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La campaña contra la excesiva carga que supone el pago de
la deuda externa es ya antigua en América Latina. Esta
vez, viene impulsada por la Iglesia Católica desde Roma.
En realidad, la campaña es parte de una más amplia.
El problema de la deuda se inscribe dentro de una propuesta
mayor: la de un año jubilar, la del Jubileo.
I. Introducción: jubileo, deuda y
liberación
El Jubileo constituye un momento en la vida de la sociedad
judía en que se restablecen libertades. La manera
más eficaz de hacerlo era mediante el cambio social,
aunque tras él y, más precisamente, antes de
él se requería una conversión del
corazón. Si el Jubileo no tuvo plena vigencia
histórica fue justamente porque esa conversión no
era sencilla y los poderes constituidos en la sociedad
judía se defendían, como ahora.
En el Jubileo no sólo se liberan esclavos, también
se reparte la tierra y se perdonan las deudas, pero no por un
afán igualitarista moderno sino porque la
concentración de la propiedad de un recurso necesario para
vivir casi siempre da lugar a relaciones opresivas, a una
relación muy asimétrica de poder que normalmente se
traduce en dominio sobre las personas. Es igual el razonamiento
aplicable a las deudas. La situación de acreedor es, salvo
excepciones, una situación de poder respecto del deudor.
Este está sometido a un conjunto de obligaciones de las
que no puede escapar fácilmente. El deudor rara vez es
todo lo libre que es el acreedor. El Jubileo es, pues, un momento
especial de liberación.
Un tópico inevitable en el lanzamiento de una
campaña de esta naturaleza es el relativo a su viabilidad.
Al respecto, queremos presentar cuatro aspectos relevantes en el
momento de determinar la oportunidad de dicho esfuerzo.
II. Oportunidad
La oportunidad para promover un momento de liberación
depende de dos factores. El primero es la voluntad de los que la
promueven; el segundo, las circunstancias del periodo
preparatorio y del momento mismo.
Cuestión de voluntad
Respecto de la voluntad, la campaña jubilar es un proceso
destinado a generar el «clima» que haga viable la
obtención de un alivio sustancial del servicio de la deuda
externa y de una reducción del monto adeudado. En este
sentido, la oportunidad se crea; se crea parte de las
circunstancias que deben favorecer el logro del resultado
buscado. Las circunstancias no están dadas o totalmente
fuera de control. No se trata de seguir los acontecimientos, de
adecuarse a la realidad tal y como nos viene, de adaptarse a la
época. El realismo que es necesario al actuar y que nos
empuja a conocer el momento que se vive no está al
servicio de la adaptación a dicha realidad y ni siquiera a
su mejor aprovechamiento sino que, además, permite apostar
a producir cambios significativos en ella.
No es local, es mundial. Legitimidad.
La oportunidad se creará si es que el impacto es mundial.
Paradójicamente, la campaña es mundial porque el
objetivo son las personas a título personal. No se trata
simplemente de sumar reinvindicaciones locales para negociarlas
en paquete o país por país en mejores
términos. Tampoco de agregarlos para que el poder de la
suma atemorice a los acreedores. Las iniciativas locales tienen
por finalidad colaborar en la producción de un caso claro
más que en una gran suma de reivindicaciones
pequeñas. La fuerza de la campaña está en
poner en cuestión el orden financiero actual por las
opresiones a que da lugar, por su complicidad con el aumento de
millones de miserias humanas. La campaña es por un asunto
de legitimidad. De esa legitimidad que las empresas financieras
saben que necesitan para proyectarse a largo plazo con mayor
seguridad.
El efecto no puede ser la financiación de infinidad de
proyectos sociales en decenas de países. El único
efecto práctico digno de la campaña es la
reducción unilateral de la deuda por los acreedores. Sus
efectos deberán ser fundamentalmente
macroeconómicos.
La campaña jubilar se lanzó antes de la crisis
asiática y, por lo tanto, sin tomarla en cuenta. El
objetivo tenía que ser, en primer lugar, colocar el
problema de la deuda en la agenda de los acreedores y deudores y,
en segundo lugar, promover una renegociación en buenos
términos para los pobres. Tras la crisis de las
economías del sudeste y este asiático, la
situación cambia. El problema de la deuda ya está
sobre la mesa; la crisis la ha puesto ahí. Además,
han cambiado los términos del problema.
