FURIA DEL RANKING
La literatura cuantificada
Rocío Silva Santisteban


“Es menester dejar de ser bestias...” 
Marco Aurelio Denegri
 
Abruman por estos días los recuentos literarios ya no sólo del siglo sino incluso del milenio. Encuestas, tabulaciones y listas: lo que le gusta a la gente. Una necesidad esencial de cuantificar lo imposible para así poner en cuadrícula la calidad: siempre difusa, siempre incierta, siempre porosa. Porque en un mundo donde el consumo es la posición estratégica desde donde se genera la ciudadanía, es necesario registrar el consumo simbólico para intentar asir de alguna manera las formas inasibles: la belleza, el desenfreno, la pasión. Si algo se escapa del esquema estamos perdidos.

Generalmente las mediciones y cuantificaciones literarias se realizan en función de la «industria» del libro —en la que por supuesto también participan los autores— pero no tienen una vinculación directa con la fuerza implícita de un texto, más allá de su poder para inscribirse en los rankings. La inmediatez de situar una producción cultural dentro de un marco prefijado por la sociedad se impone sobre la sutileza de ubicar sus rasgos más intensos. Ahí están para demostrarlo innumerables bestsellers de los años sesenta, que hoy en día simplemente nadie recuerda. O también los grandes fracasos numéricos como Moby Dick de Melville o aún más rotundamente Trilce de Vallejo.

Pero a los medios masivos poco parece importarles estos casos que rompen cualquier regla, en el supuesto negado de que exista una que califica la calidad a partir de la cantidad. Por eso encontramos por estos días en periódicos y revistas de todo el orbe las mencionadas listas: relaciones larguísimas de autores conocidos y desconocidos en «riguroso» orden de calidad debido a la suma de los diversos puntajes, redactadas con mucha prisa, bastante soberbia y poca virtud.

El diario El Mundo de España, por ejemplo, convocó a todos sus lectores a una encuesta masiva vía internet para calificar al mejor libro del milenio. Obviamente ganó Don Quijote de la Mancha. ¿Pero qué hubiera sucedido si la encuesta la convocaba el Corriere della Sera?  Sin duda hubiera ganado Dante y su Divina Comedia. ¿Y si el London Times? Efectivamente, el ingenioso hidalgo sir William Shakespeare con Hamlet o Romeo y Julieta (nunca con Ricardo III). ¿Un exceso de localismo? Todas las culturas tienden al etnocentrismo, a la consideración de que ellas son el centro y obviamente estos recuentos privilegian una posición cerrada incluso sólo dentro de la cultura occidental: se saborea con mejor paladar lo hecho en casa o cerca de ella. Y se olvida lo lejano o se le ignora. Por ejemplo, nunca ha sido tan injustamente olvidada una novela, la voluminosa Genji Monogatari, la «primera novela del milenio», escrita por la dama de la corte japonesa Murasaki Shikibu alrededor del año 1010.

Harold Bloom, el profesor de Yale, publicó hace unos cuantos años El canon occidental, y su propuesta de las cien mejores obras,literarias de occidente también parte de una visión anglocéntrica: Shakespeare es considerado el mejor escritor de Occidente y dentro del recuento de las cien, obviamente se da prioridad a los libros de lengua inglesa (los latinoamericanos son pocos, pero más que los españoles). Por supuesto, si esta propuesta se entiende sólo como una opinión entre muchas otras es totalmente válida; cada quien tiene derecho a emitir los juicios literarios que quiera. El problema surge cuando empieza a cobrar posición de «verdad».

En el Perú El Dominical del diario El Comercio ha publicado la polémica lista de Julio Ortega sobre las diez mejores novelas latinoamericanas del siglo, donde no incluye a Vargas Llosa y sí a Diamela Eltit y a Teresa de la Parra; opinión totalmente respetable, que por cierto no responde a lo que podría esperarse de un «profesor de la Universidad de Brown», arriesgando con juicios que reivindica por su subjetividad. Es una posición. Lo cuestionable es el intento de algunos medios de «sumar posiciones» como si esto fuera no sólo posible, sino incluso provechoso.

