EN EL CENTENARIO DE BORGES
 
Nadie, a primera vista,  más ajeno que Borges a la índole y talante de nuestra literatura , y, por consiguiente, nadie parecería menos expuesto que él a dejar su impronta en ella. Sin embargo, si como sostiene García Márquez Borges enseñó a escribir a los escritores latinoamericanos, alguna huella debería haber dejado entre los nuestros. ¿La hay, en verdad? ¿Cuál es nuestra relación con Borges? ¿Qué fue de aquel antiborgianismo militante que se expresó entre un pequeño círculo de escritores, en la vereda del frente de ese otro pequeño círculo de fervorosos borgianos hacia los años cincuenta y sesenta? Tres escritores, Miguel Gutiérrez, Peter Elmore e Iván Thays, muy diferentes en edad, estilo y opciones literarias, revelan, desde su personal testimonio, la  sorprendente presencia de Borges entre nosotros, y, para empezar, en ellos mismos.
 

Encuentros y desencuentros con Borges
Miguel Gutiérrez

Los dos primeros cuentos que leí de Borges, de manera casi simultánea, fueron «La forma de la espada» y «Hombre de la esquina rosada», incitado, recuerdo, por la espléndida lectura que hizo en clase (pues yo acababa de ingresar a la Universidad Católica) Luis Jaime Cisneros, del célebre pasaje de El Aleph en que el narrador describe la «pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor». No me impresionó demasiado «Hombre de la esquina rosada».  ¿Por qué -me pregunté- era tan famoso ese cuento? ¿No era un cuento más de la narrativa regionalista? La verdad es que me parecía injustificada su inclusión en una antología de los mejores cuentos  latinoamericanos.  En cambio, «La forma de la espada» me asombró con su impactante final y me deslumbró por su composición y lenguaje; creo que leyendo este cuento comprendí (o, mejor, empecé a comprender) la importancia de los procedimientos formales para que una ficción alcanzara jerarquía artística.

Si es que no encierran otros misterios y magias, los cuentos que se construyen en función de producir el asombro con un desenlace inesperado corren el peligro de agotarse con la primera lectura. Aunque en estos dos textos Borges alcanza su objetivo, no era especialmente original, como lo comprobé algo después al leer El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie, donde el narrador de la historia resulta siendo el victimario. Pero «La forma de la espada» poseía otros valores que pertenecen en exclusividad a Borges. Me referiré a tres de ellos: la puesta en escena, el estilo y el nivel digresivo.

Borges es un espléndido director de escena. Como en varios de sus cuentos, aquí el argumento tiene un trasfondo histórico, que es la lucha por la emancipación de Irlanda, y con lo cual Borges conjura su nostalgia por las epopeyas. Hay descargas de fusilería, hay el galopar de caballos, hay incendios, hay olor a cenizas y humo en el viento, también hay un alfanje vengador que rubrica con «una media luna de sangre» el rostro del traidor. Pero todo esto dicho con un estilo que a mí me deslumbró: «el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras» o «Aquí mi historia se confunde y se pierde.  Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo». Y, por último, un nivel digresivo que sin entorpecer el relato lo enriquecía con otras resonancias. De los varios pasajes que llegué a aprender de memoria, mi preferido era el siguiente: «Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano;  por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo.  Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon».

Con los años leí ficciones aun mejores (las más típicamente borgianas, como «Tlon, Uqbar, Orbis Tertius», «Pierre Menard, autor del Quijote», «El jardín de los senderos que se bifurcan» o «El inmortal»), pero siempre recuerdo este cuento que he releído muchas veces a lo largo de los años. En cuanto a «Hombre de la esquina rosada», por su carácter fundador ahora lo tengo en mejor estima; el trabajo del lenguaje en el plano de la oralidad popular y la plasticidad de las imágenes, prefiguran a Rulfo, Roa Bastos y   quizá Guimaraes Rosa.  Después he obtenido mucho placer y provecho leyendo sus maravillosos ensayos, y de su obra poética releo de tanto en tanto diez o doce composiciones entre las que se hallan «Poema de los dones», «Elogio de las sombras» y «Nuevo poema de los dones».

Y, si embargo, durante varios años dejé de leer a Borges. O, para decirlo con más exactitud: me negué a leer a Borges.

