| Una mirada al óscar por dentro, donde lo que dejó de
lado a lo largo de su historia arroja una luz nueva sobre el premio cinematográfico
más importante del planeta.
Desde 1927, el rito es anual. A finales de marzo, Hollywood se
autocongratula y se festeja en una ceremonia que es, sobre todo, un gran
show televisivo. Se reparten los premios del año y la industria
cinematográfica norteamericana aprovecha para jactarse, en vivo
y en directo, de méritos que no se le pueden escatimar: las películas
que producen son hegemónicas, se proyectan en cada ciudad del planeta
y arrasan con las taquillas, a veces en desmedro de los cines nacionales.
El cine norteamericano, en estos días de fin de siglo, domina
el mundo, impone sus formas y dramaturgia y atrae a públicos inmensos,
a los que mantiene cautivos de sus historias y estrellas. Por eso, la ceremonia
de entrega del óscar es seguida cada año por más gente
y su transmisión televisiva se ha convertido en uno de los negocios
más rentables, compitiendo con el Super Bowl.
UN PREMIO MASIVO
El óscar es otorgado por la Academia de las Ciencias y
Artes Cinematográficas de Estados Unidos (Academy of Motion Picture
Arts and Science), como una recompensa institucional concedida luego de
un escrutinio masivo entre sus afiliados. Los casi cinco mil miembros de
la Academia votan para elegir a la mejor película del año,
al mejor actor, a la mejor actriz, al mejor director. En otras categorías,
la elección la realizan los integrantes de un comité de especialistas
técnicos. La concesión de un óscar significa, pues,
el reconocimiento del gremio cinematográfico a uno de sus miembros:
el que, a juicio de los académicos, ha realizado el trabajo más
destacado del año anterior.
No es, pues, el premio de un jurado, a la manera de los festivales internacionales
de cine, ni expresa necesariamente las preferencias del público,
aunque muchas veces coincida con ellas. El óscar es la recompensa
otorgada por un grupo muy amplio de profesionales. Votan actores, directores,
productores, directores artísticos, guionistas, además de
técnicos en fotografía, edición, efectos especiales
y sonido, entre otros. Su formación es diversa, así como
su edad, gustos y preferencias. También son distintos sus intereses
comerciales. Intereses que, por cierto, cumplen un rol decisivo a la hora
de la designación de los candidatos y la elección de los
premiados. A partir de enero de cada año, las empresas productoras
envían millares de copias de vídeo a los miembros de la Academia
con el fin de incitarles a conocer la película que no lograron ver
en salas o el trabajo de tal actor o actriz. Además, la prensa gremial
se convierte en el medio de promoción de las cintas con mayores
probabilidades de participar en la carrera. La publicidad llega entonces
al límite de la saturación. La explicación es simple:
una película premiada incrementa sus ingresos en taquilla en un
porcentaje aproximado del 40%, cuando no en más.
Las exigencias de calidad y los imperativos mercantiles se cruzan
y establecen tensiones más o menos inestables. Además, cuando
un premio como el óscar es otorgado por una masa de votantes anónimos,
tiende a expresar un consenso que se acerca demasiado al gusto promedio.
Debido a que la edad de la mayoría de los votantes excede la cincuentena
y a que no necesariamente son miembros activos de la industria proliferan
los retirados, jubilados, desocupados y otros has been, los resultados
suelen reflejar moderación, equilibrio y unas preferencias claramente
conservadoras. Y ésas, que en algún caso podrían ser
consideradas como virtudes, se tornan cortapisas cuando fundamentan criterios
de reconocimiento de la expresión artística. Por eso, es
improbable que el óscar consagre una película de propuesta
formal novedosa, de espíritu transgresor, temática polémica
o estilo arriesgado.
Por lo general, los óscares consagran las cintas que lucen aquellos
valores que la Academia asocia con el prestigio cultural, la ponderación
y el «buen gusto». Las preferidas de los últimos años
son las cintas que resaltan los «esfuerzos del espíritu humano»,
se adornan con las galas de la gran superproducción, o se complacen
en mostrar con unción reverente la seriedad del «estilo británico»
(ver el reciente éxito de Elizabeth o los más antiguos de
Un hombre de dos reinos, Carros de fuego, Gandhi, entre otras).
