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En un trabajo extenso sobre algunos libros de jóvenes escritores,
propongo el término de novela joven para englobar las diferentes
novelas que han surgido desde los años 90 con características
similares en diferentes lugares del mundo occidental. Se trata de un
fenómeno reciente que cobra fuerza con el paso del tiempo y que se
organiza a partir de diferentes elementos que conformarían su aura
estética.
En primer lugar se trata de novelas escritas por jóvenes,
prioritariamente sobre temas de jóvenes -aunque no necesariamente se
trata del eje medular- y dirigidas a potenciales lectores jóvenes que
normalmente no leen literatura (entendiendo al término juventud
más que como una simple etapa categorizada por la edad, como una zona
reformulada desde procesos históricos y sociales que vincula a
distintas personas a partir de una sensación de cercanía o
proxemia).
La forma como estos escritores enganchan con lectores poco acostumbrados a la
lectura es a partir de las referencias massmediáticas y de la cultura
popular (la música rock, el cine, la televisión, los
restaurantes de comida basura, los comics), así como la manera de tocar
temas juveniles desde sus propios puntos de vista pero no centrarse
sólo en ellos e incorporar como eje dinamizador de sus actitudes un
elemento antes sólo visible en las literaturas de outsiders: la droga.
Los postulados de la mayoría de estas novelas están
estructurados a partir de una forma de vivir y de pensar: el consumismo. En
muchas de ellas el consumismo es lo que mueve a los personajes: el motor de la
acción. En otras sucede lo contrario: los héroes (o mejor,
antihéroes) se rebelan contra el consumismo, aunque no necesariamente
luchan contra él.
Por ejemplo los tres amigos protagonistas de Generación X, la novela
pionera de Douglas Coupland, son anticonsumistas, anticompetitivos y no creen
en la moral del yuppie, buscan una nueva forma de sentir y de vivir,
más allá de los límites del mundo globalizado, de la
cultura basura, de la corrupción moral y de la incredulidad
política. Pero esto no significa que luchen contra el consumismo.
En otras de estas novelas simplemente se plantea el tema como un malestar sin
proponer nada. Digamos que se le nombra, pero no para no olvidarlo, sino
porque es indispensable nombrar antes de tomar una actitud (aun cuando sea
esta actitud la propia indiferencia).
La mayoría de los personajes de estas novelas adolecen de una
inestabilidad afectiva que los empuja a experimentar la vida como si se
tratara de un road movie: mantenerse en permanente movimiento engarzados por
un afán de sentir emociones violentas. Estas emociones pueden variar
desde la búsqueda de placer sexual sin ningún tipo de control
arriesgándose al SIDA (los kamikases del amor en las riberas del Sena)
hasta la puesta en juego del instinto de muerte más desatado (los
más repugnantes asesinatos en serie en las calles de Nueva York).
Sin duda lo que une a estos jóvenes escritores, aunque algunos ya no lo
son tanto, de distintos lugares del mundo, es un aura estética. Me refiero a Estados Unidos con
Brett Easton Ellis (Menos que Cero y American Psycho) y Douglas Coupland
(Generación X), a Escocia con Irvine Welsh (Trainspotting), a
España con José Angel Mañas (Historia de Kronen) o con
Ray Loriga (Héroes), a Francia con Cyrill Collar (Las Noches Salvajes)
o Marie Darrieusseqc (Marranadas) pero también a Chile con Alberto
Fuguet (Por favor, rebobinar), a Argentina con Rodrigo Fresán y al
Japón con Banana Yoshimoto, es un aura estética. No se trata de
un lazo unívoco a partir de la vivencia apasionada de una propuesta
ideológica o política, sino simplemente de un sentimiento banal,
fugaz, trágicamente superficial y dionisíaco.
Este sentimiento sería el sustrato subterráneo de una forma
diferente de organización: lo que Michell Maffesolli denomina la
socialidad. Porque a diferencia del ethos político de la modernidad
(culto a la racionalidad), el mundo actual está imbuido de un ethos
estético, cuyo eje no es la razón sino el sentimiento (feeling).
Maffesoli sostiene que sólo a partir de esta nueva forma de representar
la socialidad, se pueden entender las redes del mundo actual que van
más allá del narcisismo e individualismo con el que, desde una
miopía moderna, se intenta explicar los diferentes fenómenos
culturales.
