A primera vista el presidente
Alberto Fujimori se ha quedado solo. Parece que constatarlo no le preocupa
demasiado. Desde que se divorció de Susana Higushi no se le conoce
compañía estable. Se mencionan parejas ocasionales, pasiones
súbitas, mercadeos sentimentales, pero, generalmente, nos topamos
ante un hombre que no frecuenta la presencia femenina. Después de
su divorcio perdió domicilio personal, envió a sus hijos
a estudiar afuera y casi nadie sabe dónde y cómo es que transcurren
sus fines de semana. Parece ser que no tiene amigos. No tiene un íntimo
amigo, al menos. Un pata de infancia, de barrio, de colegio o universidad.
Alberto Fujimori se ha despojado de aquel andaminaje familiar que podría
distraerlo de su gran afición: el ejercicio del poder.
La mayoría de los ciudadanos que
han deseado de verdad ser presidentes de la República, han logrado
su cometido. A Fernando Belaunde Terry le encantaba; Alan García
no sólo deliraba ante la idea de ser presidente, sino que anhela
volver a serlo; Alberto Fujimori, empleando las tácticas más
extrañas a nuestra tradición política, logró
vencer a Mario Vargas Llosa desde el más completo anonimato. Ahora,
después de un cierto tiempo, nos parece que ni Mario Vargas Llosa,
Alfonso Barrantes o Javier Pérez de Cuéllar deseaban desde
el fondo de su corazón ser presidentes. Que Fujimori es un candidato
de fuerza, nadie lo duda; un político al que le encanta el poder,
tampoco. Cuentan que desde chico siempre fue un ducho jugador de Go, un
milenario juego de origen chino que goza de gran prestigio en el Japón.
El Go vendría a ser el ajedrez oriental. Vo Nguyen Giap, el líder
militar vietnamita, habría derrotado al general norteamericano Westmorland
porque mientras aquél razonaba de acuerdo a la lógica del
ajedrez, Giap lo hacía con la del Go.
Alberto Fujimori es una persona austera.
A primera vista, no fuma ni bebe ni trasnocha. A diferencia de la gran
mayoría de los políticos nacionales, no está gordo.
Es ágil. Trepa helicópteros, monta bicicleta, corre por el
estadio sanmarquino, tratando de proyectar la imagen de un hombre con reflejos.
La rapidez mental, la destreza en las respuetas, la viveza, son consideradas
en el Perú los rasgos más visibles de la inteligencia. Si
algo piensa la gente, es que «el chino es rápido», que
«el chino se las sabe todas», «el chino es criollo».
El Go funciona bajo la lógica de
ocupar territorios mediante capturas con la implacable dicotomía
de vida y muerte. Para asegurar un territorio, las piezas deben estar completamente
conectadas entre sí y ser del mismo color. La noción de espacio
es fundamental -puede ser amplio o pequeño- y diera la impresión
de que a Fujimori le encanta, en su visión de la política,
hacerse de territorios... coparlos... volverlos suyos. La captura es parte
crucial del juego, y vaya si a Fujimori le gusta: la captura de Abimael
Guzmán y de Feliciano tienen para él un sabor a triunfo.
Cuando un jugador ve que la captura de sus piezas es un hecho inminente,
deja por un momento de prestrar atención y para salvarlas buscar
hacer otras jugadas buscando sumar puntos a su favor. Es frecuente
que con este método pueda salvarlas e incluso capturarle al atacante
sus piezas. La actitud del jugador de Go es ofensiva y la personalidad
de Fujimori resulta ideal: ataque frontal, constante, y cuando percibe
que alguna de sus piezas va a ser capturada, él mismo se lanza a
la ofensiva. Vida o muerte, sin medias aguas, chicha o limonada, ese es
el espíritu del juego, porque el objetivo final es asegurar territorios,
tal como ha sido su propósito político.
La soledad de Fujimori está, sin
embargo, políticamente muy bien acompañada. La soledad del
poder se refiere solamente a los sentimientos y no a ese tropel de personas
que lo rodea como si fuera una pieza digna de ser capturada. La soledad
de la desconfianza, una de sus mejores armas, es practicada por Fujimori
las 24 horas 7 días a la semana, y cualquier candidato que pretenda
derrotarlo deberá ir al gimnasio con el propósito de estar
en muy buena forma. Si hiciéramos el símil con un boxeador,
Fujimori sería zurdo. Un bicho raro, lleno de sorpresas. A la hora
de los festejos, él estaría trepándose en un helicoptero;
en los momentos de la resaca, pescaría y meditaría sobre
los territorios que aún no ha capturado. Los de la legalidad, los
constitucionales, ya lo están; los sindicales; los financieros;
los medios de comunicación, bastante, diría yo; la sociedad,
simple y llana, las mentes, los temores de la gente, el manejo y la manipulación,
está en pleno trabajo.
Sin embargo, la cultura de táctica
militar con la cual actúa Fujimori no va de la mano con un lenguaje
de gritos o amenazador. Nunca ha atacado o criticado o sentido «roche»
con los ricos. A diferencia de Juan Velasco Alvarado -el militar revolucionario
de los setenta-que optaba por los pobres y criticaba a los ricos -a la
vapuleada oligarquía- Fujimori no habla ni de ricos ni de pobres...
habla de pobreza, de pobreza extrema, como si fuese un hecho técnico
que no involucrara a las personas. Ya no hay patrones, oligarcas ni banqueros,
como en los afanes belicosos de los tiempos de Alan García, pero
sí hay espacios políticos que debe hacer suyos. Recién,
hace poco, el lenguaje de Alberto Fujimori ha adquirido una cierta agresividad;
los jueces se «orinan de miedo», los contestatarios deben «dejarse
de mariconadas», como si su conducta fuera un acto reflejo de los
cómicos ambulantes, de la trinchera norte, del achoramiento popular
urbano, en un momento en que podría sentirse cercado y necesita
atacar; atacar siempre, en todo caso. (ASL}
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del número 119