And the winner is...

«No la tomen en serio, por favor», es lo que advierte el crítico Jonathan Yardley, del Washington Post Book Critic, frente a la lista que publicó el propio periódico elaborada por un grupo selecto de jurados miembros de número de la selecta Modern Library. Se trata de las cien mejores novelas de lengua inglesa del siglo, cuyo primer puesto ocupa «naturalmente» el Ulises de James Joyce. «Les voy a confesar mi sucio y pequeño secreto; jamás he leído el Ulises. Lo he intentado, tantas veces, pero nunca me he conectado de verdad. Creo que el Ulises de Joyce se ha convertido en un monumento no porque sea una gran novela, sino porque ha sido excesivamente mitificada», añade.

Confesiones al margen, no le falta razón. Dentro del establishment literario existe también eso que se llama en otros ámbitos «lo políticamente correcto», esto es lo que cobra validez bajo ciertos parámetros (como ser tolerante en público ante las diversas opciones sexuales y ser homofóbico en privado). En nuestro caso, la posición «literariamente correcta» se construye a partir de una serie de hilos que van formando una urdimbre sobre la cual la trama de una opinión generalizada sobre el «deber ser» literario marca la hechura de la confección. Y, por supuesto, se trata de una trama débil que se basa en opiniones subjetivas pero con prestigio. Es así como comienzan los mitos.

El Ulises de Joyce, dentro del ámbito inglés, es la novela que «por sentido común» debería ser considerada como la más grande del siglo, aún cuando los que voten por ella no la hayan leído o no hayan podido terminar de leerla (no es fácil avanzar por sus imponentes 800 páginas). No creo que sea el caso de los miembros de la Modern Library, pero ellos y otros se basan en los críticos serios, que se han quemado las pestañas interpretando los monólogos de Leopold, las vicisitudes de Stephen y los desvaríos de Molly, quienes han marcado una pauta.

Puestas así las cosa, de esos lectores cultos del diario español, ¿verdaderamente cuántos habrán terminado de leer por completo El Quijote? Se vota por lo «correcto», a veces no por falta de sinceridad con uno mismo, sino por falta de estima con las opiniones propias. Entiendo que se puede poner en duda la opinión de uno, en tanto es lícito y plausible que todo ser humano dude de sí mismo, pero otra cosa es supeditar el propio gusto personal al criterio local: «si no terminé de leer esa novela, no es problema de la novela, sino mío».

En cierto porcentaje podría ser válida esta cuestión (El Quijote, el Ulises) pero creo que muchas veces una deja de leer la novela porque simplemente se cae de las manos.

«La literatura no vive en los rankings» ha manifestado otro de los miembros de número de la Modern Library, Daniel Boorstin, exfuncionario de la Biblioteca del Congreso, después de enterarse de que el quinto puesto de la lista está ocupado por Brave New World -uno de los libros menos conocidos de Aldous Huxley-, muy por encima de El Cuarteto de Alejandría de Durrell, Mujeres Enamoradas de Lawrence o El Sonido y la Furia de Faulkner. «Quisiera saber cuáles de esos libros se recordarán dentro de un siglo», ha dicho otro miembro bastante arrepentido; y otro ha agregado: «Hay varios títulos que se han incluido con sólo un voto». El radical crítico Yardley ha titulado su artículo de opinión con una frase que condensa todos los sentidos expresados por los arrepentidos jurados: «La lista del siglo: léala y llore».

En España, durante la última Feria del Libro la editorial Opera Prima realizó una encuesta sólo entre editores sobre «Los diez libros más queridos», partiendo de un universo amplísimo: desde la epopeya de Gilgamesh descubierta en unas tablillas labradas hace 35 siglos hasta el último libro del escritor portugués Antonio  Lobo Antunes publicado tres días antes de la encuesta. ¿No es un disparate digno de una estética almodovariana? Por supuesto que la obra más entrañable, otra categoría donde rompe, es El Quijote. De acuerdo. Sin embargo ya no llama la atención saber que Shakespeare fue literalmente arrasado por Torcuato Luca de Tena.