¿Por qué? Creo que por dos razones. La primera (debo admitirlo) por prejuicio contra «los borgianos» del momento (hablo de finales del 50 y principios del 60), en especial contra Loayza y su círculo, jóvenes caballeros que de alguna manera estaban vinculados a las viejas familias patricias y que además daba la casualidad que ejercían una elegante, una irónica dictadura en cuanto a gustos literarios a través de la prensa cultural de la época. En sus escritos imitaban los manierismos borgianos, lo cual (en  esos años) me parecía una exquisita manifestación de la huachafería limeña. ¿Dictadura? Quizá exagere, aunque no creo que tanto.  Léanse, si no, las reseñas y críticas de Oviedo; desde qué alturas hablaba y cómo estigmatizaba a la gente joven que no pertenecía a su  círculo o no participaba de su gusto literario. Por supuesto, Borges nada tenía que ver con esto; era cuestión de mentalidad que no calificaré, pero que por desgracia aún persiste. Hace unos pocos años conocí a un excelente, muy culto y todavía joven amigo, que al escucharme hablar con entusiasmo artístico de las novelas de James, me miró poco menos que estupefacto.  «Qué? ¿Has leído a Henry James?»  Para este buen amigo, dadas mis ideas políticas y de acuerdo al esquema que es más o menos general entre estos sectores de intelectuales, yo debía haber leído sólo libros tipo La madre, Así se templó el acero o El cemento.

La segunda razón que me enemistó con Borges, fueron sus posiciones políticas en contra de todo lo que sonase a socialismo y a luchas de los pueblos. Fueron años lamentables de Borges y su gusto por los sables y la cimitarras y los uniformes lo llevó a adoptar una posición más que condescendiente con las dictaduras militares de Argentina y Chile. Menos mal que después se rectificó y esto creo que le fue beneficioso para acceder a una ancianidad espléndida, casi majestuosa. Hoy en que imperan las ideas derechistas entre la intelectualidad, sobre todo en la forma de apoliticismo absoluto, se ha urdido una coartada en el sentido de que Borges dijo lo que dijo e hizo lo que hizo por broma, por un afán de escandalizar e ir contra la corriente. No lo creo. Su oposición teñida de desprecio de clase al peronismo fue frontal; los calificativos nada misericordiosos que le inspiraba Eva Perón me temo que no pertenecían al otro Borges, sino a los dos Borges.

Me he referido a las posiciones políticas de Borges, no a su conservadurismo y menos aún a su pensamiento, que es siempre estimulante. El agnosticismo, el escepticismo, el anarquismo, la irreverencia, el jugar con las ideas filosóficas y los problemas teológicos por sus posibilidades estéticas, y el amor por su patria y su universalismo cultural son legados a los que no se debe renunciar. De joven me resultó terriblemente doloroso descubrir que el talento y el genio no siempre van de la mano con las ideas democráticas y progresistas.  Dostowiesky, uno de mis dioses de la adolescencia, tenía ideas oscurantistas, fascistas y antisemitas. Céline, gran innovador del lenguaje de la novela, fue nazi y practicó un antisemitismo demencial.  Borges fue anticomunista; por fortuna fue también antifascista, antinazi y abominó el antisemitismo, y -hecho más meritorio aún- en los años en que la derecha y la intelectualidad de su país (entre los que se encontraba su maestro Macedonio Fernández) eran proclives a estas corrientes de  barbarie.  No sé cómo será Borges en los innumerables tiempos que ha de vivir (si hemos de creer en la doctrina del venerable Ts’ui Pen), pero si algunas culpas tuvo, éstas ya las expió con generosidad con cada una de las páginas que escribió.

Después de 1965 empecé a reencontrarme con Borges y ahora que he entrado en el tiempo de las relecturas puedo asegurar, con toda honestidad, que entre los escritores latinoamericanos (varios se me han caído de manera definitiva) él es el que soporta el mayor número de lecturas. Cualquier texto suyo resulta deleitable y estimulante a la imaginación y al pensamiento. García Márquez dijo que Borges enseñó a escribir a los escritores latinoamericanos. También para nosotros, como dice Monterroso, ha sido  nuestro miglior fabbro, aunque a veces secreto y no reconocido.  Y no sólo hay que pensar en los borgianos a ultranza, cuyas obras eran ejercicios miméticos y epigonales. No, Borges influyó en escritores de diferentes capas sociales y como tenía mucho que dar, cada quien tomó de él lo que mejor se acomodase a sus posibilidades creativas, y al escribir esto, pienso, por ejemplo, en Vargas Vicuña y Gálvez Ronceros, borgianos a su manera, por la prolijidad artesanal que emplean en el trabajo del  lenguaje en los planos de la sintaxis, el ritmo y la eufonía; por cierto, la lista podría extenderse  a narradores de las generaciones siguientes, de todas las generaciones siguientes.