UNA CUESTIóN DE PREJUICIOS
Para la Academia de Hollywood el cine digno, serio y de calidad se resume
en la epopeya y el drama humano, considerados como asuntos más nobles
que la comedia, las aventuras o el horror. Los prejuicios de la Academia
tienen una vida dura y subsisten desde los días finales del período
silente. Las adaptaciones literarias como Lo que el viento se llevó,
BenHur o El paciente inglés, o los filmes de gran espectáculo
como Danza con lobos o Titanic gozan de un prestigio mayor que
cualquier sólida cinta de género de menor costo. Tal prejuicio
se basa en la idea muy difundida entre los grandes productores
de que el tamaño del presupuesto determina el resultado formal del
filme.
Y mejor aún si aquellas superproducciones nos narran los
esfuerzos de minusválidos que descubren un talento superior (como
la pintura en Mi pie izquierdo, las matemáticas en Cuando los hermanos
se encuentran, o la música en Shine) que finalmente les compensan
de todas las desgracias y penurias pasadas. O que nos llevan a través
de la recreación de un período histórico determinado,
que se convierte en telón de fondo de tramas pasionales, sea la
Europa de los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra
Mundial (Titanic) o la corte isabelina (Shakespeare apasionado).
Por eso, resulta paradójico que los géneros cinematográficos
más arraigados en la fantasía popular y en el imaginario
de los norteamericanos, hayan pasado casi inadvertidos para el óscar.
Por ejemplo, el western género norteamericano por excelencia,
que sólo fue recompensado tres veces (Cimarrón, Danza con
lobos y Los imperdonables, en uno de los aciertos indiscutibles del óscar).
La Academia perdió la oportunidad de honrar a un tipo de cine pero
también una forma de relato arquetípico y un territorio mítico
que los auditorios de todo el mundo reconocieron como específicamente
norteamericano. Se pasaron por alto las grandes obras maestras de Anthony
Mann o Howard Hawks y el esplendor del western en los años cuarenta
y cincuenta.
Algo parecido ocurrió con géneros de escaso prestigio
cultural desde el punto de vista más bien acartonado de la
Academia como el fantástico, en sus modalidades de horror y
ciencia ficción, o la comedia, en la que brillaron actores y directores
como Charles Chaplin que recibió, en la vejez, una recompensa
por el conjunto de su obra y no el premio que mereció por tantas
de sus películas, como El circo, Tiempos modernos o Luces de la
ciudad, Preston Sturges, Gregory La Cava, Mitchell Leisen o Cary Grant,
otro olvidado hasta poco antes de su muerte. El reciente premio a Roberto
Benigni es la excepción que confirma la regla. Aunque cabe preguntarse
si el afortunado Roberto hubiera recibido el óscar por una cinta
burlesca de cabo a rabo, ya que La vida es bella se ha apreciado sobre
todo por sus acentos dramáticos y sentimentales.
Tampoco fueron recompensadas las grandes cintas del género
criminal, en su vertiente de film noir, ni las películas de suspense
Hitchcock nunca recibió un óscar por su trabajo como
director, lo que sería suficiente para dejar de tomar en serio al
premio, ni por cierto los llamados filmes de la «serie B»,
que resumieron una de las etapas de creatividad más fresca y original
de la historia de Hollywood, entre 1930 y 1960. Consideradas como meros
productos de entretenimiento y consumo de matinée de sábado
por la tarde, se prefirieron otras cintas, más prestigiosas en su
momento y seguramente ya olvidadas, como Cabalgata, El gran Ziegfeld, La
vida de Emile Zola, Marty, Tom Jones, Gente como uno, La fuerza del cariño,
etc. En cambio, los productores de grandes clásicos como Frankenstein,
La quimera del oro, Luces de la ciudad, El maquinista de «La General»,
Tener y no tener, Al borde del abismo, Cat People, Río Bravo, La
ventana indiscreta, Vértigo, Bonnie y Clyde, La pandilla salvaje,
2,001: Odisea del espacio, La guerra de las galaxias, Encuentros cercanos
del tercer tipo, entre tantos otros que conforman la crema y nata del cine
norteamericano, no tuvieron la oportunidad de subir al escenario y agradecer
conmovidos la entrega de la recompensa tan codiciada.
EL ARTE DE LA TORSION
En materia de actores y actrices, es previsible que ganen la partida
aquellos que hayan demostrado una mayor capacidad transformista. La Academia
prefiere la exhibición virtuosa, el arte de la mímesis, el
esfuerzo agotador, el arte de la torsión. Por eso, mira por sobre
el hombro a los actores que representan el gran aporte norteamericano a
la actuación fílmica.
