Hasta hace unos pocos meses la oposición parecía imbatible en los llamados sondeos de opinión. La figura electoral más importante del espectro opositor, el alcalde de Lima Alberto Andrade, aventajaba de lejos al presidente Alberto Fujimori en intención de voto y en popularidad. Y tanto Andrade como el otro aspirante electoral más importante de la oposición, el doctor Luis Castañeda Lossio, superaban ampliamente al jefe de Estado en una eventual segunda vuelta electoral.
El panorama ha cambiado. Ahora es Fujimori quien lidera los sondeos. Y, si hay segunda vuelta, derrotaría al burgomaestre capitalino y le pisaría los talones al ex presidente del IPSS.
Durante un período bastante largo tanto Andrade como Castañeda practicaron algo así como un juego de las escondidas político. A pesar de todas las evidencias acerca de sus intenciones de postular a la primera magistratura de la nación, siempre negaron que fuesen candidatos.
El recurso al misterio se complementaba con la falta de programas o planteamientos de gobierno precisos. En buena cuenta, con la falta de compromiso con cualquier propuesta concreta. Las adhesiones que recibían giraban alrededor de la buena imagen que ambos tienen, producto de la gestión pública que a cada uno les ha tocado desempeñar en su momento.
En todo esto, a pesar de declararse distintos de Fujimori, curiosamente los dos han repetido la fórmula que tan buenos resultados le diera a éste en 1990. Ambos se declaran independientes; mantienen prudente distancia de los «partidos tradicionales» y de la oposición parlamentaria; carecían de programa que los exponga a obligación alguna -al menos Andrade hasta mediados de agosto-; y han construido un liderazgo centrado en sus propias figuras.
Pero tal parece que la táctica del silencio y de las indefiniciones ya dio todo lo que tenía que dar, y el momento demanda ahora una actitud propositiva, que aparezca como alternativa frente a las pretensiones re-reeleccionistas del jefe de Estado.
En octubre no habrá milagros, pero sí candidatos. Tanto Andrade como Castañeda han previsto para entonces sendas reuniones partidarias que, seguramente, habrán de ratificar sus intenciones de llegar a Palacio.
Entre tanto, Somos Perú, el movimiento dirigido por el alcalde, ha hecho público lo que uno de sus novísimos líderes, el economista Javier Silva Ruete, ha llamado un avance del plan de gobierno de esa agrupación. Por su parte, el Partido Solidaridad Nacional (PSN), de Castañeda, también ultima la preparación del suyo.La publicidad dada a algunas de las iniciativas contenidas en el plan andradista ha mortificado al gobierno, cuyos voceros se han encargado de descalificarlo acusándolo de demagógico.
La propuesta postula una economía social de mercado -algo así como un socialiberalismo económico-, concepto éste planteado hace muchos años por el PPC -de donde proviene Andrade-, que pretende ser distinto del neoliberalismo salvaje que desde hace nueve años practica el régimen.
El empleo y la reactivación de la economía, temas neurálgicos del programa económico gubernamental y que despiertan gran sensibilidad en la población, son materia del borrador de programa de Somos Perú. Ello explica la reacción oficialista.
Los técnicos de Andrade proponen crear empleo mediante el fomento de una masiva inversión extranjera, que sería atraída por sustanciosas facilidades tributarias: reducción de 15 puntos en la tasa del impuesto a la renta (de 30 a 15%); rebaja del IGV, de modo que fluctúe entre el 15 y el 17%; uniformización del impuesto selectivo al consumo, en 15 y 25%.
Los voceros gubernamentales han acusado de irresponsabilidad a los autores del plan porque, según ellos, esto equivaldría a una drástica reducción de la recaudación fiscal. El fantasma del retorno del populismo alanista ha sido una vez más esgrimido para desacreditar la alternativa.
Lo singular de la situación provocada por la presentación de los primeros alcances de un programa de gobierno, es que por primera vez en mucho tiempo una fuerza política distinta al gobierno toma la iniciativa frente a éste. Tanto es así que incluso Silva Ruete y Andrade han lanzado desafíos para debatir, respectivamente, con el ministro de Economía, Víctor Joy Way, y el propio presidente de la República.
Pero Somos Perú no las tiene todas consigo. El mes pasado el gobierno ha hecho de algún modo su agosto a costa suya. A la renuncia de la alcaldesa de Jesús María, Francisca Izquierdo, se han sucedido otras, que han merecido la atención de los medios de difusión y hasta una misteriosa publicación -como aviso contratado- de la carta de la representante edil. La imagen que se transmite de la agrupación de Alberto Andrade es la de una organización en desbande (o casi). Los medios cercanos al gobierno se han encargado de construirla.
En las mencionadas renuncias se mezclan elementos verosímiles -como la denuncia del estilo caudillista de Andrade y su afán de rodearse de familiares y amigos cercanos- con otros más bien oscuros. Se habla de presiones ejercidas desde algunos organismos del Estado para forzar a ciertos personajes a abandonar Somos Perú.
