proceso de riego individual
(especialmente en chacras con pendiente, o canchones de
alfalfa); y los conflictos sociales que resultan de la
escasez aparente del recurso.
Obviamente, no podemos presentar aquí, por
limitaciones de espacio, el informe original en su
integridad. Nos limitaremos por tanto a un breve resumen de
algunos de sus puntos principales. (Los interesados en el
tema podrán consultar la versión completa del
mismo que se publicará en el próximo
número, 28, de la revista Debate Agrario que
edita el Centro Peruano de Edtudios Sociales, CEPES.)
El informe, como se desprende de la lectura del conjunto de
sus recommendaciones, planteaba verdaderas soluciones al
problema del agua en el país, las cuales se basaban en
los principios de organización y aprovechamiento del
recurso que emergieron del propio Perú durante varios
milenios, como adaptaciones humanas al medio ambiente andino.
Estos principios, y las prácticas con las que
están asociados, nos ofrecen medios óptimos
para manejar el recurso escaso y minimizar el conflicto
social en un medio fluctuante y árido. Forman una
tradición netamente andina, que todavía
subsiste en algunas comunidades de Arequipa 3 (provincia de
La Unión), pero que bien pudiera haber persistido en
otras que todavía no han sido estudiadas. Esta antigua
tradición de auto-gestión de aguas se basa en
los siguientes principios elementales:
1) Autonomía: cada localidad tiene sus propios
manantiales o flujos de agua y su propia red de canales,
controlados a nivel central por las autoridades
comunales;
2) Contigidad: la secuencia de distribución de
agua es contigua, fija y conocida por todos; esto es, siempre
se dan cuotas a los predios en orden consecutivo,
según su ubicación a lo largo de los sucesivos
canales;
3) Uniformidad: durante cada ciclo de riego, cada
parcela en producción recibe una asignación, de
tal forma que todas las que toman de la misma fuente son
irrigadas con la misma frecuencia;
4) Proporcionalidad: todas las parcelas se riegan de
la misma manera (ver dibujo de la andenería, sistema
de «atus» o pozas de agua), de tal forma que la cantidad de
agua consumida por los usuarios es estrictamente proporcional
a la extensión de su propiedad; también los
deberes de la gente de contribuir al mantenamiento de los
canales son proporcionales a la extensión de sus
tierras irrigadas.
5) Transparencia: en vista de que la irrigación
está concentrada en una sola área común
de vecindad a lo largo de un canal en un día dado,
constituye una actividad pública bastante visible; los
usuarios están por lo tanto en capacidad de
desempeñar un rol crucial en la vigilancia contra el
robo, el favoritismo por parte de los distribuidores del
agua, y otras formas de corrupción; y
6) Regularidad: todo se hace siempre de esa manera
cuando escasea el agua, y no hay excepciones para
nadie.
Este tipo de sistema permite preservar el recurso al
distribuirse el agua equitativamente y con un desperdicio
mínimo, puesto que al minimizar la superficie de los
canales usando uno solo cada vez se limita las
pérdidas por filtración y
evaporación.
Además, un patrón de distribución de
este tipo, fijo y contiguo -tal como el que los Incas
adoptaron y quizás instalaron en muchas partes de la
sierra4- proporciona a la gente un grado decisivo de
seguridad en relación a sus derechos, lo cual
desalienta la corrupción. Algo que ningún otro
tipo de sistema permite alcanzar. Un plan de riego con reglas
simples que determinan el orden en que los sectores de
tierras y sus predios correspondientes deben recibir su
dotación de agua; el cual permite que cualquier
persona pueda confirmar, a través de la
observación directa (ver más adelante), que las
reglas se están cumpliendo. Quien no riegue en el
momento establecido para su chacra, porque no lo considere
conveniente, tiene que esperar hasta que le vuelva a tocar su
turno en el siguiente ciclo. Todo intento de «salirse» de la
secuencia normal puede detectarse fácilmente, hecho
que desalienta fuertemente el robo así como la
corrupción entre las autoridades encargadas del
riego.
Como ya se ha dicho, al concentrarse la irrigación en
una sola área de vecindad en un día dado se
convierte en una actividad pública realizada por los
usuarios a la vista de sus vecinos, ya que a los que les toca
ese día se encuentran preparando sus chacras para el
riego. Los que están a la espera tienen así la
mejor oportunidad de observar a sus vecinos durante el
proceso de irrigación de las chacras colindantes. De
tal manera, este procedimiento proporciona algo que resulta
indispensable para cualquier sistema de riego en el escarpado
terreno andino: visibilidad y responsibilidad, tanto
por parte de los distribuidores como de los mismos usuarios.