En efecto, los intérpretes de presencia mineral, aquellos que
expresan el mundo con el temblor de un músculo facial, una mirada
de soslayo o una frase dicha con parquedad, no califican para el premio.
La sobriedad, la contención, el rigor, la concentración en
el gesto mínimo no cuentan. El famoso lema less is more queda para
los libros de texto. Robert Mitchum, John Wayne, Henry Fonda pero
también Jane Arthur, Carole Lombard o Michelle Pfeiffer, actrices
que son modelos de mesura y encanto fueron ignorados por la Academia
hasta poco antes de sus muertes. Recibieron premios de consuelo; justamente
ellos, que crearon el modelo del actor preciso, medido, tan imitado en
todo el mundo.
En cambio, las «performances» que se llevan los lauros son
aquellas que requieren el cambio de piel, la invasión de una personalidad
por otra. El actor cotizado es el que aplica un método de gestos
vistosos, de recursos exhibidos en un despliegue de virtuosismo. Como Al
Pacino repitiendo a la perfección los gestos del ciego en Perfume
de mujer o Daniel DayLewis dominando, en medio de temblores y venciendo
la resistencia de su propio cuerpo, el arte de la expresión en Mi
pie izquierdo, o Dustin Hoffman encarnando al autista de Cuando los hermanos
se encuentran, o Tom Hanks como el oligofrénico Forrest Gump, o
Geoffrey Rush agitándose y fraseando con vehemencia compulsiva en
Shine. Nadie pone en cuestión la solvencia de tales actuaciones.
Lo que ocurre es que, premiándolos una y otra vez, el óscar
se torna la recompensa previsible a un tipo de interpretación que
roza lo externo y el efecto más o menos aparatoso. Más aún
cuando las películas en las que aparecen los triunfadores nos recuerdan
que la moral de los manuales de autoayuda se convierte a veces en el soporte
de los guiones de Hollywood.
EL PREMIO A LOS BUENOS SENTIMIENTOS
En la categoría de mejor filme extranjero del año,
las omisiones son innumerables. Es cierto que para aspirar a la candidatura,
una película producida fuera de los Estados Unidos debe haberse
estrenado en una sala de Los ángeles. Ese requisito acota de modo
muy severo las aspiraciones y posibilidades de muchas cintas europeas,
asiáticas, africanas o latinoamericanas.
Sin embargo, no son pocos los productores que se lanzan a intentar la
designación. En los últimos años, dos de las cinematografías
más vivas e interesantes del mundo lo han hecho: los cines chinos
(China continental, Hong Kong, Taiwán) y el cine iraní. Si
han recibido alguna nominación, el premio les ha sido esquivo. De
modo sintomático, el óscar de esta categoría ha premiado
a cintas que involucran a un niño como personaje central: Pelle
el conquistador, Cinema Paradiso, Kolya, Sol ardiente, La vida es bella.
Se perfila una tendencia: ese óscar está reservado a la propuesta
más sentimental del año. Lástima que ello ocurra en
momentos en que aparecen talentos fílmicos que miran la condición
humana sin complacencia alguna. Arturo Ripstein, Emir Kusturica, Abbas
Kiarostami, Atom Egoyam, Nanni Moretti podrán proseguir su carrera
sin esperar el premio de la Academia.
Por último, si hay un criterio inexplicable, es el que
se maneja para elegir al mejor director del año. En la ceremonia
más reciente se premió a Steven Spielberg, por su trabajo
como realizador de Rescatando al soldado Ryan. Sin embargo, la mejor película
fue Shakespeare apasionado, dirigida por el británico John Madden.
¿Cuáles fueron entonces los méritos de Spielberg?
¿Cómo se expresó esa creatividad recompensada como
si fuera un oficio virtuoso ejercido en la confección de una cinta
perdedora? Y si Shakespeare apasionado es la mejor cinta del año,
¿por qué no se atribuye el logro a su director, o acaso se
dirigió sola? Esa disociación entre el director y su película
es muy discutible porque sitúa los méritos de la calidad
fílmica en alguna instancia inasible e informulada, que parece estar
entre la solidez del guión y el conjunto de las actuaciones, entre
la calidad de los decorados y la importancia del tema tratado. Es decir,
en el valor de algunos elementos que adquieren sentido sólo cuando
un director de talento los impulsa y combina.
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