| Al comenzar 1999 el presidente Fujimori decidió formar un nuevo
gabinete para intentar recomponer su desgastada imagen, tanto en el plano
económico, como en el político y social, con miras a ganar
las elecciones del 2000. Por primera vez en 8 años el gabinete cuenta
con la participación de tres mujeres: en los ministerios de la Mujer,
Justicia y de la Presidencia. También con nuevos ministros de trayectoria
política poco conocida: en las carteras de Trabajo, Industrias,
Salud y Educación.
Lo más importante, sin embargo, es que en las carteras clave
se mantienen personas directamente ligadas al régimen: el hasta
hace poco presidente del Congreso, Víctor Joy Way, en Economía
y Finanzas; Daniel Hokama, en Energía y Minas. Y permanecen los
dos ministros militares: los generales EP Julio Villanueva, en el ministerio
del Interior, y Julio Salazar Monroe, en Defensa.
No hay duda que la tarea más importante del nuevo gabinete descansa
en sus posibilidades de revertir la recesión económica, en
un contexto de crisis financiera internacional que ha comenzado a poner
al desnudo los límites internos del modelo económico implementado
en 1990.
Lo que siempre escuchamos decir a los miembros del equipo económico
es algo así como lo siguiente: el Perú es relativamente inmune
a lo que está sucediendo internacionalmente porque tenemos un alto
nivel de reservas internacionales y un tipo de cambio flotante, lo cual
nos permite capear relativamente bien el temporal financiero internacional.
Además, en 1999 volverán a crecer las exportaciones pesqueras,
se recuperará el agro y los capitales extranjeros volverán,
a más tardar a fines del primer semestre. El problema económico
del Perú es, entonces, un problema pasajero de iliquidez, que se
resolverá pronto. Mientras la situación vuelve a la normalidad,
hay que dedicarnos a conseguir los fondos que permitan darle oxígeno
al enfermo: reducción del encaje medio y marginal de los depósitos
del sistema financiero en el BCR; nuevos préstamos del Banco Mundial,
BID, y CAF por mil millones de dólares; relanzamiento de las privatizaciones
y concesiones para conseguir 1400 millones de dólares adicionales,
etc.
El entorno internacional
Sin embargo, esas premisas no se condicen con la realidad. La
crisis económica internacional tiene características sistémicas
y todavía no ha tocado los centros importantes: las economías
de Estados Unidos y Europa (habiendo llegado a Japón hace ya un
buen tiempo). Bien vale la pena discutir ampliamente este tema, porque
los riesgos de subestimarlo pueden ser simplemente fatales. Es decir, quien
piense que no hay obstáculos grandes en el camino, simplemente no
estará listo para enfrentarlos.
Lo primero que se constata es que en el mundo entero hay una fuerte
disminución en las tasas de crecimiento, cuya peor parte corresponde
a los llamados países en vías de desarrollo. Segundo, desde
hace más de un año declinan los precios de las materias primas,
entre ellas nuestros principales productos de exportación. Tercero,
y lo más importante, es que se prevé una fuerte disminución
de los flujos de capitales, tanto de largo como de corto plazo, a los «mercados
emergentes».
En la década del 90 se produjeron grandes entradas de capital
a los países en desarrollo, que revirtieron las enormes salidas
de capital ocurridas durante la «década perdida» a causa
de la crisis de la deuda externa (198290). Estos flujos positivos
permitieron que, en el contexto de aplicación de las reformas estructurales
neoliberales, crezcan el consumo y la inversión, la inflación
se mantuviera baja y que los equilibrios macroeconómicos, sobretodo
el fiscal, pudieran cumplirse sin mayores sobresaltos.
Sin embargo, estos equilibrios, en el caso peruano y de muchos
países de la región, no se construyeron sobre bases estables,
sino que coexistieron con el desequilibrio sistemático de las cuentas
externas, especialmente con un importante déficit de la balanza
comercial (mayores importaciones que exportaciones) y del pago de la deuda
externa. Este déficit fue cubierto por los flujos de capital extranjero
mencionado.
Asimismo, el modelo estuvo acompañado de varios desequilibrios
importantes que permitieron hacerlo viable, tales como las altas tasas
de interés (que atrajeron los capitales externos) y una moneda nacional
sobrevaluada (dólares baratos para importar todo tipo de bienes,
con lo que se disminuyó la inflación).
A lo cual agregan los desequilibrios sociales, que casi no se
toman en cuenta: el paupérrimo nivel de los salarios, los altos
niveles de subempleo y desempleo, los elevados niveles de pobreza, en un
contexto de acentuado centralismo limeño que ahoga al resto del
país. Además, hay una mayor concentración del ingreso
aunque informes bastante cuestionados del BID afirmen lo contrario,
y se ha agravado la desigualdad entre peruanos.
Mientras las entradas de capital no se vieron afectadas, el modelo
económico permitió el crecimiento y funcionó sin muchos
tropiezos. Pero cuando como producto de la actual crisis financiera internacional
comenzaron a disminuir los flujos de capital , tanto de largo como de corto
plazo, se constató la precariedad y poca solidez de los cimientos
en los que descansan los equilibrios macroeconómicos alcanzados.
Los desafíos internos
Entonces, el quid del asunto en estos momentos no consiste simplemente
en poner en marcha medidas que permitan la reactivación económica.
