Un fantasma recorre el horizonte todavía brumoso del 2000: la posibilidad, cada vez más asimilada a lo largo del último semestre, de que el régimen de Alberto Fujimori se prolongue cinco años más, por lo menos. El fantasma parece tan ominoso que difícilmente nos atrevemos a levantarle la sábana para mirar que hay adentro.
No es solamente lo que tantas veces se ha señalado: la fuerza del aparato del Estado en campaña, la manipulación de la televisión comercial, la parcialidad de las instituciones y las autoridades, o el simple ánimo de fraude que subyace apenas por debajo de las formalidades. Es algo más vago pero generalizado, cierto clima público o psicológico que respiran a su pesar incluso quienes quisieran ver partir a AFF el próximo 28 de Julio por la puerta de Desamparados.
La sola idea de un tercer período consecutivo parecía tan desproporcionada antes de que se pusiera en marcha, que sus promotores tuvieron que adelantar la partida. El fantasma recorre el horizonte desde 1996, cuando la «interpretación auténtica» le prestó su primera precaria sábana. Desde entonces nos hemos acostumbrado a verlo circular en el debate político, aceptándolo como si fuera un competidor más. Es un proceso psicológico muy humano y frecuente: «lo escandaloso del escándalo», decía la Beauvoir, «es que uno se acostumbra a él». Esa debilidad la tenían en mente los intérpretes, cuando se animaron a soltar el fantasma de la re-reelección con cuatro años de anticipación. El costo les valió el beneficio. Los sapos fueron tragados a tiempo, la alarma de los opositores y el activismo necesario para torcer ese destino fatal, quedaron atrás en el tiempo. El fantasma recibió su segunda y más abrigadora sábana la noche en que, por el expediente de una vulgar sesión parlamentaria, la iniciativa del referendum quedó archivada.
En realidad, esta pieza de la pequeña política local es sólo una parte de ese estado de cosas, más general, que se puede remitir a lo psicológico, lo ideológico o la mera costumbre. Alberto Fujimori está identificado con el presente, es el titular de la realidad política de los años noventa Cambiar esa realidad requiere una decisión consciente; prolongarla no, y aunque teóricamente esa hegemonía se pone en juego cada cinco años, la verdadera dificultad de la oposición consiste en creer que ese tiempo nuevo ha llegado, para poder comunicarlo e interiorizarlo en el resto del país.
Limitaciones tan de fondo de nuestra vida pública se ponen en claro y a veces claman en el debate de ideas o de programas de gobierno, que son la parte más formal de la carrera electoral. La discusión económica, por ejemplo, sobreactuada en los tiempos que corren, difícilmente dejará de ser un terreno ajeno para una oposición que está convencida de que, en realidad, no hay demasiadas alternativas a los hechos consumados del presente. Aunque sin duda los especialistas tendrían mucho que decir, el punto es que toda discusión en esos linderos juega a favor del régimen, que finalmente es la prolongación del pasado.
Sería bueno que ese debate tuviera lugar, se extendiera y hasta se encarnizara, pero no debería perderse de vista que la posibilidad de presentar una alternativa para los siguientes cinco años requiere de otros atributos, que las candidaturas de oposición hasta ahora conocidas no parecen en capacidad de mostrar.
Más allá de las características personales de los candidatos, estamos ante una falta de convicciones o certezas que atraviesa todo el país. Las responsabilidades podrían ser de muchos, remontarse a la quiebra de los partidos políticos o al fin de las ideologías, pero en el horizonte limitado de las elecciones del 2000 el hecho cierto es que sin emociones verdaderas, colectivas y factibles, difícilmente el elector creerá que los años de Fujimori han terminado. En este punto pocas veces suele dirigirse la mirada hacia los intelectuales, que son a fin de cuentas los encargados de elaborar esas ideas motivadoras que ahora tanto se necesitan. Lo curioso del caso es que probablemente esas ideas existen desde hace mucho tiempo, son conocidas por los especialistas, pero no han alcanzado todavía la categoría de propuesta. Ante la pregunta: ¿qué se puede hacer con el Perú en los próximos cinco años?, cabría recoger respuestas sensatas e imaginativas que llenen muchos volúmenes. Sin discutir las prioridades o los modos, lo cierto es que el electorado nacional, más de una vez en el pasado, ha bosquejado cuales son esas causas de largo aliento por las cuales estaría dispuesto a soportar con mejor animo el constante sacrificio. No hay nada nuevo bajo el sol: la educación de los hijos, el sentido común de los derechos y deberes, la resurrección de la provincia, son algunas de las esperanzas, viejas como la República, que siguen pendientes.Un lugar común del comentario electoral peruano siempre ha sido la insignificancia del peso de las razones doctrinarias o programáticas a la hora en que el ciudadano deposita su voto. Difícilmente esa condición ha cambiado, pero, a la vez, el tiempo de las candidaturas carismáticas parece haber quedado también atrás. Ese terreno baldío es el que tan incómodamente las alternativas al fujimorismo se disponen ha llenar en estas vísperas inciertas. ¿Podrán hacerlo?