LUCES Y SOMBRAS DEL OSCAR

Ricardo Bedoya


 
Una mirada al óscar por dentro, donde lo que dejó de lado a lo largo de su historia arroja una luz nueva sobre el premio cinematográfico más importante del planeta.

 Desde 1927, el rito es anual. A finales de marzo, Hollywood se autocongratula y se festeja en una ceremonia que es, sobre todo, un gran show televisivo. Se reparten los premios del año y la industria cinematográfica norteamericana aprovecha para jactarse, en vivo y en directo, de méritos que no se le pueden escatimar: las películas que producen son hegemónicas, se proyectan en cada ciudad del planeta y arrasan con las taquillas, a veces en desmedro de los cines nacionales. 

El cine norteamericano, en estos días de fin de siglo, domina el mundo, impone sus formas y dramaturgia y atrae a públicos inmensos, a los que mantiene cautivos de sus historias y estrellas. Por eso, la ceremonia de entrega del óscar es seguida cada año por más gente y su transmisión televisiva se ha convertido en uno de los negocios más rentables, compitiendo con el Super Bowl.

 UN PREMIO MASIVO

 El óscar es otorgado por la Academia de las Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos (Academy of Motion Picture Arts and Science), como una recompensa institucional concedida luego de un escrutinio masivo entre sus afiliados. Los casi cinco mil miembros de la Academia votan para elegir a la mejor película del año, al mejor actor, a la mejor actriz, al mejor director. En otras categorías, la elección la realizan los integrantes de un comité de especialistas técnicos. La concesión de un óscar significa, pues, el reconocimiento del gremio cinematográfico a uno de sus miembros: el que, a juicio de los académicos, ha realizado el trabajo más destacado del año anterior. 

No es, pues, el premio de un jurado, a la manera de los festivales internacionales de cine, ni expresa necesariamente las preferencias del público, aunque muchas veces coincida con ellas. El óscar es la recompensa otorgada por un grupo muy amplio de profesionales. Votan actores, directores, productores, directores artísticos, guionistas, además de técnicos en fotografía, edición, efectos especiales y sonido, entre otros. Su formación es diversa, así como su edad, gustos y preferencias. También son distintos sus intereses comerciales. Intereses que, por cierto, cumplen un rol decisivo a la hora de la designación de los candidatos y la elección de los premiados. A partir de enero de cada año, las empresas productoras envían millares de copias de vídeo a los miembros de la Academia con el fin de incitarles a conocer la película que no lograron ver en salas o el trabajo de tal actor o actriz. Además, la prensa gremial se convierte en el medio de promoción de las cintas con mayores probabilidades de participar en la carrera. La publicidad llega entonces al límite de la saturación. La explicación es simple: una película premiada incrementa sus ingresos en taquilla en un porcentaje aproximado del 40%, cuando no en más.

 Las exigencias de calidad y los imperativos mercantiles se cruzan y establecen tensiones más o menos inestables. Además, cuando un premio como el óscar es otorgado por una masa de votantes anónimos, tiende a expresar un consenso que se acerca demasiado al gusto promedio. Debido a que la edad de la mayoría de los votantes excede la cincuentena y a que no necesariamente son miembros activos de la industria ­proliferan los retirados, jubilados, desocupados y otros has been­, los resultados suelen reflejar moderación, equilibrio y unas preferencias claramente conservadoras. Y ésas, que en algún caso podrían ser consideradas como virtudes, se tornan cortapisas cuando fundamentan criterios de reconocimiento de la expresión artística. Por eso, es improbable que el óscar consagre una película de propuesta formal novedosa, de espíritu transgresor, temática polémica o estilo arriesgado. 

Por lo general, los óscares consagran las cintas que lucen aquellos valores que la Academia asocia con el prestigio cultural, la ponderación y el «buen gusto». Las preferidas de los últimos años son las cintas que resaltan los «esfuerzos del espíritu humano», se adornan con las galas de la gran superproducción, o se complacen en mostrar con unción reverente la seriedad del «estilo británico» (ver el reciente éxito de Elizabeth o los más antiguos de Un hombre de dos reinos, Carros de fuego, Gandhi, entre otras).