La secuencia de distribución, así como la
duración y otras condiciones del uso individual, pasan
a hacerse visibles para todos. Esta transparencia, que se
lograría mediante los cambios en la técnica
señalados en mi informe, posibilitaría
introducir el cambio que más se necesita y espera en
los sistemas andinos: establecer el control por hora, es
decir determinar estándares razonables para la
duración del riego por hectárea,
particularmente en pendientes y canchones de alfalfa, en los
que se produce el mayor desperdicio de agua en toda la
región. Deben respetarse estos niveles o
estándares (por ejemplo, nueve horas de agua por
hectárea), puesto que su cumplimiento puede ser
confirmado fácilmente por cualquiera, y porque otro
aspecto de este plan, como es la frecuencia uniforme de
riego, constituye un incentivo positivo para cumplir con
él y ahorrar agua. Este es el incentivo que la nueva
ley busca establecer, y que sólo hay una manera de
crear, la cual, como hemos visto, tiene muy poco que ver con
intereses monetarios. Cuando todos riegan en una secuencia
fija, de acuerdo a un solo programa y con una misma
frecuencia, y estando prohibida la expansión del
área irrigada, el agua ahorrada por los usuarios
mediante esta técnica de conservación hace que
el ciclo de distribución corra más
rápido. Así, al reducir su propio desperdicio
del recurso, especialmente al irrigar por un período
limitado de tiempo (control por hora), los agricultores
pueden, por lo menos en teoría, irrigar con mayor
frecuencia. Por lo mismo, cualquiera que estuviese irrigando
con exceso, desobedeciendo las reglas, impediría que
esto (la aceleración del ciclo) ocurra. En
consecuencia, un patrón de riego como el descrito
genera fuertes presiones sociales para que se cumpla con las
reglas establecidas y se aproveche el recurso con eficiencia,
viniendo en ayuda de los distribuidores para desalentar la
actuación ilegal de «los vivos», en vista de que el
derroche es fácilmente detectado por los mismos
usuarios.
Las recomendaciones en mi informe derivaban de este modelo
andino, el único apropiado para las comunidades
serranas5. Desafortunadamente, el BM decidió ignorar
esta propuesta, que, a diferencia de la de ellos, se basa en
una investigación científica -la más
reciente y extensiva- cuyos resultados compartimos de buena
fe. Quizás ahora que el gobierno se encuentra en busca
de iniciativas que le ayuden a recuperar el terreno perdido
en la opinión pública, y a hacer que el
país marche adelante otra vez, podrían
reconsiderar sus recomendaciones, algunas de las cuales
fueron omitidas de la versión publicada por el BM.
Como el informe demostró claramente, estos principios
básicos, discutidos muy brevamente aquí, pueden
servir tanto para mejorar la nueva ley propuesta como para
perfeccionar la ley existente, lo que nos ofrece una nueva
oportunidad de ser escuchados. Pero, a diferencia de la idea
de los mercados de agua, estos principios no han sido
importados de ninguna parte. Se originaron en el propio
espacio andino; desde tiempos inmemoriales.
Notas
|
1 En realidad eran dos informes, uno incluido
en Perú: Enfoque de la Ordenación del Agua y
el Desarrollo de la Irrigación Basado en el
Usuario (World Bank Report #13642-PE, 1995, Mateen
Thobani, ed.), y el otro escrito para el Banco Interamericano
en 1996. |
 |
| 2 Ver P. Trawick, The Struggle for Water in
the Andes: a Story of Technologial Change and Social Decline
in the Cotahuasi Valley of Perú; Ph.D.
Dissertation, Yale University 1994; pronto se
publicará una versión revisada con el mismo
título, de Stanford University Press en 1998. |
 |
| 3 Mi investigación para el doctorado se
realizó en el valle de Cotahuasi, provincia de La
Unión, departamento de Arequipa, donde encontré
que estos principios todavía se usan en tres
comunidades extraordinarias: Huaynacotas, Cahuana, y
Ayahuasi. Hay indicios de que éstos podrían
haber sobrevivido en otros lugares también. |
 |
| 4 Para una descripción de este sistema
ver Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales de los
Incas, Volumen 1, p. 248; Austin; University of Texas
Press 1966; también Guamán Poma de Ayala
(1987[1615]:246,356,848,1040,1237). |
 |
| 5 Ver también P. Trawick, «The Moral
Economy of Water: The Andean Commons as a Clear Stream of
Thought», artículo recién entregado a la
revista Current Anthropology en los Estados Unidos. En
él se comprueba que este sistema de auto-
gestión, basado en estos mismos principios
básicos, se encuentra también en otras partes
del mundo şen India, Nepal, las Islas Filipinas, y en ciertas
partes de España-. Es decir que es un sistema
óptimo, inventado independientemente por muchas
(más de 70 en total) comunidades campesinas, y que
probablemente prevaleció en buena parte del planeta en
los tiempos antiguos. |
 |
| * Paul Trawick es Antropólogo,
especialista en ecología cultural y tecnología
indígena, con doctorado de Yale University. Ha
trabajado como Consultor para el Banco Mundial y el Banco
Interamericano de Desarollo, y fue Profesor Visitante en la
Universidad de Johns Hopkins en 1996-1997. Actualmente es
Profesor Asistente en la Facultad de Antropología de
la Universidad de Kentucky. |
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