|
La elección de Hugo Chávez en diciembre de 1998 ha despertado
numerosas interrogantes tanto en Venezuela como en el ámbito
internacional. En efecto, el fenómeno tiene varios rasgos
característicos que merecen atención: por segunda vez desde
1958, el presidente electo no pertenece a AD ni COPEI, las grandes formaciones
que dominaron el sistema político durante casi cuarenta años;
por otra parte, el vencedor no ha surgido del liderazgo tradicional, sino de
un movimiento político originado en el golpe fallido que dirigió
en febrero de 1992. Por primera vez, un militar retirado, y además uno
que intentó derribar el sistema democráticorepresentativo,
es elegido por votación popular para ocupar la presidencia. Por lo
demás, su principal rival, Henrique Salas R”mer, también se
presentó como independiente y opuesto a los partidos tradicionales
(aunque terminó por aceptar, a última hora, el apoyo de
éstos). ¿Qué significan estos hechos para el futuro del
país, y quiénes son los nuevos actores que están
participando en la coyuntura actual? ¿Representa Chávez un
resurgimiento de la izquierda en Venezuela, o es una nueva expresión
del populismo o de una democracia delegativa? Aunque será la
práctica real de su gobierno la que despeje estas expectativas, se
dispone de algunos elementos para intentar una comprensión de su
proyecto político, y de la viabilidad de su puesta en
práctica.
En primer lugar, es necesario destacar los componentes centrales de la
coalición que lo apoya. El proyecto original del Movimiento
Revolucionario Bolivariano 200 (MBR200) se originó en el seno de
un pequeño grupo de conspiradores estrictamente militares, que desde
1983 se comprometió a luchar contra la corrupción imperante
tanto en las Fuerzas Armadas como en la sociedad venezolana en general, que
atribuían fundamentalmente a la excesiva influencia partidista en todas
las esferas. Dicho proyecto contiene además elementos de igualitarismo
social, de nacionalismo y referencia a los héroes de las guerras
independentistas y civiles del siglo XIX, íconos culturales
intensamente cultivados en la formación militar. El golpe frustrado de
febrero de 1992 implantó profundamente la figura de Chávez en la
imaginación colectiva, que lo convirtió en símbolo de la
lucha contra la corrupción y la «partidocracia». Después de
salir en libertad en 1994 por suspensión del juicio en su contra,
Chávez pretendió mantenerse al margen del sistema
político por considerarlo corrupto en su conjunto, pero gradualmente se
fue acercando a la idea de crear un movimiento político para competir
electoralmente, lo que finalmente hizo en 1996, con el Movimiento V
República (MVR). Después de dos años de recorrer el
país, Chávez lanzó su candidatura y, contra las
expectativas iniciales de los analistas políticos, comenzó a
ascender indeteniblemente en las encuestas de opinión. En este momento
se concretó su alianza con casi todos los partidos de la izquierda, de
los cuales los más importantes eran, para el momento, PPT (Patria para
Todos) y el MAS (Movimiento al Socialismo).
La alianza entre Chávez y los partidos que lo apoyan tiene aspectos
ambiguos e inestables: Chávez no es precisamente un líder que se
haya formado en el combate por los derechos democráticos; ha tenido que
aprender a mediar entre sus partidarios, a negociar, a moderar su lenguaje e
incluso a conversar con antagonistas tan destacados como Acción
Democrática y los representantes de potencias extranjeras, y a aceptar
el apoyo de ciertos grupos económicos tradicionales, que contribuyeron
generosamente al financiamiento de su campaña electoral. En
determinadas coyunturas, y ante diferentes auditorios, diluye su lenguaje
inicial «depurador» y radical para ampliar su audiencia en una sociedad
compleja, que hace inviable la división tajante entre puros e impuros.
El punto culminante de esta «flexibilización» fue quizás la
aceptación del apoyo del MAS, partido al que antes despreciaba como un
cómplice más de la traición a las bases populares y
ejemplo de la corrupción del sistema. Asimismo, al presentarse ante
grupos de inversionistas nacionales y extranjeros, ha prometido no dar marcha
atrás a los procesos de privatización, dar seguridad
jurídica y estabilidad a las inversiones extranjeras, y cumplir los
compromisos establecidos con los acreedores externos y organismos
multilaterales.