En estos días he entregado a la prensa mi ensayo «Borges, novelista virtual» (que saldrá en la primera serie sobre «mis clásicos» del siglo XX) en el que he intentado mostrar, espero que razonadamente, que este adversario tenaz de la forma novelesca ha ejercido paradojalmente una gran influencia en el desarrollo del género a través de la obra de diversos escritores, como Calvino, Eco y Cortázar. Aquí debería terminar este texto; pero el editor de Quehacer me ha sugerido que también hable de la influencia  que Borges ha ejercido en mí.  No soy un maniático de la frase perfecta, si bien Borges me ha enseñado a controlar mis agresiones al lenguaje. Pero Borges ha sido para mí sobre todo un estímulo en los planos de la imaginación y el pensamiento.  En La violencia del tiempo he tributado secretos homenajes a Rulfo, Onetti, Guimaraes Rosa y a varios otros.  Es Borges, sin embargo, mi principal homenajeado. El capítulo «El cactus dorado» empezó como una parodia (que es  la manera más noble de homenajear a un maestro) del célebre pasaje de El Aleph, el mismo que siendo muchacho escuché leer a LJC; en la idea de El libro perpetuo de la comunidad hay resonancias, hay ecos creo yo de El libro de arena; a medida que fui avanzando en la escritura de Babel, el paraíso me dije que esta novela, como las novelas virtuales de Herbert Quain, podría admitir múltiples variantes; en Poderes secretos, utilicé con impudicia algunos recursos borgianos para contar una historia cuyo sentido tal vez Borges hubiera reprobado.

 

Historia personal con Borges
Ivan Thays

Me pasa con Borges lo mismo que con Nabokov: me cuesta mucho pensar que han vivido en el mismo siglo que yo. Cuando pensamos en Vallejo lo imaginamos inmortal, nos resulta increíble pensar que vivió en la época de nuestros bisabuelos, a quienes llegamos a conocer. No así con otros contemporáneos a Vallejo, o aún mayores que él.

Borges es, para mí, un ser irreal, un espectro lleno de ideas sobre lo que debe ser Borges, lo que dijo Borges, lo que pensó Borges, lo que escribió Borges. ¿Habrá existido? No hay mayor diferencia de edad, para mí, entre él y Homero. Y los dos me resultan igualmente ambiguos y legendarios, sin biografía.

¿Borges en Lima? Sé que anduvo por aquí, incluso hay un video en la Universidad Católica sobre su visita (que yo jamás he visto). Creo en esa historia como creo en la magia, en la astrología, en el tarot y la vida en otros planetas. Lo mismo podría creer que una quimera hundió sus zarpas en el parque frente a mi casa. Borges es un ser imaginario, uno más de los que él mismo recopiló. Estas ceremonias celebrando su centenario son absurdas, y por eso mismo bellas. Es como el bloomsday que se celebra en Dublin para homenajear a un personaje de novela. O Navidad. Es decir, llegar a la convención de que tal día pasó tal cosa. Imposible comprobarlo, es una superstición, casi una superchería. Es literatura.

A Borges le gustaba la ironía (no existe cuento más irónico y con mejor sentido del humor que «El Aleph»), le gustaban los héroes, los laberintos, el medioevo, las lenguas perdidas, los sofismas, las bibliotecas. A Borges, sobre todo, le gustaban los artificios. Ningún escritor, salvo Nabokov, un alma gemela nacido el mismo año, ha hecho tanto por demostrar que la literatura no es verdad sino un largo y hermoso artificio. Lo más incómodo de esta nota es darme cuenta de que Borges construye laberintos durante toda su vida, y uno termina siempre encerrado en ellos. ¿He hablado del Borges real o de su sombra reflejada en el espejo? ¿Qué aniversario celebramos? ¿El aniversario de una maravillosa sombra o el de un hombre llamado Jorge Luis Borges y no interesa para nada? ¿Ambos? ¿Ninguno? Inevitables juegos de la imaginación que aparecen cuando uno asume la vana pretensión de hablar de Borges. Mejor dejarlo así, mejor pensar que lo divertido y sabio del laberinto no es resolverlo sino recorrerlo; y que al final del juego nos espera inevitablemente la salida, ya sea en forma de puerta que se abre o de alas de cera que peligrosamente sienten la atracción del sol.