De lo que se trata es de cambiar la orientación primarioexportadora
y de apertura total de todos los sectores económicos, de abandono
casi absoluto del mercado interno del actual modelo. No sólo
porque ya no es capaz de funcionar en el actual contexto de disminución
de los flujos de capitales, sino porque es responsable de la concentración
de los beneficios del crecimiento de esta década en sólo
algunos sectores privilegiados (entre ellos el bancario).
Esta constatación, por demás evidente, no escapa
al propio gobierno. Después de 8 años de aplicación
de la reforma neoliberal, se ha visto obligado a desandar los dogmas
primigenios de la preeminencia irrestricta del libre mercado. Siempre se
afirmó que «el suelo debía estar parejo para todos»
y que «no habría incentivos para nadie», pues eso, justamente,
era lo que bloqueaba el camino del crecimiento.
Basta mirar la Ley de la Amazonía para constatar que ahora se
hace exactamente lo contrario.
Sin embargo, esta ley no irrumpe como trueno en cielo sereno.
Desde hace varios años la reinversión de utilidades en el
sector minero está exonerada del pago de impuesto a la renta hasta
por el 80%, ventaja de la que no goza ningún otro sector. En 1996,
el consorcio ShellMobil obtuvo la devolución anticipada del
Impuesto General a las Ventas y el fraccionamiento para el pago de los
aranceles para el desarrollo del gas de Camisea, beneficio que se amplió
en 1998 al sector minero (fundamentalmente para conseguir que se suscriba
el contrato de Antamina).
De la misma manera, frente al aumento de las importaciones de
ropa usada que amenazaba con llevar a la quiebra a las pequeñas
y medianas empresas textiles, se optó por prohibir su importación.
Y en los últimos meses el Estado ha intervenido para aliviar
la cartera pesada del sistema bancario via su conversión en bonos
del Estado y para rescatar al Banco Latino a través de COFIDE, sin
olvidarnos de la aerolínea estatal TANS.
También se desanda el camino en el caso de algunas privatizaciones,
principalmente la de PETROPERU. La venta de la refinería La Pampilla
ha generado una situación de abuso de posición dominante
en el mercado, que no ha permitido la disminución del precio de
los combustibles. Ello ha motivado incluso que el propio presidente de
la República se preocupe personalmente del asunto (lo que, de otro
lado, refleja la débil institucionalidad existente).
Otro tanto puede decirse del posible salvataje de AEROPERU ante
la quiebrasaqueo de esta empresa, privatizada en 1992.
El gobierno, entonces, está tomando medidas selectivas
y está aplicando políticas sectoriales. Eso no está
mal, pues es el ABC de la política de crecimiento y desarrollo de
todos los países del mundo.
Pero, entonces, hay que tener claro que se avanza en otro sentido y
el punto de partida debería comenzar por establecer claramente que
existen límites a la liberalización de los mercados. Uno
de los ejes centrales de orientación de la discusión sería
el siguiente: debe existir tanto mercado como sea posible; y tanto Estado
como sea necesario. Eso es algo que no ha hecho y difícilmente hará
este gobierno, puesto que sus medidas de política sectorial están
dictadas, ya sea por criterios oportunistas, por la emergencia del momento
o, en el contexto actual, por el objetivo de ganar las elecciones del 2000.
No se sabe aún con certeza cuáles serán los
principales ejes de la política económica. Las primeras declaraciones
de algunos miembros del equipo económico y sus asesores apuntan
a la revisión de la composición del gasto fiscal y a la disminución
del superávit del sector público, lo que indicaría
que se está tratando de buscar una reactivación a través
de mecanismos fiscales. Otros puntos de la agenda (que no es posible tratar
en este artículo) son la fuerte dolarización de la economía
y la necesidad de reestructuración de la cartera pesada proveniente
de la deuda de las empresas, para obtener el saneamiento del sector y del
propio sistema financiero.
En todo caso, es evidente que no se puede seguir manteniendo un modelo
que se basa casi exclusivamente en el impulso a los megaproyectos en recursos
naturales (minería, petróleo y gas), no sólo porque
generan poco empleo, sino porque ponen al país a bailar al vaivén
de los ciclos de precios internacionales que no controlamos.
Asimismo, vuelve a aparecer el pago de la deuda externa como una
pesada carga fiscal, la misma que permanecía oculta y parecía
no causar problemas debido al masivo flujo positivo de capitales externos
durante la década del 90.
Hay que cambiar de receta. Hay que fortalecer el ahorro interno y promover
el crecimiento de los sectores que generan valor agregado y empleo, como
la industria, la agroindustria y la agricultura. Eso no quiere decir dejar
de lado la explotación de los recursos naturales, en primer lugar
del gas de Camisea, pésimamente negociado por la actual administración.
El quid de la cuestión es que esto se haga pensando en el largo
plazo y no solamente en las elecciones del 2000. En este caso, sin embargo,
pareciera que el objetivo del gobierno es que el ciclo económico
vaya para arriba y que, de esta manera, ayude a que el ciclo político,
hoy de bajada, vaya en la misma dirección. La pregunta de rigor,
entonces, es: ¿estará el nuevo equipo económico dispuesto
a acatar esas condiciones? No pasará mucho tiempo para que sepamos
la respuesta.
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