Para Issa, mi hija
Hace algunos días, una muchacha peruana que estudia literatura
en Madrid le pidió a su madre, que vive aquí en Lima, que
me ubique y me pida algunos poemas para incluirlos en no se qué
antología. Cuando la señora vino a mi casa a cumplir con
el encargo filial, me comentó: «Qué casualidad, en
mi casa tengo alojado a un paisano suyo. Es un japonés de la Universidad
de Osaka que está haciendo un posgrado en la Universidad Católica».
Como yo sólo le sonreí condescendiente, ella me exigió
con amabilidad una mayor definición: «¿Es paisano suyo,
no?», me dijo. «Alguito, señora», le respondí.
La señora quizás sea representativa de aquellos
que nos atribuyen a los nikkei un japonesismo cerrado o, en todo caso,
muy vigente en nuestra cultura diaria. Pero sí, algo, o «alguito»,
de japonés hay en la composición de nuestra personalidad.
Sin embargo, siempre me pregunto hasta qué punto esta herencia puede
permitirnos hablar de una identidad de grupo. Hay ciertos elementos obvios
que podrían convencernos de la existencia de esa identidad, desde
nuestros rasgos físicos hasta la promocionada cocina nikkei. Nuestros
rasgos, tiempo más, tiempo menos, terminarán como debe ser:
disueltos en el paisaje mestizo de nuestro país. Y posiblemente
la celebrada cocina, con su exotismo más, y otras prácticas
similares se conviertan pronto en anécdota. ¿Qué hay
de más profundo? ¿Qué herencia todavía está
viva en nuestra subjetividad y determina nuestra conducta? me pregunto
a veces, y confieso que siempre termino confundido, como debe ser ante
tamañas preguntas.
Hay ocasiones en que descubro con cierta claridad que soy descendiente
de japonés. Generalmente sucede en situaciones críticas,
y me sorprendo porque siento que algo profundo viene y cambia el rumbo
de mis reacciones previsibles. Mi normal tendencia al desánimo,
por ejemplo, se hace temple inusual. No es una petulante apelación
al estereotipo de japonés imperturbable ante la adversidad; es una
íntima presión que me señala una responsabilidad:
sé como tu padre.
En uno de los poemas de mi libro El huso de la palabra está mejor
mencionado este asunto. Lo escribí en 1986, en un hospital de Alemania,
donde sentía la infinita tentación de descomponerme y tirarme
al piso a llorar un diagnóstico terrible. «Mi miedo es la
única impureza en este cuarto aséptico», dije reprochándome,
y escribí lo que aquí, pidiendo permiso, cito:
Mas no patetices. Eres hijo de. No dramatices.
El japonés
se acabó «picado por el cáncer más bravo
que las águilas»,
sin dinero para morfina, pero con qué elegancia, escuchando
con qué elegancia
las notas
mesuradas primero y luego como mil precipitándose
del kotó
de La Hora Radial de la Colonia Japonesa.
Esta conducta «elegante» (estoica, debí escribir)
ante una situación límite compuso desde muy antiguo el modo
de ser nuestros padres. Ellos crecieron escuchando historias de samurais
que luego nos repitieron. Las enseñanzas implícitas en los
argumentos casi siempre abundaban en la dignidad ante las situaciones extremas
y, especialmente, ante la muerte. Abrevio aquí una de esas historias
que mi padre contaba a la luz de un lamparín: dos samurais acostumbraban
combatir juntos para defenderse mutuamente las espaldas. Un día,
uno de ellos fue flechado en un ojo por los arqueros del bando contrario.
El herido se dejó caer cerca de un árbol mientras su compañero
dejaba de combatir para auxiliarlo. Este intentó poner su zapatilla
en el lado sano del rostro de su amigo para fijarlo y tirar de la flecha..
El herido lo detuvo con sus últimas fuerzas, y le dijo: «Nadie,
ni tú, mi honorable amigo, podrá poner su zapatilla en mi
cara». Enseguida le pidió que lo ayudara a recostarse en el
árbol para esperar, con majestad, la muerte.
Buscar una muerte digna y no dejar el cadáver en una posición
vergonzosa es parte del espíritu del Bushido, aquel conjunto de
normas éticas con que los samurais gobernaron durante siete siglos
el Japón. Con el tiempo, las normas también pasaron a determinar
la conducta de la sociedad civil. El Bushido nunca fue escrito pero estaba
en el espíritu de todos los japoneses y se transmitía de
modo consuetudinario y a través del arte. Está en la historia
de los dos samurais que acabo de recordar, así como en la poética
del dramaturgo de bunraku, Chikamatsu, que a comienzos del siglo XVIII,
dijo: «Cantar los versos con la voz preñada de lágrimas,
no es mi estilo. Considero que el pathos es enteramente una cuestión
de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas
por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor».
Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más
aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos
y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca
nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre
esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más
recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero
no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza,
aún cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos
estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos,
que son naturales, todos.
Y aquí es inevitable que recuerde a Tilsa Tsuchiya, la enorme
artista que me privilegió con su larga amistad. Creo que los personajes
de sus pinturas tienen una estatuaria que responde a un aliento anterior
a ella. Todos sus seres, inclusive los objetos de sus bodegones, tienen
la majestad del refrenamiento. Acaso el verdadero rasgo japonés
de su pintura haya que buscarlo en la poética de Chikamatsu, cuya
esencia explica todo el arte tradicional de Japón: una creación
quieta, íntima, imponente a veces, pero siempre sin alardes. Tilsa
se expresó a través de personajes que en sus posturas hieráticas
refunden, pecho adentro, dramas, intensidades, abismos. De todos los que
pueblan su obra, casi ninguno tiene brazos, acaso para evitarles una expansión.
Sin embargo, no son personajes mutilados, están bien como están,
y no extrañan ni ellos ni nosotros sus miembros. Chikamatsu,
que reprochó «la voz cargada de lágrimas», reprocharía
también los largos ademanes. Un día, Tilsa, fastidiada por
el lloriqueo telefónico de una amiga con problemas, me dijo: «Debería
pintar. Así no lloraría». Estoy casi convencido ahora
de que esta frase (o mejor: esta actitud) venía del silencioso y
severo don Yoshigoro, su padre.
Y yo vuelvo a mi padre, aquel otro japonés que sin verdadera
intención educativa me traducía, en medio del pleito de pollos
y patos del corral, los poemas de Bashó. Yo era un niño y
la imagen que me hacía del desconocido poeta se confundía
con la de mi padre: ambos eran hombres parcos de actitud y concisos de
palabras. Pero, como bien sabemos, todo lo humano es contradictorio, más
aun cuando se es niño. En muchas ocasiones deseaba que mi padre
fuera más expresivo, tanto como la gente efusiva entre las que vivíamos.
Hasta hoy esa contradicción está en mi. Tal vez el poema
inédito que aquí me permito transcribir, guardado hace tiempo
en el fondo de mi gaveta, ilustre mejor lo que vengo diciendo:
EL KIMONO
Mi padre y mi madre eran sombras
dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran
más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.
En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosisímos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.
Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.
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