Borges y la república de las letras peruanas
Peter Elmore

El Perú –o, más exactamente, Junín y su histórica batalla—fue parte de la mitología privada de Borges, quien asoció nuestro país con su panteón familiar y con un lejano esplendor épico. Una espuela de plata peruana, si mal no recuerdo, estaba entre los objetos que más apreciaba. De nuestros escritores, se sabe que juzgó con admiración a Eguren, cuya inquietante y espectral juguetería, sólo pueril en la superficie, debe haber sentido próxima a su arte sutil y pleno de resonancias secretas.

En la Lima de los 50, cuando ya los relatos de Ficciones y El Aleph tenían más de una década de publicados, algunos jóvenes literatos limeños celebraron la prosa de Borges. Sebastián Salazar Bondy, el más inteligente y fecundo de los animadores culturales que tuvo la época, lo valoró en su justa medida. Luis Loayza, Abelardo Oquendo y Mario Vargas Llosa supieron también reconocer en él a un escritor que contenía otra literatura, distinta a la del realismo didáctico y la verbosidad de cuño modernista. Pero no deben haber sido los únicos que hicieron público su fervor. Luis Jaime Cisneros, tan ligado a la Argentina por la formación y el afecto, fue quizá el primer lector peruano de «Funes el memorioso» y «Pierre Menard, autor de El Quijote». Si no es éste un dato exacto, merecería serlo.

La huella de Borges en la narrativa del Perú se revela, paradójicamente, más en el ámbito de la lectura que en el campo de las obras. De otro lado, la poesía de quien escribió «Límites» y el «Poema conjetural», creo, no ha repercutido en las voces de los mejores poetas peruanos, con la excepción de Marco Martos en El mar de las tinieblas.

Sin duda, en la escasa lista de los libros abiertamente escritos en la órbita de la temática y el estilo borgianos, destaca El avaro y otros textos, de Luis Loayza. Ese homenaje a la sintaxis y los giros verbales de Borges ha quedado como un ejercicio pulcro, inteligente, de un lector atento. En la obra de Vargas Llosa no se advierten rastros del lenguaje borgiano, como no los hay en Bryce, y de los relatos de Ribeyro, el único en el cual me parece notoria –además de notable- la impronta de Borges, es «Silvio en el Rosedal», esa espléndida parábola de la lectura. Los cuentos fantásticos de Ribeyro, más que afines al universo de Borges, me parecen orientados al horizonte de Kafka. Hay un relato incrustado en La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, que evoca conscientemente al cuento «La forma de la espada»: es el que refiere los acontecimientos de la caída de la Comuna de Paris. En «Angel de Ocongate», de Rivera Martínez, la fantasía y la erudición sugieren también a un lector ávido y perspicaz del autor de «La caza de Asterión».

No quiero alargar ni el censo de los ecos intertextuales ni el catálogo de las diferencias estilísticas. Lo central, pienso, es comprobar que el magisterio de Borges entre los escritores peruanos ha ocurrido por la vía de asimilar ciertas lecciones relativas al estatus del lector en la obra y a la relación entre el texto y la experiencia. Borges no exhorta a cultivar el arte por el arte (que, finalmente, es una prédica como cualquier otra); demuestra, con inteligente rigor, que un cuento (o, por extensión, una novela) es sobre todo un artefacto (es decir, un hecho del arte) y que, en consecuencia, el valor estético de una obra depende de su arquitectura, de la elaboración del lenguaje, de la manera en que se modulan sus temas y se relacionan los elementos de su trama. El escritor es un artesano, no un misionero. Las buenas intenciones, ya se sabe, empedran el camino al infierno de la mala literatura.

En ese infierno no se queman, por cierto, los buenos lectores.  Borges, que escribió de modo constante sobre seres que descifran mensajes oscuros o buscan el sentido de arduos laberintos, enseñó también a considerar que el lector es un co-autor y que cada escritor no hace en sus obras sino releer de modo más o menos feliz la tradición, que no era para él ningún cementerio de libros sino más bien la comunidad de los discursos memorables. Esa conciencia de la naturaleza de las prácticas de la comunicación literaria, pienso, ha resultado un antídoto eficaz contra la tentación de seguir viendo la literatura como un simple espacio de pedagogía política o efusión sentimental. No es en los pastiches de su estilo donde se muestra la verdadera marca de un escritor, sino en los estímulos que su poética provoca en otros creadores. Esos estímulos han solicitado, desde los años 50 en adelante, a los mejores entre nuestros cuentistas y novelistas: Borges es, sin duda, interlocutor indispensable de la literatura peruana.
 


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