Por otro lado, básicamente se trata de historias sobre lo que Flaubert
denominaría ®educación sentimental¯ pero estarían
centradas realmente en la adquisición del desencanto y/o la lucha
contra él. El desencanto porque se nace, en tanto grupo, de una serie
de frustraciones colectivas acumuladas que fragmentan el sentir, dispersan
la fuerza, deshilachan las ganas de plantearse propuestas y que ironizan sobre
toda posibilidad de utopía.
Como resultado de este desencanto, muchas de las novelas jóvenes
estarían trabajadas desde un lenguaje marcado por la ironía (en
su lado más cáustico) o por la ternura (desde su visión
más optimista). La idea es enfrentar la ironía y la ternura a la
desesperanza, a la frustración, a la falta de sensibilidad, a la
frialdad y al cálculo.
En estas novelas se presenta también un escepticismo básico
frente al pasado y el futuro: el pasado no sirve como elemento de
articulación de la realidad perversa del presente, el futuro no es
ninguna pista de despegue contra la ansiedad. Tanto los autores, como sus
protagonistas, no quieren comprometerse porque «para ellos es una
incógnita el concepto de compromiso», según lo apunta el
periodista español Vicente Verdú. Pero incógnita no por
desconocimiento, sino porque en la praxis concreta de estos años, este
concepto se ha devaluado una tras otra vez y por lo tanto su significado ha
perdido sentido.
Desde el punto de vista del enunciado, estas novelas implantan elementos de
oralidad juvenil al texto escrito (jerga, lisuras, anglicismos en el caso de
textos escritos en castellano, el sublenguaje de la droga, el lenguaje
técnico de las computadoras, las «malas palabras») que le otorgan un
genuino carácter transgresor. Incluso hay algunos autores que retoman
la ruptura con la ortografía (el reemplazo de la k por la c y la q; de
la z por la s o la c) que reivindicó el movimiento punk y los
movimientos de música subte en América Latina de principios de
los 80 (por ejemplo Mañas en su última nobela Ciudad
Rayada).
Muchos de estos escritores también muestran un gusto por la estructura
fragmentada; se trata de incorporar a la textualidad una sensibilidad
también fragmentada que sienta sus bases en la desestructuración
de la familia y de las posibilidades del sentir.
Considero justamente que esta propuesta de un mundo fragmentado dirigida a
lectores jóvenes y de universos fragmentados, acerca estos libros a la
experiencia del lector actual. Los lectores de estas novelas, jóvenes
universitarios o parasitarios, enganchan con ellas a partir de la lectura como
canciones de un cd, o como videoclips, con su lógica incierta,
pero lógica al fin, con su condicionamiento de rupturas y con un hilo
subterráneo que las une precariamente de la misma forma como
están unidas las sensaciones, los sentimientos y los conocimientos en
la actualidad.
Por supuesto que todo intento de homogeneización para caracterizar a la
juventud es inválido, en el sentido que no existe ni siquiera en una
misma ciudad una sola juventud sino muchas maneras de vivirla. No sólo
cada época, sino que cada sector social postula maneras diferentes de
ser joven. Por eso con esta categoría no pretendo establecer un rasero
para encasillar la producción intelectual de los jóvenes
-¡vade retro!- sino sólo para entender ciertas formas de
textualización.
El término «Generación X» y la forma de sentirlo como propio,
apropiado o incluso como impropio, rechazándolo, se deslizó de
tal manera entre los jóvenes norteamericanos, europeos y
latinoamericanos, que estableció formas de asumir una crisis y
presupuestos morales para combatirla, puso en duda las versiones light del
consumismo neoliberal y apostó por una ruptura, aunque no radical como
la de los hippies o los punks ingleses. Justamente por esto último fue
desde el primer momento reciclado por el mismo sistema.
En todo caso, considero que existen convergencias en diferentes textos
surgidos de esta aura estética que posibilitan la organización
de una categoría aparte: la novela joven. Literariamente sólo se
trataría de otra subdivisión más de los géneros;
vitalmente es una propuesta que arranca del protagonismo actual de la
juventud, pero sobre todo de una reflexión desde sus propias
trincheras, y nos conduce por un laberinto intenso que permite afirmar,
finalmente, que la juventud es mucho más que una palabra.
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