La novela joven
Una propuesta

Rocío Silva Santisteban
 
En un trabajo extenso sobre algunos libros de jóvenes escritores, propongo el término de novela joven para englobar las diferentes novelas que han surgido desde los años 90 con características similares en diferentes lugares del mundo occidental. Se trata de un fenómeno reciente que cobra fuerza con el paso del tiempo y que se organiza a partir de diferentes elementos que conformarían su aura estética.

En primer lugar se trata de novelas escritas por jóvenes, prioritariamente sobre temas de jóvenes -aunque no necesariamente se trata del eje medular- y dirigidas a potenciales lectores jóvenes que normalmente no leen literatura (entendiendo al término juventud más que como una simple etapa categorizada por la edad, como una zona reformulada desde procesos históricos y sociales que vincula a distintas personas a partir de una sensación de cercanía o proxemia).

La forma como estos escritores enganchan con lectores poco acostumbrados a la lectura es a partir de las referencias massmediáticas y de la cultura popular (la música rock, el cine, la televisión, los restaurantes de comida basura, los comics), así como la manera de tocar temas juveniles desde sus propios puntos de vista pero no centrarse sólo en ellos e incorporar como eje dinamizador de sus actitudes un elemento antes sólo visible en las literaturas de outsiders: la droga. Los postulados de la mayoría de estas novelas están estructurados a partir de una forma de vivir y de pensar: el consumismo. En muchas de ellas el consumismo es lo que mueve a los personajes: el motor de la acción. En otras sucede lo contrario: los héroes (o mejor, antihéroes) se rebelan contra el consumismo, aunque no necesariamente luchan contra él.

Por ejemplo los tres amigos protagonistas de Generación X, la novela pionera de Douglas Coupland, son anticonsumistas, anticompetitivos y no creen en la moral del yuppie, buscan una nueva forma de sentir y de vivir, más allá de los límites del mundo globalizado, de la cultura basura, de la corrupción moral y de la incredulidad política. Pero esto no significa que luchen contra el consumismo.

En otras de estas novelas simplemente se plantea el tema como un malestar sin proponer nada. Digamos que se le nombra, pero no para no olvidarlo, sino porque es indispensable nombrar antes de tomar una actitud (aun cuando sea esta actitud la propia indiferencia).

La mayoría de los personajes de estas novelas adolecen de una inestabilidad afectiva que los empuja a experimentar la vida como si se tratara de un road movie: mantenerse en permanente movimiento engarzados por un afán de sentir emociones violentas. Estas emociones pueden variar desde la búsqueda de placer sexual sin ningún tipo de control arriesgándose al SIDA (los kamikases del amor en las riberas del Sena) hasta la puesta en juego del instinto de muerte más desatado (los más repugnantes asesinatos en serie en las calles de Nueva York).

Sin duda lo que une a estos jóvenes escritores, aunque algunos ya no lo son tanto, de distintos lugares del mundo, es un aura estética. Me refiero a Estados Unidos con Brett Easton Ellis (Menos que Cero y American Psycho) y Douglas Coupland (Generación X), a Escocia con Irvine Welsh (Trainspotting), a España con José Angel Mañas (Historia de Kronen) o con Ray Loriga (Héroes), a Francia con Cyrill Collar (Las Noches Salvajes) o Marie Darrieusseqc (Marranadas) pero también a Chile con Alberto Fuguet (Por favor, rebobinar), a Argentina con Rodrigo Fresán y al Japón con Banana Yoshimoto, es un aura estética. No se trata de un lazo unívoco a partir de la vivencia apasionada de una propuesta ideológica o política, sino simplemente de un sentimiento banal, fugaz, trágicamente superficial y dionisíaco.

Este sentimiento sería el sustrato subterráneo de una forma diferente de organización: lo que Michell Maffesolli denomina la socialidad. Porque a diferencia del ethos político de la modernidad (culto a la racionalidad), el mundo actual está imbuido de un ethos estético, cuyo eje no es la razón sino el sentimiento (feeling). Maffesoli sostiene que sólo a partir de esta nueva forma de representar la socialidad, se pueden entender las redes del mundo actual que van más allá del narcisismo e individualismo con el que, desde una miopía moderna, se intenta explicar los diferentes fenómenos culturales.