La izquierda, por su parte, parece actuar con base en un
principio que ya había aplicado antes: si este actor goza
del apoyo popular, y se ha enfrentado a los sectores más
organizados de las élites política y militar, es
necesario acompañar al pueblo en su preferencia, tratando
de contener y limitar los componentes autoritarios de la
personalidad y del proyecto original del líder, para,
usándolo como palanca, desplazar a las élites
actuales y producir los cambios democratizadores que demanda la
sociedad. En este sentido, se reproduce un «síndrome de
delegación» que ha afectado tradicionalmente a la
izquierda venezolana, pues es sólo a partir de la victoria
de este líder que ella se siente capaz de lograr sus
metas. El riesgo calculado que se corre es que el efecto palanca
se invierta, y el líder retorne, después de la
victoria, a su proyecto original con su núcleo de actores
de apoyo primigenios: la logia militar y el método
expedito de las armas. Los resultados de las elecciones
parlamentarias de noviembre y presidenciales de diciembre indican
que los partidos de izquierda perdieron buena parte de su fuerza
a favor del MVR, precisamente el componente de la alianza
más ligado a la identificación personalista con el
líder, menos basado en un trabajo de largos años de
organización, y por lo tanto menos identificado con los
ideales democráticos y participativos de esa izquierda.
Sin embargo, no todo es delegación en esta estrategia: los
partidos de izquierda podrían alegar que su fuerza en la
alianza reside precisamente en proporcionar al líder una
tradición de pensamiento y de organización muy
superiores a lo que fue la confusa, contradictoria y hasta
ingenua ideología original del movimiento militar.
Aquí también, los partidos de izquierda esperan
convertirse en la vanguardia ideológica capaz de
transformar las esperanzas cifradas en el líder
carismático, en políticas de ampliación de
la democracia y renovación a fondo del sistema
político, que superen definitivamente el populismo. Pero
esto no es posible sin una verdadera base organizada, sin la
lealtad de esta base a los principios y no a los caudillos
individuales, y sin una superación de la tendencia
facilista a la delegación. Sólo en la medida en que
dichos partidos mantengan la prioridad de los principios de
participación democrática sobre el
incondicionalismo caudillista, lograrán que el proyecto
político que apoyan hoy responda realmente a sus
aspiraciones. Es por ello que tienen una responsabilidad
histórica decisiva: si realmente quieren desarrollar la
autonomía e independencia de la sociedad civil, y no
retroceder al paternalismo mesiánico y autoritario,
deberán cuidar también la autonomía de su
proyecto político, como algo que responde más a
ideas trascendentes que a la persona de un líder.
En síntesis, el nuevo Presidente Chávez
demostró contar con el indudable apoyo de los sectores
populares y de algunos de las clases medias. Más
aún, parece tratarse no de un simple apoyo utilitario,
sino de algo más: la conformación de un mito
político, en el cual se sintetizan la reacción
frente a la exclusión material de que han sido objeto
dichos sectores, pero también, y quizás sobre todo,
de su exclusión simbólica. Como Perón en la
década de los cuarenta, un ex militar de gran carisma es
percibido como el outsider dispuesto a redirigir la
distribución de la renta, pero sobre todo a reintroducir
simbólicamente al pueblo en los espacios del poder, del
cual las élites lo habían venido excluyendo con
cada vez mayor indiferencia. En ese sentido, la promesa del nuevo
Presidente de convocar a una Asamblea Constituyente que
redefiniría los pactos sociopolíticos
fundamentales, tiene un importante valor simbólico, aunque
haya sido criticada por no ofrecer soluciones concretas a la
crisis económica y social del país. La
limitación esencial de este fenómeno es, para
nosotros, que una vez más se delega en el líder
carismático esta tarea de inclusión, en lugar de
proceder por la vía, mucho más lenta, menos emotiva
y más gris, de la construcción cotidiana de las
organizaciones populares autónomas que permitirían
controlar e incluso, si es necesario, censurar al líder en
caso de que su conducta se aparte de los principios
democráticos.