Del riesgo de que los deudores no paguen ...
Para empezar, el tema de la deuda está en la agenda de
manera independiente de la campaña jubilar. Los
países más endeudados no pueden cumplir con sus
compromisos. Desde la crisis de la deuda en 1982 no se registraba
un momento de similar gravedad. Hay, sin embargo, una diferencia
importante. En esa crisis, el riesgo para los países ricos
y los bancos era que los países latinoamericanos se
pusieran de acuerdo para no pagar la deuda. Esto hubiera hecho
que los bancos acreedores no pudieran cumplir con el pago de
intereses a sus depositantes, incluídos los árabes
enriquecidos por la elevación de los precios de
petróleo y éstos expandieran la crisis retirando
sus fondos. Por esa razón, los acreedores se unieron para
dividir y debilitar a los deudores.
Como recoge Manuel Moreyra en el prólogo al libro de
Carlos Alzamora Capitulación de América Latina, «el
desequilibrio entre un poder aglutinado y otro disperso» tuvo
como consecuencia la «imposición de las condiciones, el
empecinamiento individualista, los egoísmos nacionales, la
ilusión de la equidad y la falta de fe en el potencial de
la propia solidaridad defensiva.» De este modo, los acreedores
lograron salir del problema y hasta ganar en el camino mientras
los países latinoamericanos se hundían en la peor
crisis de su historia.
... al riesgo de que los deudores paguen
En la actual situación la problemática hasta cierto
punto se invierte. Un riesgo mayor para los acreedores es que los
deudores paguen. El peligro radica en que el pago de la deuda
compite con los beneficios que los especuladores financieros
desearían sacar de los países endeudados en caso de
percibir algún peligro. Esta competencia entre acreedores
agrava la fragilidad financiera de los países y aumenta el
riesgo de una devaluación de las monedas nacionales.
La devaluación en un país endeudado dificulta y
puede impedir el pago de la deuda pública externa, por la
simple razón de que dicho pago supone una
recaudación fiscal en moneda nacional mayor. Si ahora hay
que recaudar 3.00 soles para pagar un dólar de deuda, tras
una devaluación que suba el dólar hasta, por
ejemplo, 4.50 soles, ésta sería la cantidad de
soles necesaria para pagar el mismo dólar. Recaudar esa
cantidad supone mayor exigencia sobre los contribuyentes y, en
una economía que reduce su actividad económica
debido justamente a la devaluación, esa exigencia
sería económica y políticamente
difícil.
El problema para el FMI es que la inmensa cantidad de fondos
invertidos en los países endeudados buscando altas
ganancias es muy sensible a las devaluaciones. Ilustremos esta
situación con un ejemplo arbitrario. Si un especulador
financiero invierte un dólar en el Perú para ganar
las altas tasas de interés en soles actualmente vigentes,
convertirá ese dólar en 3.00 soles y lo
depositará en el sistema bancario. Con una tasa de 15% ese
dólar produce 0.45 soles al año, lo que a la misma
tasa de cambio de 3 soles por dólar se puede convertir en
0.15 centavos de dólar. Ha recibido, pues, 15% en moneda
extranjera. Si al momento de cambiar esos 0.45 soles de
interés ocurre una devaluación de la moneda
nacional que eleva el cambio a 5 soles, esos 0.45 se
convertirán en 0.09 dólares. La tasa de
interés en dólares obtenida será de 9% y ya
no del 15% que lo atrajo al país.
En parte por esa razón, el FMI está empeñado
en que los países no devalúen o lo hagan
mínimamente, y una manera de colaborar a ese fin es
financiándolos con dólares cuando éstos
escasean. Pero esa institución no cuenta con todos los
recursos necesarios para hacer eso en todos los países en
problemas. La salida informal empieza a ser la
reprogramación de la deuda, esto es, la
postergación del pago.
En conclusión, esta vez, es el pago de la deuda lo que
pone en peligro el «sistema financiero». De ahí que la
campaña del Jubileo tenga cierto viento a favor, y debe
aprovecharlo.
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