Por otro lado, básicamente se trata de historias sobre lo que Flaubert denominaría ®educación sentimental¯ pero estarían centradas realmente en la adquisición del desencanto y/o la lucha contra él. El desencanto porque se nace, en tanto grupo, de una serie de frustraciones colectivas acumuladas que fragmentan el sentir, dispersan la fuerza, deshilachan las ganas de plantearse propuestas y que ironizan sobre toda posibilidad de utopía.

Como resultado de este desencanto, muchas de las novelas jóvenes estarían trabajadas desde un lenguaje marcado por la ironía (en su lado más cáustico) o por la ternura (desde su visión más optimista). La idea es enfrentar la ironía y la ternura a la desesperanza, a la frustración, a la falta de sensibilidad, a la frialdad y al cálculo.

En estas novelas se presenta también un escepticismo básico frente al pasado y el futuro: el pasado no sirve como elemento de articulación de la realidad perversa del presente, el futuro no es ninguna pista de despegue contra la ansiedad. Tanto los autores, como sus protagonistas, no quieren comprometerse porque «para ellos es una incógnita el concepto de compromiso», según lo apunta el periodista español Vicente Verdú. Pero incógnita no por desconocimiento, sino porque en la praxis concreta de estos años, este concepto se ha devaluado una tras otra vez y por lo tanto su significado ha perdido sentido.

Desde el punto de vista del enunciado, estas novelas implantan elementos de oralidad juvenil al texto escrito (jerga, lisuras, anglicismos en el caso de textos escritos en castellano, el sublenguaje de la droga, el lenguaje técnico de las computadoras, las «malas palabras») que le otorgan un genuino carácter transgresor. Incluso hay algunos autores que retoman la ruptura con la ortografía (el reemplazo de la k por la c y la q; de la z por la s o la c) que reivindicó el movimiento punk y los movimientos de música subte en América Latina de principios de los 80 (por ejemplo Mañas en su última nobela Ciudad Rayada).

Muchos de estos escritores también muestran un gusto por la estructura fragmentada; se trata de incorporar a la textualidad una sensibilidad también fragmentada que sienta sus bases en la desestructuración de la familia y de las posibilidades del sentir.

Considero justamente que esta propuesta de un mundo fragmentado dirigida a lectores jóvenes y de universos fragmentados, acerca estos libros a la experiencia del lector actual. Los lectores de estas novelas, jóvenes universitarios o parasitarios, enganchan con ellas a partir de la lectura como canciones de un cd, o como video­clips, con su lógica incierta, pero lógica al fin, con su condicionamiento de rupturas y con un hilo subterráneo que las une precariamente de la misma forma como están unidas las sensaciones, los sentimientos y los conocimientos en la actualidad.

Por supuesto que todo intento de homogeneización para caracterizar a la juventud es inválido, en el sentido que no existe ni siquiera en una misma ciudad una sola juventud sino muchas maneras de vivirla. No sólo cada época, sino que cada sector social postula maneras diferentes de ser joven. Por eso con esta categoría no pretendo establecer un rasero para encasillar la producción intelectual de los jóvenes -¡vade retro!- sino sólo para entender ciertas formas de textualización.

El término «Generación X» y la forma de sentirlo como propio, apropiado o incluso como impropio, rechazándolo, se deslizó de tal manera entre los jóvenes norteamericanos, europeos y latinoamericanos, que estableció formas de asumir una crisis y presupuestos morales para combatirla, puso en duda las versiones light del consumismo neoliberal y apostó por una ruptura, aunque no radical como la de los hippies o los punks ingleses. Justamente por esto último fue desde el primer momento reciclado por el mismo sistema.

En todo caso, considero que existen convergencias en diferentes textos surgidos de esta aura estética que posibilitan la organización de una categoría aparte: la novela joven. Literariamente sólo se trataría de otra subdivisión más de los géneros; vitalmente es una propuesta que arranca del protagonismo actual de la juventud, pero sobre todo de una reflexión desde sus propias trincheras, y nos conduce por un laberinto intenso que permite afirmar, finalmente, que la juventud es mucho más que una palabra.

 


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