 UNA CUESTIóN DE PREJUICIOS 

Para la Academia de Hollywood el cine digno, serio y de calidad se resume en la epopeya y el drama humano, considerados como asuntos más nobles que la comedia, las aventuras o el horror. Los prejuicios de la Academia tienen una vida dura y subsisten desde los días finales del período silente. Las adaptaciones literarias ­como Lo que el viento se llevó, Ben­Hur o El paciente inglés­, o los filmes de gran espectáculo ­como Danza con lobos o Titanic­ gozan de un prestigio mayor que cualquier sólida cinta de género de menor costo. Tal prejuicio se basa en la idea ­muy difundida entre los grandes productores­ de que el tamaño del presupuesto determina el resultado formal del filme.

 Y mejor aún si aquellas superproducciones nos narran los esfuerzos de minusválidos que descubren un talento superior (como la pintura en Mi pie izquierdo, las matemáticas en Cuando los hermanos se encuentran, o la música en Shine) que finalmente les compensan de todas las desgracias y penurias pasadas. O que nos llevan a través de la recreación de un período histórico determinado, que se convierte en telón de fondo de tramas pasionales, sea la Europa de los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial (Titanic) o la corte isabelina (Shakespeare apasionado).

 Por eso, resulta paradójico que los géneros cinematográficos más arraigados en la fantasía popular y en el imaginario de los norteamericanos, hayan pasado casi inadvertidos para el óscar. Por ejemplo, el western ­género norteamericano por excelencia­, que sólo fue recompensado tres veces (Cimarrón, Danza con lobos y Los imperdonables, en uno de los aciertos indiscutibles del óscar). La Academia perdió la oportunidad de honrar a un tipo de cine ­pero también una forma de relato arquetípico y un territorio mítico­ que los auditorios de todo el mundo reconocieron como específicamente norteamericano. Se pasaron por alto las grandes obras maestras de Anthony Mann o Howard Hawks y el esplendor del western en los años cuarenta y cincuenta.

 Algo parecido ocurrió con géneros de escaso prestigio cultural ­desde el punto de vista más bien acartonado de la Academia­ como el fantástico, en sus modalidades de horror y ciencia ficción, o la comedia, en la que brillaron actores y directores como Charles Chaplin ­que recibió, en la vejez, una recompensa por el conjunto de su obra y no el premio que mereció por tantas de sus películas, como El circo, Tiempos modernos o Luces de la ciudad­, Preston Sturges, Gregory La Cava, Mitchell Leisen o Cary Grant, otro olvidado hasta poco antes de su muerte. El reciente premio a Roberto Benigni es la excepción que confirma la regla. Aunque cabe preguntarse si el afortunado Roberto hubiera recibido el óscar por una cinta burlesca de cabo a rabo, ya que La vida es bella se ha apreciado sobre todo por sus acentos dramáticos y sentimentales.

 Tampoco fueron recompensadas las grandes cintas del género criminal, en su vertiente de film noir, ni las películas de suspense ­Hitchcock nunca recibió un óscar por su trabajo como director, lo que sería suficiente para dejar de tomar en serio al premio­, ni por cierto los llamados filmes de la «serie B», que resumieron una de las etapas de creatividad más fresca y original de la historia de Hollywood, entre 1930 y 1960. Consideradas como meros productos de entretenimiento y consumo de matinée de sábado por la tarde, se prefirieron otras cintas, más prestigiosas en su momento y seguramente ya olvidadas, como Cabalgata, El gran Ziegfeld, La vida de Emile Zola, Marty, Tom Jones, Gente como uno, La fuerza del cariño, etc. En cambio, los productores de grandes clásicos como Frankenstein, La quimera del oro, Luces de la ciudad, El maquinista de «La General», Tener y no tener, Al borde del abismo, Cat People, Río Bravo, La ventana indiscreta, Vértigo, Bonnie y Clyde, La pandilla salvaje, 2,001: Odisea del espacio, La guerra de las galaxias, Encuentros cercanos del tercer tipo, entre tantos otros que conforman la crema y nata del cine norteamericano, no tuvieron la oportunidad de subir al escenario y agradecer conmovidos la entrega de la recompensa tan codiciada. 

EL ARTE DE LA TORSION

 En materia de actores y actrices, es previsible que ganen la partida aquellos que hayan demostrado una mayor capacidad transformista. La Academia prefiere la exhibición virtuosa, el arte de la mímesis, el esfuerzo agotador, el arte de la torsión. Por eso, mira por sobre el hombro a los actores que representan el gran aporte norteamericano a la actuación fílmica. 

