CAUTIVOS O PROTAGONISTAS

Luis Jochamowitz


 
Un siglo es tiempo más que suficiente para arraigar una descendencia en el país abierto que siempre ha sido la república del Perú. Arraigarla incluso en el campo de la actividad política que, se supone, es el ámbito final de la integración y la ciudadanía. En otro tiempo la participación de los peruanos de origen japonés en la política local y nacional habría parecido demasiado menor o secundaria para abordarse como un asunto aparte. Desde luego, fue la repentina elección de Alberto Fujimori el acontecimiento que abrió el tema y lo planteó en los términos actuales. Pero la historia no comenzó precisamente con él.

 Por razones históricas y hasta psicológicas, la colectividad nikkei siempre pareció especialmente distante de toda actividad pública. Los cien años, que se cumplen en 1999, no marcaron siempre un curso ascendente y progresivo, conoció cortes y retrocesos bruscos. En ese transcurrir, la discreción y la vida puertas adentro fueron estrategias de sobrevivencia que los japoneses y sus descendientes observaron con particular tenacidad, alejándose en lo posible de toda notoriedad pública.

 Las cosas comenzaron a cambiar lentamente en la segunda mitad del siglo. Después del inevitable repliegue que provocó el conflicto mundial y una larga posguerra, hacia los años sesenta nuevas generaciones, que se sentían enraizadas como nunca antes en su país de nacimiento, habían llegado a su primera madurez. La presencia de los descendientes de japoneses comenzó a notarse en muchas esferas de la vida nacional, aunque la actividad política tardaría un poco más en llegar.

 La investigadora Isabelle Lausent­Herrera ha echado luces sobre el punto. Hasta donde se sabe, los primeros apellidos de origen japonés que figuraron en las siempre nutridas listas electorales se remontan a 1963. Pero los primeros resultados deben buscarse a partir de las elecciones de 1978 y 1980. Un senador, E. Yashimura, que después confrontaría problemas judiciales, fue elegido en 1980 en la lista de Acción Popular. Como contraste, ese mismo año una lista parlamentaria, formada exclusivamente por niseis, se presentó en la provincia del Callao, fracasando rotundamente en el intento. Las más ásperas críticas a esa experiencia fallida provinieron de la colectividad misma, que desaprobó ese espíritu exclusivista.

 Pero donde la participación nikkei pareció encontrar su ámbito más propicio fue en las elecciones municipales. En las elecciones de 1980, al menos cuatro descendientes de japoneses ganaron alcaldías, incluyendo la de Puente Piedra, donde un movimiento independiente encabezado por L. Higa triunfó con un lema que suena conocido: «Trabajo, honestidad, dedicación». Probablemente fue la primera formulación con fines electorales de las virtudes atribuidas a los descendientes de japoneses. 

En las elecciones subsiguientes los candidatos nikkei siguieron participando, enrolados con frecuencia en movimientos independientes o en las listas de Acción Popular y el PPC, que registraban una mayor proporción de apellidos japoneses. En opinión de Lausent­Herrera, esta participación reiterada y el relativo éxito que acompañó a muchos candidatos de origen japonés fue una muestra efectiva, aunque tardía, de una definitiva reconciliación e integración.

 Hasta ese momento, el significado de un nikkei actuando en política no era demasiado diferente al de cualquiera de los demás actores, aunque podía tener algún matiz singular, como el expresado por M. Kawashita, constituyente por el PPC en 1978: «quiero que mi participación sea un verdadero aporte de un nisei al Perú».

 El salto y la utilización intensiva de significados inconscientes y estereotipos los dio Alberto Fujimori, que sin necesidad de menciones demasiado expresas logró poner en marcha un fenómeno de transposición e identificación que uno de sus lemas de campaña resumió perfectamente: «Un presidente como tú».

 Es bien conocido que la primera reacción de la colectividad nikkei ante el naciente fujimorismo fue de oposición. Las muestras de racismo que surgieron entre la primera y segunda vuelta fueron para ella demasiado desagradables y evocativas de tiempos que se creían idos. Pero desde ese momento hasta el día de hoy ese grupo ­como todo el país­ ha pasado por diversas fases con respecto al personaje en cuestión. Una segunda actitud habría sido de apoyo casi forzoso; se habría producido una suerte de cierra filas para evitar, en lo posible, un fracaso rápido y estrepitoso del nuevo presidente, algo que habría sido experimentado por muchas personas como un asunto que les incumbía directamente. 

Más adelante, sobre todo después de 1992, un renovado crédito social descendió sobre los ciudadanos de origen japonés, a medida que el régimen y la figura presidencial se consolidaban. Antiguos prestigios que funcionaban en la esfera comercial o comunal cobraron nuevo ímpetu, esta vez a escala nacional e incluso política. En algún momento, hacia la mitad de los años noventa, los presidentes del poder Ejecutivo y el Legislativo, y no pocos ministros y parlamentarios, eran de origen japonés. El fenómeno sigue siendo visible pero resulta más relativo de lo que parece. Por un lado, se trata de iniciativas casi unilaterales, en las que el verdadero poder de decisión se encuentra en uno solo de los lados. Llegado al poder sin partido ni equipo de gobierno, era natural que el nuevo gobernante buscase colaboradores en su colectividad de origen. No se interprete tal cosa, sin embargo, como un acto de lealtad, espíritu de cuerpo o ánimo institucional, que brilla por su ausencia en otras actuaciones. Por lo demás, AFF nunca fue un miembro activo de su colectividad, no se afilió a los clubes deportivos o sociales, ni matriculó a sus hijos en los colegios comunales. Si existe alguna preferencia de su parte para elegir colaboradores de su mismo origen, ello puede interpretarse como una manera de reforzar una imagen política que hasta ahora ha funcionado en su beneficio.

 En realidad, los descendientes de los inmigrantes japoneses forman un universo menos compacto y homogéneo de lo que el observador supone a primera vista. Según un censo interno realizado a fines de los años ochenta, los descendientes de japoneses en el Perú sumaban unas 50 mil personas; de ese total, sólo una quinta parte mantenía alguna relación institucional. Ciertamente, las preferencias políticas en ese universo de personas pueden ser muy variadas, y es probable que la tendencia predominante no se diferencie mayormente de la que existe en los estratos sociales más amplios en los que habitan los miembros de la colectividad. No existen, ni se conocen, estadísticas al respecto, pero una impresión no confirmada indicaría que la mayor identificación con el gobierno que comenzó en 1990, podría hallarse en los sectores menos institucionalizados de la colectividad nikkei. En cambio, el núcleo más conservador aspiraría a mantener, en lo posible, una cierta independencia, sea porque aún guarda viejos reflejos o porque ha llegado a la convicción de que sus intereses de largo plazo no son necesariamente iguales a los que, en un determinado momento, pueden parecer completamente naturales. 


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