LA PERRA DE IGUÍÑIZ
Anamaría McCarthy
 

 
No hay que subestimar el poder de la palabra.  Por eso, tal vez los políticos son tan cuidadosos en lo que dicen y en cómo lo dicen.  La verdad, por ejemplo,  tiene que ser expresada con tanto cuidado que  muchas veces se vuelve irreconocible, lo cual es muy curioso ya que desde niños nos enseñaron a no mentir.  La libertad de expresión es uno de nuestros derechos más preciados y necesarios.  Para los que nos expresamos a través del arte no es la verdad la que nos asusta sino  la censura.  El arte tampoco se confina a los límites de los espacios establecidos como museos, centros culturales y galerías. Donde el ser humano pone el ojo también puede poner su obra. Entonces, ¿de qué estamos hablando cuando condenamos a quien resulta ser la autora de un discutido cartel?  ¿Cuál es su crimen? ¿La invasión del espacio público,  un mal uso del lenguaje o haber atacado nuestra moral? De pronto todos estamos ofendidos, pero ¿de qué o de quién?

A nadie le gusta que le digan sus verdades. Una cosa es que la sociedad trate y muestre a sus mujeres como perras y  otra es reconocerlo. Con sólo ver la televisión  y los medios de comunicación de hoy, apreciamos una imagen de mujer que nos es impuesta como si todas fuéramos así. Para vender una cerveza tienes que mostrar unos enormes senos,  para hacer una comedia
no hay nada como un buen trasero y para obtener un buen rating en un talk show es importante exhibir y promover los instintos animales más primarios de los invitados. ¿Es ésta  la sociedad que condena a  Natalia Iguíñiz?  ¿Con qué derecho?

Iguíñiz produjo anónimamente una obra de arte público: una serigrafía de un perro con un texto violento y agresivo que comenzaba así: "Si caminas por la calle Y TE GRITAN PERRA, TIENEN RAZON porque te pusiste una falda muy corta y traicionera...". La obra pasó de ser vista, comentada y criticada a ser censurada y condenada.  ¿Dónde está nuestro poder de reflexión y  de autocrítica? Iguíñiz nos ha dicho su verdad directa y agresiva, y ése es su  delito. La sociedad no está acostumbrada a la verdad, simplemente no la sabe asumir cuando es tan frontal. No soportamos saber que los hombres y las mujeres cada día se parecen más a los animales. En un día cualquiera somos testigos de cuanta bragueta abierta encontramos orinando en las calles, contaminando los árboles,  regando las llantas de los carros. Por lo menos para los perros todo esto tiene sentido, porque están marcando su territorio; pero los hombres, ¿qué?

Los choferes ladran de combi a taxi, siempre manejando como bestias.  Me pregunto, si el cartel de Iguíñiz fuera de un trasero femenino desnudo con una  leyenda donde se leyera: «Lámeme», ¿hubiera despertado tanta polémica, hasta una demanda judicial? ¿O se hubiera mezclado con tantas otras imágenes de las primeras páginas de docenas de periódicos que diariamente nos dicen sin palabras... lo mismo?

Es que la diferencia entre la provocación y la denuncia es muy grande. Lo que se ha hecho con una idea puntual en esta obra es mezclar las dos. Cuando vi por primera vez el cartel en cuestión, me sentí agredida pero más bien en forma de una llamada de atención.  Las palabras eran tan fuertes y directas... sin embargo escritas en lenguaje simple y cotidiano. Cualquier persona con capacidad de análisis tiene que deducir que el mensaje es otro.

La verdad se convierte en algo tan difícil de aceptar que es mejor buscar y condenar a un culpable. Juana de Arco será quemada cuantas veces sea necesario para  proteger a la sociedad de su culpa.

Deberíamos vivir en una sociedad civilizada donde el hombre respete a la mujer, y no sea necesario mostrarla como una perra en celo para desearla;  donde la mujer recupere su autoestima  y no se deje pegar ni maltratar. ¿En qué momento le dimos permiso a los hombres de sacar su pene públicamente sin acusarlos de acoso sexual y exhibicionismo?  ¿Sólo porque tienen ganas de  orinar? En los 20 y tantos años que vivo en este país nunca he visto a una mujer en la misma situación, ¡y eso que compartimos las mismas necesidades físicas!

Es tan difícil, a veces, aceptar que nuestro comportamiento se asemeja al de seres tan inferiores, y peor aún cuando alguien lo afirma públicamente. Las palabras de Natalia han servido como un espejo para la sociedad:  ¡mírate bien... y si no te gusta lo que ves ... cambia!


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