En efecto, los intérpretes de presencia mineral, aquellos que expresan el mundo con el temblor de un músculo facial, una mirada de soslayo o una frase dicha con parquedad, no califican para el premio. La sobriedad, la contención, el rigor, la concentración en el gesto mínimo no cuentan. El famoso lema less is more queda para los libros de texto. Robert Mitchum, John Wayne, Henry Fonda ­pero también Jane Arthur, Carole Lombard o Michelle Pfeiffer, actrices que son modelos de mesura y encanto­ fueron ignorados por la Academia hasta poco antes de sus muertes. Recibieron premios de consuelo; justamente ellos, que crearon el modelo del actor preciso, medido, tan imitado en todo el mundo. 

En cambio, las «performances» que se llevan los lauros son aquellas que requieren el cambio de piel, la invasión de una personalidad por otra. El actor cotizado es el que aplica un método de gestos vistosos, de recursos exhibidos en un despliegue de virtuosismo. Como Al Pacino repitiendo a la perfección los gestos del ciego en Perfume de mujer o Daniel Day­Lewis dominando, en medio de temblores y venciendo la resistencia de su propio cuerpo, el arte de la expresión en Mi pie izquierdo, o Dustin Hoffman encarnando al autista de Cuando los hermanos se encuentran, o Tom Hanks como el oligofrénico Forrest Gump, o Geoffrey Rush agitándose y fraseando con vehemencia compulsiva en Shine. Nadie pone en cuestión la solvencia de tales actuaciones. Lo que ocurre es que, premiándolos una y otra vez, el óscar se torna la recompensa previsible a un tipo de interpretación que roza lo externo y el efecto más o menos aparatoso. Más aún cuando las películas en las que aparecen los triunfadores nos recuerdan que la moral de los manuales de autoayuda se convierte a veces en el soporte de los guiones de Hollywood.

 EL PREMIO A LOS BUENOS SENTIMIENTOS

 En la categoría de mejor filme extranjero del año, las omisiones son innumerables. Es cierto que para aspirar a la candidatura, una película producida fuera de los Estados Unidos debe haberse estrenado en una sala de Los ángeles. Ese requisito acota de modo muy severo las aspiraciones y posibilidades de muchas cintas europeas, asiáticas, africanas o latinoamericanas. 

Sin embargo, no son pocos los productores que se lanzan a intentar la designación. En los últimos años, dos de las cinematografías más vivas e interesantes del mundo lo han hecho: los cines chinos (China continental, Hong Kong, Taiwán) y el cine iraní. Si han recibido alguna nominación, el premio les ha sido esquivo. De modo sintomático, el óscar de esta categoría ha premiado a cintas que involucran a un niño como personaje central: Pelle el conquistador, Cinema Paradiso, Kolya, Sol ardiente, La vida es bella. Se perfila una tendencia: ese óscar está reservado a la propuesta más sentimental del año. Lástima que ello ocurra en momentos en que aparecen talentos fílmicos que miran la condición humana sin complacencia alguna. Arturo Ripstein, Emir Kusturica, Abbas Kiarostami, Atom Egoyam, Nanni Moretti podrán proseguir su carrera sin esperar el premio de la Academia.

 Por último, si hay un criterio inexplicable, es el que se maneja para elegir al mejor director del año. En la ceremonia más reciente se premió a Steven Spielberg, por su trabajo como realizador de Rescatando al soldado Ryan. Sin embargo, la mejor película fue Shakespeare apasionado, dirigida por el británico John Madden. ¿Cuáles fueron entonces los méritos de Spielberg? ¿Cómo se expresó esa creatividad recompensada como si fuera un oficio virtuoso ejercido en la confección de una cinta perdedora? Y si Shakespeare apasionado es la mejor cinta del año, ¿por qué no se atribuye el logro a su director, o acaso se dirigió sola? Esa disociación entre el director y su película es muy discutible porque sitúa los méritos de la calidad fílmica en alguna instancia inasible e informulada, que parece estar entre la solidez del guión y el conjunto de las actuaciones, entre la calidad de los decorados y la importancia del tema tratado. Es decir, en el valor de algunos elementos que adquieren sentido sólo cuando un director de talento los impulsa y combina.

 


Regrese al índice del Nº 117