¿Y EN EL PERÚ?

El diario Expreso ha realizado no una lista de títulos, sino de nombres. A la pregunta «¿quién es el intelectual del milenio?», un 25.7 % ha contestado que Cervantes, y el ganador de la «segunda categoría», es decir versión nacional, en el primer puesto ha sido don Ricardo Palma, con un porcentaje bajo de 19.5 %. Quizá los miembros de la Academia, como lo sostiene Tomás Escajadillo en un artículo titulado «Siguen los balances literarios», hubieran escogido a Vallejo o al Inca Garcilaso de la Vega. Pero los lectores no especializados optaron por el más conocido: el viejo Richi. Lo paradójico de todo esto ha sido el premio: un televisor de 20 pulgadas. Sin comentarios.

La revista Debate optó por el público especializado. En su número 105 consigna una lista de los mejores libros de narrativa de la década, conformada por el voto de los entendidos. Al margen de los criterios de selección (cuestión que desarrollaré más adelante) los propios resultados dan cuenta de los cambios de percepción de lo literario en estas últimas décadas; sin embargo, eran previsibles.

Autores que durante muchos años se mantuvieron en silencio o publicando casi clandestinamente, regresaron al debate literario con novelas que impactaron por su calidad, pero también por su extensión, a contrapelo con las modas de los últimos tiempos. Edgardo Rivera Martínez, Miguel Gutiérrez, C.E. Zavaleta, Laura Riesco y Oswaldo Reynoso se reencontraron con el oficio después de algunos años de ostracismo. Otros, los clásicos peruanos Bryce, Ribeyro y Vargas Llosa, fueron desterrados a un décimo lugar, junto con un compañero en ascenso que por lo menos debe ponerles mala cara: Oscar Malca.

En cuanto a los criterios de selección, hay un detalle que la revista no ha hecho público: ¿a cuántos se les envió la encuesta y cuál fue el porcentaje de lectores que respondieron? Personalmente me interesaría conocer el porcentaje de ausentismo y las razones de esas ausencias, en la medida en que yo —muy cortésmente eso sí— me abstuve. Creo que el motivo más alto debe ser el desencanto ante las cuantificaciones literarias, seguido de la imposibilidad de establecer jerarquías ante las novelas de los amigos y de los enemigos. No debe faltar, además, alguna que otra posición contracultural.

Al margen del amiguismo (ese mal peruano), las negociaciones de votos a contraprestación (hoy por ti, mañana por mí) y una serie de acontecimientos que de alguna manera envician la transparencia de la votación (hasta hay quien votó por sí mismo), lo central del acontecimiento está marcado por un criterio que no comparto: considerar lo «bueno» y lo «malo» en literatura a partir de la coincidencia o no de puntajes producidos por un grupo de entendidos. En otras palabras: plantear un canon desde una posición de aparente superioridad intelectual.

Con esta canonización de ciertos autores se va construyendo un paradigma literario basado en una crítica del gusto (las respuestas sólo son números: puntitos sobre una mancha borrosa) que además no tiene un sustento de valoración orgánico sino simplemente matemático. Esta construcción ha sido puesta en entredicho desde los claustros universitarios. Antonio Cornejo Polar lo hizo con mayor contundencia y eficiencia, revalorando otras posiciones menos sesgadas para conformar el canon peruano.

Matizados por una introducción que les resta importancia, los resultados de la encuesta de la revista Debate podrían afianzar aún más esa sólida base que entiende a la literatura, o como parte del mercado del libro o como parte del refinamiento artístico y espiritual de ciertas personas «privilegiadas», consolidando de esta manera un deber ser «literariamente correcto».

Sin embargo, la fría recepción de la misma, incluso por los propios autores mencionados (un distante y digno Rivera Martínez posa por cortesía para la foto de rigor, un ecléctico Bryce sostiene que la literatura no es una carrera de caballos), sitúa a este tipo de cuantificaciones en su verdadera dimensión: nunca un número estuvo tan lejano de una letra.
 


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