Tanto esa agrupación como el PSN, en persona de sus máximos líderes, están en la mira de un gobierno que parece decidido a asegurarse la re-reelección por la vía de eliminar a sus competidores mucho antes de que se dé la largada a la justa electoral.
Andrade ha sido sometido a lo que semeja un proceso de demolición -con denuncias e investigaciones diversas-, que ha mellado su aceptación entre la población.
Entre tanto, un repentino afán fiscalizador del paso de Castañeda por diferentes organismos públicos se ha despertado entre congresistas del oficialismo e instituciones del Estado.
Asimismo, las actividades de uno y otro partido son objeto de seguimiento, cuando no de boicot y hasta de agresión. Sobre todo en provincias, donde es más difícil que una denuncia alcance la debida publicidad.
Frente a un presidente todopoderoso, que hace uso y abuso del aparato estatal y de los recursos públicos con fines electorales, algunos analistas políticos sostienen la necesidad de que se constituya un frente opositor. Consideran que es la única manera de derrotar las pretensiones continuistas del ingeniero Fujimori.Pero un problema para alcanzar la unidad de la oposición radica en que, aunque todos declaran estar de acuerdo con ella, cada uno tiene una visión distinta de la misma.
En eso juegan las aspiraciones electorales de las distintas fuerzas y las pretensiones presidenciales de sus dirigentes. Cada cual espera obtener la mayor ventaja de una eventual alianza.
Pero, también, el carácter variopinto de la oposición. Tanto que de repente es mejor no hablar de oposición, sino de oposiciones. No es lo mismo Chana que Juana, no es posible juntar a Olivera -que parece jugar su propio partido- y a Alan García, por ejemplo. Del APRA, que insiste en el liderazgo de este último y que ha decidido lanzar su propia lista parlamentaria, todos parecen huir como de un apestado. Del mismo modo, tanto Somos Perú como el PSN se han mantenido a distancia de la oposición y se resisten hasta hoy a ser identificados como parte de ésta. El PPC ha expresado su coincidencia con el programa económico del gobierno y algunas de sus figuras, como Alex Kouri o Xavier Barrón, se mueven cómodamente en las inmediaciones del gobierno. ¿Sería posible conciliar un programa económico común entre el partido de Luis Bedoya Reyes y Fuerza Perú? Si quienes ahora aparecen como candidatos con mayores posibilidades tienen ambiciones, los chicos también las tienen y trabajan por realizarlas: Alberto Borea, Alejandro Toledo y el huancavelicano Federico Salas han explicitado su vocación presidencial.
¿Qué es, hasta ahora, lo que tiene en común este mosaico de fuerzas? El deseo de evitar un tercer mandato de Alberto Fujimori. No en todas el modificar las líneas medulares de su programa económico. Y en algunas, a estar por los rasgos personalistas de su liderazgo, no necesariamente el terminar con un estilo autoritario de gobierno.
Pero aun si tan solo el objetivo fuese derrotar a Fujimori, el espectro opositor no da muestras de construir alianzas significativas con ese propósito. Las iniciativas parten de agrupaciones más bien pequeñas, como Fuerza Perú, o han salido -sin ningún éxito- del Foro Democrático. También la muy venida a menos UPP está preocupada por la unidad de las fuerzas opositoras. En cambio, cada uno de los candidatos más importantes -Andrade y Castañeda- rehuyen, al menos por el momento, el tema.
El cuadro de la oposición semeja el de un conjunto de fichas de ajedrez o de Go dispersas en el tablero, sin enlaces entre sí, con objetivos distintos, en posiciones débiles. Frente a ellas aparece un adversario fuerte, calculador e implacable, que actúa de modo sistemático y coherente, que rodea y aniquila, que golpea decididamente los puntos débiles de su(s) oponente(s).
La dispersión no es el único problema de la oposición. En política resulta importante contar con una estructura organizativa nacional, algo que -salvo acaso todavía el APRA- ningún partido puede exhibir. Los más importantes entre las fuerzas no fujimoristas, Somos Perú y Solidaridad Nacional, carecen de esta.
Asimismo, sus dirigentes todavía no han demostrado tener un arraigo de dimensión nacional. A estar por los sondeos de opinión, despiertan simpatías entre los sectores medios, pero no emocionan a los bajos.
Esto marca una gran diferencia con Fujimori, quien hábilmente ha logrado establecer comunicación con los denominados segmentos C y D de la población. Probablemente el único hombre capaz de disputar con él ese terreno, de conseguir un vínculo emocional con los sectores populares, sea Alfonso Barrantes. Pero aparentemente este último no tiene deseos de ser candidato.
El economista Francisco Sagasti ha llamado la atención sobre la necesidad de construir un consenso en torno a un programa de largo plazo, que comprometa a los partidos en políticas que tengan continuidad, más allá de quien esté en el gobierno. Sería una manera de construir una unidad con bases más sólidas y no necesariamente anclada en la coyuntura electoral.Y tanto mejor si también sirve para afrontar los próximos comicios, como plataforma de un candidato unitario que atienda seriamente y con sentido social los problemas de la recesión, la falta de empleo, los bajos ingresos, la descentralización y la democracia.
(HB)