Una segunda limitación evidente de esta expectativa
distributivista es su inviabilidad económica, ya que el
país es estructuralmente cada vez menos capaz de captar
renta petrolera para distribuirla entre los diferentes grupos
sociales. En efecto, no se trata sólo de los precios
deprimidos del petróleo, sino de la incapacidad del
aparato productivo interno para asimilar, invertir y distribuir
la renta petrolera sin agravar más aún problemas
como la inflación, el desempleo y la corrupción.
A diferencia de lo que se percibe a primera vista, no es la
primera vez que la sociedad venezolana se encuentra dividida
entre opciones políticas antagónicas. Pero esos
enfrentamientos se produjeron en momentos en que el modelo de
desarrollo industrializador protegido y de distribución
rentista tenía ante sí un amplio panorama de
expansión. Este modelo permitió ampliar los
sectores incluidos en el sistema político y en la vida
económicosocial sin afectar estratégicamente a
los grupos tradicionales de poder.
El momento actual, por el contrario, es el del agotamiento de un
modelo y de la falta de consenso alrededor de los
parámetros de uno nuevo; de una pérdida definitiva
de viabilidad del modelo de distribución rentista y de una
(justificada) desconfianza ante un modelo de apertura liberal; de
un enfrentamiento entre grupos económicos
transnacionalizados y otros que defienden el modelo de desarrollo
hacia adentro; de un proceso de exclusión social que
afecta incluso la relevancia de lo político para amplias
capas de la población, y especialmente de la juvenil; de
una exacerbación de las desigualdades sociales que tiende
a convertir a cada clase en una subcultura aislada espacial y
culturalmente de las otras; y de un desprestigio de la actividad
política, y de la vida pública en general, que
tiende a desembocar en la demanda de soluciones simplistas y
autoritarias.
Hasta el momento actual, el presidente electo no ha definido las
líneas centrales de lo que será su política
económica, más allá de las vagas
formulaciones de su programa electoral: se intentará
redefinir el perfil del pago de la deuda externa, pero no se
cuestiona su legitimidad, tal como preconizaban algunos de sus
partidarios. Esto implica un margen de maniobra muy estrecho,
puesto que, según un informe de la consultoría
económica del Congreso, sólo un 12 % de la deuda
externa es renegociable (El Nacional, Caracas, 611999).
Por otra parte, se ejercerá mayor control sobre la empresa
petrolera estatal, con la esperanza de extraer de ella más
recursos para el desarrollo económico y social; se
respetará la independencia y autonomía del Banco
Central, y en general se intentará mejorar la
situación de las clases trabajadoras. La reciente
ratificación de Maritza Izaguirre como ministra de
Hacienda puede significar una voluntad de conciliar con el mundo
financiero y los organismos internacionales, ya que la ministra
ha sido funcionaria del BID durante largos años, fue
titular de la cartera de planificación en el gobierno
socialcristiano que finalizó en 1983, y es ampliamente
respetada desde el punto de vista técnico. Su presencia en
el Ministerio de Hacienda en el actual gobierno de Caldera ha
sido asociada con la voluntad de ordenar y sistematizar el manejo
de las finanzas públicas, y especialmente de la deuda
interna y externa.
Más allá de la necesidad de un nuevo ajuste,
requerido por el persistente déficit fiscal, no se ha
establecido quiénes serán los actores sobre los
cuales recaerán los sacrificios principales. Por el
momento, el Presidente electo se mueve mucho más
ágilmente en el terreno político que en el
económico, presionando a la oposición para que
acepte su rápida convocatoria a una Asamblea
Constituyente, y centrando el debate en este aspecto, en el cual
pretende establecer un antagonismo entre las fuerzas renovadoras
y las inmovilistas. Mientras tanto, las realidades sociales y
económicas esperan su atención.
|